"Si un hombre practica la homosexualidad, tener relaciones sexuales con otro hombre como si fuera una mujer, ambos han cometido un acto detestable. Ambos serán ejecutados, porque son culpables de un delito de muerte"
Levítico 21: 13
(Nueva traducción viviente)
Señor Satanás, por tu gracia concédeme, yo te ruego, el poder para concebir en mi mente y para ejecutar aquello que yo deseo hacer, el fin que con tu ayuda quiero conseguir
Con la penumbra iluminando la última gota insana de esperanza, sus labios se alzaron en busca del placer demoníaco que solo aquel pecado era capaz de entregarle. Gotas carmesí resbalaban por sus muñecas, las mismas que tintaban su piel de cristal, un líquido espeso formando el camino a su eterno anochecer.
Sonrió con los ojos cubiertos de lágrimas ansiosas, escuchando la ruidosa súplica que las paredes gritaban, deseando hacerlas callar, porque él ya iba a llegar. Brindó con la misma sangre abriendo sus pupilas, una pizca de emoción bañando aquella grisácea sensación que se acumulaba en su interior.
Oh Poderoso Satanás, único Dios Verdadero que vive y reina por los siglos de los siglos. Te ruego que inspira a un Asmodeo, Señor de la Lujuría, para que se muestre ante mi presencia y me conceda la respuesta verdadera y fiel del auxilio necesario para el cumplimiento de mi deseo deseado, siempre y cuando este concuerde con el oficio que le es propio
Una sonora carcajada rellenó la soledad que le acompañaba. Luces rojizas envolviendo al cuerpo desganado, sonidos guturales brotando desde un fondo infinito; la entrada al infranqueable paraíso abriéndose paso para que su alcalde elixir emergiera.
Esto yo lo pido respetuosa y humildemente en tu nombre, Señor Satanás, si puedes considerarme merecedor o digno de ello, Padre
Las velas dejaron de alumbrar, seda ardiente cayendo encima de la mesa donde acababa de invocar al dueño de sus suspiros, al poseedor del trono de Satanás, al oscuro arcángel desterrado del fantasioso cielo que le prometió heredar cuando su fin llegara.
—Asmodeo, oh Príncipe infernal, estás acá.
Mostrando una sonrisa egocéntrica, cargada de la deliciosa lujuria que sus orbes empapaba, avanzó con cautela hacia aquel humano que había capturado su atención desde la primera invocación.
Las garras que decoraban sus falanges se deslizaron por la tersa mejilla húmeda, amasando la espesura - Ha pasado un tiempo desde que nos vimos, Kirishima Eijirō. Pensé que te habías olvidado de mí.
Él ronroneó, ansiando consumir cada parte del demonio, haciéndole suplicar entre dientes por el inigualable placer que, sabía de antemano, solo podría brindarle él.
—Imposible - contestó entonces, sus belfos cerrándose alrededor del áspero dedo, sintiendo la garra clavarse entre ellos.
Asmodeus observaba con fascinación la succión que recibía con devoción total. Su cuerpo entero vibró, la asfixiante necesidad de sentir a Eijiro penetrando cada parte de su oscura alma incrementando cada vez más; con una mirada lasciva y la impaciencia haciendo aparición, empujó al humano ensangrentado lejos de sí.
Eijirō respiró con dificultad, grabando al sensual príncipe infernal. A su príncipe infernal, su dios, su arcángel, su paraíso dañino, su pecado mortal.
—Es momento de que hagas tu petición —murmuró con voz melódica, deslizándose fuera de las holgadas vestimentas que está en su acción—. Dime, Eijirō, ¿qué desean de mí?
Encorvándose aún de pie, sus colmillos rasgaron cada centímetro del alma corrompida que le admiraba. Incitándole a un pecar más de lo que ya habían hecho desde el fatídico día donde su tierno siervo del Señor fue cayendo en las tentaciones del rey infernal.
Con su virilidad a punto de explotar, se acercó al demonio desnudo y cautivador, arrodillándose frente a él, listo para orar - Tu cuerpo es lo que deseo, mi príncipe.
Asmodeo no era quién para negarse ante tal petición, penetrando al impío, dándole la libertad de decisión gozar.
Ah, curioso Ashmadia, embriagado del placer terrenal. Víctima de su propia lujuria infernal.
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Érase una vez quinientos años atrás, la existencia de un mortal que capturado al legítimo heredero del trono infernal. Se dice que ambos cruzaron sus caminos una noche de abril, día en que aquel humano se vio perdido entre las sombras oscuras que la Iglesia le dictaminó para sí.
Kirishima Eijirō era su nombre. El hijo del Sacerdote, un siervo devoto al eterno y glorioso Dios; Un chico que se desvió de su camino al enamorarse de un patético campesino. El demonio había recibido entrar a su corazón y llenar su alma de pura contaminación, siendo esta purificada específicamente con la muerte del hombre que le llevó a la perdición.
Una sacrificio era nada comparado con la purificación de su alma. Quizá la sangre del impío fue la que guió su andar, haciéndole caer en una depresión que solo Satanás pudo curar; entonces fue donde encontró su primer encuentro, siendo una abertura a los insanos sentimientos que destruyeron al humano con el paso del tiempo.
La Iglesia tiene ojos en todos los lados y pronto su pecado irreversible fue descubierto. Sin dudar un segundo, o incluso manifestar alguna negación, su padre fue quien, con un látigo, se encargó de destruir la piel que Asmodeo marcó. Sangre carmesí se deslizaba de su boca, un ardor insoportable construyendo llagas que consumían su interior.
Estaba podrido. Enfermo. Debía pagar el error de su pecado con la misma sangre del liberado.
Y aún así, su última noche de mortalidad prefirió vivirla con su amado inmortal. Profanando la capilla gloriosa del Todopoderoso, bañándose de la lujuria bondadosa que solo Asmodeus era capaz de entregarle.
Llámenle loco, desquiciado, endemoniado, pero Kirishima Eijiro sabía que la relación entre ellos dos sobrepasó lo sobrenatural. Porque de todos los pecadores que invocaron al séptimo príncipe infernal para cumplir sus fantasías fantasiosas, ninguno llegó a conocer la verdadera identidad del arcángel que antes fue celestial.
Así fue que, en una noche tintada de lamentos sin pronunciados, escuchó el llanto de Asmodeus, totalmente desgarrado. En sus brazos ocultando al hombre que vio más allá de su incontrolable ansiedad de consumir toda alma mortal.
Bakugō Katsuki perdió todo rastro de corazón en su interior. Su alma yéndose con la vida de Kirishima Eijiro. Aquel que hizo de Dewiatan, un demonio pecador.
