¡Hola, personitas!
Después de tanta ausencia se merecen esto y más.
Los estaré leyendo, cuídense mucho, no salgan de casa. Con un poco de suerte, esto pasará pronto.
Mientras tanto, les mando un abrazo a todos.
Mi cuerpo se tensó para llenarme de un placer exquisito y no quise moverme, mi mano continuó descansando en mi entrepierna mientras el agotamiento inundaba mis sentidos. No quería pensar en mis acciones, pero llevaba semanas haciendo lo mismo: comienzo a recordar su cabello, sus ojos, el color de su piel, y mis instintos se devuelven al más puro salvajismo.
Me envolví en las sábanas con la cara roja de vergüenza; nadie podía verme en la soledad de mi habitación a las dos de la mañana jugando conmigo mientras imagino que son sus manos y no las mías, pero incluso sin testigos, me sentía culpable de usar mi imaginación de esa forma y, pese a todo, resultaba inevitable. Esa chica se burlaba de mí, me intoxicaba los sentidos a niveles extraordinarios, arrebatando mi voluntad para no poder negarme a observar su cintura, sus ojos o ese castaño cabello que suelto le cubre a duras penas los pechos.
La he visto pasear desnuda sin remordimiento, incluso voltea y sonríe como si supiera de mi presencia al otro lado de la calle. Al principio me echaba para atrás quedando en cuclillas en el suelo y rogaba para no ser descubierta; ahora le sostengo la mirada con el corazón desbocado contra mi pecho. He llegado a tocarme frente a ella, y no sé si se da cuenta, sin embargo, se queda mirando en mi dirección mientras recarga su peso en la ventana.
No sé quién es, no conozco su nombre ni su voz, no sé si sus manos son tan hábiles como en mis sueños, no reconozco el sabor de su boca ni la suavidad de su cabello, tampoco podría decir si es soltera o tiene una relación y se entretiene jugando a la novia infiel; lo único conocido para mí es su dirección pues vive en el edificio de enfrente y de no haber sido por Durán —mi gato—, jamás me hubiera topado con su habitación.
Mi clase había escogido un tema al azar para nuestro proyecto y debía pasarme el fin de semana observando las estrellas; no era un trabajo difícil ni molesto, aunque requería mucha paciencia. Me enrolle entre mis notas cuando Durán entró ronroneando y comenzó a frotar su pequeño cuerpo contra mi pierna una y otra vez. Al final cedí y me levanté para dejar alimento en su plato; después de eso apenas me prestó atención.
Volví a cambiar la posición del telescopio, mandé un mensaje de texto a mis compañeros y me dejé caer en el sillón que había acercado a la ventana. Resoplé frustrada. Quería salir, ver a Mai o pasear con Nao por calles desconocidas intentando evitar los problemas, sin embargo, mis noches estaban dedicadas al cielo, a mis anotaciones y los mensajes de monitoreo por parte de mi equipo.
Recargue la barbilla en el puño mientras observaba a Durán devorar su comida; era mi única compañía. Lo había recogido de la calle hace un par de semanas, es un tanto arisco y pasa el día alrededor de la ventana, aunque no le gusta salir. No sé cómo era su vida antes de llegar a mi casa, pero tiene por costumbre perder la mirada entre las calles del barrio, sólo se queda ahí y observa a las personas. A veces me quedo a su lado tratando de encontrar la razón de su comportamiento, pero yo no logro encontrar nada fuera de lo normal.
Un ruido me despertó, entonces me di cuenta de que la luna había cambiado de posición, ahora se encontraba en el centro del cielo, dejando algunos de sus rayos desperdigados por mi ventana; el aire hacía ondear la cortina donde mi gato se entretenía afilando sus uñas. Entonces lo noté, mi telescopio no apuntaba al cielo sino al frente, a uno de los edificios de apartamentos más glamorosos de la ciudad. No es que yo viviera mal porque no era el caso, pero intentar comparar mi hogar con los de enfrente sería irrisorio. Eran los hijos de los dueños del mundo.
No estaba molesta con Durán por jugar en el telescopio, en realidad casi debía agradecerle por haberme despertado a tiempo para ver mi programa favorito. Consulté el reloj en la pared, eran casi las cuatro de la mañana, la ciudad estaba en silencio, las ventanas cerradas, dejando la oscuridad como una barrera entre la habitación y la carretera. Excepto por una donde las cortinas seguían abiertas y un cuerpo se inclinaba hacia el exterior.
A esa distancia más la oscuridad de por medio apenas podía distinguir sus rasgos. Me acerqué a la orilla para ver mejor. Era una chica, joven al parecer, con el cabello cubriendo la mitad de su rostro, llevaba una bata que se abría con la brisa. Se me subió la sangre a la cara cuando note que no llevaba nada debajo y con cada ondulación del aire su figura quedaba al descubierto. A ella no parecía importarle, o quizá dio por hecho que todos estarían durmiendo a esta hora.
Quería dejar de verla, pero no pude. El pulso se me disparó, mis pies se negaron a abandonar mi lugar junto a la ventana e intenté tragar saliva a pesar de tener la garganta cerrada. No era la primera vez que veía a una mujer desnuda, perdí la cuenta de cuantas veces Nao y Mai habían estado en la misma habitación semidesnudas conmigo a un lado; jamás les importó mi orientación sexual porque nunca las vi con el hambre que ahora destazaba sin piedad mis instintos al observarla a ella. ¿Dónde estaba la gran maravilla? Era una chica más disfrutando de la luz lunar en su balcón, quizá con insomnio, sin el miedo a cubrirse por la seguridad de contemplar el mundo en pausa, dormido, cansado, alejado del ajetreo diario. Y luego estaba yo, con la vista fija en su cintura.
Durán trepó por mi pierna, sólo entonces me obligué a reaccionar. Podía sentir sus pequeñas garras herir mi piel bajo el pantalón, solté un quejido y lo tomé en brazos alejándolo de mi rostro justo cuando me tiró un zarpazo, aunque una fina línea de sangre bajó por mi mejilla de todos modos.
Ya en mi cama pensar fue difícil, la herida ardía, pero ni siquiera eso disminuía la extraña sensación alojada en mi estómago. No quería sentirme así y tampoco era capaz de entenderlo, la había visto como dos minutos e incluso así no podía quitarme su imagen de la cabeza, como quien sabe que se ha topado con una magia irrepetible, incomparable, algo jamás visto.
Quería saber su nombre. De pronto necesitaba averiguarlo todo: el olor de su piel, sus gestos más íntimos, sus sonrisas, la esencia de sus conversaciones. Pero era ridículo, y sufrí semanas por culpa de mis pensamientos, ella no me conocía, no tenía idea de cuánto vi aquella noche, probablemente continuaba su vida como lo había hecho hasta ahora mientras yo la observaba por la ventana cuando la necesidad se volvía insoportable. El telescopio seguía puesto días después de concluir la tarea, pero ya no apuntaba al cielo.
Me sentí como una enferma hasta que me miró. Uno esperaría verla enfadada o buscando refugio en la privacidad de su hogar sin volver a abrir las cortinas; en el peor de los casos se acercaría a mi departamento sólo para gritarme, quizá mandaría a la policía con una orden. Estaría en todo su derecho.
En lugar de eso comenzó a buscarme desde su balcón casi todos los días, y lo sé porque se quedaba viendo en mi dirección hasta encontrarme, luego sonreía y el juego se extendía gran parte de la noche. Ella paseaba desnuda, me dejaba mirar, a decir verdad, parecía feliz de tener mi interés y hacía lo posible por no perderlo.
—¿Todavía tienes que observar el cielo? Pensé que esa tarea había terminado desde hace mucho.
Mai acariciaba la mirilla del telescopio con la punta de los dedos. Esa tarde cuando me alcanzó a la hora de salida no quiso despegarse de mí, su novio la dejó y extrañaba mi presencia; le di una disculpa sincera por descuidar nuestra amistad, aunque evite decirle los motivos o no lo entendería, quizá incluso a Nao le parecería una actividad divertida, pero Mai era diferente. Esto no entraba dentro de su lista de cosas por hacer.
—Supongo que quedó como un pasatiempo.
—¿En serio? No parece apuntar al cielo, no me digas que lo estás usando para espiar a tus vecinos.
Y se rio. Por supuesto, reí con ella, no podía decirle que efectivamente eso hacía.
—Qué cosas se te ocurren, Mai.
Por suerte, su foco de atención cambió de inmediato cuando Durán llegó a frotarse en sus piernas. En realidad, es más cariñoso con ella que conmigo, pero cuando intenté dárselo, regresó una y otra vez a mi departamento.
Pasó toda la tarde conmigo, me contó con lágrimas en los ojos cómo dolía ver a su exnovio todos los días en las clases; quería renunciar, cambiarse de escuela o sólo dejar de ir con tal de no verlo.
Me dolía verla así, Mai era mi mejor amiga, pero era sobre todo una persona con la cual no puedes meterte por su amabilidad, porque sabes que cuando la necesites va a estar ahí, apoyando de principio a fin; ella lo entrega todo, a veces demasiado y esta vez fue a la persona equivocada. No puedes forzar una relación, eso lo sé, pero no soy capaz de entender por qué tratarla tan mal después de conocer la bondad en su corazón. Era injusto y me daban ganas de golpear a ese idiota hasta dejarlo tan roto como él había dejado a mi amiga.
Quería parecer fuerte, pero no lo consiguió. Era una persona sensible, por eso terminó llorando desconsolada entre mis brazos mientras yo le acariciaba el cabello en un vano intento por confortarla. Y eso me hizo pensar en la chica de la ventana, ¿le habrían roto el alma alguna vez de la misma forma? ¿Quién sería su apoyo en los momentos difíciles? ¿Sería el tipo de persona que se desmorona por amor? Quería averiguarlo, pero ni siquiera estábamos al mismo nivel. Era imposible encontrarla en alguna tienda de la ciudad porque, seguramente, frecuentábamos lugares diferentes dado su estatus social.
No debería aspirar a tanto, conformarme con la diversión que ya teníamos sería lo ideal, pero ya no me parecía suficiente soñar despierta con su figura, con sus caricias y permanecer con la duda de si todas mis fantasías tenían algo de verdad.
Dejé dormir a Mai en mi casa ese día, tal como estaba en esos momentos sería contraproducente dejarla marchar, en especial cuando el sol tenía rato dormido y, por primera vez en días, no pude asomar la vista por la ventana porque temía ser descubierta. Soporté la ansiedad de no saber si me estaría buscando, si le importaría no verme, y las ganas de acercarme yo sólo para ver su silueta desnuda reflejarse en el cristal.
Me recosté en el sillón con los brazos por debajo de la cabeza sin quitar la vista del inmaculado blanco en el techo donde oscilaban las luces que conseguían filtrarse por la ventana. Durán estaba recostado a un lado y jugaba con la esquina de la manta; la moví a propósito para hacer su juego un poco más entretenido ya que el mío había quedado frustrado de momento.
Después de eso no la volví a ver. Desapareció tan rápido como había llegado sin darme tiempo a despedirme, sin explicaciones. La busqué incansablemente; un día pasé las veinticuatro horas pegada a la ventana, pero ni siquiera vi rastros de luces, movimiento, nada. El apartamento de enfrente estaba vacío y me pregunté si la imagen de esa mujer no sería sólo un sueño o un delirio, de pronto todo cuanto había sucedido parecía ser producto de mi imaginación.
Dudé de las noches en vela viendo su figura entre las cortinas, de su torso semidesnudo inclinado en el balcón, de la mirada indescifrable en la oscuridad cuando el mundo entero permanecía dormido y teníamos un momento para observarnos sin reparo. No todo cuanto hicimos fue sexual, aunque lo pareciera.
Pese a mi intento por encontrarla, no logré dar con ella. Los guardias del edificio de enfrente no me dejaron entrar cuando intenté hacerlo, tampoco quisieron decirme una palabra con respecto a sus huéspedes, lo cual es lógico, pero me estaba destrozando la necesidad de saber sobre ella.
Con el paso de los días, la tortura se volvió tolerable. No la olvidé, creo que después de meses entendí que eso no sucedería, sin embargo, podía continuar con mi vida casi como antes de toparme con su ventana. Terminé mi último año universitario y decidí mudarme, el lugar ya no me parecía tan atractivo y, además, una nueva persona se había mudado enfrente, donde antes la veía a ella. Ante eso, sólo quería escapar porque cuando la ventana se movía ligeramente, me quedaba observando con la esperanza de ver su rostro y en su lugar una anciana me devolvía la mirada antes de cerrar las cortinas.
—¿Tienes todo lo necesario a la mano? —preguntó Mai.
Quería seguir su carrera en otro país, así que estábamos viajando juntas. Nao había ido a despedirnos al aeropuerto y tenía las manos en los bolsillos mientras fingía no estar triste de vernos partir al mismo tiempo.
—Sí, tengo todo.
—Las veré pronto —dijo de repente—. No crean que van a estar sin mí por mucho.
Sonreí, Mai hizo lo mismo y nos dimos un abrazo. Queríamos que la amistad durara eternamente, ver crecer nuestro futuro juntas y seguro así sería porque tanto Mai como Nao y yo, teníamos una conexión especial, difícil de romper sin importar la situación. Por eso cuando Nao dijo alcanzarnos en poco tiempo, no dudé de sus palabras.
En el vuelo, pasé las horas viendo por la ventana con la nostalgia pegada al pecho. No sólo iba a extrañar a Nao sino también a mis compañeros de la universidad, a mis vecinos, mi apartamento donde había vivido tantos buenos momentos en compañía de mi gato y mis amigos. Iba a extrañarla a ella.
Aunque ya no estaba en el mismo lugar, para mí era el único sitio donde logré verla. Su apartamento al otro lado de la calle dejaría huella en mi memoria, y no sé si alejarme conseguiría arrancar los instantes de diversión donde creí que todo podía seguir así por siempre, antes de perderla.
Cerré los ojos, iba a ser un vuelo muy largo. Mai pasó leyendo casi todo el viaje, ignorando mi presencia como yo ignoraba la suya. Cada una tenía sus asuntos, Mai apenas comenzaba a superar a su exnovio y casi podía apostar que el mayor motivo de su partida era alejarse de él. No podía juzgarla, yo estaba haciendo lo mismo.
¿Cómo íbamos a escapar de algo que estaba dentro de nosotras? No importa donde estemos si la mente sigue en el mismo lugar, pero debíamos intentarlo.
El apartamento no era muy grande, a decir verdad, tenía menos espacio que el anterior, pero habíamos quedado algo pobres con el vuelo y queríamos ahorrar tanto como fuera posible o los gastos iban a acumularse mientras conseguíamos trabajo.
Contrario a lo que creímos, no nos costó tanto comenzar nuestra vida. Incluso pudimos cambiarnos a un lugar más amplio al poco tiempo, Nao estaba por llegar también y en el apartamento anterior no estaríamos a gusto las tres.
Mai compró algunas plantas, cuidarlas ayudó a sanar su corazón roto. Se le veía más feliz, incluso estaba conociendo a alguien, un chico simpático con el cabello rubio y cara de tonto, no sé si era por ver a mi amiga o esa era su expresión natural, pero me ponía feliz verlos juntos. A veces la veía dudar y entonces odiaba a aquel exnovio un poco más porque gracias a él ahora no era capaz de dejarse llevar.
Yo, por mi parte, tenía la costumbre de observar la calle a través de la ventana. Nuestro apartamento era en un quinto piso, la altura no era demasiada como para ampliar la visión por los edificios contiguos, pero me permitía ver con claridad a la gente caminar por la acera. Durán, acostumbrado a mis distracciones, se acurrucaba en mi regazo a esperar caricias.
—Nat, iré a comprar víveres, ¿necesitas algo?
—Estoy bien, gracias —dije sin despegar la vista del vidrio.
—De acuerdo, vuelvo más tarde.
La vi salir, se despidió a la distancia y correspondí su gesto. Mi celular sonó, eran asuntos de trabajo que prometí resolver cuanto antes; eso me tomó como rehén el resto de la tarde y no pude despegarme del computador. Cuando me di cuenta eran las ocho de la noche y Mai seguía fuera.
Me dio tiempo de hacer la cena. No era tan buena cocinera como mi amiga, pero tampoco me defendía mal pues al haber vivido sola casi toda mi vida, tuve que aprender. Todavía llevaba el delantal puesto cuando llegó a casa, con una sonrisa de ilusión y los ojos brillosos.
—Creí que sólo ibas por comida.
Ella me observó con atención y asintió.
—Así era —dijo y abandonó las compras sobre la mesa—, pero Sergei me llamó y...
—¿Te fuiste con él?
—¡Pero después me acompañó a hacer las compras! —se defendió.
Me reí. No me molestaba que se fuera con su novio, aunque me preocupó no saber de ella en todo el día estaba más tranquila al verla bien.
—No hay problema, Mai.
Ella tomó una papa frita del plato y se quemó la lengua al intentar comerla. Estuvo un rato quejándose hasta que le vaso de leche consiguió calmar el ardor.
—Por cierto —comentó—. Nos invitó a una fiesta en su casa.
—¿Nos?
—Sí, y me gustaría que fueras conmigo.
Había dejado de lado el mandil sobre una silla y me senté a comer. Las papas no estaban tan calientes si les ponía cátsup frío por encima y aproveché para darle algunas a mi gato que ronroneo en aprobación.
Ella se sentó conmigo e hizo lo mismo, aunque no quitó el dedo del renglón. Habló de la casa maravillosa que tenía su novio, de la oportunidad de conocer otras personas y ante esa propuesta, alcé la ceja, nerviosa al preguntar lo siguiente.
—¿Crees que debería conocer a alguien?
—Sí, eso creo —dijo tomando de su limonada y agregó—: No he dicho nada porque parece que lo quieres guardar para ti, pero actúas igual que yo cuando perdí a mi exnovio.
—No es así... —intenté mentir, pero no era buena en eso—. Algún día te contaré al respecto, tal vez.
—Está bien si no lo haces, Nat, es asunto tuyo, pero me preocupa que no seas capaz de olvidar. Ven conmigo, inténtalo.
Me convenció, tal vez por el cariño en su voz o porque tenía razón, pero un sábado después estaba desordenando todo mi guardarropa con tal de encontrar algo decente. Al final me decidí por un vestido de corte bajo y tirantes, era sencillo y elegante, ideal para una fiesta en casa de Sergei.
Mai se veía preciosa, él le había enviado un vestido único, hecho a medida sólo para ella y me sorprendió. Antes no le di mucha importancia, sin embargo, ahora resultaba complicado no ponerse a pensar con qué clase de persona estaba saliendo mi mejor amiga. Hasta entonces no había demostrado tener tanto dinero, aunque quizá fuera alguna especie de medida de seguridad, después de todo, cuando puedes presumir de tus millones te arriesgas a toparte con más de un embaucador.
Pensé en la chica de la ventana. La recordaba continuamente, en especial en situaciones parecidas. Me preguntaba en silencio si ella sería igual, si tendría el mismo cuidado con las personas y por eso no se quedó el tiempo suficiente para permitirme conocerla.
La extrañé de nuevo. Ya no podía jugar yo sola si llevaba meses sin verla, no era lo mismo intentar tocarse cuando no tenía su mirada para provocarme, ni sus deliberadas insinuaciones. No podía fijarme en otras mujeres porque inevitablemente las comparaba con ella; buscaba en todas partes sus manos, el color de su cabello, su figura iluminada por la luna a mitad de la madrugada y me convencía de que fue un sueño irrepetible.
La fiesta logró distraerme, había música y alcohol por todos lados. Tuve que vagar sola después de un rato para darle privacidad a Mai y no arruinar su noche con mi melancolía. Me distraje sentada en el lugar más apartado del bullicio, donde las conversaciones apenas llegaban a mis oídos como si estuvieran debajo del agua; la cerveza en mi mano me ayudaba a olvidar el resto.
—¿Una bebida más?
Un chico de cabello negro y manos fuertes sostenía una copa frente a mí. Estaba ligeramente inclinado hacia mi asiento improvisado y sonreía tratando de verse amable, pero el instinto gritaba desconfianza con grandes luces rojas de alarma resonando en mi cabeza.
—Muy amable, pero estoy bien, gracias.
—Insisto.
La tomé pese a no querer hacerlo, sólo para abandonarla a un lado de donde estaba sentada. Él no parecía feliz de ver como intentaba zafarme de su presencia e imaginé sería igual al resto de los niños ricos, demasiado acostumbrado a obtener cuanto pedía. No era gente con la que me gustara coincidir.
Me levanté dispuesta a salir de ahí, pero me bloqueó el paso; todavía llevaba la sonrisa y se acomodaba la corbata con una mano.
—Pero que descortés, permite que me presente: mi nombre es Kirishima Kenji, hijo del dueño de automotrices Kirishima.
No supe si debía responder, era obvio para mí que su título lo quería usar para impresionar y hacerme cambiar de opinión, pero no estaba funcionando.
—¿Cuál es tu nombre? No recuerdo haberte visto antes.
Mi voz se apagó con la presencia de una tercera persona. Comenzaba a maldecir mi mala suerte cuando distinguí mejor la silueta, incluso en esa breve oscuridad, para mí que tantas veces la vi a través de la luna, era inconfundible y casi me atragante de la sorpresa, pese a no estar comiendo ni bebiendo nada.
—Yo también quisiera saber tu nombre.
El chico la observó con recelo.
—Fujino, cuanto tiempo.
—Lo mismo digo, Kirishima. Veo que sigues acosando chicas como siempre.
Sonrió, aunque no llevaba ni una pizca de gracia en la mirada. Viéndolos cara a cara parecían rivales, ¿tenía sentido armar un lío por esto?
—Yo no acoso a nadie, Fujino. Sólo estábamos conversando, y me gustaría seguir así, si no te importa.
—Lo siento, pero no puedo permitirlo.
—¿Por qué?
Ya no parecía tan educado como antes, estaba, claramente, perdiendo los estribos.
—Porque esta chica me pertenece.
Tomó mi mano y nos alejamos. No estaba prestando atención alrededor, mi vista estaba fija en su mano sobre la mía, en la suavidad de su piel y el dulce aroma que desprendía su cuerpo al caminar. No era como la había imaginado, era mejor.
Con tanto en mente no me di cuenta cuándo nos detuvimos o hasta dónde me llevó. Estaba distraída porque verla de cerca era un regalo, su cabello resbalaba sobre sus hombros igual que la última vez; llevaba un vestido descubierto por el centro de sus pechos y un enorme escote en la espalda del que no pude apartar la vista cuando la seguía.
—Por fin te encuentro —dijo con una evidente nota de alegría en la voz.
Al escucharla mi piel se erizó. Tantos sueños sin reconocer su voz o sus caricias y ahora de pronto la tenía frente a mí, tan cerca que podía admirar el color de sus ojos, el grosor de sus labios y las pecas en su cuerpo.
—Te busqué.
—Yo también —respondió—. Cuando pude tomarme vacaciones decidí llegar a tu apartamento, pero ya no estabas ahí.
—Me mudé hace un par de meses.
—Creí que nunca volvería a verte.
—¿Por qué te fuiste de pronto? —pregunté porque tenía la duda atorada en la garganta desde aquel día.
Ella se había acercado, hasta entonces me di cuenta de que estábamos en una habitación, a solas y con las cortinas cerradas. Por primera vez nos encontrábamos detrás de la misma ventana.
—Mi abuela enfermó y toda la familia vino a verla.
—Lo siento.
Sentí su aliento en mi cuello. Estaba tan cerca y sin previo aviso recargó la cabeza en mi hombro, sus manos abrigaban mi espalda y la recorrían con ternura; era otra persona distinta a la chica que veía a través de la ventana. Al menos eso pensé hasta que me desabrochó el vestido con presteza y me mordió el cuello.
—¿Te parece si primero retomamos y después nos conocemos?
Sonreí porque yo también la deseaba de la misma forma y llevaba mucho tiempo esperando esto. Era mi turno para sentir su piel desnuda sobre mis manos que ya recorrían su cintura con vehemencia.
No usé palabras para responder y ella tampoco me las exigió.
