TELA 1: PRÓLOGOS
New York, New York (2002).
Ya no puede seguir escuchando, ya no pude seguir viendo. Está agradecida, pero ya ha sido suficiente. Era una soldado, después de la guerra se sintió perdida en un mundo de paz, era incapaz de funcionar correctamente y nada podía llenar el vacío que dejó el final del conflicto. Haber perdido su mano dominante dificultó sus ya pequeñas oportunidades de conseguir trabajo. Estuvo cerca de quitarse la vida, se sentía vacía y sin propósito, pero Cassandra la salvó, le dio una nueva mano, un propósito, un empleo, uno importante y peligroso, perfecto para ella.
Pero ya no puede dejarla seguir haciendo esto, son solo niños.
Su deber era proteger la base, el laboratorio, pero nunca recibió lo que deseaba, la base está bien escondida y no recibió ataques. Las cosas no fueron muy diferentes cuando actuó de guardaespaldas. Mataba su tiempo conversando con sus compañeros, ex militares y marines, sobre sus vidas y la manera en la cual el país que lucharon por proteger los ha recibido, los dolorosos recuerdos y las formas en las que intentan vivir con ellos, y cuando tuvo suerte y encontró otros que se sentían como ella, se contaron historias de guerra con sonrisas. No era suficiente. Así que mostró interés en los experimentos que Cassandra llevaba a cabo. Se sorprendió al ver que los sujetos de prueba eran tres niños, elegidos entre millones por su compatibilidad. Cassandra prometió que no estaban en peligro y que era por su propio bien.
Le creyó.
—Un poco de dolor vale la pena para convertirte en un ser mejor, ¿no te parece?
—Pero son solo niños.
—Y esos niños ya han dado resultados. Aún estamos lejos del objetivo, pero por el momento he recuperado la vista. Puedo ver —sonrió feliz—. Pronto podremos curar cualquier enfermedad… Podré caminar.
Observó los experimentos por unos meses más, en los cuales decidió conocer a los niños. A pesar de llevar una vida repetitiva, a pesar de que día a día tuvieran electrodos en sus sienes, les extrajeran sangre, les inyectaran sueros, entre tantas otras cosas, eran niños alegres. Elsa Brock, la científica en jefe, juega un papel importante en el desarrollo de los niños. Pasa gran parte de su tiempo con ellos, jugando y enseñándoles cosas. Es querida.
El único que no parece ser feliz se llama Miles, pero en realidad es el más conforme y feliz con la constante rutina, simplemente es incapaz de expresarse bien. Es retraído y prefiere permanecer en un rincón jugando con sus legos, resolviendo puzles y resolviendo ecuaciones matemáticas. Eventualmente, Delilah se ganó su confianza y juntos llegaron a jugar Scrabble, aunque en total silencio: a Miles no le gusta hablar.
Otro de los niños, Peter, es todo lo contrario, es muy dulce y hablador, disfruta de jugar con ella lanzando y atrapando una pequeña pelota. Es siempre el más emocionado con su llegada y la de Elsa. Y es el que más miedo expresa durante los experimentos, y generalmente debe ser calmado para que no llore.
La niña, Cindy, la mayor por meses, parece ser la jefa, actúa madura para su edad y es la que menos parece sentir miedo a la hora de los experimentos. Pero por las noches tiene graves pesadillas y debe ser consolada y arrullada hasta que pueda regresar a dormir. Es un trabajo que Delilah disfruta hacer, es algo completamente diferente a lo que está acostumbrada, por primera vez protege a una persona sin lastimar a alguien más. Piensa que no estaría mal tener hijos.
Dos días antes del momento, Delilah la encontró de pie en medio del cuarto blanco donde viven, con la mirada pérdida y la respiración débil, como en un trance.
—¿Cindy? —dijo por segunda vez tocándole el hombro. Ella siguió sin contestar, ni pestañear. Ignora por completo su presencia—. ¿Cindy, qué te pasa?
Le acarició el cabello negro por unos segundos hasta que Cindy volvió en sí, sonrió y saludó a su amiga como si nada hubiera pasado. Delilah decidió actuar con normalidad y jugó con ella por un par de horas. Al terminar el juego, se sentó a acompañar a Elsa en la sala recreativa, donde la científica almuerza.
—Elsa, ¿amas a esos niños? Ellos parecen quererte y sin duda te preocupas por ellos, ¿o no? ¿Acaso todo lo que haces es solo parte del experimento?
Elsa guarda silencio por un instante, termina de masticar.
—¿A dónde quieres llegar?
—Olvídalo —dijo de mala manera, poniéndose de pie—. Termina tu comida.
Ya no puede dejarlos continuar.
A altas horas de la noche, es el momento de actuar. Entra, no por primera vez, al oscuro cuarto de operaciones y saluda amistosamente a tres de los cuatro hombres que vigilan las cámaras de seguridad.
—¿Cómo va la noche, muchachos?
—Tranquila, como siempre. Estábamos a punto de jugar a las cartas, ¿te unes?
—No, no. No estoy de humor —respondió tras inclinarse al lado del hombre, viendo a las pantallas—. Lo siento.
—¿Qué?
El primer hombre —quien está más cerca del botón de emergencias—, es noqueado con un golpe en la nuca de su pistola. Sin perder un instante, con un par de rápidos y estratégicos pasos, Delilah es capaz de avanzar una gran distancia y derribar al segundo con una fortísima patada al pecho y noquearlo con un golpe de pistola en la cabeza. El tercero, por falta de confianza y miedo, intenta escapar antes que usar su arma, pero ella es mucho más rápida y lo duerme tras golpearle la cabeza contra la pared.
El cuarto hombre regresa de la cafetería y se asusta al ver los cuerpos caídos. Delilah, hasta entonces escondida acostada contra la pared, cubierta por la ahora puerta abierta, salta sobre él por detrás y atrapa su torso con sus piernas, el cuello con el brazo mecánico en círculo, la mano de acero coge el bíceps del otro brazo cuya mano se posiciona en la cabeza de su víctima empujándola hacia adelante. Delilah aprieta y tira sus hombros hacia atrás. Lo ahorca por unos segundos hasta que deja de pelear.
Los ata a todos y pone cintas en sus bocas. Apaga las cámaras y las alarmas, y sale a los oscuros pasillos.
Toca la puerta de la oficina de Elsa. Una vez la científica abre la puerta, se encuentra con un arma con silenciador apuntándole a la cabeza.
—¿Qué rayos estás haciendo? —preguntó tras levantar las manos.
—Voy a liberar a esos niños. Muévete, Elsa. No te necesito consiente, pero me gustaría que me hagas el favor de colaborar.
—¿Estás segura que haces esto por los niños? —Delilah frunce el ceño—. Eres una soldado, más que eso, eres una guerrera. Te gusta pelear. Este trabajo no fue lo que esperabas, incluso cuando acompañaste a Cassandra como su guardaespaldas no tuviste mucha acción. Creo que simplemente haces esto para tener un enemigo contra quien pelear.
Delilah suelta una risilla.
—Puede haber algo de verdad en eso. Camina. —Elsa sigue las órdenes, Delilah la sigue de cerca, sin dejar de apuntarle—. Pero si quiero salvar a esos niños, darles una vida normal. He visto mucha mierda, pero esto es demasiado.
—Es por su propio bien aunque no lo creas. Los hemos salvado, y gracias a ellos podremos salvar a más personas, e incluso ellos serán más que simples humanos.
—¿Salvaron sus vidas? Genial, ahora déjenlos tener una normal.
—Cometes un error… ¡Ayuda!
Delilah derriba a Elsa con un pisotón en la pantorrilla y dispara al guardia dos veces en el hombro y uno en la pierna antes de que pudiera reaccionar. Corre hacia él, se desliza en los últimos instantes para llegar más rápido y lo noquea de un par de golpes con su pistola tras removerle el casco. Elsa intenta huir, pero no es lo suficiente rápida. Es atrapada y todo se reinicia.
—¿No te importan que los niños estén sufriendo? Algo les está pasando, al menos a Cindy ya le ha sucedido. Actúa muy rara de vez cuando. Ayer la encontré mirando a la nada, perdida, y cuándo regresó en sí actuó como si nada hubiera pasado. Eso no es normal, los experimentos están envenenando sus cerebros.
Elsa parece preocupada tras aprender la información. No se ha dado cuenta de nada, ha estado demasiado concentrada en los buenos resultados.
—Podemos arreglarlo.
—No, van a continuar con esto. Cassandra no se detendrá, lo sabes bien. Abre. —Han llegado a la habitación de los niños, Elsa introduce su contraseña, sus huellas y sus ojos son escaneados—. La única forma es sacarlos de aquí.
—¡No! —habló con determinación—. Este experimento es tanto mío como de Cassandra. Hemos avanzado mucho, no podemos simplemente parar.
—Maldita sea, Elsa. Pensé que decidirías ayudarme.
Elsa cae noqueada, Delilah arrastra lejos su cuerpo para que los niños no la vean y la amarra y enmudece. Regresa por el guardia y hace lo mismo. Entra a la habitación, los despierta y pregunta: "¿Quieren salir de aquí?". Anteriormente ya les había enseñado que hay mucho más mundo que ver, así que no les fue difícil responder, entusiasmados, aunque Miles permaneció callado e inmóvil.
—Vas a adaptarte, Miles. No te preocupes.
Caminan detrás de ella por los alumbrados pasillos, Delilah avanza con cuidado con arma en mano, no quiere lastimar a sus compañeros, pero lo hará si es necesario.
Hay un guardia en una esquina, lo conoce bien, será sencillo noquearlo una vez se haya acercado, pero no sabe si hay otros guardias en los dos pasillos que no puede ver. No puede predecir pues no tienen una rutina que sigan estrictamente, ya que nunca sucede nada y suelen vagar aburridos.
Cindy entiende el problema, le jala del pantalón y le dice que le ayudará. La soldado se extraña. ¿De qué forma una niña de siete años puede ayudarla? Cindy trepa las paredes y avanza por el techo ante los ojos incrédulos de la ex soldado. Una vez llega donde el guardia, mira a los pasillos y no ve a nadie más: la mayoría duerme. Levanta el pulgar. Sin necesidad y llevada por la emoción, llama la atención del guardia desde el techo, Delilah lo golpea por detrás, y si bien cae, aún está consiente, y tiene que ahorcarlo.
La ayuda de la niña funciona una vez más cuando se encuentran con tres guardias juntos, quienes conversan sobre música. Tras derribar al primero, el segundo y tercero intentan disparar, Cindy dispara un líquido pegajoso de sus dedos y pega los dedos y manos de su oponente al arma antes de que pudiera apretar el gatillo. El guardia intenta atraparla.
Al mismo tiempo, Delilah atrapa el subfusil y los dedos de su contrincante, golpea la entrepierna con un rodillazo y le golpea el rostro con un codazo. Cindy remueve el casco del rival de Delilah tras saltar sobre sus hombros y la soldado lo golpea en la garganta y lo derriba golpeándolo con su propia arma en la sien, noqueándolo con el siguiente golpe, no sin antes derribar al otro guardia con un puñetazo cruzado de su mano mecánica; este se intenta levantar, así que Delilah se ve forzada a saltar sobre su espalda y ahorcarlo.
Llegan al ascensor y suben hasta el primer piso, sobre la tierra, que se muestra por fuera como una simple cabaña a puertas de un bosque, con seguridad pues un millonario vive ahí. Avizora sin salir del ascensor, no ve a nadie en el pasillo inmediato. Camina un poco más y nota que hay tres jugando a las cartas en una mesa en un rincón, uno más leyendo un libro en una silla del otro lado, y el encargado de abrir la puerta está sentado en su pequeña cabina viendo una película con audífonos en su laptop. Delilah quiere saber si los otros dos niños pueden hacer lo que Cindy puede, ella le dice que sí, pero que no pueden controlarlo igual de bien.
—¿Por qué no sabemos sobre esto?
—Practicamos en las noches, cuando creen que dormimos. De esa forma hay menos posibilidades de que nos vean. Hay un punto ciego para las cámaras, ahí practicamos.
—Vaya, Cindy —sonrió—. Eres una niña muy inteligente. Eres increíble.
Cindy sonríe de oreja a oreja y balancea su cuerpo, sonrojada.
Delilah se arrodilla ante los niños.
—Por favor, niños. Deben ser capaces de trepar por el techo. Es extremadamente importante, es vuestra libertad. Por favor, es solo por unos segundos.
Asienten, concentrados en la misión. Logran hacerlo, lentamente y con mucha dificultad. Logran pasar a los jugadores de cartas y al lector, y ahora solo deben mantenerse un rato más hasta que Delilah lidie con el encargado. La soldado muestra su tarjeta, aunque no sea necesario, y el encargado abre las cerraduras con el toque de un botón y regresa a su película. Los niños descienden lentamente por la pared sin que él lo note y salen por la puerta detrás de ella.
Hay más guardias en el patio, dos a unos metros, de espaldas a ellos. Y el resto en las rejas de la entrada. Los niños se esconden tras unos arbustos. Delilah suspira al ver su camioneta negra estacionada frente a las rejas. Se acerca a uno de los guardias cercanos y se lo lleva a un lado para hablarle de algo importante. Fuera de la vista del resto, lo ahorca y lo esconde en unos arbustos. Regresa.
—¿Dónde es…?
Delilah le quita el casco con una patada ascendente y lo derriba con un derechazo metálico. Lo golpea un par de veces más y se ve forzada a usar su cuerpo como escudo cuando le disparan. Cindy sale del arbusto y llama la atención, Delilah se levanta al instante y atraviesa el ojo de un atacante con un balazo; luego, rueda por el suelo y derriba a dos más. Las puertas se abren a sus espaldas y los guardias apuntan y ordenan a los niños que se mantengan quietos. Tienen prohibido lastimarlos.
Delilah corre en zigzag a toda velocidad hacia su camioneta, escapando de las balas con mucha suerte y ayuda de los árboles. Dispara a los neumáticos de los otros autos y sube al suyo. Jala la palanca y retrocede a toda potencia hacia los niños, quienes abordan sin problemas. La camioneta resiste las balas y atropella la cabina de las rejas, baja la ventana y le ordena al encargado abrirlas.
Una vez en la carretera, abre la puerta trasera de la camioneta y deja caer dos barriles, les dispara y crea una explosión que desestabiliza a sus perseguidores en motocicletas y autos de repuesto. El helicóptero de emergencias sale tras ellos, pero Delilah ya lo había previsto y se encargó de él en la mañana. El helicóptero se ve forzado a aterrizar ya que se va quedando sin combustible. Cruzan un puente, y una vez en la ciudad cambian de vehículo. Una vida de continuo escape se abre ante ellos.
PRÓLOGO 2
Manhattan, New York (2008).
Todos los estudiantes y maestros se han reunido, es hora de la prueba final. La habitación está a oscuras a excepción de las velas que rodean el círculo de combate. El estudiante está vestido de negro, frente al gran maestro vestido de blanco. Si logra resistir la pelea el tiempo suficiente, subirá de rango. Ya logró graduarse y ser aceptado formalmente en la organización a pesar de su procedencia, y no piensa detenerse tan cerca de la cima. Es más alto y tiene mayor masa muscular que su maestro, confía en que le sea suficiente para superarlo. Los tambores acompañan y animan la pelea.
A pesar de su avanzada edad, el maestro está saludable, y es veloz, muy veloz. Pero el estudiante es capaz de bloquear la gran mayoría de sus ataques e incluso logra lanzar unos suyos, aunque no puede conectar sus golpes. El maestro se queda quieto y espera a que el estudiante ataque, no piensa gastar sus energías innecesariamente; nunca lo hace. Pero el pupilo tampoco piensa cometer ese error, por lo que espera su momento con paciencia. Se miran por varios segundos, fingen ataques e intentan predecir sus movimientos.
El maestro engaña al estudiante haciéndole creer que ha fallado en su guardia, y cuando el pupilo ataca, desvía su ataque con un brazo y lo derriba con dos rápidos movimientos de mano y pie. Sin embargo, el estudiante no fue engañado, y desde el suelo atrapa al maestro del cuello con sus piernas y de un rápido y fuerte movimiento lo lleva al suelo. Monta al maestro torpemente y conecta dos puñetazos al rostro antes de fallar el tercero tras una forzosa separación causada por un contragolpe a la sien y una hábil huida.
El estudiante se pone en guardia. El maestro asiente de forma aprobatoria y se remueve parte de su kimono, mostrando un torso en gran forma física. Los ataques del maestro ahora son mucho más agresivos y veloces que antes, el estudiante no deja de retroceder, cubriéndose todo el tiempo. Los golpes al cuerpo hieren profundamente, el estudiante cae sobre sus rodillas; se cubre la cabeza. El maestro no deja de golpearlo con sus duros nudillos.
—Vas por mal camino, Matthew —susurró el maestro.
Matthew rueda hacia atrás y se pone de pie pues el maestro lo deja, no se arriesga. El maestro decide hacer las cosas más difíciles para el estudiante, implementa violentas patadas a su repertorio. Matthew retrocede y mantiene su defensa alta; mueve su pie izquierdo, el maestro espera la patada, pero es el brazo izquierdo el cuál se mueve, pero eso es también una finta y un poderoso derechazo cruzado golpea la mandíbula del maestro, mareándolo y dañándolo profundamente. Se tambalea y recibe dos puñetazos más al rostro. Intenta defenderse con una patada, pero el pupilo atrapa el pie, derriba al maestro tras patear su pierna de apoyo, sube sobre a él sin darle tiempo a reaccionar y conecta un codazo al ojo izquierdo.
—La edad alcanza a todos, maestro —susurró con una sonrisa satisfecha—. Los tiempos cambian, los cuerpos se vuelven más frágiles.
Los golpes caen como martillazos, el maestro se cubre con ambos brazos, no puede hacer más pues su cuerpo ha sido inmovilizado por el peso del hombre más joven y grande. Matthew sigue golpeando, ataca por los lados, y cuando el maestro mueve los brazos a cada lado para bloquear esos golpes, el estudiante aprovecha para dejar caer un violento codazo en medio de los ojos. El maestro ataca con un zurdazo, Matthew evade y atrapa el brazo izquierdo, deja una abertura para que el maestro intente ponerse de pie, entonces aprovecha para regresarlo al suelo de lado para que su brazo derecho quede atrapado debajo de su propio cuerpo. De esa forma, el puño derecho del estudiante queda libre y sin resistencia para golpear brutalmente el rostro de su maestro.
—No quiero que esto termine tan rápido, tengo cosas que probar —dijo Matthew para luego ponerse de pie—. Arriba, viejo.
La audiencia se mantiene callada, pero por dentro están sumamente sorprendidos.
—¡Qué falta de respeto! —recriminó el maestro entre dientes ensangrentados.
—Mataste a Stick por la espalda, nunca te he tenido respeto.
Está enojado por el dolor y el insulto, pero el maestro mantiene la compostura, a pesar de que su ojo izquierdo está casi completamente cerrado. Los puños buscan la humanidad del estudiante, sin piedad. El karateca desaparece y Matthew Murdock sigue el ejemplo de su padre y evade cada golpe como un boxeador de la más alta calidad. Evade los puñetazos y contraataca al cuerpo. No deja que el maestro patee, adelantándose y pateando el interior de la pierna que buscaba dañarlo. Continua con esas veloces patadas a las piernas, debilitándolas poco a poco.
—Te veo en problemas, sensei.
El maestro regresa a una postura defensiva, su estrategia es esperar y contraatacar, pero Murdock no está herido y lo supera en agilidad y velocidad. Una patada con salto empuja al maestro fuera del círculo. Intenta ponerse de pie, pero Matthew lo derriba una vez más con un violento rodillazo al rostro. El maestro se pone de pie, escupe sangre y respira con dificultad por la sangre en su nariz, ahora rota. Ataca con un derechazo, Matthew atrapa el puño y con un movimiento de judo lanza al maestro contra el suelo, le pisa el pecho y su rodilla izquierda desciende sobre la cabeza.
—La única razón por la que me uní a ustedes —empieza a susurrar Murdock una vez sube sobre el maestro para terminar su trabajo— fue para obtener las suficientes habilidades para vengarme. Ellos murieron, debiste verlo venir. Pero estuviste ciego por culpa de tu arrogancia. Supongo que no eres lo suficientemente inteligente como para entender las debilidades que trae el poder.
Los golpes llueven violentamente. El resto de los estudiantes intentan detenerlo, pero van cayendo al suelo con heridas de espadas en los pechos, otros pierden sus cabezas, otros simplemente las tienen atravesadas a través de sus frentes o bocas. Murdock golpea una y otra vez el rostro del maestro, desfigurándolo cada vez más.
Bakuto, un invitado, lo saca de encima de una patada, Matthew se pone de pie y bloquea una patada horizontal con ambos brazos, bloquea una patada lateral con un brazo, evade la giratoria agachándose y se lanza contra las piernas de Bakuto y lo derriba, pero este logra crear espacio con ambos pies sobre el pecho de Matthew y rueda hacia atrás para ponerse de pie. Ataca con una patada alta que Murdock contraataca con una suya para luego girar y conectar otra contra al pecho. Bakuto lanza un derechazo, Murdock lo evade y conecta un zurdazo en el rostro, finalizando con un rodillazo al cuerpo.
Bakuto retrocede, ataca con una patada buscando el mentón, y Murdock la evade tirando el cuerpo hacía atrás, atrapa el pie con ambas manos y contraataca con una patada lateral a las costillas. Bakuto intenta liberar su pie, pero Murdock lo tira al suelo con cierto desprecio. Bakuto se pone de pie y retrocede.
—Matt —exclamó Otomo lanzándole una catana. Murdock la atrapa sin dificultades, sin mover la cabeza que se inclina hacia el lado contrario.
—Esto no acabará aquí, Murdock —prometió Bakuto—. Pagarás por esto.
Matt asesina a dos hombres que lo atacan por la espalda. Bakuto corre hacia a la salida, Murdock lanza la catana y esta roza el brazo del objetivo, que logra huir.
Al día siguiente, está sentado en una silla giratoria, aun cubierto en sangre; no parece haber dormido. La pantalla de entrevistas se enciende y hombres japoneses, vestidos con trajes caros, sentados alrededor de un escritorio, lo observan.
—¿Por qué, Murdock? —preguntó el del medio.
—Hice lo que tenía que hacer. Era tiempo de un cambio, nueva sangre. Muchos lo creyeron, por eso me apoyaron. Soy el nuevo dedo, me lo merezco, le gané justamente.
—Sí, Bakuto lo confirma. Lo derrotaste justamente.
—Sí no aprueban que alguien no japonés sea un dedo, pueden enviar a alguien a derrotarme, pero estoy seguro de que tienen mayores problemas que tratar. No se preocupen, nada cambiará. El dinero seguirá fluyendo. Y a través de mis manos New York les pertenecerá por completo.
—Es una afirmación muy grande —dijo el hombre del medio. Murdock se mantiene inexpresivo, muy seguro de sí mismo. El japonés sonríe de lado—. Muy bien, te daremos la oportunidad.
La pantalla se apaga.
—Idiotas —murmuró Matt Murdock.
