Digimon no me pertenece.
.
.
And then she'd say: It's OK,
I got lost on the way
But I'm a Supergirl and Supergirls don't cry.
And she'd say: It's all right,
I got home late last night
But I'm a Supergirl and Supergirls just fly.
Supergirl, Reamonn
.
HEREDERA
Es demasiado ruidosa. Ha mejorado en el último año pero sigue sin ser suficiente. Las flores la perciben minutos antes de que abra la puerta.
—¡Ya estoy aquí!
Deja la mochila, se descalza y solo cuando pisa el tatami adquiere una actitud más serena. Como si por fin se diera cuenta del ambiente que la rodea. Con una reverencia se disculpa ante mi alumna. Se acerca y me saluda con otra reverencia. Soy su maestra y ella es mi alumna.
.
.
«I-ke-ba-na», lo decía jugando con las flores. Jugando a imitarme. Entonces siempre estaba en mi escuela. Sonreía a todas horas. Le gustaba estar conmigo.
¡Cuánto has crecido Sora-chan!
¿Qué edad tienes ya?
¿Ya vas al colegio de mayores?
¡Qué niña más buena tiene maestra!
Será una perfecta heredera.
«He-re-de-ra», lo repetía tirando de mis mangas, buscando mi abrazo. Me sonreía como si fuera todo su mundo cuando me regalaba una flor. Solía disgustarme si consideraba que había estropeado un trabajo valioso para conseguirla, pero no llegaba a enfadarme. Esa sonrisa era mi mundo también. Yo era la madre y ella era mi heredera.
.
.
—Lo siento Sora pero hoy daré una clase más avanzada a Mizutani-chan.
Entonces se da cuenta de que en efecto, solo hay una alumna. Sonríe disculpándose. Es mi alumna más prometedora y ella lo sabe.
—Claro, iré a casa. Aunque, ¿puedes darme un poco de dinero?, quizá aproveche a comprar algo de ropa ya que estoy por aquí.
Se aleja del tatami silenciosamente y vuelve a ser ruidosa cuando se va. Retomó mis clases hace un año, después del verano. No soy capaz de sentirme feliz por ello. Ella sonríe pero yo no veo la sincera sonrisa de su niñez.
.
.
«¿Futbol?»
Era el primer club al que se apuntaba en primaria. ¿Qué edad tenía? Estaría en segundo o tercer grado. Aún necesitaba hasta dos cojines bajo sus rodillas para poder llegar a la mesa.
«¿Es malo que juegue futbol?»
Supongo que no tenía por qué comprender lo inadecuado que resultaba que la futura cabeza de la escuela jugara a un deporte tan brusco. Sin embargo yo dí por hecho que debía comprenderlo, que debía saber cual era su lugar.
«No creo que sea adecuado para ti. Busca algo menos agresivo, ¿quieres?»
«¿Puedo preguntar a papá?»
«Papá está ocupado con su trabajo. No lo molestaremos con tonterías.»
Finalmente consentí que jugara. No me dí cuenta de que fue entonces cuando empezó a perder su sonrisa. No me dí cuenta de que yo tampoco sonreía.
.
.
—Maestra, ¿es así correcto?
Mi alumna más aventajada lo ha vuelto hacer. Con serenidad y casi sin esfuerzo. Ella no pone caras raras, no resopla ni se frustra. No es ruidosa después de abandonar el tatami.
.
Mi hija ha preparado la cena. En el último año está aprendiendo a cocinar. Me pidió que la enseñara, así como pidió que la retomara como alumna. Mi hija ha cambiado mucho desde aquel verano.
—¿Compraste faldas?
—Sí, alguna. Cuando empiece la secundaria tendré que llevarla así que mejor me acostumbro.
—Creí que comprarías algo más deportivo.
—¿No te lo dije? Dejé el club de futbol este año.
.
.
Sora-chan, cuánto has crecido.
Hacía tiempo que no te veíamos por la escuela.
Ya había escuchado que jugabas al futbol.
Bonito uniforme.
Llegó resoplando. Por primera vez la encontré ruidosa, molesta e irrespetuosa.
«¿Qué haces así vestida?»
«Vengo del entrenamiento.»
«Te dije que hoy tenías una clase importante.»
El kimono estaba preparado y ella había llegado tarde y con su equipación de futbol. Consentí que jugara, pero no era suficiente para ella. Ella quería romper mi mundo. Ella quería desafiarme.
«Y yo te dije que mi entrenamiento era importante también. Tenemos que preparar el partido del fin de semana y soy la capitana, no puedo faltar.»
«¡Deja de hablar de futbol aquí!»
Este era mi lugar, mi ambiente. Las flores debían tratarse con mimo, necesitaban serenidad. El futbol era sucio, tosco y ruidoso. ¿Por qué ella quería arruinarlo?
«Siéntate.»
No se sentó. ¿Por qué me desafiaba? ¿Por qué no aceptaba lo que era? ¿Por qué rehuía de ser mi hija? Una mueca de dolor.
«¿Qué le pasa a tu pierna?»
«Es solo un golpe.»
«Déjalo. Está decidido.»
«¿Por un golpe?»
Volvía a desafiarme. ¿Acaso tanto odiaba lo que soy? ¿Es que me odiaba?
«Acordamos que podrías jugar mientras no influyese en tus clases.»
«¡Eso lo acordaste tú!»
«No grites.»
«¡Prefiero jugar a futbol que mirar estúpidas flores!»
Entonces era cierto. Ello lo odiaba. Ella me odiaba. ¿Dónde estaba la niña que me regalaba flores? ¿A dónde fue su sonrisa?
«No es tu decisión.»
«¿Por qué?»
«Porque eres mi hija.»
¿Por qué me odias?
Nunca disputó aquel partido. Tampoco regresó a mi escuela.
.
.
Desde hacía un año que prefería faltar a prácticas de futbol antes que a mis clases. Desde hacía un año que no me había vuelto a gritar ni habíamos vuelto a tener un desencuentro. Sin embargo, sigo sin saber lo que piensa realmente. Sigo sin estar segura de si lo ama o simplemente aprendió a aceptarlo por ser mi hija.
—¿Dejaste el futbol?
Nunca llegó a gustarme. Nunca llegué a aceptarlo. ¿Por qué no me sentía feliz porque ella lo hubiera dejado? Era irónico que con lo mucho que se supone que me molestaba ni tan siquiera me había percatado de que ya no lo practicaba.
—No me gusta los recuerdos que me trae.
Cuando jugaba a futbol nunca logramos conectar. Cuando jugaba a futbol yo lo desaprobaba. Cuando jugaba a futbol ella se rebelaba. ¿Es por eso que quieres hacerlo desaparecer de tu vida?
—Quizá busque algo menos agresivo.
Sonríe, pero sigue sin ser su sonrisa. No quiero que seas mi heredera si no tienes tu sonrisa. ¿Cómo no me di cuenta antes de ello?
—¿Tenis?
Ella se sorprende.
—No sé nada de tenis.
—Yo puedo enseñarte.
—¿Tú sabes algo de tenis mamá?
—Jugué al tenis en secundaria.
—¿En serio?
Sus ojos brillan. Entiendo que nunca me desafiaron, tan solo estaban apagados.
—Es que nunca te imaginé haciendo algo diferente.
No me sorprende. ¿Cómo puede saber algo de mí si nunca se lo mostré?
.
Hace caras raras, resopla y se frustra, pero consigue darle a la pelota. Se esfuerza y lo disfruta. Me recuerda a cuando practica ikebana. Eso quiere decir que ¿disfrutará también siendo mi alumna?
—No hace falta que sigas con las clases.
—Quiero seguir con las clases si no soy mucha molestia.
Eres mi alumna más valiosa. Me enorgullece tenerte a mi lado. Me emociona que quieras estar al fin a mi lado, pero quiero que sea como mi hija, no como mi heredera.
—Ahora sé, que no debo forzarte a nada que no quieras.
—Mamá —con ese tono tierno que hacía años que no escuchaba—, por fin estoy haciendo lo que de verdad quiero.
Es sincera. Desde que sus ojos brillan todo me parece sincero, todo me parece cálido.
—Desde que acabó el verano siento como si hubiera despertado de una pesadilla. Pensaba que no me querías.
¿Te ha dicho Sora si me odia?
—Odiaba tu iemoto porque creía que era lo único que te importaba. Ni papá, ni yo, ni nada más podía ser más importante que tu posición. Odiaba pensar que yo sería como tú.
¿Te ha dicho Sora si me odia?
—Y al darme cuenta que me equivocaba, todo cambió en mí. Eres una desconocida para mí. Pero yo también soy una desconocida para mí misma. Odiaba ser tu heredera, por eso me esforcé en alejarme de ese camino, pero quizá también me estaba alejando de mí misma.
¿Te ha dicho Sora si me odia?
—Así que creo que si te conozco podré llegar a conocerme a mí misma y saber que es de verdad lo que quiero.
Su mano cálida sobre la mía. La recordaba más menuda. ¿Cuándo fue que escapó de mí? ¿Cuándo la solté? ¿Cuánto tiempo estuve pensando que era normal no sentir su calidez? ¿Resignarme a que me odiara?
La hija que nunca me odió, nunca me desafió. La hija que simplemente se alejó en busca de un camino. La hija que había regresado a esta madre estricta, a esta maestra que no fue educada para expresarse. Esta madre orgullosa de su heredera.
—Está bien si lloras mamá.
Sí, estoy llorando. Y soy consciente de que nunca lo había hecho delante de mi hija. Tampoco sin ella presente realmente. Ella no parece sorprendida. Entiendo que ya ha pasado por esto. Entiendo que maduró cuando yo no la estaba mirando. Ahora te miro y quiero que tú me mires a mí.
—No estoy dispuesta a seguir siendo una desconocida para mi hija. ¿Qué quieres saber?
—¿Puedo preguntar?, ¿cualquier cosa? Vale, ¿cuándo?… ¡No!… ¿dónde?… ¡no!
—No tienes que pensártelo tanto, puedes hacerme todas las preguntas que quieras.
Vamos a hablar, compartir y caminar juntas. Te lo prometo. Nunca permitiré que te vuelvas a alejar de mí. Nunca volveré a renunciar a la calidez de tu mano.
—En realidad solo tengo una: vuestra historia. La de papá y tú.
—¿Cómo?
—Quiero saberlo todo. Quiero entender vuestro amor. Es importante para mí.
El amor es importante para mi hija. Mi hija siempre fue amor ¿Cómo pude pensar alguna vez que era capaz de odiarme?
.
—Sora, aprovechemos de ir a la pista antes de las clases. No puedes presentarte en el club de tenis sin saber siquiera sacar.
—¡Que exigente eres!
Soy exigente. Una maestra exigente. Una madre exigente. Debo preservar el iemoto, es mi responsabilidad. Siempre fui exigente conmigo misma. Con la que más a partir de ahora. Me exigiré ser una madre justa y sincera. Me exigiré hacer feliz a mi hija y que nunca más dude de mis sentimientos.
Me gusta observarla cuando está concentrada. Ikebana, tenis, futbol, volar en un pájaro de fuego, curar el corazón de su madre… Es ruidosa, seguramente siempre será demasiado ruidosa para las flores tal y como yo las concibo, pero eso ya no me preocupa. Su camino, sea cual sea, será el mío también. El iemoto será suyo si alguna vez lo quiere.
—¿Son deberes?
—No, es una carta para papá. Le felicito el cumpleaños.
—¿Puedo leerla?
—Mamá, que seas de nuevo mi maestra no significa que puedas invadir mi intimidad.
—Perdona...
Sonríe. Sonríe. Sonríe. La sonrisa que es todo mi mundo. Quizá siempre sonrió de esa forma y fui yo la que me obcequé en no verla. Lo siento tanto. Te amo tanto.
—Veremos si mantienes esa sonrisa en la pista.
—No seas mala mamá.
—Debo ser exigente con mi heredera.
.
.
N/A: ya no escribo, pero una vez al año quédate en casa.
