Disclaimer: Naruto pertenece a Masashi Kishimoto y asociados.
¡Hola! Aprovechando que recientemente escribí un fic de psicopatía, se me ocurrió hacer uno de psicosis también xD. Es una historia que puede resultar muy extraña y poco convencional, pero que me encantó escribir. Es un universo alterno y, aunque en un principio no lo parezca, es un Sasuhina.
De antemano muchas gracias por cualquier comentario y ojalá disfruten esta locura de fic ;D
Psicosis
Anunciando el deceso del día y el nacimiento de la noche, la húmeda luz crespuscular que teñía de sangre el cielo se colaba grácilmente a través de una cortina de coníferas. A orillas de un calmo lago, una bien posicionada fogata se encargaría de desafiar a la inminente oscuridad. Sobre sus llamas, un joven asaba lo mejor que podía los jugosos trozos de un jabalí recíen cazado. Frente a él, sentada con las piernas recogidas, una chica de llamativos ojos albinos afirmaba su espalda contra el tronco de un vetusto y solitario árbol.
Ambos shinobi llevaban semanas desplazándose y ocultándose, intentando huir de las garras del vil demonio llamado Sasuke Uchiha. Éste, después de su supuesto viaje de redención, había vuelto meses después más fuerte que nunca. Ni siquiera Naruto pudo hacerle frente. Las batallas no sirvieron de nada, las súplicas tampoco. Nada ni nadie podía detenerlo, pues Uchiha se había convertido en el mismísimo demonio caminando sobre la Tierra. Un dios de la destrucción que ahora los perseguía para descargar su furia de muerte contra ellos.
Habían estado moviéndose por varios días, apenas tomando breves descansos. Hinata ya había alcanzado su límite de resistencia y, si no reposaba por un largo período, su cuerpo y su mente terminarían sucumbiendo. Por ello, descansarían veinticuatro horas y confiarían en la diosa fortuna para que Uchiha no lograse encontrarlos.
—Estás muy callada —señaló el varón. Luego giró uno de los pinchos para cocer la carne del otro lado—. Este silencio me está poniendo los nervios de punta. ¿No quieres decir algo para animar un poco el ambiente?
—¿Qué quieres que diga? —abrazó sus piernas mientras su nariz se mantenía a poca distancia de las rodillas.
—Cualquier cosa es mejor que el silencio, de veras.
Sin causa aparente, Hyuga dio un pequeño respingo. Luego contestó: —E-estoy muy cansada, tanto en lo físico como en lo psíquico —sobrepasada, necesitó darse una pequeña pausa antes de continuar —. Francamente, a veces pienso que sería mejor morir de una vez que seguir así...
—No digas eso, Hinata. Morir significa rendirse. Sólo necesito tiempo para hacerme más fuerte y Sasuke caerá —esbozó una amplia sonrisa que pretendía inyectarle confianza a su prometida.
Ella alzó su mirada para ver al hombre que tenía en frente y, reuniendo fuerzas de flaqueza, sus labios terminaron formando una mueca que ni siquiera merecía llamarse sonrisa. Sus ojos lucían pesarosos y desesperanzados.
Él la compadeció. En el fondo tampoco tenía ganas de hablar, pero ver tan desanimada a Hinata le partía el corazón, de modo que intentaba distraerla y darle esperanza. Estaba agotado y sabía que necesitaría de muchas semanas de entrenamiento, quizá incluso varios meses, para poder sobrepasar el terrible poder actual de Sasuke. Aún no podía asimilar como aquel a quien consideraba su amigo pudo desencadenar tamaña sed de muerte. Nunca debieron darle la oportunidad de resarcirse, pues alguien con el corazón tan contaminado no tenía remedio ya. Su terquedad por ayudarlo había contribuido a causar la desesperada situación actual, así que ahora los arrepentimientos le apremiaban. Sin embargo, era demasiado tarde para cambiar las cosas y llorar sobre la leche derramada no servía de nada. Reprimió un suspiro y se fijó atentamente en la carne, comprobando que estaba en su mejor punto de cocción. Desde su mochila shinobi extrajo un par de platos y cubiertos, rebanó el grueso muslo en dos y el trozo que se veía más apetitoso se lo ofreció a su compañera.
—Toma, tienes que comer —dijo extendiéndole el plato con su diestra.
La chica no alzó su mirada; siguió con la cabeza direccionada hacia el suelo.
—N-no tengo hambre, la verdad.
—Por favor, tienes que alimentarte bien o las cosas se pondrán peores —le habló endulzando su voz.
Ella finalmente levantó su cabeza. Al ver esa mirada tan tierna y preocupada, Hinata fue incapaz de darle una negativa. Dando un pequeño respiro tomó el platillo ofrecido. Entonces los helados cubiertos se ubicaron entre sus dedos e inició la necesaria cena.
Comieron en silencio; sólo el rumor de la brisa, el crepitar de la fogata y el canto de grillos se escuchaba.
—Ah, cuanto echo de menos comer donde Ichiraku y zamparme un buen plato de ramen, de veras —por su recuerdo, él sonrió sinceramente. Pese a la terrible situación, su ánimo igualmente asomaba para hacer frente a la adversidad. Aquella gran determinación fue la que precisamente había terminado enamorando a la princesa del Byakugan.
Ladeando un poco su cabeza, la fémina lo miró atentamente como si quisiera descubrir algo nuevo en él. Forzó una sonrisa a la que intentó darle veracidad. No lo consiguió.
—Yo echo de menos a mi familia —luego de masticar e ingerir, comentó tristemente.
—Sé que volverás a verlos —habló con la boca llena, dispersando su voz por ello—. Lo bueno de que Sasuke nos persiga es que Konoha está a salvo en el intertanto —le guiñó un ojo intentando darle solaz; quería hacerle ver que las cosas no eran tan oscuras.
Hyuga asintió de manera solemne con un leve movimiento de cabeza. Tres segundos después, abrió su cantimplora y con su contenido alivió la sequedad que había brotado en su garganta.
Terminada la cena, el varón se dirigió hacia el lago, llenó una pequeña olla con más agua y la puso a hervir para matar los microbios. Cuando volvió al lado de su chica se produjo otro largo silencio; fue uno de esos tensos e incómodos.
—Hinata —dispuesto a cortar el ambiente retraído, habló—, entiendo que estés así de desanimada, pero caer en depresión en nada arreglará las cosas, sólo las empeorará.
—Ya no aguanto más... —tras lo dicho, sollozó.
El muchacho la miró con preocupación. Rastreando en sus ojos albinos, deducía que tenía un conflicto interior que iba más allá de la persecución a la que Sasuke los sometía. Presentía que Hinata quería decirle algo, pero que por alguna razón no se atrevía a hacerlo.
—Tranquila, confía en mí. Sólo necesito perfeccionar mis habilidades y derrotaré a Sasuke, ¡de veras!
De súbito, un ruido muy sospechoso emergió varios metros más allá, provocando oleadas fulgurantes de adrenalina recorriendo cada capa de la piel masculina. ¿Sería Sasuke, acaso? La tensión nerviosa subió escalas ante el atisbo que tal expectativa se cumpliera. El hábil shinobi se levantó como un resorte y preparó energía en su mano. Sabía que ahora no era rival para Uchiha, pero de todos modos podría mantener un combate con él durante algunos minutos mientras Hinata huía. Ella, entretanto, no hizo ningún movimiento. De hecho, extrañamente, ni siquiera le dio importancia al ruido. Tal vez ya no tenía fuerzas para seguir.
—Hinata, levántate y activa tu Byakugan. Sasuke puede estar cerca, así que debes estar preparada para escapar —indicó el confín sur del bosque —. Quizá nuestra fogata lo alertó —añadió cauteloso.
La chica permaneció con sus labios sellados, contemplando el vasto horizonte de árboles y helechos. Luego miró por última vez la fogata y entonces se irguió, trasladando su centro de gravedad desde los glúteos a las sandalias de charol. Súbitamente, en un acto del más puro nerviosismo, apretó los dedos de su izquierda con los de la diestra. Lo hizo un trío veces, para luego exhalar de forma ruidosa. Un instante después las zarpas de la angustia disfrutaron de ella, manifestándose a través del gesto que se plasmó claramente en su rostro. Su mentón emitió unos temblores que hicieron rechinar sus dientes. Apretó los labios para que el movimiento cesara y, tras un breve lapso, lo consiguió. Miró fijamente a quien tenía en frente; entonces, aunando fuerzas desde las profundidades más hondas de su alma, dijo algo completamente sorpresivo a la par de desconcertante.
—Naruto está muerto...
El hombre abrió sus ojos a extremos gigantescos ante tamaña incoherencia.
—¿De qué hablas, Hinata? Si yo estoy aquí, de veras. Y estoy aquí para cuidarte, lo sabes —esbozó una sonrisa repleta de templanza.
Al corazón femenino le falló un latido y llevó la diestra a su frente como si una fulminante fiebre la hubiese atacado. Despojándose de cualquier reticencia, especificaría todavía más su afirmación.
—N-Naruto está muerto porque tú lo mataste...
Abriendo tanto lo ojos como la boca, el joven hizo más expresivo el asombro que lo inundaba. Sus neuronas necesitaron varios segundos para desembarazarse del caos y poder conjugar una frase lo suficientemente coherente. ¿Qué locura estaba diciendo ella?
—Hinata, creo que el temor está alterando tu conciencia. El miedo te está haciendo desvariar.
La bella joven remojó sus labios secos en un movimiento rápido y nervioso. Luego, con suma fuerza, los apretó uno contra otro hasta hacerlos desaparecer por la presión.
—Tú mataste a Naruto —repitió lo antes dicho, pero esta vez espetando un énfasis todavía mayor en sus facciones.
El varón se sintió tan confundido que un tiburón al cual le crecieran manos y pies se sentiría más orientado que él.
—Lo que dices es imposible... yo soy Naruto.
Hinata bajó su rostro mientras un par de gruesas lágrimas nacían para desplazarse por sus mejillas. Apretó puños y luego los abrió. Repitió esta acción cuatro veces para liberar de algún modo la asoladora tensión que la abrumaba. Un gran suspiro acudió y entonces levantó su cabeza para encajarle su albina mirada.
—Tú no eres Naruto... tú eres Sasuke Uchiha.
La angustia en su voz fue tan sobresaliente como la seguridad que desplegaban sus palabras. El joven se asombró por la combinación tan perfecta de ambas cosas. Pronto esbozó la idea que el circuito neuronal de su prometida había empezado a funcionar al revés, pues solamente aquello podría explicar la insana locura que estaba diciéndole.
—Debes tener mucha fiebre porque estás delirando, Hinata. Déjame tomar tu temperatura —se acercó a ella y le tocó tiernamente la frente, muy preocupado por su salud. No obstante, ningún calor sintió. De hecho, incluso parecía estar más fría de lo normal.
—Sasuke... ti-tienes que enfrentar la realidad...
El hombre constriñó los músculos de sus cejas. —¿De qué estás hablando? —preguntó muy preocupado, pues parecía que su bella novia comenzaba a perder la cordura.
Por el rostro femenil resbalaron más lágrimas. Humedeciendo sus labios, probó el sabor de las mismas como efecto colateral. No sabía cómo decir la terrible verdad, si a quemarropa o ir preparando el camino lentamente. Ella no estaba preparada para lidiar con una situación así. De hecho, era difícil que alguien que no tuviese estudios psiquiátricos pudiera salir airoso de una situación como en la que estaba encerrada.
—Sasuke... tú mataste a Naruto, a Sakura y al maestro Kakashi, además de algunos ninjas más —el manantial de lágrimas se incrementó en sus perlados ojos—. Y-yo no sé que ha pasado contigo, pero creo que al darte cuenta del mal que hiciste te volviste loco de arrepentimiento. Ahora no aceptas quien eres y te refugias en que Naruto sigue vivo para escapar del dolor. Nació en ti una especie de psicosis que te hace creer que eres él, p-pero no es así: tú lo mataste en el combate que tuvieron —con lo dicho, su voz se desgarró en hórridos jirones de dolor —. Y ahora hablas como él, haces los mismos gestos que él, comes como él, miras como él, caminas como él. Como lo conociste tan bien imitas todo de Naruto a la perfección...
Para el varón las palabras fueron verdaderos estoques afilados. Azorado, dio un par de pasos atrás para negar con su cabeza de manera vehemente.
—Estás mintiendo, Hinata. Yo soy Naruto Uzumaki.
Ella cerró sus ojos mientras las lágrimas seguían cayendo. Arrugados, sus apretados párpados temblaban mientras la agudeza de su congoja le hizo contraer la cara de una forma anormal.
—Por favor, Sasuke... activa tu Sharingan y comprueba que no te estoy mintiendo. Ya no aguanto más esta situación, ver que te comportas como Naruto, que hablas como él, que actúas como él, todo esto me está volviendo loca a mí también. Ya no tolero más esto. Si vas a matarme hazlo de una vez, no me tortures más de esta forma, por favor...
Él dio más pasos en reversa, preguntándose en qué clase de vericuetos anómalos estaba cayendo la mente de su musa. Lo que decía no podía ser cierto, puesto que era una total locura. Él era Naruto, de modo que era imposible que se hubiera matado a sí mismo. E incluso si por alguna demencial razón él fuese Sasuke, nunca habría matado a su único amigo, a la persona que siempre intentó ayudarlo para sacarlo de la oscuridad. Él no habría matado a Sakura, la mujer que siempre lo amó. Tampoco a su maestro. Todo eso era un engaño. ¡Tenía que serlo!
—¡Estás mintiendo! —gritó entredientes a un volumen atronador—. ¿Por qué me haces esto? ¿Me quieres volver loco? —preguntó haciendo un ademán desesperado.
Hinata largó más lágrimas a la vez que una expresión atormentada acosaba sus facciones.
—Ya no aguanto más, Sasuke. Llevo varios días contigo y escuchándote hablar como Naruto. Verte comportándote como él me está matando lentamente.
El estupor que lo invadió hizo que su cuerpo se balanceara suavemente, como si estuviera flotando en aquel lago de tranquilas aguas. El corazón comenzó a latirle fuertemente a la vez que la mayoría de sus nervios se crispaban como cuchillas. De súbito, comenzó a tomarse la cabeza fuertemente, como si su cerebro quisiera salir a través de los huesos craneales. Alaridos terribles de dolor cruzaron el aire; gritos desesperados; aullidos de aflicción conmovedores a la par de espeluznantes.
—¡Mientes! —su voz emergió como un fulminante latigazo al aire —. ¡Maldita bruja, estás mintiendo! ¡Yo no los maté! ¡Yo nunca hice tal cosa!
De manera clara, ella tenía clavado el sufrimiento tanto en su mirada como en sus ojeras.
—D-date cuenta que Naruto nunca hubiera hablado así. Él nunca me habría tratado así, Sasuke...
Uchiha, invadido por una suerte de añeja y lejana cordura, bajó sus ojos hacia la punta de sus sandalias, ensimismándose. No tuvo que pasar mucho tiempo para que diese cuenta que Hinata tenía razón en ese punto: el rubio nunca habría dicho tales palabras...
Entonces, entre las profundas brumas que difuminaban la frontera entre la consciencia y la inconsciencia, su mente perturbada fue iluminada por una pequeñísima luz racional, una que gradualmente fue ensanchándose para adquirir más volumen. De súbito, sus pensamientos volaron hacia Kakashi ensangrentado; Naruto confrontándolo; súplicas desesperadas de Sakura; el Rasengan concentrándose; el Chidori relampagueando; gritos por doquier; shinobis atacándolo. Imágenes rápidas, fugaces e inconexas que se sucedieron de un modo infernal en el caos de su mente, pero que poco a poco fueron uniéndose bajo una secuencia coherente. Potenciando una horrorosa certidumbre, el motín en sus neuronas se expresó por medio de terribles escalofríos que fluyeron por su espalda como serpientes. Pronto la nociva gelidez se quedó anclada allí, anulando la intermitencia y cambiándola por permanencia.
¿Acaso eran recuerdos...? Sí, los eran...
Comenzó a sudar de una manera impactante: manos, frente, nuca, piernas. Todas sus células expelieron su angustia al reconocer la horrenda verdad. Quedó mudo, pues su cerebro fue hecho polvo. Le tomó muchos segundos para que éste retornara a una consistencia normal.
—No puede ser... —dicho esto, tomó noción que su tono de voz no era el de Naruto; sonaba más grave, más ronco. Alzó la palma de sus manos para ponerlas delante de su vista y las examinó de forma ávida. Se estremeció al notar que en ellas la piel era más clara; distinta a la bronceada del rubio jinchuriki. Se fijó en el aladar que caía sobre su ojo izquierdo y constató que sus cabellos no eran rubios, sino morenos. Agitado, ingirió saliva y observó a Hinata, quien lo miraba con un singular tinte que parecía mezclar sufrimiento y compasión a la vez. Una afilada voz interior le hizo saber definitivamente que ella tenía razón... él no era Naruto, sino Sasuke Uchiha.
Como fulminado, cayó de rodillas al darse cuenta de algo mucho peor, algo que lo torturó como una estalactita atravesando su corazón: él había matado a sus compañeros del equipo siete. También a otros shinobi. Sintió que le faltaba el aire y que el peso de su cuerpo se incrementaba varias veces, como si la gravedad del planeta hubiese aumentado de repente. El descomunal dolor le hizo comprender que lo que estaba viviendo no era una pesadilla, sino la cruel realidad. La atroz imagen de Naruto, Sakura y Kakashi, asesinados por él en un ataque irrefrenable de ira y odio, era lo peor que había vivido desde la muerte de su familia.
Gritó a todo volumen, ya sin padecer la amnesia temporal. Usando su diestra, jaló sus propios cabellos hasta el punto que algunos mechones quedaron entre sus dedos; luego se enterró las uñas de ambas manos en los hombros, arañándose sin piedad. Se hizo heridas en ellos a pesar de la camisa que los cubría. Comenzó a sangrar, pero no le importó. El dolor físico era mucho más soportable que el del alma, de modo que un intercambio entre ellos asomaba como una fórmula inconsciente de desahogo. Estaba al borde de sufrir un ataque de histeria; una risa demente lo hizo saber. Era la risa enfermiza que sólo una terrible crisis podía producir. Sin embargo, antes de hundirse en la última, escuchó unos jadeos angustiados que le hicieron tomar noción que no estaba solo. Como transitaba a través de una dimensión ajena, había olvidado completamente a Hinata.
—Ahora sabes la verdad, Sasuke... —anunció ella con voz trémula.
Él se dio el tiempo de alzar su mirada y observarla fijamente durante varios segundos. —¿Por qué estás conmigo, Hinata?
La fémina, por dentro de su boca, se mordió el sector correspondiente a la mejilla izquierda. Luego respondió:
—Creyéndote Naruto, simplemente llegaste por mí y me raptaste diciendo que debías protegerme de Sasuke —su voz se desmenuzaba en matices agudos y graves por la agobiadora congoja —. Me di cuenta que tenías un grave problema mental, p-pero he seguido contigo porque gracias a eso no seguiste atacando Konoha.
Por algunos segundos Sasuke no se movió, no pestañeó, no respiró. La vida entera pareció abandonarlo de raíz. Sólo cuando sintió un ardor en su pecho y necesitó inhalar profundamente, verificó que todavía seguía en el mundo tangible.
—Ya veo —dijo con voz apagada —. Ahora lo entiendo todo —puso la postiza siniestra en el suelo y ésta lo ayudó a incorporarse. Aunque su semblante seguía expresando descomunal amargor, sus ojos comenzaban a dejar atrás el matiz de demencia que los cobijaba. Ahora bruñían la cordura que progresivamente iba implantándose en su ser —. Después de mi lunático ataque de furia, después de darme cuenta de lo que hice, sufrí un dolor terrible. Pensé que la venganza de destruir Konoha me brindaría paz, pero lo único que conseguí fue un sufrimiento todavía mayor al que ya padecía. Soy tan débil que fui consumido por el odio y, por culpa de éste, perdí a mis únicos amigos...
Desde sus negros ojos, las lágrimas emergieron sin que ningún orgullo las contuviera. Lo único que ansiaba era deshacer el pasado, escapar de él, huir a un mundo paralelo o una dimensión desconocida. ¡Romper la maldita realidad como si fuera un cristal! Y precisamente fue eso lo que hizo su trastornado cerebro durante estos días.
Hinata paseó su vista a través del espectro de colores que surgía desde la fogata. Luego, dando un suspiro, volvió desde su expresión ausente para fijar sus luceros en él.
—Y-yo no sabía qué opción tomar contigo: si seguir fingiendo que eras Naruto, intentar que volvieras a ser Sasuke o matarte mientras dormías. Intenté lo último, pero no pude hacerlo. ¡N-no pude hacerlo! —gritó llorando, frustrada. Cerró sus párpados durante un largo momento que pudo ser medio minuto. Después, dando un par de hondos respiros, continuó —. A veces tienes períodos breves de lucidez en que vuelves a ser Sasuke y sé que estás arrepentido. Tú mismo me has dicho, durante esos lapsos, que sientes un dolor terrible por todo lo que hiciste. Yo no puedo matar a alguien que está arrepentido. Simplemente no puedo...
Uchiha sintió que ella le había golpeado la cabeza con una pesada maza. Innumerables lágrimas burbujearon todavía más en sus ojos.
—Si continuabas creyendo que eras Naruto, Konoha no correría peligro alguno, pero verte hablar como él, ver que actúas como él, ver que el hombre que amaba ahora vivía en ti de una forma tan retorcida, me estaba volviendo loca a mí también... Por eso tenía que hacerte ver la verdad —llevó el índice a su boca y lo apretó fuertemente contra su labio inferior. Después deshizo su gesto, sacó un pañuelo de su bolsillo y se secó la nariz sin hacerla sonar.
El pelinegro tuvo claro lo demencial de la situación y lo angustioso que debió ser para ella. Ahora que su cordura había vuelto, entendía todo con una perfección abrumadora.
—Perdóname, Hinata. Perdóname por quitarte a quien amabas —sus facciones se contrajeron en una expresión llena de tristeza sin igual.
Tenía claro que Sasuke realmente estaba arrepentido, pues, de no ser así, alguien tan orgulloso como él jamás le hubiese dado disculpas. Por ello se conmovió inevitablemente, dado que el único sobreviviente Uchiha estaba padeciendo mucho también. De hecho, sufría tanto que su mente forjó a la locura como la única forma viable para escapar de tanto dolor.
De súbito, el psicótico caminó hacia ella y le puso sus manos en el costado de sus hombros. Ella no reaccionó mal, sólo lo miró con pesar.
—Dudo que mantenga mi cordura por mucho tiempo, así que debes ayudarme —exigió con seria mirada y voz más tranquila.
Ella entendía lo que le sucedía, pero no tenía los estudios para poder ayudarlo en su trastorno. Sólo profesionales podrían encargarse de él. Quizás Ino era la mejor opción, ya que, aprovechando su técnica mental, estaba especializándose en psiquiatría.
—¿Cómo puedo ayudarte? —pese a todo lo que él había hecho, pese a que debería odiarlo con todas sus fuerzas, Hinata igualmente realizó la pregunta. Su nobleza en verdad era muy grande y Uchiha apreció que así fuera.
—Sólo hay una forma posible: tienes que matarme.
Ella abrió sus ojos desmesuradamente. Una tensa expectación se creó durante muchos segundos.
—Y-yo no puedo... —dijo finalmente.
—Tienes que hacerlo —sentenció con semblante duro y áspero—. Hazlo por Naruto, por Sakura, por Kakashi, por los shinobis que maté y por Konoha misma. Hazlo, Hinata.
Ella miró al suelo y meneó la cabeza en señal de negación.
—N-no es lo que hubiese querido Naruto. Él nunca creyó en la venganza como el camino a seguir. A pesar de todo, él te habría perdonado —afirmó muy emocionada—. Y más tomando en cuenta que tienes un grave trastorno mental; uno que quizá arrastras desde la misma infancia.
—Sé que él lo habría hecho... pero yo no puedo perdonarme a mí mismo. No después de todo lo que hice. Si de verdad quieres ayudarme, entonces tienes que matarme.
Ella mantuvo su mirada gacha durante largos y eternos segundos. Los leños en la fogata crepitaron, lanzando llamativas pavesas que danzaron por el aire. Uchiha sonaba tan desesperado y decidido a la vez... realmente quería morir. Tal vez ese castigo sería la salvación de su alma, pues su conciencia nunca podría superar todo el dolor que había causado. Su espíritu nunca más armonizaría con la paz; la única forma de alcanzarla sería la muerte. En cuanto Hinata lo entendió, su mirada volvió a alzarse para encajarse en los ojos de Sasuke. Dio un par de grandes suspiros que hincharon notoriamente su pecho y finalmente asintió con un gesto solemne. La muerte de Uchiha era lo mejor para él, para Konoha y para ella también. Como kunoichi, como la jounin que era, tenía un deber que cumplir: proteger a La Hoja de cualquier amenaza. Y lamentablemente, alguien tan inestable como Sasuke todavía representaba un grave peligro.
Decidida, llevó su diestra a un costado de su pantalón y extrajo el kunai que todo shinobi siempre carga encima. Necesitó dar otro par de profundos suspiros. Luego fijó su vista en el pecho de su objetivo, específicamente en la zona donde su corazón habitaba; la zona en la cual su arma se clavaría para arrebatarle la vida. Va a ajusticiarlo por Naruto, Kakashi, Sakura y los otros que murieron luchando contra él. Recordándolos, una tremenda resolución entintó su rostro. Sasuke se lo estaba pidiendo e imaginó a sus víctimas solicitando lo mismo desde el otro mundo. Por ello, aprieta el kunai entre sus dedos. Lo sostiene sin que tambalee un ápice; está tan firme como una espada incrustada en lo más profundo de una roca. Sus blanquinosos ojos se aceran; no emiten dudas de ningún tipo. Le hace saber a través de todo su semblante que lo va a hacer, que le arrebatará la vida. Completamente amenazante, incluso alza el arma para atemorizarlo; ¡amedrentarlo para que así pague por todo lo que hizo! Sin embargo, él no vacila siquiera un mísero segundo. Está esperando la estocada. Firme; totalmente estoico. Ella le echa una última mirada antes de acometer el ataque que extinguiría su vida. Y entonces lo supo todo con una claridad abismal...
—N-no puedo matarte... ¡No puedo! —irremisiblemente, el kunai resbaló de sus dedos para clavarse de punta contra el suelo. A pesar de todo el mal que Uchiha hizo, sus negros ojos llenos de dolor no le generan odio ni rencor... le provocan compasión. Por ello, no puede darle el castigo que merece. Simplemente es incapaz de enviarlo al más allá. Matarlo significaba acabar con alguien arrepentido y con un grave trastorno. Y, quizás por encima de ambas razones, matarlo también significaba perder a Naruto nuevamente, pues su esencia vivía en Uchiha. Era una total demencia, pero Sasuke y Naruto vivían en el mismo cuerpo ahora. El pelinegro había adoptado tan bien su personalidad que realmente se sentía como él...
—Perdóname, Hinata...
La emoción de sus palabras fue sobrecogedora. Muchos segundos transcurrieron y paulatinamente la mirada de Uchiha fue mutando. El rastro de cordura, la pequeña luz racional, fue perdiéndose entre los intrincados laberintos de su mente. El lapso que le había dado su conciencia para darse cuenta de quien era realmente, comenzaba a desaparecer para mitigar otra vez el terrible dolor de la realidad. Pronto, como cayendo en un profundo sueño neblinoso que desconectaba su memoria, fue devorado por el rubio de ojos azules que deseaba ser. Una vez más, Naruto Uzumaki regresaba.
—Estás muy callada —su voz adoptó un tono menos grave, parecido al del jinchuriki—. Este silencio me está poniendo los nervios de punta. ¿No quieres decir algo para animar un poco el ambiente?
Ella lo miró mezclando angustia con piedad. La psicosis de Sasuke siempre se reanudaba con la misma frase. Dio un profundo suspiro y, agachándose, volvió a tomar el kunai entre sus manos para guardarlo en su funda. Quizás un día tendría el valor para matarlo o quizá nunca lo tendría. Lo cierto es que, pese a todo, pasar estos días junto a Sasuke había provocado que le tuviera cierta estima y mucha compasión. Agotada de sufrir tanto, esbozó una tenue sonrisa ocular, caminó hacia él y tomó una mano entre las suyas.
—Sé que estando contigo todo saldrá bien... Naruto...
—Créeme que así será, Hinata. Derrotaré a Sasuke para que todo sea como antes, ¡de veras! —contestó sonriendo.
¿Algún día él recuperaría la cordura? La joven no sabía la respuesta, pero algo sí tenía claro: por ahora Naruto y Sasuke residían en el mismo cuerpo, de modo que lo único importante era quererlos a ambos. De hecho, más adelante incluso podría amarlos por igual.
Al fin y al cabo, quizás ella ya estaba tan perturbada como Sasuke...
Fin de la Transmisión
