Loudun

Capítulo 1. El nacimiento

Bouere, Oeste de Francia. Primavera de 1590

Había decidido que el embarazo debía culminar con éxito. El parto se complicaría debido a la prominencia del vientre de la mujer y la complexión del resto de su anatomía. Si practicaba una cesárea, sabía que morirían tanto la madre como el hijo, por lo que, el galeno Gerard de Renaudot, se encomendó a los santos que conocía para tratar de salvar a ambos.

La cabeza asomó tras el desmayo de la madre. La comadrona que siempre lo acompañaba para estos menesteres, sujetó el cuerpo del pequeño mientras él, resolvió subir al vientre de madame Louise Grandier para ayudarla a pujar mientras volvía en sí, mientras las sales que también puso bajo la nariz de la mujer hacían efecto.

Una vez que el bebé por fin vio la luz, su llanto recorrió de palmo a palmo la habitación. El doctor tomó con alegría al pequeño y e inició su limpieza con paños húmedos antes de presentarle a su madre. La parturienta, se incorporó sobre sus almohadas y, trató de alzar a su hijo, pero un fuerte dolor en el vientre se lo impidió. De nuevo, cayó desmayada en la cama.

-Monsieur, aquí hay algo más, venid a ver - Profirió la comadrona al realizar la limpieza de la placenta y restos de coágulos entre las sábanas y sangre.

El médico se acercó y le entregó el bebé. Procedió con un fórceps a retirar lo que era un segundo bebé que, quedó sin vida mientras luchaba por salir del canal de parto donde se había atascado.

Mon Dieu, Anne Marie! ¡Aquí hay otro pequeño!

Con la precisión de su profesión, el Dr. Renaudot logró sacar al segundo retoño de forma íntegra.

-Es una pena. Hubiera sido bueno ver jugar juntos a estos gemelos.

-No hay mal que por bien no venga, monsieur. - Dijo la mujer, poniendo el cuerpo del pequeño al lado de su inquieto hermano - ¿De dónde creéis, doctor, que esta mujer tendría dinero para alimentar más bocas? Madame está sola, si no fuera por su hermano el sacerdote…

-Igual sigue siendo una pena… La muerte de un ser humano, siempre es una pena. - Decía afligido.

-¿Qué diremos a madame ni bien despierte?

-Ella vio solo a uno de sus hijos. Esta pobre mujer, ha sufrido tanto con la muerte de su esposo… ¿para qué contarle sobre la muerte de su hijo?

-Entiendo, monsieur. ¿Os gustaría que disponga el feto en algún hato para que lo llevéis para vuestros experimentos médicos?

-Sí, gracias, Anne Marie.

La mujer envolvió en un paño de delicado algodón a la criatura y lo depositó en una pequeña caja de madera, dejándolo fuera de la habitación de la mujer, junto con las sábanas sucias y otros restos fisiológicos del procedimiento.

Madame Louise, ya aliviada de los dolores del puerperio, despertó otra vez gracias a las buenas buenas manos del galeno quien de nuevo acudió a los vapores de sus sales. Vio a su pequeño a su lado y se enterneció hasta las lágrimas.

-Te llamarás Urbain como tu padre, mon ange, mon petit ange. ¿Acaso no es lo más hermoso que hay sobre la tierra, doctor? - Dijo mirando a Renaudot.

-Claro que sí, madame. Los hijos siempre son lo más hermoso que hay para una madre… Y éste en particular, será el sol que iluminará vuestros días. - Respondió el hombre con un nudo en la garganta - Todos los hijos, son lo más hermoso para los padres y debo deciros que también, para los humildes galenos como yo.

Luise suspiró y quedó mirando a su pequeño, enamorada del mismo.

-Os dejaré al cuidado de Anne Marie, madame. Ella sabrá qué hacer durante este periodo. Descansad, estáis muy débil. El niño se alimentará de vuestros pechos, pero necesitamos que produzcáis leche. De todas formas, estará en camino una nodriza que he contratado para alimentarlo en caso de que se os complique la faena.

Anne Marie entró a la habitación nuevamente, con una pequeña palangana con agua tibia y prendas limpias para ambos pacientes.

Renaudot se despidió de su gran amiga y cuasi colega con afecto, y se retiró del lugar. Uno de los escasos sirvientes de la maison ayudó al mismo con el transporte de sus bártulos hasta el carruaje. El médico cuidó bastante bien que no estuviera al alcance de la vista de cualquier ojo lo que llevaba en aquella caja de madera. La chismografía de la época, no le perdonaría que se dedicara a aquellas prácticas propias de nigromantes herejes e impíos, cuando en realidad él se esmeraba en en aras de la ciencia y la investigación de la vida… y la muerte.

El señor galeno tenía su propia historia. Con el corazón pendiente de salirsele de tanta pena, se dedicó a ayudar a los más pobres con sus prácticas médicas en Bouere. Hasta ese día. Decidió quedarse en el pueblo sólo para el parto de madame Louise por el gran cariño que sentía hacia ella y a su hermano, el sacerdote que tanto lo escuchó cuando se sintió morir años atrás. Un aislado brote de la peste bubónica le había arrebatado a su mujer e hijos, dejándolo absolutamente solo en el mundo.

Se alejaba del lugar que, para él, le traía tristeza infinita. Se mudaría finalmente, a un nuevo poblado, aquejado por otro tipo de dolencias, donde, gracias a las disputas religiosas, seguro habría gente a quien prestar ayuda, y dónde también podría comenzar una nueva vida.

El dinero no le faltaba gracias a que también prestaba servicios a los nuevos burgueses y profesionales, los cuales preferían sus servicios para tratar cualquier dolencia ante la sospecha de la presencia de la nefasta enfermedad que diezmó el lugar. Aplicando a consciencia lo que versa el dicho, más vale prevenir que curar.

Había cargado con su equipaje un día antes, y dejando a sus criados a cargo y extremo cuidado de subir todos sus implementos médicos en cajas cerradas. La peste, no le permitió ni siquiera conservar ropa alguna de sus hijos o su mujer, por haber tenido que incinerar toda prenda que estuviera en contacto con los infectados. Podía permitirse cargar con el cuerpo de aquel niño que no llegó a ver la luz de la vida. Ya se detendría en algún paraje a darle cristiana sepultura y tener una cruz donde algún alma caritativa, le dedicaría unas oraciones al menos al paso.

Una roca en el camino hizo que los caballos que tiraban su carruaje se frenaran de golpe, produciendo una gran sacudida en el interior del mismo. Los frascos que contenían algunos medicamentos y sales salieron expedidos de sus cajas, vertiéndose en el piso, logrando su cometido de acaparar todo el ambiente. Renaudot ni bien pudo incorporarse, abrió las ventanas del vehículo para avisar a su cochero que necesitaba que se detuviera, debía ordenar y sacudir un poco el lugar.

El conductor se ofreció para ayudar, y a pesar de ser de extrema confianza del médico, éste no le permitió acercarse por cualquier consecuencia nefasta que le pudiera producir el contacto con aquellos elementos.

-Entonces, permitidme monsieur que me aleje un poco a orinar. El camino hasta vuestro destino ya no es mucho, pero se prolongará una o dos horas con esta demora.

-Por supuesto, Marcel, por supuesto.

El médico, tomó su vieja máscara y se la puso de inmediato en el rostro para protegerse de aquellos productos que ante el contacto con el aire, podrían generar alguna reacción química entre sí. Sacudió un poco con un paño el asiento y el piso, y finalmente, lo que percibió al ordenar sus cajas y acomodarlas en sus respectivos lugares, fue algo que nunca imaginó que le sucedería en sus años de médico.

Escuchó el llanto de aquel bebé que daba por muerto.

A lo lejos, escuchó el silbido de Marcel, que volvería en unos minutos junto a él. Arrulló al niño que estaba en aquella caja de madera.

-Como tu madre, pequeñito, reaccionas con estas sales. Ahora sí que podría decir que eres de tal palo, tal astilla.

-¡Doctor! - Gritó sorprendido Marcel al llegar y ver al médico abrazando al niño- ¿Ese bebé de dónde ha salido?

-Te juro, mi estimado amigo, que hasta hace unas horas, estaba muerto. Iba a enterrarlo en el camino… pero esto, ¡es un milagro!

-¡Pero qué ternura de criatura! Se parece tanto al joven Theodore, que en paz descanse. Vi nacer a ese niño y también lo vi morir, doctor. Esto es providencial.

Gerard Renaudot conmovido por tener a un ser vivo entre sus brazos, ya no distinguía las palabras agridulces de su criado. Era para él, demasiado emocionante reencontrarse con la vida de aquel niño indefenso, de repetir su historia, de tener de nuevo a alguien a quien cuidar y proteger.

-Si, Marcel. Es Dios quien me envía a este niño a mi vida nuevamente. ¡Es Dios!

-Será Dios, mi señor, pero ese chico, seguro que tuvo una madre que ha de estar llorándolo…

-Es que … verás…

Y el médico le contó la historia de una madre pobre, y de cómo ese feto antes muerto, fue a parar con él. Creyó que la decisión que tomaría sobre el destino de aquel ahora, recién nacido, recaía en sus manos y que podría ser una nueva oportunidad para darle un mejor destino a ese pequeño. Se lo contaba, sentado en el amplio pescante junto al cochero. El aire libre de vapores extraños, seguro que convendría a los pulmones del pequeño. Procuró darle agua fresca para mantenerlo hidratado. Al llegar a su destino, alguna nodriza sería contratada de inmediato. Los planes de esa nueva vida, iban tejiéndose en la mente de aquel noble médico.

-Se llamará Theo… - Dijo mirando a Marcel - ¿En verdad, crees que se parece un poco a mi pequeño Theodore? - El cochero asintió como respuesta- Se llamará Théophraste, como aquel discípulo de Aristóteles. Théophraste Renaudot.

-Qué nombrecito vais a ponerle… - Marcel resopló con una sonrisa en los labios, conocedor de la excentricidad de su amo - Mirad, Señor, tras aquella colina se divisa el chapitel de San Pedro… - Marcel arreó a los caballos - Estamos llegando a Loudun.

Fin del Capítulo 1.

¡Gracias por leer!

Notas históricas:

· Los fórceps se inventaron recién cuarenta o cincuenta años después de este relato. Sepan disculparme esta licencia.

· Los brotes de la peste, también son licencia mía. En Francia los hubo puntualmente sólo en algunos años.

· El resto de hechos históricos aquí descritos, aún no los voy a aclarar, para no spoilear la cuestión que se desarrollará en los siguientes capítulos :)

Otros comentarios:

Como siempre la que me banca en la lectura previa y beteo, #OnlyD. Muchas gracias amiga.

Alguien a quien no voy a delatar hará cuando pueda una gran portada...

La verdad que estuve dándole largas a publicar este fic, porque básicamente no es Lady Oscar... (Aunque en la portada se vea a André) Antes de esta crisis estaba trabajando arduo en estudiar sobre la época y en escribir. La idea era que no sea fic, sino un proyecto de novela histórica... Pero vino el Covid19 y lo publico por aquí para compartir, para que uds me fuercen con sus reviews a seguir escribiendo...

Cariños,

Emil Sinclair