BUENAS NOCHES, CORONAVIRUS!... o buenos días según en donde estés, que es en TODO EL MUNDO, ESTÚPIDO VIRUS!
Perdón.
Mis saludos a ustedes, lectores y buena gente que se queda en casa. Aquí les traigo una historia interesante, fantastica, creada por mi basandome en los hechos que acontecieron en Frozen 1. La segunda parte, no sé... Pero me gustó cuando Elsa peleaba contra el Nokk. Fin.
Espero que les guste, la escribi con cariño... De verdad...
Enjoy!
Sus ojos se llenaron de fuego. Sentía como las llamas traspasaban su piel y sus ojos lloraban por el dolor. El hielo golpeaba con fuerza el infierno que se alzaba frente a ella tratando de protegerla, sintiendo como sus piernas se debilitaban con cada segundo que pasaba. Sabía que si cedía, que si dejaba de luchar, moriría… El sonido de las olas aplastaban sus oídos al mismo tiempo que su corazón, sin dejarle respirar. Iba a perder… iba a morir.
Abrió los ojos, respirando profundamente para tratar de olvidar esa horrible y aterradora pesadilla. La Reina de Hielo, Elsa de Arendelle, observaba las costas de su tierra desde el balcón de su habitación mientras el mar brillaba bajo la luz de la luna. Llevaba casi una hora ahí sin hablar con alguien, o sin ganas de hablar con la gente mejor dicho... Había tenido un día muy agitado, una semana horrible y un mes escandalosamente ocupado.
Además, esas pesadillas no la ayudaban en nada a calmarse. Pesadillas que tenía desde "esa noche" en que casi perdió a Anna cuando eran niñas… Casi podía contar los días en los que había podido dormir la noche completa. Y uno de esos días fue cuando volvió de la Montaña del Norte y habló con Anna largo y tendido en su habitación… Suspiró por quinta vez mientras estaba en el balcón, manteniendo la vista fija en el mar…
El mar…
Desde la muerte de sus padres que le tenía recelo y algo de respeto, manteniendo la distancia y nunca atreviéndose a tener un viaje largo fuera de Arendelle en barco… Pero, no podía evitar observarlo de vez en cuando. Como cuando duermes en una habitación oscura frente al ropero, y tienes miedo que algo horrible salga de ahí y no puedes dejar de mirarlo…
En eso, una luz llamó su atención. Levantó la mirada y vio una estrella roja en el cielo, justo al lado de la Luna. La luz se reflejó en el mar y pintó los ojos de la reina. Nunca antes había visto una estrella así, solo había leído sobre ellas, que aparecían una vez cada cien o mil años, llamados cometas. Se quedó observándola varios minutos mientras esta se desplazaba lentamente hacia el mar.
-¿Su Majestad?-
Elsa se dio vuelta rápidamente al escuchar la dulce voz, encontrándose con Gerda a la entrada del balcón. Llevaba un vaso y una botella pequeña de color púrpura sobre una bandeja. Elsa, volviendo a calmarse por el pequeño susto, le sonrió y le hizo una seña para que se acercara.
-Perdón por asustarla, ma´am-
-No te preocupes. ¿Viste lo que apareció en el cielo?- dijo volviendo la mirada hacia el comenta.
-Es hermoso. Nunca había visto algo así- dijo la mujer. Pero su voz no sonaba entusiasmada, más bien sonaba asustada- espero que no sea una mala señal de los dioses.
-No seas supersticiosa, Gerda- se rio Elsa mirando a la mujer- es solo un cometa. Un regalo de este mundo para que nosotros, unos pobres mortales, podamos apreciar y maravillarnos… y darnos cuenta lo pequeños e insignificantes que somos.
-Escucharla hablar así me recuerda a su padre, que en paz descanse- dijo la mujer con un dejo de frustración- él también era bastante… realista en estas cosas.
-Es mejor ser realista a pesimista-
-¿Cuál es la diferencia?-
-La inteligencia- dijo la reina con un tono sarcástico, y sonrió divertida- Gracias por el brebaje. Mis noches son más tranquilas desde que Agnes la prepara. Dígale que estoy profundamente agradecida.
-En su nombre, ma´am. Siempre se empeña mucho en prepárala de forma perfecta. Ella misma fue a buscar los ingredientes faltantes esta mañana para tenerla lista ahora-
-¿Es muy difícil de hacer?-
-No lo sé, nunca me ha dicho como la prepara. Siempre se comporta muy misteriosa con el tema del brebaje para dormir-
-Quizás me estpa envenenando lentamente-
-Por favor no diga eso, mám…-
-Jajaja… Lo siento. Le daré las gracias personalmente cuando la vea entonces- dijo Elsa con otra sonrisa divertida.
-Ella se alegrará mucho… Ya es hora de que se vaya a la cama. El canciller de Estonia es muy puntual- dijo la mujer parándose al lado de su reina y dejando la bandeja al borde del balcón.
-Me temo que todos son puntuales cuando de negocios se trata, sobre todo si son ellos los beneficiados- dijo Elsa pasando su mano por su cabello con voz cansada y volvió a mirar hacia el mar- sería interesante tener una de sus maravillosas reuniones después de almorzar en los prados, mientras caminamos por el pasto, tranquilos… peeeero…-
-Una acción así daría para pensar otras cosas, como favoritismo-
-Como favoritismo, u otras innecesarias intenciones…- murmuró la chica, recodando la única vez que quiso tener una reunión más informal con un duke de los países bajos cerca de los muelles para ver el atardecer, y al final del día le propuso matrimonio antes de volver a sus tierras frente a todo su comité. El pobre hombre no ha sido capaz de mostrar su rostro al mundo nuevamente, por la vergüenza de haber entendido mal un simple mensaje, además del rechazo de la reina públicamente.
-Es una historia graciosa que merece ser contada a sus nietos- dijo Gerda sirviendo el contenido de la botella en el vaso de cristal.
-Si… nietos- dijo Elsa con pesar aun recordando ese fatídico día- Quizás sobrinos sea suficiente…
-¿Sigue con la idea de no querer tener descendencia?- preguntó la mujer levantando una ceja.
-Firme como el roble, querida Gerda- contestó la reina irguiendo su espalda, y sonriéndole divertida al ver la expresión de desaprobación de la ama de llaves- No te enojes conmigo. Anna está realmente entusiasmada con la idea de tener hijos e hijas. Probablemente haya mucha descendencia por ahí. Dice que le daría mucha pena si tiene solo una niña porque no tendría con quién jugar.
-Con todo respeto, Su Majestad, pero estamos hablando de usted, no de su hermana- dijo la ama de llaves frunciendo aún más el ceño, casi hasta el tope de juntar sus dos cejas- usted es la primogénita de la familia, por lo que sus descendientes son los legítimos herederos al trono.
-Anna también es heredera al trono- dijo como si nada moviendo su mano en el aire y apoyando sus brazos en el borde del balcón con pesa.
-Solo si algo le…- titubeó unos segundos, llevándose una mano a la boca. Volvió a corregir la frase en su mente- si algún acontecimiento inoportuno ocurriera.
-Uno muy inoportuno, si…
-Extremadamente inoportuno…
Gerda miró de reojo a la reina, y abrió los ojos asustada al ver que ella no desviaba la mirada del mar.
-No me haga ordenar que cierren las puertas y pongan guardias en los muelles, por favor- dijo la mujer, horriblemente preocupada al ver lo interesada que estaba Elsa del océano.
-¿Mmm? ¿Por qué…?
-Acontecimiento inoportuno para una mujer tan joven cerca del mar-
-Ah… aaaaahhh, no. Jaja- rio Elsa divertida por la extraña preocupación de su ama de llaves- no pienso tirarme al mar, Gerda. Me gusta verlo de lejos. Bien de lejos.
-No lo sé, ma´am. Su tono sarcástico dice otra cosa.
-Mi tono no es sarcástico… o tan sarcástico…-
-Dígaselo al duke de los Países Bajos- dijo Gerda, lanzando ese comentario como una piedra al rostro de la reina.
Elsa se divertía mucho cuando su ama de llaves se enojaba con ella, aunque también era precavida con no hacerlo muy seguido. Era una mujer extremadamente amable, pero también extremadamente peligrosa cuando se enojaba. Digamos que, al cuidar de ella y Anna desde que habían nacido, era la única autoridad por sobre algunas cosas que podía llamarle la atención. La única que podía reprender a la Reina de Arendelle.
-Tome- dijo pasándole el vaso de cristal con el líquido.
-Gracias- dijo la reina recibiéndolo, sin sacar su sonrisa de su rostro- a veces pienso que este brebaje no solo me hace dormir. Le preguntaré a Agnes en persona si no deja que tú le agregues algo para intentar cambiar mi personalidad fatal…
-Bien le haría cambiar su carácter, su Majestad. Así quizás aparecerían más pretendientes y dejaríamos la historia del duke de los Países Bajos de lado-
-Sabes que no me provocas remordimientos con ese comentario, solo le causas más dolor a ese pobre hombre-
-No me mienta, ma´am- dijo la mujer levantando la bandeja y caminando hacia el ventanal que daba al cuarto de Elsa- Puedo darme cuenta de cuando lo hace.
Elsa observo unos segundos a su querida ama de llaves, y sonriendo ahora de forma melancólica volvió a mirar hacia el océano.
-No quiero que, al tener hijos, ellos hereden este "don", como te gusta decirle… y pasen por lo que yo pasé. Además, serían herederos al trono. Otra carga que no quisiera darles… ni a Anna se lo deseo- dijo con un tono serio, y triste- ese es… un remordimiento que no podría aguantar…
Gerda se quedó observándola al lado del ventanal, sintiendo tristeza por su reina, su Elsa. Su pequeña Elsa, quién había pasado por tanto, y aún le faltaba mucho más por sufrir al ser reina. Suspiró, y dibujando la mejor sonrisa que podía tener en ese momento, se despidió.
-Buenas noches, su Majestad. Espero que la pócima le sirva como siempre-
-Gracias a ti, por cuidar de mí y de mi hermana- dijo Elsa sin darse vuelta, quedando de espalda a su ama de llaves.
La mujer entro a la habitación de la reina con un pesar en sus hombros, y salió al pasillo dejándola sola. Elsa suspiró de nuevo y miró el vaso de cristal. Estaba con una delgada capa de escarcha justo donde estaban sus dedos. Frunció el ceño, y cerrando los ojos llamó a la calma. Habían pasado tres años desde el Término del Invierno Eterno, y la Reina de Hielo tenía controlado casi en su totalidad sus poderes… casi.
Se tomó la pócima y se dirigió a su cama, esperando que le hiciera efecto pronto para sacar ese sentimiento de angustia y tristeza de su corazón y mente, y ojalá no tener ese sueño de nuevo.
-Es verdad lo que siempre decías, padre…- murmuró dejando el vaso de cristal en su mesita de noche- Ser reina es una carga muy pesada…-
No muy lejos de ahí, a la entrada del bosque cerca de una playa, la figura de la princesa Anna caminaba con aire cansado y derrotado en dirección hacia el castillo. Tenía su ropa empapada, y sus brazos y piernas le dolían de forma que le impedían caminar bien. Un chichón se estaba formando en el lado izquierdo de su cabeza, y un ojo comenzaba a hincharse. Caminó unos centímetros más hasta que se aburrió de sentir sus pies húmedos y pesados, y se sacó las botas mojadas mientras se sentaba al borde del muelle. Prefería caminar descalza a tener esa sensación tan horrible en sus pies, total, aún quedaban restos de verano en el aire y no hacía tanto frío.
-Siento que Henrik se está desahogando conmigo estas semanas- dijo mirando sus pies, los cuales también le dolían- pero bueno… si no es así, nunca aprenderé a defenderme bien. Ni a cuidar a Elsa.
Levantó la mirada y observó su castillo, su hogar. Aun no podía olvidar como se veía cubierto de nieve, mientras el viento helado se movía entre las torres y todo se iba a negro. Anna se llevó su mano a su rostro, justo posando sus dedos en su ojo hinchado, recordando esos días ya hace tres años. Después de haber salvado a Elsa, y de que ella la salvara a ella, había tomado la decisión de seguir protegiendo a su hermana de cualquier persona o mal, sobre todo ahora que habían vuelto a hablar como hermanas, habían vuelto a verse…
Un color rojo pintó las mejillas de la pelirroja al pensar en su hermana, y en lo maravilloso que había sido volver a tenerla cerca después de todos esos años. Los días eran más cálidos, y el castillo ya no era tan solitario como antes, sobretodo porque hace ya algunos meses, había tenido su matrimonio con Kristoff, quién ahora era oficialmente parte de la familia real de Arendelle. No pudo evitar sonreír de forma boba al recordar ese día, lo guapo que se veía su marido, la cantidad de gente que fue de invitado, la rica comida, y… lo increíblemente hermosa que se veía su hermana.
Dejó de tocarse su ojo hinchado, y su sonrisa embobada cambió a una melancólica. Recordar a su hermana ese día, recodaba su vestido, su rostro, su voz… verla entre la multitud hablando con una sonrisa que gritaba algo que Anna podía ver de lejos: soledad.
-¿Por qué te sientes así?- murmuró sin darse cuenta que lo había preguntado en voz alta con frustración- Estoy yo, y ahora Kristoff, Sven y Olaf… ¿Por qué aún te veo tan alejada y sola?
Se quedó unos segundos mirando hacia el infinito, pensando en su hermana, hasta que una brisa fresca le puso la piel de gallina y la hizo levantarse rápidamente. No le agradaba sentir frío, es más, poco podía soportarlo, así que corrió hacia el castillo para sacarse esas ropas húmedas, secarse, ponerse su ropa de dormir y abrazar a su marido que probablemente ya estaba durmiendo. Su sonrisa volvió a su rostro, pensando en que tenía mucha suerte de tenerlo a él y a Elsa cerca de ella.
En eso, su mirada captó el cometa. Abrió los ojos de par en par, observando la magnificencia de la estrella. Nunca antes había visto algo así.
-Es hermoso… -
-o-
Habían pasado tres años desde el Término del Invierno Eterno, y aunque la tierra había vuelto a la normalidad como si nada hubiera pasado al día siguiente del suceso, no todo fue color de rosa para los habitantes de Arendelle. Muchos perdonaron a la reina de inmediato, por el cariño que le tenían a ella y a su familia por generaciones, pero otros varios (aunque no la mayoría) habían creado un resentimiento hacia ella, rabia y miedo. Sobre todo miedo.
El primer año del reinado de Elsa después de su coronación fue muy difícil. Cada vez que la reina hacía algún anuncio y caminaba entre la gente fuera del castillo haciendo alguna actividad, recibía una que otra mirada hostil o palabras con enojo y temor. Varias veces se crearon revueltas entre personas que ofendía a la reina contra las que la defendían. Hacía años que los calabozos no estaban tan llenos. En el pueblo había una mezcla de personas que la amaba, que la odiaba y que le temía. Por eso, cada vez que Elsa llegaba a su castillo después de esas salidas debía permanecer un tiempo en su habitación para controlar sus poderes por la tristeza y culpa que sentía. Al final, ella había hecho que esas personas la odiaran y le temerían, como si fuera una peligrosa bruja, o un monstruo.
Y no sólo en su propio pueblo recibía hostilidad. Muchos reinos y ciudades que mantenían una buena relación con Arendelle habían cancelado sus tratados gracias a las noticias distorsionadas de que gobernaba una peligrosa hechicera, o como ya les gustaba llamarla, la "Bruja del Norte", con la habilidad de poder congelarlos solo con la mirada. Elsa reía con esta descripción, suponiendo que el causante probablemente había sido el Duke de Weselton como venganza por haber cerrado sus tratado con él.
Desgraciadamente, al cerrar tratados con esos reinos hizo que varios suministros alimenticios, medicamentos y cobre los pusiera en apuros por varios meses, causando incluso una pequeña epidemia de pestes en niños y ancianos. Durante el invierno, el castillo se volvió refugio para los enfermos y niños desnutridos por casi un mes. Incluso la princesa Anna estuvo varios días en cama.
Afortunadamente para Arendelle, de alguna forma, la fama de la Reina de Hielo trajo también otros interesados que nunca antes se habían siquiera presentado frente al reino de Arendelle. Elsa sabía que más allá de querer tener una buena relación con el reino, esos nuevos aliados querían tener una buena relación con la "Bruja del Norte". Pensándolo desde el punto de vista de ellos, era una buena idea tener una poderosa hechicera como amiga en vez de enemiga, independiente de si Elsa quisiera crear una guerra o no (cosa que ni siquiera había pasado por su mente). Al final, todo se resumía a lo conveniente que era tener los poderes de la reina de su lado.
Gracias a estos nuevos tratados y alianzas pudieron recuperar suministros y sanar al pueblo. Poco a poco Arendelle fue mejorando y creciendo, convirtiéndose en un puerto importante de la zona, atrayendo a muchos mercaderes interesados en madera, hielo, su exquisita carne y, por sobre todo, por la curiosidad de ver a la Reina de Hielo.
Así fue como comenzó el reinado de Elsa Arnarld, Reina de Arendelle, Primera en su Nombre, Defensora del Reino y Monarca de las Montañas de las Nieves, convirtiendo a la ciudad en un punto de comercio muy importante en Europa, creando prosperidad en el reino como no lo había tenido desde hace casi trescientos años. Incluso la hostilidad entre su gente había disminuido considerablemente gracias a la buena fortuna que traía este nuevo comienzo.
Elsa se llevó una mano a su cien mientras leía con dificultad una carta especialmente larga de un noble del círculo cercano al trono, masajeándola para bajar un poco el dolor de cabeza. Había estado sentada en el escritorio de su padre, ahora suyo, por más de cuatro horas casi sin levantar la mirada de las interminables cartas que había recibido. Muchas invitaciones a bailes importantes que ella rechazaba de forma muy cortes, cartas eternas de opiniones de dukes y lords que pedían reestructurar algunas leyes, otros que pedían restablecer alianzas con reinos que habían cerrados sus puertas, propuestas de matrimonio, propuestas de matrimonio, reuniones, alianzas, propuestas de matrimonio…
La reina había dejado en un rincón del escritorio la montaña de propuestas y peticiones referentes a matrimonio hacia ella. ¿Tan extraño era que una reina reinara sin un compañero a su lado?
Elsa suspiró agotada, levantando la mirada con frustración después de terminar de leer esa carta, la cual hablaba solo de la alianza que ella debería hacer mediante matrimonio con el reino de Germania. Nuevamente.
No es que Elsa le hiciera asco y completa repulsión al matrimonio, ella misma había empujado a Kristoff para que se propusiera frente a Anna… El problema era que no lo encontraba necesario, no lo quería, aún. La verdad era muy simple: no quería tener relaciones con nadie, y quizás… le daba miedo.
-Hay muchas cosas que no tengo resueltas de mi misma aún- murmuró mirando hacia el infinito- ¿Cómo esperan que tenga una relación con alguien más si apenas puedo con migo misma?... ser reina es una carga demasiado pesada…
Se levantó de la silla abruptamente, se estiró y observó por el ventanal que tenía detrás. Se podía ver gran parte del muelle de Arendelle, y el mar. Los restos del Sol iluminaban el atardecer, pintándolo de un color ámbar hermoso e hipnotizante. Elsa amaba la nieve y caminar entre las montañas, pero el mar era su pequeña debilidad. Una espeluznante debilidad.
Toc Toc.
-Adelante- dijo en voz baja, sin dejar de ver hacia el horizonte.
-Supuse que te encontraría aquí aún-
La reina se dio vuelta al instante al escuchar la voz de su hermana, y abrió los ojos de forma curiosa al verla vestida tan elegante, con un traje verde sin mangas largo hasta los tobillos, y una chaqueta de un verde más oscuro que cubría sus brazos pero dejaba al descubierto su cuello, donde usaba un collar con la flor de Arendelle. Los símbolos de la realeza estaban estampados en el vestido en tonos blancos y morados oscuros, haciendo juego con la cinta de su cabello. Anna sonrió divertida y se cruzó de brazos, dándose cuenta de la mirada confusa de su hermana mayor.
-Te olvidaste de la fiesta que tenemos hoy, ¿verdad?-
Dos segundos le tomó a Elsa sentir un escalofrío recorrer su espalda al recordar que hoy tenían una fiesta de inicio de otoño, abriendo las puertas al pueblo de Arendelle. Lo que significa que ella y Anna deberían recibir a los invitados y dar inicio a la fiesta, la cual empieza, según la posición del Sol, en los próximos minutos.
-Oh, oh...- dijo palideciendo más de lo que era, llevándose las manos al rostro.
Sí, gracias a la desagradablemente larga reunión que tuvo en la mañana y a la cantidad infinita de papeleo, había olvidado la fiesta. Aunque Anna había sido la de la idea, Elsa había accedido sin pensarlo mucho. Ahora, se arrepentía horriblemente.
-Jajaja, no te preocupes- dijo Anna acercándose a su hermana y posando sus manos en los hombros de la chica- ya le pedí a Gerda y Kai que nos cubran mientras vamos a cambiarte…
-¡Gerda! ¡Ay no! ¡Ella va a matarme!- exclamó la reina, poniendo cara de horror y llevándose las manos a la cabeza en señal de pánico- no hay tiempo Anna, deja cambiarme aquí y así llegamos más rápido para recibir a los invitados, y evitar un derramamiento de sangre…
-No, no. No ocuparas su super magia para crear otro especatular y llamativo vestido. No estoy en contra, son hermosos… pero no ahora. Ya me ocupé de eso- dijo la pelirroja arrastrando a su hermana hacia la puerta con energía- Kristoff está en la puerta recibiendo a la gente. Eso nos da tiempo suficiente para que te pongas el vestido que con tanto cariño mandé a hacer para ti.
-Kristoff es tu esposo pero no es el rey, tiene que… Espera, ¿qué?-
-Un regalo de mi para ti... Me gustan los vestidos que haces, como ya dije- dijo Anna saliendo de la habitación- pero este también merece la pena. Créeme, lucirás hermosa esta noche y nadie recordará que llegaste tarde, ni siquiera Gerda. Bueno, quizás ella sí. Es como un elefante… no en el sentido de que esta más gordita, aunque me gusta como se ve, me provoca ternura y me dan ganas de abrazarla todo el tiempo… pero, digo que parece un elefante porque nunca olvida. ¡Es impresionante! El otro día…
Y siguió hablando sin parar mientras caminaron rápidamente por el pasillo, saludando a algunos miembros del staff quienes corrían en dirección al salón donde sería la fiesta. Anna les sonreía tranquila mientras Elsa les devolvía una mirada culposa. Sino fuera porque su hermana menor aún la empujaba por los hombros, habría salido corriendo hacia la entrada para seguir recibiendo a los invitados.
-No puedo creer que haya olvidado esta fiesta. Estuvimos planeándola toda la semana- murmuraba Elsa mientras avanzaban por el pasillo hacia su habitación, mientras se estrujaba las manos muy nerviosa- Las personas van a pensar...
-Van a pensar que eres una reina estupenda- dijo Anna detrás de ella con ánimo- Es lo que piensan y es lo que serán pensando, siempre… al menos que los condenes por algo pero eso no ocurrirá.
-¡Pero los reyes siempre reciben a sus invitados en las puertas, es tradición!-
-También es tradición que la reina luzca maravillosa frente a sus invitados- dijo Anna parándose frente a la puerta del dormitorio de su hermana y abriéndola de par en par- y no con cara de muerta viviente.
La empujó hacia adentro, y al cerrar la puerta corrió hacia la cama, en donde había una caja de color morado oscuro con una cinta verde. Anna la tomó en sus brazos y se dio vuelta para mirar a su hermana, quién ya se estaba viendo en el espejo con cara de preocupación. Sonrió divertida al ver lo vanidosa que podía ser a veces. Recordó el vestido azul que hizo en su increíble castillo. Duh.
-Es verdad que mi rostro se ve bastante mal- murmuró con irritación mientras palpaba con sus dedos las ojeras que se habían formado por el poco dormir de las últimas semanas- ¿Por qué no me lo dijiste antes?
-El maquillaje todo lo borra- dijo Anna con una sonrisa de oreja a oreja encogiéndose de hombros-
Toma.
Elsa la miró sorprendida, y caminó hacia ella para abrir la caja. Siempre la ponía nerviosa recibir regalos, sobretodo de su hermana. Después de haber estado separadas tantos años, aún sentía un dejo de culpa hacía ella. Al haber recibido tantas amenazas de gente de su pueblo y otros reinos, a veces sentía que quizás su hermana también le guardaba algo de rencor, y estas muestras de cariño la desencajaban. Era un pensamiento estúpido quizás, después de todo lo que Anna había hecho por ella... pero la inseguridad de la reina muchas veces era más grande. Como un iceberg, que se veía pequeño pero debajo del mar, era una monstruosidad gigantesca.
Tomó la tapa de la caja, y al ver el contenido sus ojos se agrandaron con sorpresa. Tomó el vestido en sus manos lentamente, las cuales comenzaron a temblar.
-La fiesta de otoño era su favorita, y como este año se cumplen seis desde que ya no están...- murmuró Anna con una sonrisa melancólica- pensé que sería un bonito recuerdo que tú lo usaras. Como Reina.
El vestido era idéntico a uno que su madre Idunna usaba para estas fiestas. Era de color morado oscuro, el color de la realeza de Arendelle. La única diferencia era que le dejaba los hombros al descubierto, como a Elsa le gustaba usar últimamente, y que al centro del vestido, en el pecho, tenía el símbolo de Arendelle de color verde mezclado con un copo de nieve de forma perfecta. Elsa se quedó unos segundos en silencio, observando el vestido. Sentía un nudo en la garganta por la emoción que le provocó el regalo. Todas las preocupaciones y dolores de cabeza que le habían provocado sus deberes como reina se evaporaron.
Increíble como Anna era la única que podía calmarla.
-¿Qué te parece?- preguntó Anna, con un dejo de temor en su voz, buscando respuesta en los ojos de su hermana- ¿Es mucho...?
-Es perfecto- dijo la reina finalmente, mirando a Anna y sonriéndole. Era una sonrisa muy feliz.
Los ojos de la princesa de abrieron de par en par, y desbordando de felicidad abrazó a su hermana con fuerza haciendo que esta se tambaleara hacia un lado.
-Me alegro mucho- exclamó la pelirroja y le dio un beso en la mejilla haciendo que el corazón de Elsa diera un brinco- Es lo mínimo que puedo hacer, regalarte algo bonito y obligarte a ir a una fiesta para que te relajes y te diviertas.
-Es interesante cómo usas obligar y diversión en la misma oración- dijo Elsa de forma sarcástica.
-Es con la única palabra en donde obligar suena bien-
Elsa la miró perpleja, se separó de ella y dejando el vestido en la cama, tomó las manos de Anna.
-¿Por qué dices que es lo mínimo que puedes hacer?- preguntó sin entender.
-Siempre estas preocupada por el bienestar de Arendelle y del mío. Trabajas hasta tarde, duermes poco, apenas sales. Llevas así todos estos años… en cambio yo…- Anna miró hacia el suelo, apenada- como nuestro padre no me crio para ser reina, hay muchas cosas que tú haces que yo no sé o no entiendo, y no puedo cooperar, ayudar… Sólo en cosas así. Mínimas.
-No digas eso- dijo Elsa con una sonrisa, acariciando el rostro de la pelirroja- Has sido de mucha ayuda, sobretodo en ese viaje que hicimos hacia Arcadia para visitar a la duquesa. Esa alianza no hubiera resultado sin ti.
-Sólo porque dije que me gustaban sus zapatos- dijo Anna levantando una ceja- No fue precisamente una negociación.
-Fuiste divertida y agradable como siempre, eso les agradó-
-Y casi hago que su perro se ahogue en el río cuando salimos a pasear. ¿Quién iba a pensar que se tomaría tan en serio el ir a buscar esa vara a la mitad del río?
-En tu defensa, no era muy inteligente- Elsa sonrió con el recuerdo- Mira… Lo que tú hagas, para mí, será lo más importante. Cualquier cosa. Tú para mí eres lo más importante. Y este regalo vale más que cualquier cosa… de verdad, muchas gracias.
Un tinte de color rosado pintó las mejillas de Anna, y sonriéndole de vuelta tomó la mano de Elsa y la besó con ternura.
-Nos vemos abajo- y despidiéndose con su mano y con una sonrisa radiante, corrió a la puerta y la cerró, dejando a una Elsa un tanto confundida pero también muy feliz.
-0-
El salón de fiesta estaba abarrotado de gente y el olor a quesos y chocolate inundaba el lugar de forma sutil y elegante. Decorado con colores otoñales y cálidos, haciendo juegos con los trajes y vestidos de los invitados. Las risas se escuchaban de todos lados juntándose con la música alegre y entusiasta, invitando a las personas a llenar la pista de baile. Había tanta gente que llenaban los pasillos, las escaleras, el salón de entrada e incluso el patio de entrada, donde también había una banda tocando música aún más movida para la gente que prefería el aire libre.
Elsa observaba a sus invitados con una alegre sonrisa desde su trono, con un vaso de licor en su mano. Había llegado hace exactamente cuarenta y cinco minutos y la fiesta había dado inicio sin mayores problemas (claro, la reina evitó la mirada de su ama de llaves en todo momento, sabiendo que traspasaría su cabeza con sus ojos enfurecidos) y después de haber saludado personalmente a algunos lords y dukes importantes, se mantuvo observando a sus invitados en silencio… y de lejos. Aún no se acostumbraba a estar rodeada de gente.
Desde su lugar podía ver a Anna y Kristoff bailando con mucho ánimo, aunque se podía ver en la cara del chico que le costaba a veces seguir el ritmo de su pareja. Olaf se paseaba entremedio de la gente, saludando a todos y regalando abrazos. Varios invitados quedaban con la boca abierta al verlo, no acostumbrados a la idea de ver un muñeco de nieve vivo, pero muchos otros aceptaban sus abrazos, estremeciéndose al sentir la nieve helada en sus brazos, pero sonreían al quedar con copos de nueve en sus cabezas gracias a la pequeña nube que flotaba sobre él, que iba dejando una estela de escarcha en el suelo que rápidamente se derretía.
Al término de la pieza musical, todos aplaudieron y felicitaron a la banda con entusiasmo, quienes agradecieron al público y aprovecharon de hacer un brindis por el nuevo otoño bajo el mandato de la Reina Elsa, quién saludo a la gente con gentileza y elegancia desde su trono. La música siguió, las risas se duplicaron y los invitados comenzaron a bailar nuevamente. Elsa siguió observando a su hermana, quién brillaba entre la gente mientras bailaba con su esposo con ánimo, haciendo caso omiso al cansancio gracias a la adrenalina y felicidad que sentía. ¿Cómo podía sentirse tan cómoda alrededor de tanta gente? Eso era lo que más admiraba de su hermana, a veces incluso al borde de la envidia. Sólo al borde.
-Su Majestad-
Elsa salió de sus pensamientos y se encontró con un hombre de unos cincuenta años, pelo oscuro y barba muy frondosa. Vestía de azul muy elegante y sus ojos negros como la noche se incrustaron en los de Elsa, haciendo que esta suspirara de amargura, aunque no lo hizo notar ya que rápidamente dibujo una sonrisa elegante y neutra hacia el hombre. No es que le desagradara aquel hombre, sino era el hecho del porqué se había acercado: trabajo.
-Lord Enar, me agrada verlo en un lugar que no sea la sala de reuniones, como ya es costumbre- dijo Elsa asintiendo con la cabeza en señal de saludo.
-También me agrada la idea, sobre todo porque tengo el honor de verla tan reluciente con ese vestido- dijo el hombre con una sonrisa sincera- el parecido que tiene con su madre es impresionante, sobre todo en belleza.
-Muchas gracias- contestó la reina alagada, y algo melancólica- ¿ha disfrutado de la fiesta?
-Enormemente. Sobre todo de la comida- dijo cambiando su sonrisa a una bonachona- creo que aflojaré mi cinturón un poco, es un deseo utópico tratar de mantener mi físico con este cuerpo ya de hombre mayor.
-No sea exagerado, se ve muy bien-
-Aprecio su halago, su Majestad- dijo el hombre sin dejar de sonreír, y dio unos pasos hacia adelante, quedando a un escalón debajo de ella en el taburete del trono- ¿Me permitiría una pequeña palabra?
-Le recuerdo que estamos en una fiesta, y las fiestas son para divertirse y reír, no para continuar nuestros deberes como líderes de Arendelle- dijo la reina mirando hacia la multitud, con un tono neutro pero también de advertencia.
-Lo sé, por eso amo las fiestas- dijo el hombre con cierta culpa- pero esto es algo que llegó a nuestros oídos justo antes de llegar a palacio para este encuentro. Y la verdad, si no pensara que es importante, no la molestaría en un momento así-
-Le creo, Lord Enar… Entonces ¿qué fue lo que llegó a sus oídos?- preguntó Elsa con desaire.
-En las comunidades cercanas a la ciudad, desde ayer en la noche que han venido escuchando ruidos y han visto sombras rondar sus territorios. Pensamos que son animales, quizás renos que se han separado de sus manadas por error, pero los pueblerinos han dicho que estas figuras…
Pero Elsa perdió el hilo de la conversación y cualquier palabra que lord Enar estaba diciendo ya no llegaba a la cabeza de la reina. En cambio, lo único que llenaba sus oídos era silencio, como si alguien los hubiera tapado, dándole privilegio sólo a su vista.
Cerca de la puerta del salón del trono, sus ojos se posaron en la figura de una mujer de cabello rojo fuego intenso, que sobresalía de entre todo el colorido otoñal verdoso y amarillo de las paredes y de los trajes de los invitados. Elsa no pudo ver su rostro completo, solo su perfil, el cual era blanco, y era como si brillara. Se quedó unos segundos viéndola, y sin darse cuenta comenzó a bajar del taburete del trono, dejando solo a Lord Enar.
-Su… ¿su Majestad?- fue lo único que sus oídos lograron captar, sacándola un poco de su trance.
-Sí… em, si me disculpa, tengo algo que hacer. Volveremos a hablar- dijo sin mirarlo y descendió del taburete- siga disfrutando, lord Enar.
Sin desviar la mirada de la puerta, caminó entre la gente apenas saludando a los invitados, quienes con cortesía y amabilidad hacían una pequeña reverencia a su reina. Había mucha gente, y era casi imposible llegar de forma rápida a donde estaba la mujer, estresando a la reina quién casi empujaba a sus invitados para poder avanzar y llenándose de disculpas la boca.
Mucha gente, mucha gente.
Esquivó como pudo la pista de baile hasta llegar a la puerta del salón del trono. Pero al llegar, la mujer de cabello rojo ya no estaba. Miró a todos lados, encontrándose con rostros conocidos y llenos de gratitud y alegría por ver de cerca a su reina. La reina sonrió como pudo sin dejar de buscar, hasta que decidió, después de recibir una reverencia de una familia quién la saludaba, salir de ahí. Quizás la mujer había abandonado el salón.
No sabía porque la urgencia de ver de cerca a esa mujer, apenas había visto su rostro… quizás era por eso, una extraña en su palacio no era una buena señal, ya que sabía que la lista de invitados había sido hecha con gente que la reina y la princesa conocían. Y no recordaba haber visto una pelirroja así dentro de Arendelle.
Caminó por el pasillo donde también había mucha gente, y su corazón dio un brinco al ver al fondo de este, una cabellera roja. Dobló la velocidad de sus pasos y casi corrió hasta llegar a las escaleras para asomarse por el balcón que daba al salón de bienvenida, abarrotado de gente. Casi con desesperación observó el lugar en busca de esa cabellera roja, pero volvió a perderla.
-¡Reina Elsa!-
-¡Sí!- chilló la chica.
Elsa dio un brinco al escuchar el grito de una niña que estaba entre la multitud desde abajo, la cual la saludaba con emoción. Muchos de los invitados se dieron vuelta y alabaron a su reina, gritando su nombre o inclinando su rostro. Elsa no tuvo más opción que saludar como por veinteava vez y sonrió nerviosa desde el balcón. En otra ocasión lo habría hecho de mucha mejor forma y con mejor actitud, era su deber y obligación saludar a su pueblo, pero en su cabeza solo había un objetivo… el cual apareció en su rabillo del ojo.
Desvió su mirada hacia los ventanales del piso en donde ella estaba, y afuera, en el balcón, vio la figura de la mujer que buscaba. Con el corazón saltando con fuerza, caminó hacia el ventanal sin fijarse mucho si había más gente o no. Salió al balcón y observó a la mujer, quién estaba de espaldas a ella. No había nadie más.
Usaba una túnica de color verde oscuro hasta las rodillas, abotonada en su torso, y cubría su cuello con pieles. Un cinturón color negro resaltaba su figura, haciendo juego con sus botas negras de cuero y sus pantalones. Elsa pudo ver que su cabello, ondulado y largo hasta la cintura se sujetaba con una trenza que rodeaba su cabeza. La mujer estaba apoyada en el barandal de piedra del balcón, y en su mano izquierda sujetaba a un pequeño pajarito el cual movía sus alas de forma juguetona.
Elsa se quedó hipnotizada viendo el perfil de la mujer. Era demasiado perfecto para ser real, y su cabello parecía tener vida propia al danzar con el viento. Parecía fuego de verdad.
Y sus ojos… eran como si hubiesen sido esculpidos por algún maestro, ya que eran de un color ámbar muy hermosos, con una forma tan genuina, delicada, e intensa.
-Pareciera como si nunca hubiera visto a un pájaro antes-
Elsa dio un respingo. No se había dado cuenta que la mujer la estaba mirando, por algo había visto sus maravillosos ojos. ¿Cuánto tiempo llevaba mirándola? No lo sabía, pero si estaba segura de una cosa: tirarse por el balcón sería una excelente excusa para huir de esa vergonzosa situación.
-Em… no…. o sea, he visto muchos pájaros- tartamudeó la reina estrujando sus manos, muy nerviosa, pero sin dejar de mirar los ojos de la mujer- pero… ninguno tan hermoso…
Lo dijo, y en voz alta.
Elsa miró hacia el balcón, retomando la idea de saltar y huir. Iba a golpear a Anna por haberle pegado esa mala costumbre de hablar sin pensar o murmurar lo primero que viniera a su cabeza. Estúpidos nervios.
-Ella agradece el cumplido- dijo la mujer con una sonrisa, algo que hizo que Elsa sintiera sus piernas transformarse en gelatina.
-Ella…- murmuró la reina volviendo a posar sus ojos en los ojos de la mujer, y notando por primera vez una cicatriz que traspasaba su ojo izquierdo. Fina, pero imposible de no notar una vez la mujer estaba de frente.
Extrañamente ese defecto no hizo cambiar de parecer a la reina sobre lo hermosa que era la mujer pelirroja. Es más, le pareció mucho más interesante, incluso admirable.
Olvidándose del mundo, se quedaron mirando por varios segundos, minutos, sin decir una palabra hasta que sin penar, nuevamente, Elsa habló.
-¿Quién eres?
La mujer la miró unos segundos y desvió la mirada hacia el pajarito.
-Vengo de un reino lejano- murmuró.
-No pregunté de dónde vienes-
-Pero esa es una forma de conocer a una persona. Si sabes de donde viene, la mitad de tu camino al saber quién estará completo-
-Entonces, eres una mujer que guarda un secreto- dijo Elsa con una sonrisa media traviesa- Un tanto atrevida también, pero pasiva.
-Oh…- exclamó la mujer levantando una ceja, sorprendida- ¿Cómo ha llegado a esa conclusión con tan poca información?
-Al no contestar lo que la reina te pide, te vuelve atrevida- dijo Elsa con voz autoritaria pero estrujando sus manos, nerviosa, tratando de mantener la calma bajo esos ojos ámbar- Y misteriosa por contestar sin dar ninguna información sobre ti… pero pasiva, ya que al fin y al cabo, diste una respuesta.
-Me sorprende, su Majestad. ¿Todas las reinas y reyes son capaces de leer a la gente así?-
-Se aprende a observar y escuchar. Me costó varios años-
Se quedaron en silencio unos segundos más, en donde el pajarito seguía descansando plácidamente en las manos de la pelirroja. Elsa miró al ave y las manos de la mujer. También tenía algunas cicatrices en ella.
-¿Debo llamar a mis guardias?- preguntó la reina, ahora intranquila. Sentía curiosidad por la mujer pero… lo que su aspecto físico le decía era inquietante.
-Lo dejo a su criterio, M´Lady- contestó la mujer, con media sonrisa.
Sus ojos brillaron, dejando sin aire a la reina. La mujer dejó al pajarito en el borde del balcón, acariciándolo para que moviera sus alas. El pajarito se estremeció y dio un pío, moviendo sus alas entusiasmado.
-Maravillosa fiesta, por cierto- dijo la mujer, acariciando al pajarito debajo de ala.
-Muchas gracias. Mi hermana fue la que organizó todo. Yo… no soy de fiestas…- lo último lo dijo con voz baja, y desvió la mirada hacia el patio.
-Se nota. Prefirió seguir a una extraña en vez de quedarse danzando…- esto sonó sarcástico.
-No bailo- sintió sus mejillas arder- y ya le dije, no es normal ver a extraños en mi castillo.
-¿Y qué le dice que soy la única extraña aquí?- dijo la mujer levantando una ceja y apoyando su espalda en el barandal.
-… Intuición…-
Fue lo único que se le ocurrió, y sonó ridículo. Una media sonrisa apareció en el rostro de la pelirroja. Una sonrisa burlona. Eso hizo que el rostro de Elsa ardiera de tal forma que pensó que la nieve que estaba dentro de ella iba a evaporarse. Nunca se había sentido así, y no sabía si le gustaba. Era incómodo, algo desagradable pero también, excitante. Se aclaró la garganta, y trató de poner el rostro lo más serio posible.
-¿Podría, por último, decirme su nombre?-
La mujer parpadeó un par de veces, y se enderezó. Hizo una reverencia sin dejar de mirar hacia los ojos de Elsa.
-Vindur- dijo, y al volver de la reverencia, estiró su mano- y haciendo mención a la equidad y neutralidad en la que estamos en este momento, me gustaría saber su nombre… dicho por usted misma.
La chica de cabello blanco abrió sus ojos, sorprendida a lo que escuchaba. Nunca le había tocado decir su nombre de esa forma. Solo lo decía para reafirmar su estatus y puesto, o frente a algún juramento, pero nunca así, de forma tan… casual. Se estrujó sus manos mientras observaba la mano de Vindur, alzada, esperando a ser estrechada por la de ella.
No solía tocar a las personas, no le gustaba tocar a las personas. De la única que recibía contacto físico era de Anna, y una que otra mano en el hombro de Gerda pero… ¿de una desconocida? Ni pensarlo, como reina no tocaba a la gente, y su personalidad se lo impedía, sentía rechazo, miedo…
Pero ahora, a diferencia de digamos, siempre, tuvo fuertes intenciones de alzar su mano y estrecharla, saber si su piel era tan suave como se veía, o era áspera, si podía sentir sus cicatrices, si era tibia o fría como la de ella…
La chica de ojos azules quiso tocar su mano.
-Elsa…- murmuró con timidez. Una timidez que hace mucho tiempo no demostraba.
Dejó de estrujarse sus manos y alzó una levemente.
-¡Su Majestad!-
La reina de hielo pudo haber tenido un paro cardiaco en ese segundo gracias al susto. Dio un chillido y se llevó la mano al corazón mientras se daba vueltas rápidamente para ver a una muy asustada y enojada Gerda acercándose como una tormenta. La agarró de los hombros y la empujó sin importarle nada hacia el interior del palacio.
-¡¿Eh?! ¡¿Gerda, que pasa?!- exclamó Elsa con horror como era arrastrada por la mujer.
-El brindis, ma´am. Hace diez minutos que la estamos buscando. Ya llegó tarde al inicio de la fiesta, no permitiré que atrase este brindis tan importante también- dijo la mujer en voz alta. Un poco más y echaba fuego por la boca.
-Pero, pero… espera- suplicó la reina, tratando de ver hacia atrás, apenas divisando la figura de la mujer en el balcón.
Pero ya había entrado al palacio y apenas podía ver los ventanales, porque nuevamente se había llenado de gente, todos saludándola y diciendo su nombre con alegría y agradeciendo por la espléndida fiesta. Elsa sonreía nerviosa y asentía vagamente sin dejar de ser arrastrada de forma sutil por su ama de llaves, quién ahora iba detrás de ella presionando para que siguiera el paso. Pareciera que pensaba que si la dejaba sola la rubia desaparecería de nuevo. Llegaron al salón del trono y la gente que había ahí aplaudió y levantaron sus copas, todos con una increíble sonrisa de alegría y satisfacción en sus rostros. Anna y Kristoff estaban en medio de todos, un poco despeinados y sin aire, pero al igual que todos, estaban sonriendo.
Había tanta felicidad en el aire que Elsa se sintió ahogada. Comenzó a respirar de forma agitada y sus manos temblaron cuando recibió la copa para hacer el brindis. Sólo quería volver al balcón y ver a Vindur de nuevo, seguir hablando con ella y tocar su mano…
Pero ya era imposible.
Era la Reina de Arendelle, y debía hacer y cumplir con su deber. Todo lo demás debía ir después. Sin querer, sonrió de forma triste al recordar eso, una de las tantas lecciones que su padre le había dado. Levantó su copa junto con el resto de invitados, topándose con los ojos de Anna, los cuales la miraban ahora con un dejo de preocupación. Trato de cambiar su sonrisa para ella, pero le fue extremadamente difícil.
-Agradezco a todos y cada uno de ustedes en mi nombre y en el de mi hermana, la princesa Anna y su esposo, por haber accedido a venir a nuestro palacio y celebrar esta magnífica fiesta. Espero que estén pasado una maravillosa velada, y también espero que lo sigan pasando maravillosamente, como mi hermana y… como yo. Salud por un nuevo otoño, salud por ustedes. Salud por Arendelle.
-¡Salud!-
Todos bebieron.
Elsa solo dio un pequeño sorbo.
Los músicos siguieron tocando, la gente volvió a la pista de baile con sus tragos en la mano. Por el rabillo del ojo, la reina vio cómo su hermana intentó acercarse a ella. Salió lo más rápido que pudo del salón, caminando a gran velocidad hacia el balcón sin importarle mucho el protocolo, o el vaso de hidromiel casi lleno que estaba en su mano.
El balcón estaba vacío. Ni el pajarito azul se encontraba ahí.
Elsa suspiró.
-Ser reina, es una verdadera carga.
Gracias por llegar hasta aquí.
Apreciaría cualquier comentario, me ineresa saber que piensas de la historia, aunque sea el primer capítulo.
Y bueno, muchas gracias nuevamente por darle de su tiempo.
Nos leemos por ahí ^^
