Funambulista

Dedicado a Nixarim por su maravilloso cómic Good Omens: Before The Falling y al grupo que nació para llorar los dramas de dicha historia Don't Go Breaking My Heart

Desde su caída, Crowley había pasado su vida caminando en una delicada y frágil zona gris que temblaba con cada uno de sus pasos como si fuera el puente helado que lo condenaría finalmente a un destino de alma podrida, corazón repleto de llagas y pensamientos que bien podrían salir de la esencia más hedionda del universo.

Crowley había aceptado finalmente su caída del cielo, aunque la forma en que sus alas se habían teñido de negro le habían causado pesadillas durante milenios. Aún así, noche tras noche, cerraba los ojos y se sumía en las densas y asfixiantes mareas de los sueños. Quizás era el castigo secreto que se había autoimpuesto, la pena que pendía constantemente sobre su cabeza, añadiendo aún más peso a sus frágiles pasos, y que nadie sabía que existía. La tortura que le perseguía noche tras noche, cada vez de forma más retorcida.

Habría sido más fácil una tortura física, pero cuando su propia mente era la que jugaba en su contra, sus peores vergüenzas, sus mayores miedos, sus más infames secretos acababan apuñalándole el alma. Aunque a veces, muy rara vez, tenía una recompensa. Soñaba con él. Esas noches no le generaban recuerdos especialmente espectaculares, solía verse a sí mismo en su librería, rodeados de libros y algún té que Crowley era incapaz de soportar. Precisamente, eran tan normales que suponían un respiro a su vida. Pero en cambio, sus peores pesadillas también las dominaba su presencia. Soñaba que caía, que se hundía en el lodo más profundo y ardiente, deformando su espíritu y destruyendo sus alas de ángel. Siempre que esa pesadilla inundaba su noche, Crowley despertaba envuelto en un ataque de pánico. Gritaba contra la almohada para ocultar sus gritos, impidiendo que nadie más pudiera escucharle, mucho menos sus plantas. Le perderían el respeto.

Quizás ese empeño en mantenerse donde nadie más había estado, en aquella delicada tierra de nadie que se empeñaba en no abandonar, era lo que le había permitido mantener sus alas. Sí, eran negras cuál carbón, pero eran fuertes y ágiles. No se las mostraba a nadie porque todos los caídos habían perdido sus alas de una u otra forma. A algunos se les habían desecho, calcinadas, al entrar en contacto con el fondo ardiente. Otros se habían visto con las alas infectadas, cayéndose a trozos como si la lepra les hubiera corroído las plumas y la piel. Y había quien sus alas se habían retorcido en una figura inimaginable. Llegó el punto en que las alas mutiladas fueron un medio de supervivencia y un rechazo contra la mano que los había condenado.

Crowley mantenía las suyas, aunque jamás iba a enseñarselas a nadie. Ese venenoso secretismo le estaba pasando factura. Lo supo cuando descubrió aquellas plumas caer, mostrando una calva entre sus plumaje, un hueco que le mostró unos frágiles huesos que no deberían ser visibles en ninguna circunstancia. Estaba decayendo. Todo aquella fatídica guerra, aquella doble pesadilla que envenenaba todos los confines del mundo, le estaban recordando con demasiada claridad lo fácil que podía irse todo al infierno. Y cuanto mayores eran los bombardeos, los gritos y el miedo, Crowley escuchaba con mayor claridad su voz.

Colgado sobre su hombro izquierdo como un pequeño duende estaba él, con su sonrisa intrigante y su mirada maliciosa, susurrándole palabras de traición con aquella lujuriosa voz.

—Él se lo ha buscado, ¿no lo crees? —le susurró Lucifer—. Siempre con esa pose tan intocable, tan eternamente irritante.

Lo sintió suspirar contra su oído y el estómago de Crowley se contrajo. No necesitaba ni siquiera mirar por el rabillo del ojo para saber que aquel diminuto Lucifer sobre su hombro tenía una sonrisa capaz de provocar mil guerras.

—Déjale descubrir que esos humanos que tanto adora no son tan maravillosos, deja que lo sienta en sus propias carnes —rió maliciosamente.

Crowley tragó duro. Había descubierto que planeaban asesinar a Aziraphale en una reunión secreta en una iglesia. El bueno del ángel, que siempre apostaba por el mejor lado del ser humano, podría caer un escalón más de camino al infierno si se veía traicionado de esa forma. Porque Aziraphale se creía siempre acompañado, siempre respaldado por su maravilloso batallón de ángeles y su preciada humanidad. Y en ese triste momento se vería realmente solo, desamparado. Crowley sabía muy bien cómo podía afectar algo así.

—Déjale descubrir su verdadera naturaleza —le susurró Lucifer, disfrutando de las agrias emociones que le distorsionaban el rostro a Crowley—. De la misma forma que yo te mostré la tuya.

Crowley quiso vomitar.

—Piénsalo, no tendrás que aguantar nunca más sus reproches, ni esos aires de grandeza —suspiró Lucifer, acariciándole un mechón del cabello—. Al fin podrá reconocer quién es de verdad y no tendrás que fingir. No tendrás que esforzarte en este camino sin sentido. Piensa en todas las cosas que le podrías descubrir si ya no tuviera esos estúpidos y artificiales valores colgando sobre él.

Crowley se lo imaginó, la imagen se creó en su cabeza con una facilidad abrumadora. La mera idea lo hizo trastabillar en el quebradizo camino bajo sus pies, le tentó a caer un poco más, a hundirse en esa miseria plagada de dolor y horror. La fantasía escondida tras sus ojos le horrorizó. Le seducía terriblemente la idea de mostrarle a Aziraphale aquellos caminos que se había negado a recorrer, caminos que los unirían por siempre. Pero el Aziraphale que Lucifer le estaba sugiriendo, el que finalmente tomaba su mano, era un ángel caído retorcido por la rabia y el odio, con las alas marchitas cuyo único color blanco permanecía en los huesos expuestos. Sin plumas, piel ni carne. Solo huesos frágiles que le seguían como una fúnebre estela. Aquel sería otro, pero jamás su ángel.

—Deberías tomarte un minuto para descansar —dijo de pronto una voz sobre su hombro derecho—. Una taza de té es ideal para momentos como estos.

Y, a diferencia de lo que había evitado hacer con Lucifer, Crowley giró el rostro para poder mirarle. Ahí estaba, diminuto, con las mejillas sonrosadas y esa educada y francamente amable sonrisa en los labios. Tomaba su taza de té con una calma que solo tenían los que disfrutaban amenamente del paso del tiempo. Esa sonrisa tan dulce era por la que Crowley, aunque jamás se lo diría a nadie, moriría para conservar. Antes se hundía él que permitir que su ángel perdiera una sola pluma.

—Crowley, querido, hace mucho que no nos tomamos una taza de té. Creo que te he descuidado un poco, ¿verdad? —preguntó Aziraphale, palmeando suavemente el hombro sobre el que estaba sentado—. A veces se me olvida que si no es por las veces que nos reunimos, nunca estás quieto.

Una minúscula sonrisa que no tuvo fuerzas de reprimir se formó en sus labios. No fue consciente del momento en que la voz de Lucifer dejó de inundar sus oídos, ni de cuando dejó de sentir su ardiente peso sobre su hombro. Solo tenía ojos para él. Tampoco fue percató de que aquello que estuvo a punto de hundirle de nuevo se fue muy lejos, permitiéndole recobrar el equilibrio sobre aquella frágil cadena helada cuyo fin no veía en el horizonte.

—Tienes razón, ángel —contestó Crowley con una sonrisa ladeada—. Quizás lo hemos dejado pasar demasiado. Pero no te preocupes, voy a por ti.

FIN