Disclaimer: Digimon no me pertenece y hago esto sin fines de lucro.
Este escrito está inspirado a partir de Amistades una de las tres maravillosas ideas que Angelique Kaulitz propuso en un pequeño y humilde intercambio de fics. Y, por supuesto, dedicado a ella.
Lazos
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I
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El frío calaba hasta los huesos, sus ropas de algodón fino. Tembló, en sus labios el sabor de la sal. Sabía dónde estaba, no necesitaba mirar. No quería mirar. El agua le tocaba los pies. Negro, solo negro. Sobre el mar una red de niebla. Era su prisionero. La luz del faro, gris, pálido gris, lo cubrió entero.
Abrió los ojos. Se preguntó por qué no había cambiado nunca el color de las paredes, se preguntó por qué no podía deshacerse de esos malos sueños. Sabía la respuesta a lo segundo, la fecha estaba cerca.
En el escritorio, pulcro y ordenado, negros, grises y blancos, vibró su celular con luz tenue en la pantalla. «Tres mensajes nuevos».
Se levantó lánguido, pesado, triste. Desbloqueó el aparato, dedos suaves.
[08:15] Takaishi Takeru: ¿Qué te parece si te dejas el pelo largo y Sting(mon) se vuelve tu compañero?
[08:16] Takaishi Takeru: Ah. Y te casas con Miyako.
[08:16] Takaishi Takeru: [emoji guiñando el ojo]
No pudo evitarlo, mejillas rosas de sorpresa.
Le costó un segundo repasar la conversación en su cabeza y entrar en contexto. Takeru escribía un libro sobre un joven agente policial y había decidido inspirarse en él, que estudiaba la carrera. Respiró profundo. ¿Cómo responder a esos mensajes? Tampoco era que esas ideas nunca antes se habían presentado en su cabeza, pero leerlas de la nada…
Takeru estaba escribiendo. Resolvió esperar.
[08:19] Takaishi Takeru: Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
[08:20] Takaishi Takeru: Lo discutimos con un desayuno, ¿te parece? ¿Has desayunado?
Exhaló.
[08:20] Ichijōji Ken: No he desayunado.
[08:21] Takaishi Takeru: Genial. Porque estoy a un tres metros de tu puerta.
La calma se le crispó, luego el timbre.
Miró su reflejo en el espejo: pijama, pies descalzos y rostro deslucido; despeinado y adormilado; azules oscuros y grises opacos. No era un estado presentable. Pero no podía dejar a Takeru esperando del otro lado de la puerta.
Fue hasta la entrada y abrió, sin pensar demasiado. Takeru resplandecía, amarillos vivos, celestes profundos. Un sombrero nuevo cada vez.
—Te ves terrible —le dijo y entró con la confianza de ser invitado. Lo era—. Traje tamagoyaki*. Todavía están calientes.
Dejó una bolsa de papel sobre la mesa de la cocina.
—Lamento el desorden.
—No importa. Deberías ver mi habitación cuando llega la musa de la inspiración.
La sonrisa de Takeru era enorme y brillaba en blancos y rosas. Era imposible no verla.
—Sobre la historia…
Dejó los pensamientos mezclarse y la frase sin terminar en el aire. Pero Takeru entendía.
—Taichi nos dijo una vez, en nuestra primera aventura: primero comemos, después pensamos un plan.
Ken sonreía pequeño, en suspiros y recuerdos. Muchos recuerdos.
A media mañana, después de mucho comer, conversar y planear, Ken lo comprendió. Takeru sabía más de lo que decía y no había ido hasta allí solo por su libro.
Se preguntó si era algo que Takeru solía hacer con todos, estar presente. Se preguntó si esa era una señal más para oficializar aquel lazo del que nunca hablaban. Ken recordaba todo y no podía creer lo mucho que habían cambiado, crecido, evolucionado.
Tras la ventana, el viento sacudió un árbol y se marchó, el sol brillante, colores de primavera. Se sintió afortunado y la sonrisa se le pintó del color de su emblema.
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II
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Esa tarde, la brisa movió las páginas de su libro, con el dedo índice se aseguró de no perder por dónde iba leyendo. Mantuvo la espalda recta, aunque ya se le habían entumecido las piernas de pasar tanto tiempo en la misma posición.
El parque era el mismo, pero a su alrededor todo cambiaba, las personas se marchaban y otras llegaban, los árboles abrían sus flores y la brisa se llevaba algunos pétalos de cerezo. El libro le recordaba aventuras del pasado, sus labios se curvaban hacia arriba pequeños y ligeros.
Oyó el suave clic aunque la cámara estaba algo lejos. Alzó la vista y cerró su libro, esperando verla sonriendo. Y así fue, Hikari Yagami sonreía haciéndole justicia a su emblema.
—Pudiste comprarla —advirtió él, sin dejar de mirarla—. Me alegro por ti.
Hikari llevaba meses juntando el dinero y finalmente había llegado al monto. Una cámara fotográfica profesional, con todo y más. Se veía muy feliz, era el fruto el esfuerzo.
Palmeó con su mano derecha el banco en el que estaba sentado, invitándola a unirse a él. Ella no dudó. Comenzó hablando de la nueva adquisición, de que había ido a visitar a su madre y que su gato, Miko, había engordado hasta volverse una pelota anaranjada y peluda. Le enseñó las fotos. Él rio.
Hikari era luz, él lo sabía. Pero no era la misma luz que era su hermano, estaba seguro de ello. Hikari brillaba clara y rosada. A veces suave, a veces intensa. A veces incansable, a veces titilando. Con el tiempo había aprendido a confiar en ella. Descubrir que ambos escondían la misma clase de aventuras en sus recuerdos los unió de una forma extraña, casi irrompible. Era un lazo increíble que compartía con pocos. A Kōichi le gustaba llamarlo amistad.
—¿Y tú?
La pregunta se formuló suave, como pétalo de flor. Kōchi cambió de posición para verla de frente. Le contó sobre su madre y todo lo que había mejorado en el último tiempo, sobre su hermano y sus ideas para el futuro.
—Pronto será el aniversario —dijo después de una pausa—. Ese mismo día es el cumpleaños de Shinya y el aniversario de mi padre.
—¿Es una invitación?
Kōichi cerró los ojos para sentir el sol.
—Nosotros los invadimos el primero de agosto. Es lo justo.
Varios clics siguieron. Los rayos de sol se colaban entre las ramas y hojas de los árboles, creaban sombras en el suelo y en sus cuerpos.
—No pudimos volver a vernos todos desde ese día. Sería lindo.
Kōichi asintió despacio y abrió los ojos, Hikari tenía la cámara muy cerca de su rostro. Seguro se le pintaron las mejillas de rojo puesto que ella enloqueció en clics. A Kōichi no le molestaba, pero recordaba esa exposición a la que lo había invitado y todas esas fotografías donde él aparecía. Las personas las admiraban y hablaban de ellas en voz alta, provocándole cierta timidez. No era por él, estaba seguro. Era por ella, porque ella hacía arte con todo lo que veía.
—Entonces, está decidido.
—Sí, lo está. Llamaré a todos para organizar. —Hikari abrió los ojos, notando algo que Kōichi no podía ver, se movió rápido hacia ese punto—. ¡Mira aquí! Las sombras y luces parecen crear un león.
Sacaba fotografías desde distintos ángulos, completamente encantada con el hallazgo. Kōichi se apresuró a seguirla. Pero cuando Hikari comenzaba a mirar el mundo a través de su cámara, era muy difícil detenerla. Así caminaron el parque entero, más de tres veces, en todas las vueltas encontrando algo nuevo.
—¿Crees que Takeru algún día me dejará leer sus escritos sin publicar?
Hikari rio suelta por la duda repentina.
—¿Crees que Kōji algún día querrá ser mi modelo?
—Claro que no.
—Ahí lo tienes.
Kōichi frunció levemente el ceño, en reflexión de sus palabras. Hikari se detuvo en el puente de madera, pintado de rojo, para obtener las mejores fotografías de los peces carpa.
—Se lo preguntaré cuando lo vea.
—Te dirá que no. Ni siquiera yo he podido leer algo.
—Pero necesito, al menos, una escena más de la saga. ¡No puede ser ese el final!
—Le dije lo mismo —aseguraba ella, alegre—. Pero ahora solo tiene en mente empezar de cero, algo sobre un detective. Está trabajando en ello con Ken.
Un niño pequeño pasó corriendo por el puente. Kōichi se hizo a un lado para dejarlo pasar. Dos niños más aparecieron gritando detrás de él, un juego para atraparse entre todos. Hikari tomó fotografías de esas sonrisas.
—¿No tendremos más Aventuras de otro mundo?
—Era hora de que los personajes crecieran.
—No le costaba nada dejarnos un epílogo.
Hikari lo miró con nostalgia.
—Es que la historia que lo inspira no ha terminado aún.
—Entonces, aún hay esperanza.
—Claro, hablamos de Takeru.
Ambos rieron. Una brisa les removió el pelo. Kōichi le tendió la mano, Hikari no entendió. Miró la cámara y ella vaciló un momento, pero le dio permiso de usarla.
Kōichi observó el mundo a través del lente, pero aun así no podía ver lo mismo que ella veía. Le sacó una foto al puente mientras se iban alejando y a una pareja caminando de la mano. Tragó ruidoso y volvió a sentir esa timidez extraña, como vergüenza. Le devolvió la cámara. Hikari pudo percibir que algo había cambiado. Se lo preguntó en un silencio. Él se rascó el cuello, nervioso.
—Hay alguien —dijo y la voz se le cortó un poco. Carraspeó pero no pudo seguir hablando.
Hikari pestañeó unas cuantas veces, después irradió toda su luz con una expresión fascinada. Kōichi estaba rojo en todos sus centímetros, muy quieto y a la espera de que ella dijera algo. Hikari se contuvo de gritar, probablemente también de abrazarlo.
—¿Te confesaste? —Kōichi asintió rápido—. ¿Dijo que sí? —Volvió a asentir. Hikari le tomó las manos y apretó fuerte—. ¡Estoy muy feliz por ti!
Kōichi soltó el aire que había estado reteniendo y con eso se fue el peso del secreto.
—Te agradezco.
Ella le clavó los dedos en el costado, con mirada sugerente, para hacerlo reír.
—Haremos cita doble, te lo aseguro —dijo al instante. Kōichi seguía rojo. Ella aplacó su entusiasmo y cuando volvió a hablarle lo hizo muy suave—. Gracias por contarme.
Él también serenó su emoción y la miró como si fuera obvio.
—Somos amigos, ¿no es así?
Ella asintió, feliz.
—Es así.
*Tamagoyaki: tortilla japonesa.
¡Muchas gracias por leer!
Espero que se haya podido disfrutar.
Y, Ang, espero no haber arruinado tu idea.
