Cronopios del autor: Gracias por leerme.
ADVERTENCIA: Yaoi.
Descarga de responsabilidad: Ya lo saben, esto no es mío, ojalá lo fuera.
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Ritos.
Por St. Yukiona.
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El lugar entre el cielo y el infierno.
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Mursell: Continente.
Brill: Imperio de Brill, tipo de moneda: Coronas. Tipo de gobierno: Monarquía.
Bristell: Imperio de Bristell, tipo de moneda: Reblos. Tipo de gobierno: Monarquía parlamentaria.
Urtwen: Principado de Urtwen, tipo de moneda: Reblos y Coronas. Sistema económico: Monetario y trueque. Tipo de gobierno: Monarquía por selección.
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Yuuri cae, estrepitoso, contra su espalda y las plumitas de la almohada, que han destrozado antes, se desparraman por todos lados, enmarcan los cuerpos que se empujan, las manos que se presionan, las bocas que se devoran y van soltando mordidas, encajando los dientes con fiereza. Las erecciones entre sus cuerpos revelan sus deseos pero aún disfrazan estos de violencia pura. La mano de Viktor presiona el cuello del moreno asfixiándolos de deseo y lo otro. Las manos de éste se aferran al fuerte antebrazo, enterrando las uñas para apartarlo. La carne del albino se le mete bajo las uñas al moreno antes de meter sus piernas entre las piernas ajenas y hacerlos girar, queda sentado sobre él y una daga, la de Viktor, amenaza el cuello del propio dueño, un hilo de sangre escurre por el filo del arma mientras Yuuri es el que abre las piernas del contrario acomodándose para ingresar en él, pero en su descuido el arma sale volando y Yuuri es sometido con una llave de cara al colchón que cruje, está relleno de paja y se le empieza a salir por un lado.
Yuuri ahoga el grito de dolor por la mordida que le propina Viktor sobre su hombro y la presión que ejerce haciéndole sentir que los músculos se le deshilachan uno a uno. Ve borroso gracias al llanto, está seguro que le ha arrancado un pedazo de carne, y si no lo ha hecho, se ha sentido fatal, quedará marca como antes. A lo lejos ve su pantalón y la bolsa con Reblos que ha caído, se ha abierto y las monedas de oro brillan en el suelo.
Relaja el cuerpo apenas Viktor entra en él, porque de oponer más resistencia terminará por hacerse daño como otras veces ha pasado. Viktor ha tenido cuidado esta vez, el mes pasado Yuuri estuvo tan furioso que cuando lo hicieron también le hizo suficiente daño como para que no se buscaran hasta recién que se han topado en la cantina "Pata de buey" en las afueras de Urtwen, cerca de la frontera con Brill, era la única posada en el camino para los viajeros que iban hacia alguno de los tres reinos.
Ahí.
En el vientre de la tormenta entre el cielo y el infierno.
Las nubes también crujen mientras que la algarabía de la cantina se eleva. Algunos caballos esperan pacientes a sus amos en las caballerizas mientras el mozo les da de beber agua y un poco de paja. En la taberna las copas chocan entre sí y los ebrios cantan furiosamente a toda voz los cánticos de moda que hablan sobre la valentía del rey bárbaro y la belleza de la reina de diamantes, los difuntos héroes y los valientes que ahora dan su vida al cuidado de los puertos. Los cantos menos alegre hablan sobre el silencio de los campos de guerra y uno que otro sobre la muerte, la única segura y constante, que espera silente al final del túnel que es la vida, por el cuál todos avanzan sin conocer lo que hay alrededor hasta que se toca. Hasta que se toca, te lastima o te sana.
—¿Qué mierda? —gruñe bajito Viktor cuando Yuuri le quita la cerveza que les han llevado a la habitación.
El ruido es sofocado en el segundo piso donde se encuentran. El olor a sexo queda encerrado con ellos, así como el calor de las brasas de la chimenea que está encendida. Las paredes apenas respiran "aire fresco" en el breve instante en que abrieron la puerta para dejar la comida y las bebidas para los dos príncipes: cerdo con vegetales para Yuuri, muslo de pavo con puré de papas para Viktor, cuatro tarros grandes de cerveza para ambos. Aunque Yuuri tiene fijación por robarle la bebida a Viktor. Disfruta cada momento en que puede hacerlo enojar. Lo disfruta.
Su relación ha sido igual durante toda su vida. Viktor es cuatro años mayor que Yuuri, y dicen que incluso cuando eran bebés Viktor solía dejar hormigas en la cuna de Yuuri y éstas lo picaban. Su rivalidad ha sido legendaria y no es para menos, ambos son príncipes destinados a la corona de sus respectivos reinos. Aunque Yuuri es el hijo menor, su hermana mayor está comprometida con la hermana mayor de Viktor. Yuuri se comprometerá el mes que viene con Yuko, una hermosa doncella que han seleccionado especialmente para él, no le parece atroz la idea porque ha sido amigo de Yuko durante años, aunque eso no resta que sienta pena por Nishigori, el hijo de un noble que ha estado enamorado de Yuko durante toda su vida. Sin embargo todos pertenecen a la alta estirpe de Bristell y conocen cada quién sus respectivos lugares, como tal Viktor y Yuuri saben que ese encuentro es el principio de su final. Han explorado sus cuerpos hasta el hastío, ahora es momento de guardar la debida distancia: En la cultura de Viktor la infidelidad es castigado con la castración y a las mujeres le cosen con hilo la vagina dejándolas con un pequeño orificio para orinar, mientras que Yuuri deberá de apresurarse en procrear con Yuko a dos herederos por lo que tendrá que disponer de toda su semilla a la labor. No podrá volver a jugar con Viktor, o al menos no después de que levante el velo rojo del vestido de quién será su mujer.
Se miran en silencio mientras comen, y Viktor desvía la mirada hacia la ventana.
—¿Y qué haces tan cerca de mis tierras? ¿Te venías a ofrecer cuál ramera? —pregunta Viktor masticando una de las verduras salteadas que le roba del plato al otro príncipe.
Yuuri rechista y niega. Come con clase, todo el instinto animal y territorial se limita a las actividades de habitación. Fue educado estrictamente para ser un monarca con etiqueta, diferente a Viktor que parece más bien un animal comiendo con los dedos y desparramado en su asiento.
—Mi madre le envía cartas a tu madre para la boda.
—¿Y no tienen mensajeros?
—No seas estúpido —recibe una cuchara voladora como respuesta a su insulto y Yuuri no quiere enojarse, mira a Viktor y le sonríe a la fuerza—. Quiero ir a las cuevas del Diol para comprar piedras de hielo para la corona que le harán a Yuko.
—¿La mujer con la que te casas? —y Yuuri no sabe como interpretar la voz áspera y filosa del contrario. Yuuri suspira profundamente dejando los cubiertos de lado, asiente—. ¿Cuándo se casaran?
—Los rituales comienzan en un mes aproximadamente, si todo sale bien me estaré casando en tres meses... —informa con voz muy suave.
Viktor se incorpora tomando su tarro de cerveza y camina con toda su desnudes hacia la chimenea que chispotea. Yuuri lo examina y vuelve a comer en silencio, no puede evitar volver a alzar la mirada hacia el otro príncipe, ver como el fuego ilumina la silueta, incluso el miembro que, aún flácido, sobre sale llamativo, la esposa de Viktor será afortunada, él ha tenido el gusto de probar la virilidad, inclusive se contiene de ofrecer una carta de recomendación porque Viktor puede ser muy buen mozo, capaz de enamorar y seducir pero es incapaz de cortejar como dictan los rituales. Yuuri suspira, por primera vez teme realmente por el futuro de Viktor.
—¿Cuándo planeas contraer nup- —el tarro estrellándose a la pared detrás de él lo hace callarse, pero no se inmuta, sigue comiendo. Está acostumbrado a esos arranques de ira. Suspira y vuelve a masticar su cerdo. Sabe delicioso—. Algún día lo debes de hacer, eres el hijo mayor.
Viktor tarda dos segundos en estar parado frente a él.
—Iré a Bristell a robarme una novia.
Yuuri suspira profundamente, otra vez, ha perdido la cuenta de cuántas veces lo ha hecho en los últimos diez minutos y deja los cubiertos sobre la mesa secándose las comisura de sus labios, bebe su cerveza porque Viktor se llevó su propio tarro, disfruta el sabor amargo de la malta y le alivia la sed. Le mira a los ojos con un toque de desafío, le hace saber que no le tiene miedo, jamás se lo ha tenido.
—Hablaré con mi padre para que puedas ingresar a nuestro territorio para dichos propósitos... —infiere mientras que se incorpora recogiendo su capa que se pone sobre sus hombros. Él se ha vestido apenas terminaron el ejercicio. Viktor odia la impasibilidad que puede mostrar Yuuri pero solo le basta contener el aire con profunda concentración mientras lo ve irse, no quiere cometer una imprudencia, al menos no en ese lugar. Sale de sus ensoñasiones al mismo tiempo que la puerta se cierra. Yuuri desaparece por el pasillo.
En otro momento esperaría hasta que el baño estuviera listo, sin embargo le urge irse porque debe de llegar a Brill a conseguir las piedras preciosas. Afuera esperan sus cuatro guardias, uno le acerca su caballo y Yuuri sube en un movimiento, se acomoda la capa afelpada con piel de zorrilla al borde y en el interior, alza la mirada y puede ver a Viktor que le observa desde el segundo piso donde estuvieron. El príncipe avanza y los demás con él.
—¿Alcanzaron a cenar? —pregunta el príncipe.
—Sí, su Alteza real —responde el jefe de la escolta.
—Me da gusto... una vez lleguemos a Brill entregaran la carta al mensajero de palacio y pueden descansar en la posada, yo los alcanzaré ahí.
—Sí, su Alteza real —responde otra vez el jefe de la escolta.
La cabeza de su Alteza se llena del ruido de los cascos de las patas del caballo junto con la idea de un Viktor eligiendo una esposa, el estómago se le revuelve en un momento y se siente abatido, quizás es la forma en que Viktor se siente pero ambos son incapaces de decir cualquier cosa al respecto. Ni siquiera cuando la lluvia empieza a caer lo hacen cambiar el gesto o diezmar la velocidad de los caballos, al contrario, conforme la lluvia cae y la intensidad empieza a aumentar desiste en disminuir el paso. Los guardias no cuestionan las decisiones de su Alteza real, pues de primera mano conocen las aptitudes que posee, y confían plenamente en sus decisiones.
Cabalgan lo suficiente como para divisar hora y media o dos horas después las enormes puertas que les da la bienvenida a Brill, están cerradas pero por las linternas que se iluminan en la parte superior puede darse cuenta que lo han divisado. Desacelera el pasó hasta que se vuelve un suave trote. Se ha tenido que poner la capa de piel con capucha para poder ver y conducir a su caballo de forma eficaz pero se quita el gorro apenas unos guardias aparecen por la puerta auxiliar. Hace que el caballo se detenga por completo tirando de las reatas. Su jefe de cuadrilla es el que se adelanta dejando al príncipe heredero detrás de dos de sus hombres y el cuarto más atrás, de esa manera cubren cualquier ángulo potencialmente peligroso.
—Venimos de Brill a entregar una carta a su Majestad —inquiere con voz refinada el jefe de la escolta de Yuuri.
—¿Tienen cómo identificarse? —pregunta golpeado y sin educación, los hombres que acompañan al guardia que ha hablado, y él mismo, comparten rasgos con Viktor: Altos y tez blanca, sus cabellos son claros, Yuuri no puede ver el color de sus ojos pero también deben de ser de un tono diferente al castaño o negro al que está acostumbrado en casa.
Su jefe de escolta saca una orden oficial expedida por el Palacio de los Tulipanes, el palacio principal en Brill. El guardia la toma para llevarle el documento a un hombre que está más atrás cerca de la puerta y a salvo de la lluvia, éste acerca una linterna de fuego para examinar la autenticidad del documento. Llaman a otra persona y de pronto hay unas cinco personas examinando el documento y debatiendo entre si dejarlos entrar o no, podrían ser malhechores y no hay forma de saberlo, porque llueve, es de noche y la luz del fuego no sería suficiente. Sería más sencillos no dejarlos entrar sino hasta el día siguiente, pero a Yuuri se le acaba la paciencia, y antes de que se atrevan a decir nada más Yuuri baja del caballo, con la misma destreza con la que lo monto, y los guardias que custodian al grupo se ponen a la defensiva desenvainando sus espadas y los escoltas de Yuuri desenvainan las propias.
—Su Alteza —llama el jefe de la cuadrilla bajando también del caballo con menos elegancia.
Yuuri niega sacándose por completo la capucha y mirando a los dos sujetos que le observan fijamente y un poco incrédulos.
—Buenas noches, caballeros... ¿será posible que me permitan de una vez la entrada? Mi ropa está completamente empapada... —sentencia y los otros cinco que han formado la conclave al ver al príncipe del reino vecino no les queda más que hacer una pronunciada reverencia. Los de más baja clase en la jerarquía militar se arrodillan con una pierna al cuelo.
—Su Alteza, príncipe heredero, lo lamentamos mucho, de haber sabido que era usted le permitíamos la entrada de una sola —dice el que parece estar a cargo y Yuuri niega.
—Está bien, hacen su trabajo, hablaré de su excelente trabajo a la reina —comenta sonriendo con calma al tiempo que sus hombres bajan del caballo para llevar a pie a los caballos.
—Permítanos guiarlos hasta palacio —dice uno de los guardias ahí y Yuuri niega.
—Mis hombres van para el Palacio de los Tulipanes, yo tengo otra encomienda —hace apenas una inclinación de cabeza como agradecimiento antes de pasar las puertas y volver a montar su caballo, acomodando la capucha, mira a su escolta—. Iré hacia la posada de las grutas de una vez, ustedes vayan de una vez al palacio a entregar esa carta, emisario, quédate en espera de su Majestad —da las órdenes y los hombres asienten mientras hacen avanzar a sus caballos hacia la ciudadela que está más allá, colina arriba, y en la cima tras el espeso y frío bosque, el palacio. Yuuri en cambio toma la ruta hacia las grutas, hacia un poblado diminuto que está a media hora de la capital de Brill a donde van sus hombres. Ahí pasará la noche y por la mañana se dirigirá al mercado para volver lo más pronto posible hasta su hogar.
Se hunde en la bañera de agua caliente que le han preparado, su carne arde y es hasta que se ve frente al espejo que comprende el por qué el paso de Viktor por su cuerpo duele tanto. Acaricia pensativo las marcas en su espalda, en sus caderas, en sus glúteos. Los recuerdos son muy fresco, el dolor es muy vivo, los besos... aún queman, y solo basta cerrar los ojos para tirarse de espaldas a la cama y revivir ese momento. Acariciando su miembro para imaginar que es el príncipe de esas tierras el que lo toca, el que lo somete con intenciones de poseerlo. Gime bajito contra una almohada aumentando la velocidad de sus memorias, su ritmo cardíaco aumenta y el deseo por tener el calor de Viktor abriéndose paso en su piel lo inundan como el anhelo de haber nacido en otro cuerpo. El orgasmo llega amargo, al igual que las lágrimas que se escurren por sus mejillas mientras las gotas del baño se secan mientras que deja pasar los minutos con los ojos clavados al techo. Apenas es capaz de halar la piel que le han puesto para cubrirse.
Olvidó encender la chimenea de la habitación, tampoco la solicitó.
Lo que resta de la noche será horriblemente fría.
... o ... o ... o ...
Gracias por leer.
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St. Yukiona
Quien los ama de corazón, pulmón y páncreas.
