Todo había pasado tan rápido, de una forma tan vertiginosa que Erin aún estaba convencida de que se trataba de un sueño.

No hacía ni dossemanasviajaba con un grupo de nómadas, todos ellos parias en Eldarya, el eslabón más débil de la cadena: humanos como ella. Vagaban sin un rumbo fijo por la basta extensión de aquel mundo, alimentándose como buenamente podían y tratando de no relacionarse con ninguna otra raza más que lo justo y necesario. Eran renegados y todos ellos buscaban huir de un pasado tormentoso para poder empezar a rehacer sus vidas.

Todo iba bien, hasta que su grupo fue atacado por unos furtivos faerys. Sus recuerdos de aquella noche eran un poco inconexos: el caos se desató a su alrededor, el fuego y el humo quemaba sus pulmones y la noche se tiñó con el rojo de la sangre de sus compañeros. Erin estaba en medio de todo aquello, conmocionada por lo que sucedía, sin saber si era real o solo una pesadilla, inmóvil hasta que su instinto de supervivencia tomó el control. Se obligó a arrastrarse sobre los cuerpos aun tibios de sus compañeros y refugiarse en el reducido espacio que quedaba entre las ramas de un arbusto, deseando que fuera lo suficientemente frondoso.

Una mano se apoyó en su hombro y otra en su boca para acallar un grito, recordaba la mirada febril de Jacob al empujar contra ella el delgado y sollozante cuerpo de Kev. Jacob dijo algo, pero era incapaz de recordar el qué. Kev se acurrucó contra ella, el calor que desprendía su cuerpo era asfixiante y los sollozos demasiado ruidosos.

—Silencio Kev —su voz era un susurro desesperado, lo suficientemente urgente como para que el niño se llevara las manos a la boca para acallar el ruido.

En un acto de piedad, Erin le tapó los oídos con sus manos. Los gritos de aquella noche resonarían para siempre en los suyos: los alaridos de dolor de una madre que ve morir a su hijo, el llanto desgarrador de un hombre que pierde a su esposa, las aullantes almas que abandonan un cuerpo. Se prolongaron durante lo que para ella fue una eternidad, resonando en la noche como un trágico réquiem por aquellos que no verían el amanecer. Un réquiem desgarrador que concluyó con las notas disonantes de unas risas crueles que jamás sería capaz de olvidar.

Lo siguiente se volvía más confuso todavía, una vorágine de recuerdos caóticos. Kev y ella abandonaron su escondite cuando se sintieron fuera de peligro y contemplaron largamente la masacre, como si no entendieran qué había pasado en aquel lugar. Jacob había logrado sobrevivir, pero dos cortes profundos en su vientre no le pronosticaban un futuro demasiado halagüeño. Erin se sobrepuso como pudo a la conmoción y tomó las riendas, consciente de que nadie más lo iba a hacer.

Vagó entre los cuerpos de sus compañeros, pero los faerys habían saqueado los cadáveresy se habían llevado todo lo que podría serles de utilidad: comida, ropa limpiay armas. Tuvo que conformarse con desgarrar la capa de uno de los cadáveres para improvisar vendas y arrancar una rama para hacer un bastón.

Así continuaron su viaje, o al menos lo hizo Erin. Los otros dos la seguían como si no supieran hacer otra cosa, como si solo ella pudiera guiarles en aquel momento. Avanzaban como almas en pena; el hambre, la sed, el cansancio y la incertidumbre eran sus únicos compañeros de viaje. Kev solo parecía ser capaz de llorar y Jacob, empujado por alucinaciones febriles, desvariaba, gritaba y daba tumbos con las escasas fuerzas que le quedaban. Cada vez que Erin le miraba veía en su rostro que la sombra de la muerte seguía acechándolos.

Sucios, hambrientos y desquiciados fue como los encontraron.

Su paso errático los había adentrado en un bosque y bajo el resguardo de sus frondosas ramas habían sido asaltados por otro grupo de faerys. Antes de poder reaccionar, una docena de armas apuntaban hacia ellos y las órdenes de no moverse resonaron en sus oídos. Erin recordaba como si de un sueño se tratara que los sollozos de Kev dieron paso a unos horribles alaridos de pánico y dolor, arrodillado en el suelo balbuceaba cosas que no lograba entender. Jacob, empujado por la fiebre, el dolor y el hedor de la muerte dio un par de bandazos con su bastón antes de desplomarse en el suelo. Sus heridas sangraban de nuevo.

Ella no colaboró, estaba cansada, harta y repugnada de la sombra de desgracias que se cernían sobre ella, pero aún así se sacudió e intentó morder a sus captores cuando la maniataron y la amordazaron. Los observó con un odio que le abrasaba la mirada, aun resistiéndose con las escasas fuerzas que le quedaban. Ella era una superviviente, siempre lo había sido.

Pasó sus dos primeros días en una celda, echa un ovillo y escuchando el constante llanto de Kev. Una o dos veces al día se acercaba un guardia a llevarles un cuenco con una especie de papilla y un jarro de agua. Erin no preguntó, pero según le dijeron sus captores, Jacob estaba en un estado tan crítico que lo habían llevado a la enfermería. Estaba demasiado débil, enfermo y herido, el pronóstico no era bueno.

Erin no tenía tiempo ni fuerzas para dedicar a Jacob, su mente oscilaba entre las brumas del dolor y la locura. En sus oídos, los llantos de Kev se transformaban en los alaridos de aquella noche, a veces creía que seguía allí, inmersa en el caos de fuego y muerte. Su único consuelo era aferrar el colgante trenzado que siempre llevaba al cuello, el único recuerdo que tenía de una madre a la que apenas recordaba, tratando de evocar su amor y cariño para no perder la razón. Estaba inmersa en una de esas crisis cuando apareció por primera vez frente a ella la mujer zorro, con su bastón llameante y su expresión hosca.

—¿Quiénes sois? —Erin alzó la cabeza sobresaltada y, temblorosa, miró a sus nuevos visitantes: ninguno se parecía al guardia que iba a llevarle la comida. Sus dedos se crisparon sobre el dije de madera tallada de su colgante y se puso alerta—. Habéis cruzado los territorios del Cuartel General, no se suelen ver humanos tan lejos de las tierras del Sura no ser que sean mercenarios, ¿qué hacéis aquí?

Junto a la mujer había un hombre con el cabello rubio y algunos mechones negros de mirada bondadosa, parecía bastante incómodo allí. Un poco más rezagados se habían quedado tres hombres más: un albino gigantón, un moreno con un parche en el ojo y un elfo de cabello azul. Y para finalizar, una bonita chica que le dedicaba una mirada indescifrable para ella.

Erin recargó la cabeza contra su celda dando un suspiro de cansancio. Al menos, aquella intrusión había despejado un poco su mente, pasar tanto tiempo sola sin poder hacer nada le daba demasiado espacio a sus recuerdos.

—¡Contesta! —exclamó la mujer zorro haciendo que su bastón lanzara una llamarada.

Erin escuchó a Kev llorar de una forma más histérica todavía al ver el fuego y le dedicó una mirada lánguida, entre las brumas solo podía distinguir un bulto difuso sollozante. Esperó pacientemente a que la kitsune apagara un poco las llamas antes de hablar.

—Éramos parte de un grupo de humanos nómadas, no buscábamos problemas —la mujer alzó una ceja. Erin podía imaginarse lo que pasaba por su cabeza: los habían encontrado con sangre reseca en su cuerpo, mugre y uno de los suyos estaba a las puertas de la muerte. Era evidente que problemas era lo que habían acabado encontrando—. Fuimos atacados, todos nuestros compañeros están muertos: somos los últimos que quedamos.

Y de nuevo reinó el silencio en aquella cueva, solo roto por los sollozos de Kev. Los captores cruzaron una mirada entre ellos, incómoda. Erin apartó de nuevo la mirada y apoyó la cabezaen la pared de piedra, cerró los ojos.

—¿Quiénes os atacaron? —preguntó uno de los tres hombres rezagados. Abrió un ojo perezoso para encontrarse la mirada penetrante del chico con el parche. Erin cerró de nuevo los ojos, meditando bien su respuesta.

—No lo sé —faerys. Faerys que solo buscaban sembrar muerte—, todo pasó muy rápido.

—¿Puede ser obra de algún contaminado por el cristal, Miiko? —preguntó la enorme mole de cabello blanco. Había cruzado los brazos sobre su pecho y fruncía el ceño.

—Puede ser —la mujer zorro se llevó una mano al mentón, pensativa.

—Sin embargo no hemos tenido noticias de otros ataques —repuso el elfo.

—Tendremos que investigarlo. Mejor será que nos pongamos manos a la obra —concluyó Miiko. Era evidente que se trataba de la líder.

Miiko hizo el amago de darse media vuelta y volver por donde había venido, pero la voz de la otra mujer le hizo detenerse.

—¡Espera, Miiko! ¿Qué vamos a hacer con ellos? No podemos dejarlos así.

Erin volvió a abrir los ojos y ladeó un poco la cabeza para observar como las dos mujeres se evaluaban con la mirada. Sabía que su futuro inmediato se decidiría en aquel momento, así que intentó enfocar su mente en ellas. Finalmente, la mujer zorro se giró para contemplar a Erin con una mirada severa, fría y calculadora; al mirar a Kev pareció dulcificarse un poco.

Supuso que el niño requería demucha más ayuda y lástima que ella.

—Luego lo hablaremos, de momento tenemos cosas que hacer —dictaminó antes de darse media vuelta.

Un par de horas más tardeun desconocido fuea sacarlos de la celda. Erin se fijó en que dejaba descansar su mano sobre el puño de su espada en una velada amenaza y los miraba como si fueran una escoria sin voz ni derechos. Con voz acerada les explicó que Miiko, en toda su benevolencia, había accedido a acogerlos en la Guardia de Eel, siempre y cuando no dieran problemas. Tendrían una habitación, ropa, comida y mucho trabajo que hacer para compensar las molestias.

Erin contempló inexpresivaal guardia. La expectativa que dibujaba ante ella no le agradaba en absoluto, pero era consciente de que no le quedaban más opciones: no tenía ningún recurso con ella, ni armas, ni dinero, ni ropa; estaba sola en un mundo que era abiertamente hostil contra la gente de su raza y aparte de algo de conocimiento en medicina, no tenía ningún talento. Por eso sentía que unos grilletes se habían cerrado en torno a sus tobillos y sus muñecas, sin escapatoria: era presa de su propia condición y debilidad.

Pero, de alguna forma, encontraría el modo de salir adelante. Siempre lo hacía, no le quedaba más remedio.


Bueno, aquí vengo con este fic que también he publicado en Wattpad con el que no me aclaro . ¿Qué os va pareciendo? Espero que os guste leerlo tanto como a mi escribirlo. ¡Nos leemos!