¡Hola, personitas! Me da gusto volver.

Les dejo este oneshot que espero disfruten y ayude a amenizar su cuarentena.

Cuídense, lávense las manos. Nos leemos pronto, les mando un fuerte abrazo.


Mantuve la cabeza gacha porque nunca me gustó que me vieran llorar y cuando alcé la vista, mi terapeuta lloraba; apenas unas cuantas lágrimas, pero al notar mi mirada sobre ella no pudo seguirse conteniendo. Se tapó el rostro con las manos, aunque podía ver como se sacudían sus hombros.

Me sentí descolocada y enternecida a partes iguales, incluso mi llanto se detuvo; nadie había llorado antes por mí, no recibí nada de mi familia en estos años, ni una llamada, mucho menos su compasión y ahora, alguien tan ajena a mi mundo me demostraba tanta empatía.

Me limpié las lágrimas restantes antes de levantarme; ella seguía en la misma posición y no pudo alejarme cuando dejé mi mano sobre su hombro. Di unas suaves palmadas en su cuerpo, no me importó si era correcto o no, abrazarla fue inevitable. La dejé apoyar su rostro en mi pecho y quedarse así cuanto necesitara mientras acariciaba su cabello.

Sonreí. Mi terapeuta parecía una niña pequeña.

El resto de la sesión la pasamos de la misma forma. Apenas comenzaba a calmarse, pero no quería soltarla todavía, necesitaba saber que iba a estar bien. Sin duda estaba apenada por haberse comportado de ese modo; tenía las mejillas tan rojas como su cabello, sus ojos no podían ver los míos por mucho tiempo y jugueteaba con las manos nerviosamente.

—Lo lamento. De verdad lo siento.

No dejaba de disculparse.

—Está bien.

Pasé la mano por su mejilla para limpiar la última lágrima e intentar calmarla, pero sólo conseguí aumentar el tono rojo en su piel.

—Sé que estoy pidiendo mucho, pero por favor no menciones esto.

Se veía temerosa y asentí sin una pizca de duda.

—Nadie se va a enterar por mí.

Soltó un largo suspiro, se llevó las manos al pecho y me dio una sonrisa que nunca había visto. Había estado muy centrada en mis problemas y no me di cuenta de cómo se iluminaban sus ojos al sonreír, hasta ahora.

—Gracias, Elsa. Te prometo que esto no volverá a suceder. ¿Nos vemos la próxima semana?

Volví a dar mi consentimiento con la cabeza antes de retirarme. Esa fue la primera vez que la vi como una persona más en el mundo.

Era ridículo porque nunca noté su humanidad. La veía como una especie de buzón de quejas donde podía desahogarme, llenarlo con mi rabia hacia el mundo, pero no me di cuenta de la profundidad en sus ojos, de cómo cambiaban de color cuando estaba triste, cuando el verde disminuía su intensidad y quedaba igual al color de los pastizales en verano.

Llegué a casa todavía con una sensación de calidez en el pecho, tanto que no me importó verme envuelta en el silencio abrumador de una casa sin habitantes, donde el viento parecía encontrar un gusto especial por filtrarse entre cada recoveco.

Una luz se encendió chocando con mi rostro pues a pesar de ser pleno día, la mansión no se había dado por enterada y continuaba en la más absoluta oscuridad. Aunque quisiera correr las cortinas para dejar entrar un poco el sol, mi tía jamás me lo permitiría.

Cuando mis padres fueron arrancados de mi lado tras ese horrible accidente, ella se mudó aquí con la excusa de cuidarme, sin embargo, para mí estaba claro que el único cuidado se lo daba a los dólares en la cuenta de ahorro de mis padres. De toda mi herencia, mi tía se quedó con la mitad y ésta disminuía a paso acelerado; temía por ver ese dinero en ceros porque enseguida querría comenzar a gastar mi parte, dejándome en la ruina. La única razón por la cual no la echo de casa es porque todavía soy menor de edad y ella, legalmente, tiene el derecho —u obligación— de cuidar todos mis bienes hasta que pueda disponer de ellos. Un año más, me repito todos los días, aunque el tiempo vaya arrastrando sus mejillas contra el suelo y parezca tener las piernas rotas.

—A buena hora llegas.

Lleva un camisón blanco y no se ha molestado en recoger la enredadera sobre su cabeza. Cuando recién acababa de mudarse me dio un susto terrible con esas pintas; después conseguí acostumbrarme.

—Apenas son las seis.

—Tienes que contestar de mal modo, como siempre, por eso siempre les dije a tus padres que un par de golpes te harían bien, pero nunca pudieron levantar una mano contra su niña—dijo con hastío.

Había aprendido a ignorar sus comentarios desdeñosos. Era habitual escucharla hablar mal de mí, de mis padres o de otros miembros de la familia; nadie podía soportarla y yo era incapaz de entender porque, si todos la odiaban, habían decidido dejarme sola al lado de tan horrible persona. Y esas preguntas eran otra de las razones por las cuales estaba yendo a terapia.

No lograba entender a mi familia, cuando los veía en las reuniones me observaban con pena, pero ninguno movía un sólo dedo para ayudarme. Me sentía como un animal atrapado en el zoológico, una atracción de circo siendo maltratada mientras el mundo entero le da la espalda.

—En mis tiempos los niños se arreglaban con una buena tunda. ¿Está triste? Una nalgada lo arreglaba, ¿no quiere levantarse de la cama? Otra nalgada. Ahora todos quieren esconderse tras la supuesta "salud mental".

Continuó despotricando contra mi decisión de ir a pedir ayuda, pero ya no la escuché. Sólo podía distinguir un molesto zumbido rebotando de pared en pared mientras mi mente me llevaba de nuevo a Anna. Era el nombre de mi terapeuta, aunque nunca la había llamado así.

Hablarle por su nombre sería romper la barrera ¿no? Quizá me haría llegar demasiado lejos, a donde un paciente no debería aspirar porque al final, era su trabajo escucharme, intentar llevarme a una solución para la desesperada situación en la que me encuentro, pero el llanto... Eso lo había roto todo. No era mi culpa, ella soltó la primera lágrima.

Una bola de pelo blanca llegó hasta los pies de mi tía y me observó fijamente antes de lanzar un maullido rencoroso. Nos odiábamos a muerte; la gata me atacaba de forma constante y la única en recibir los regaños era yo, por eso dejé de darle importancia, podía ignorar los rasguños si eso me mantenía alejada de los gritos.

Cuando se cansó de reñirme sin obtener respuesta, se alejó escaleras arriba dejándome con mis fantasmas de nuevo. Con tanto silencio casi comenzaba a extrañar su voz chillona lanzando veneno.

Suspiré. Extrañaba los ruidos de vida en casa; echaba de menos las comidas con las que me recibía mamá, la música en la radio de mi padre, las mañanas de domingos jugando juegos de mesa en el suelo, con papá haciendo trampa ante nuestras narices. Mis padres solían aparentar seriedad con el resto del mundo, pero nuestro hogar siempre estaba lleno de risas y diversión.

Incluso nuestro perro parecía feliz, pero cuando mi tía llegó él tuvo que marcharse. No quería animales, aparte de su gato. Recuerdo con detalle cuánto lloré aquel día; me encerré en mi habitación toda la tarde mientras las lágrimas seguían saliendo y cuando decidí abandonar mi habitación, mi tía me dio una bofetada por mi pequeño berrinche. Desde entonces aprendí que desobedecer la orden más insignificante estaba fuera de cuestión. Sólo me traería problemas.

Pasaba el día entero encerrada para evitar encontrarnos y, aunque al menos no me tenía de su sirvienta, tampoco me ayudaba con mis cosas. Si necesitaba algo, debía buscarlo por mi cuenta. Se habían terminado los cuidados cuando estaba enferma, las comidas caseras, la magia de encontrar siempre una sorpresa en el recibidor. Desde su llegada me convertí en una persona independiente porque no me quedó otra opción. No es que no lo fuera antes, pero era diferente.

Esos días donde el agobio de la escuela me brotaba a bocajarro, mamá subía a mi habitación con un sándwich y me obligaba a detenerme. Entonces hablábamos un rato, no sabía cuánto exactamente, pero era poco, e incluso así conseguía relajarme, quedaba lista para continuar mis deberes, esta vez dispuesta a terminar.

Ni siquiera tuve tiempo suficiente para llorar a mis padres, a no ser que fuera el aniversario de su muerte; ese día me dejaba tranquila. El resto del año estaba prohibido hasta mencionar sus nombres o ver sus fotos.

Apenas eran dos años y yo los extrañaba como si fuera toda una vida. Contaba los meses, los días, las horas para cumplir la mayoría de edad y poder vivir sin reclamos; no soportaba tener a mi tía un segundo más a mi lado. Y estaba enojada con ella, pero sobre todo con el resto de la familia por abandonarme a mi suerte.

Dejé de asistir a las reuniones familiares y nadie preguntó nunca por mi ausencia. El teléfono de la casa no sonaba, mi celular no recibía un solo mensaje aparte de los de mi psicóloga. Los mensajes de Anna. Era lo único que tenía; ella se preocupaba por mí, siempre preguntaba por mi bienestar y confirmaba la cita de la próxima semana. Cada día era un "¿cómo estás? ¿La cita sigue en pie?" Y yo respondía con un falso "estoy bien, nos vemos el día acordado". Quería contarle la pelea con el gato, hablarle sobre los rasguños que ahora adornaban mis brazos por culpa de ese animal, los gritos de mi tía, lo roja que quedó mi mejilla cuando me atreví a responderle. Pero no me salió, no necesitaba saber todo esto si eso iba a preocuparla, además, tampoco podía ayudarme a la distancia. Era mejor mentir. Cuando la viera, ya se enteraría.

—Debiste decírmelo —reclamó.

No me sorprendió, conocía sus quejas de memoria tanto como ella era consciente de mis respuestas.

—No quería preocuparte.

Estaba inquieta. Movía las manos una y otra vez; en ocasiones me hacía creer que iba a tocar mis heridas, pero enseguida cambiaba de opinión. Entre tanto ir y venir de sus gestos, comencé a desear su roce, quería sentirla cerca, que por una vez no hubiera daño con la cercanía de otra persona.

—Soy tu psicóloga, Elsa, puedes contarme lo que quieras y yo siempre voy a apoyarte.

Estaba en una burbuja. Su forma de hablarme y la manía de bajar la vista cuando nuestras miradas se cruzaban, me dejaba encantada. La vida no parecía tan mala durante esa hora, entonces mi mundo se volvía un poco menos triste y mi tía se convertía en la preocupación de otra persona; aquí sólo era Elsa, una muchacha miedosa, sin ganas de pelear sola contra sus problemas y con un especial terror a la soledad. Quizás ese era la razón por la cual no podía huir, porque en realidad no quería hacerlo.

—¿Qué te detiene?

¿Cómo iba a contarle? Mi vida era un desastre, pero al menos tenía dónde dormir, tenía familia, aunque ésta fuera una mierda. Mis padres no volverían a protegerme y eso me hacía sentir desamparada. Era más fácil soportar.

—No lo sé.

Si se daba cuenta de la mentira o no, no hizo comentarios al respecto. Nos encerró en el silencio, pensando quizá en obligarme a decir la verdad mediante esto, pero no funcionó, pasamos los siguientes diez minutos de esa hora mirándonos. Yo, por mi parte, aproveché el tiempo para estudiarla; ese día llevaba el cabello sobre los hombros y un mechón rebelde le caía sobre el rostro cada tanto mientras ella se empeñaba en conservarlo tras su oreja. En realidad, no tenía pinta de psicóloga, parecía una niña jugando a ser adulta. No pude evitar preguntarme cómo me vería a mí.

Sonreí y eso pareció desconcertarla. Era mi terapeuta, no debía observarla de esa forma ni intentar entender a alguien más cuando evidentemente ni siquiera lograba resolver mis propios problemas, ¿cómo mirarla a los ojos cuando su vida tenía más orden que la mía?

—Elsa...

Pero ya estaba, la hora terminó primero y no pudo concretar su frase cuando me puse en pie. Afuera, seguro la esperaba alguien más.

—Gracias por escucharme.

—Es mi trabajo.

Me molestó su respuesta. Cuando llegué a casa no me sentía más tranquila sino al contrario, rechinaba los dientes fingiendo enojo, pero en realidad me dolía el pecho y tenía ganas de llorar.

Era cierto, Anna me escuchaba porque ese era su trabajo, le daba dinero cada vez que iba con tal de comprar sus servicios y, aunque antes estaba acostumbrada a eso, en los últimos días casi lo olvidé. Hasta ahora.

No debería molestarme, pero así fue. Mi tía gritó como de costumbre sobre cosas que no quise escuchar, ese día me gané otra bofetada y un aislamiento en mi habitación sólo por ignorar sus regaños. No me dejaba salir, aunque eso era irrelevante si tampoco tenía a dónde ir.

Cancelé la próxima sesión con Anna, después de una semana todavía no tenía ganas de enfrentarla, a pesar de sus mensajes rogándome que fuera, pidiendo una explicación por la ausencia tan repentina, sin embargo, no podía dársela ¿qué iba a decir? ¿"Me molesta que me trates como a un paciente más"? Después de todo, eso era: un paciente más.

Me tomó al menos tres semanas regresar. Pasé esos días sumergida en un infinito mar de dudas y pensamientos irracionales. Estaba llena de tristeza, no pensaba en nada más que en mi propia miseria, moría todas las noches ahogada en un llanto silencioso. No sólo por Anna, era todo junto: eran los golpes, los gritos, el abandono, la nostalgia y la soledad.

Creo que fue justamente por eso que regresé, por eso y por todos los mensajes de Anna. No dejó de hablarme, aunque no contesté ninguna de sus llamadas, de vez en cuando enviaba algún mensaje para no preocuparla demasiado. Era entonces cuando, acostada en la cama con la vista fija en el techo, me cuestionaba mi comportamiento.

No era yo misma desde la muerte de mis padres. Algo de mí se fue con ellos ese día dejándome a la deriva en este camino interminable sin una guía para ayudarme a continuar, para saber cómo funciona la vida y por qué debía pasar sola por tanto maltrato. Y, de todas formas, temía merecerlo; cada golpe, cada regaño.

Había discutido con mis padres, estaba enojada y dije cosas indebidas, cosas que en realidad no sentía. Debí pensarlo mejor, pero ellos iban a salir de viaje justo cuando los necesitaba en el colegio. Viajaban demasiado, yo los quería conmigo por una vez, siendo testigos de cuanto esfuerzo ponía en mis estudios para hacerlos sentir orgullosos. Fue mi primer berrinche, y los mató. Seguían al teléfono conmigo cuando ocurrió; escuché el rechinar de las llantas, gritos, bocinas, luego todo fue silencio.

Recordarlo dolía como la primera vez. Cuando llegó la policía ya imaginaba la razón, aunque no quería creerlo y grité y maldije, caí al suelo hecha pedazos sin importar la mirada lastimera en los ojos de los hombres frente a mí. Uno de ellos me abrazó y cubrió mis hombros con su chaqueta; fue el único gesto de solidaridad que recibí después de perderlo todo.

—Pareces perdida.

Anna parecía aliviada cuando llegué, aunque no logró sacarme muchas palabras porque tenía razón, estaba perdida en mis propios pensamientos.

—No he logrado encontrarme todavía.

—¿Te estás buscando?

—No, no quiero encontrarme.

No quedó contenta con ninguna de mis respuestas, entre más palabras salían de mi boca más preocupada parecía y hacia el final de la sesión me aconsejó:

—Por favor, intenta reconectar con el resto de tu familia, quizá sólo no saben cómo ayudar.

Me negaba a pedir ayuda, pero asentí. Lo intenté, fui a ver a mi familia un día después, cuando ya lo había pensado bien y tenía las palabras justas para pedir explicaciones e implorar ayuda sin dejar a la vista que eso hacía.

Mi tía quiso encerrarme ese día. Tal vez tuvo un presentimiento. Se paró frente a la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho y su gato rondando cerca de sus pies; en otro momento habría desistido, pero esta vez fingí darme por vencida y salí cuando no estaba mirando. Aunque el día sólo fue de mal en peor.

—Lo siento, Elsa, no puedo ayudarte.

Asentí. No iba a rogarle a nadie. Si no querían hacer nada por mí, si no podían darme una solución, entonces no podía seguir insistiendo porque estaba claro que ninguno movería un sólo dedo para salir en mi defensa. No querían cargar con un problema que no era suyo.

En realidad, ya lo sabía, pero Anna me convenció de darles una oportunidad, de hablar con ellos para expresar mis sentimientos, para dejarles ver la tormenta en mi interior. Pero no más. Me alejé de su puerta dispuesta a ayudarme a mí misma, no quería romperme más frente a ellos.

A mí alrededor las paredes me caían encima con cada paso, aplastaban mi corazón, aunque quizá no era mi mundo lo que se caía, era yo.

Cuando estuve lo suficientemente lejos me detuve en una banca. Por dentro podía notar las lágrimas al borde del colapso, pero por fuera representaba una quietud inexistente. Tenía la mirada puesta en algún punto a la distancia sin ver nada en realidad, había demasiado en mi cabeza como para prestar atención al mundo.

"Necesito verte". Sólo eso escribí en el mensaje porque no podía decir nada más. Ni siquiera era correcto, verla fuera de sesión era contra las reglas, pero no podría soportar hasta la siguiente semana, si continuaba de esa manera iba a congelar mi corazón; se quedaría suspendido en un espacio entre la vida y la muerte de donde no saldría nunca. A estas alturas, ya comenzaba a dudar sobre mi capacidad de actuación. Me estaba rompiendo.

Anna llegó unos minutos después, se sentó a mi lado sin hacer preguntas, se limitó a dejar su mano sobre la mía para darme apoyo. Yo ni siquiera podía voltear a verla porque temía ponerme a llorar en público, no quería volver a sentirme vulnerable, al borde de un vacío tan inmenso que amenazaba con destruirme por completo.

Cerré los ojos con fuerza. Estaba temblando, pero no tenía frío; el viento estaba tan caliente, los rayos del sol se metían entre tu piel para hervir la sangre en cada vena y me confundía. ¿El dolor era físico o emocional? ¿No sería sólo un reflejo externo de mi interior? Es difícil pensar cuando sólo existe la tristeza.

Sus manos, a diferencia de las mías, estaban firmes. Su mundo estaba entero, no tenía razón para estar ahí tratando de sostener un mar hecho pedazos. Tenía miedo de lastimarla con alguna de mis piezas rotas. Me deshice de nuestro contacto y cuando abrí los ojos de nuevo el sol me dio de lleno en el rostro, la sombra del árbol ya no alcanzaba a cubrirme por completo.

—¿Qué sucedió?

Negué con la cabeza, incapaz de abrir la boca. Para mi sorpresa —aunque quizá no tanto— Anna sólo continuó ahí, pasó un brazo alrededor de mis hombros y me acercó a su pecho donde permanecí largo rato, hasta que el sol dio paso a algunas estrellas. Mi tía iba a matarme, pero en estos momentos cualquier problema con ella parecía insignificante comparado con el rechazo de la familia entera.

—Necesitas descansar —y dudó, lo vi en su mirada, aunque se recompuso rápido—. Vamos.

Como no tenía fuerzas ni ganas de discutir, me limité a seguirla. Tomamos un taxi en la esquina y sólo entonces noté su ropa, no era la misma de siempre, se veía menos formal, casi como una adolescente y me pregunté si no estaría interrumpiendo su día, si quizá dejó algo a medias con tal de ir a buscarme.

Aun así, viajamos en silencio con su mano entrelazada a la mía. Me enfoque en ese contacto, en la suavidad de su piel y la forma de acariciarme la base del pulgar cada tanto, como si quisiera convencerme de que todo estaría bien.

—Llegamos.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

Ella sonrió al escucharme recuperar la voz.

—En mi casa.

Fue una sorpresa. Quería evitar por un momento el sentimiento de estar haciendo algo incorrecto y no dije nada, aunque una parte de mí me siguiera advirtiendo sobre las posibles consecuencias, después de todo, ¿cuánto podía durar esto? ¿La obligarían a dejarme si supieran lo cerca que estaba de su paciente? Es probable, y no sé si podría soportarlo.

Su casa era sencilla; fue mi primer pensamiento al cruzar la puerta. No había muchos muebles, pero tenía toques personales típicos: algunas fotografías en la pared y sobre los muebles, una blusa descansaba en el sillón y en la cocina podía ver pegatinas en el refrigerador.

Llamó mi atención un pequeño hombre de nieve tallado en cristal sobre una repisa. Estaba hecho con tanta precisión en cada una de sus partes, podía ver en su nariz de zanahoria las líneas de las reales y sus brazos de ramita estaban desproporcionados ayudando a la ilusión de realidad.

—Lo hizo mi papá.

—¿De verdad? Es impresionante. ¿Por qué un hombre de nieve?

Se encogió de hombros y sonrió.

—No lo sé, me gustan.

Su explicación, tan carente de motivos, me gustó. Llevaba tiempo con una sensación extraña, cuando sonríe como ahora, como si el mundo fuera fácil y estuviera a sus pies, esa sensación se intensifica, empieza en mi pecho y viaja por mis brazos, por el cuello y el abdomen.

Si mi vida fuera igual de simple quizá nunca la habría conocido. Pero estaría bien, el resultado al final sería el mismo, me sentiría plena. De alguna forma, era como tener la vida que me arrebataron; con ella no estaba encerrada en un mundo tan caótico sino en una fantasía con cuadros de colores y muñecos de nieve tallados en vidrio.

Por primera vez me divertí de verdad. Olvidé mis problemas, olvidé a mi tía esperando en casa con el veneno preparado en la lengua, con la mano soportando la necesidad de estrellarse de nuevo en mi rostro. Estaba segura de cómo me iba a recibir, pero no me importó; reí con sinceridad ante las ocurrencias de Anna y conocí a la persona detrás de la profesionista, me maravillé con su habilidad para cocinar panqueques sin forma y, después de mucho tiempo, disfruté dibujar caritas en la comida con un poco de fruta y miel, tal como solía hacerlo con mi mamá en el pasado. En esos momentos, la extrañé más que nunca, pero no fue tan doloroso como de costumbre; esta vez no se trataba de pedirle rescatarme, sólo de querer compartir con ella ese breve instante de felicidad.

—Le agradarías a mis padres —dije sin pensar y traté de arreglarlo cuando noté la mirada sorprendida de Anna sobre mí —. Porque... Eres muy buena y amable, ellos también lo eran... Lo que quiero decir...

—Elsa —me cortó—, voy a dejar de darte terapia.

Vi su expresión, estaba seria y decidida. ¿A qué venía eso tan de repente? ¿Sería por culpa de mis palabras? No podía decir nada principalmente porque no sabía cómo explicar lo débil que ahora me sentía, como si con una sola declaración me quitara una parte de vida recién recuperada.

Se acercó con preocupación cuando comencé a llorar. Las lágrimas me traicionaron y decidieron salir sin mi permiso, y pensé en la rapidez con la cual se iban las personas de mi vida, esa facilidad para abandonarme, para dejarme a la deriva dando otro golpe a mi vida como si no tuviera suficiente a estas alturas.

—No llores —dijo con las manos en mis mejillas, limpiando cada gota salada—. No quiero dejarte sola, quiero hacer más por ti y siendo tu terapeuta me es imposible acercarme por culpa del código ético de mi profesión.

No estaba muy segura de entender, o quizá no quería ilusionarme por nada. No hablé, la dejé continuar cerca de mí con las caricias sobre mi rostro; vi en sus ojos cierto temor por la cercanía de su cuerpo con el mío, como si quisiera quedarse más tiempo así y al mismo tiempo luchara en su interior por moverse lejos donde mi mirada no pudiera alcanzar la suya con tanta intensidad. Al final consiguió dar un paso atrás.

—¿Quieres otro panqueque? —preguntó y sostuvo uno frente a mí, se veía como si mantener la distancia le ayudara a respirar—. Sé que son horribles, pero no saben mal y yo... Yo quiero uno más, todavía tengo hambre, quizá tú quieras también.

Sonreí y me acerqué de nuevo. Su pecho se infló al contener el aire cuando mi brazo rodeó su cintura y el otro acarició su mejilla. No sé cómo se me ocurrió hacer algo así, pero sus labios eran suaves y, después de unos segundos de duda, el panqueque terminó en el piso y sus manos aferradas a mis hombros.

Besarla era algo nuevo. Nunca besé a una chica en mi vida y si alguien me hubiera dicho hace años que yo tomaría la iniciativa en algo así me habría reído al tomarlo como una broma. Ahora estaba pasando y no podía detenerme, tenía un sabor dulce, quizá por la miel o las frutas en los panqueques.

De pronto se separó con fuerza. Tenía el rostro rojo, no supe si de vergüenza o de enojo, y sus manos hacían lo posible por cubrir sus labios, quizá tratando de evitar otra acción así por mi parte. No iba a hacerlo, yo también me sentía un poco mareada con el beso; me costaba pensar.

—Lo lamento.

Yo fui quien la besó, ella no debería estar disculpándose.

—Yo te besé, no tienes por qué pedir perdón.

El rojo en su rostro era más intenso ahora y no pude evitar reír. No me sentía culpable, me gustó sentir sus labios y detener el tiempo unos minutos a su lado y si dependiera de mí podría quedarme una noche con ella, una de esas noches largas que duran al menos un par de años. Entonces lo entendí: Anna me gustaba.

—Debo volver a mi casa.

No era el momento y tampoco tenía ganas de volver a mi realidad, pero era necesario; no podía vivir eternamente dentro de mi propia fantasía. Al escucharme cambiar el tema se sobrepuso.

—No sé si sea buena idea.

—¿A qué te refieres?

—Quiero decir... —se veía nerviosa de nuevo—. Estaba pensando que es mejor para ti si puedes quedarte con alguien más, es obvio que vivir con tu tía es muy difícil. Quiero que sepas que tienes la opción de no soportarlo más.

—Debo hacerlo, Anna —decir su nombre me dejó un cosquilleo en la punta de los dedos—. No tengo a donde ir, mi familia...

—No hablo de eso. Te estoy ofreciendo mi casa... Tienes un lugar aquí, si no quieres volver, pero la decisión siempre será tuya.

—Anna...

—Yo no quiero que sufras más, aunque tampoco puedo obligarte a que dejes todo. Si algo me ha enseñado mi profesión es que sólo debo ayudar, no meterme en la vida de mis pacientes, pero contigo es diferente.

Vaciló en la última parte. Sentí una sonrisa asomarse en mi rostro pues por fin, después de la muerte de mis padres, podía sentir el apoyo de alguien. Ya no debía caminar sola y afrontar sin ayuda el infierno en donde había quedado atrapada, Anna estaba tirando un puente en mi dirección.

—¿Puedo quedarme esta noche?

Ella sonrió, toda su expresión se había iluminado de repente y me pregunté si esta noche podría extenderse sólo un poco más, un par de días o una vida entera. Anna era una puerta abierta y la adoraba por eso.


P. D. No se enamoren de sus psicólogos, eso no está bien.