Tres veces invierno

La tercera vez que los atrapó el invierno, Ash no sintió frío.

[1]

La primera vez que se vieron Ash tenía los ojos más tristes que había visto en su vida.

Era un invierno frío, el más frío que había sufrido. La nieve caía sútilmente y le cubría, poco a poco, su cabeza. Estaba en un callejón húmedo, cubierto por cajas de cartón mojadas, con las manos entumidas por el frío y un hueco profundo en su estómago.

—¿Tienes hambre?

Ash levantó la mirada, con el rostro más blanco que la nieve y más frío que las paredes que se cernían sobre su cabeza. Asintió, preparado para dar lo que fueran a pedirle a cambio, pero el joven frente a él le sonrió.

—Puedes tenerlo —le dijo, extendiéndole una bolsa de pan caliente—. También esto —ofreció, cubriéndole con su abrigo.

Se despidió con la mano y, antes de perderse en los callejones que se abrían más adelante, se volteó a verlo.

—Me llamo Eiji.

[2]

Ash observaba las estrellas, con las manos ocultas en los bolsillos de su abrigo. De tanto en tanto, suspiraba soltando un vaho que desaparecía a los pocos segundos y repetía la acción hasta que oía pasos cerca y se alertaba.

Desde aquella vez, siempre esperaba. No había noche en la que no esperara verlo, apareciendo por las esquinas de callejones fríos, con esa sonrisa tan única que le transmitió calidez en un invierno tan crudo.

Habían pasado las estaciones y jamás volvió a sentir una calor similar, en ninguna de las personas que se acercaban a ayudarlo. Solo eran rostros oscuros y distorsionados que siempre pedían más de lo que daban. Y, aunque estaba rompiéndose con cada día que pasa, alcanzaba a reponerse al llegar la noche, cuando pensaba que volvería a verlo.

Sin embargo, sucedía que a veces perdía las esperanzas, cuando no podía más y las estrellas no brillaban en el cielo para él. Y las manos y los rostros no tenían formas definidas y era todo tan imposible.

Pero las dudas fueron convirtiéndose en certeza: volvería a verlo en invierno, cuando la nieve cubriera las calles y sus manos se entumieran, incluso dentro de sus bolsillos. Lo sabía, porque sin ese chico cualquier estación se sentía fría y, en cambio, el invierno se volvía aun más cálido que el verano cuando estaba cerca y sonreía, y todo, de pronto, simplemente estaba bien.

—Oh, volvemos a vernos —el chico le sonrió, a Ash le cosquillearon las mejillas.

—Soy Ash —se presentó, con voz trémula. Las piernas le temblaban y sus manos se encontraban sudando—. Gracias por lo de aquella vez.

[3]

Ash se encontró a sí mismo viviendo realmente. Sus días ya no eran fríos, sus pies ya no se movían porque ese día debía hacerlo, en ese momento, verdaderamente estaba viviendo por voluntad propia. Incluso cuando las cicatrices quedaron marcadas a fuego en su piel, ya no lamentaba el pasar de los días.

Eiji para él era mucho más de lo que cualquiera creería, era el impulso que necesitó todo ese tiempo, esa mano que tomaría la suya aun cuando no habían garantías de un final bueno, aun cuando no podía prometerle que sería lo mejor que le pasara en la vida, aun cuando solo él estaba seguro de ser feliz y necesitarlo.

Él, empero, le tomó las manos y sonriéndole, por no perder la costumbre, le dijo que estaba agradecido de haberlo conocido. Y para Ash aquello era más que suficiente.

Con él, todas las estaciones eran cálidas. Con Eiji, la vida merecía ser vivida. Por y para él, viviría hasta agotarse.