Hetalia no me pertenece trolololololo.


"Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia".

Sara despertó.

Al final el cansancio había vencido a su ansiedad. Aún si dos horas no eran suficiente descanso, se talló los ojos y termino incorporándose. Se sentía exhausta, tanto física como mentalmente. Algo irónico considerando que era el periodo más largo de calma que había disfrutado desde que la Segunda Guerra Mundial concluyó.

Estaba estirándose cuando tocaron a su puerta y sin esperar que ella diera permiso para que entraran, un par de mujeres, una que estaba en sus cuarentas y otra que a lo mucho rondaba los veinte años, se abrieron paso. Una llevaba un par maletines, mismos que fueron colocados sobre el tocador de la mexicana. La otra traía una caja en donde presumiblemente se encontraba el vestido.

La mujer mayor abrió uno de los maletines, tomó tres botellas pequeñas y entró al cuarto de baño, donde empezó a llenar la bañera de agua, derramando en ella las esencias que llevaba consigo.

—En cuanto terminemos de darte un baño, te maquillaremos y vestiremos.—La joven le sonrió y Sara trató de hacer lo mismo aunque el gesto no terminó por salirse.

—Bertha, deja de entretenerla. Señorita, será mejor que nos apresuremos, aún tenemos tiempo pero cuando se trata de una boda, bueno, hay que estar lista por si algún imprevisto se presenta.

La mayor, llamada Anna, condujo a Sara a la bañera. Entre masajes al cuero cabelludo, mascarillas para que su cara estuviera perfecta y cháchara banal por parte de la alemana, terminaron saliendo de allí al cabo de media hora.

Bertha se encargo de aplicar un sencillo maquillaje, en el cual lo único que destacaba eran los labios del color del vino. Peinaron su cabello en un apretado moño, aplicaron el perfume y finalmente y con mucho cuidado le colocaron el vestido.

La prenda, de cuello alto con mangas largas y un ajustado corpiño hechos de encaje rematado con una falda voluminosa de tafetán se ciñó con perfección al cuerpo de la novia.

—No están las perlas.—Mencionó la mexicana al tiempo en que veía su reflejo en el espejo.

—Hice caso a su consejo y las quitamos.—Anna aseguró el velo a la cabeza de la joven.— Si dices que las perlas son de mala suerte para una boda yo te creeré.

Las tres mujeres se miraban en el espejo, Bertha y Anna observaron su obra con devoción. A sus ojos, la mujer se veía impoluta, la novia indicada para una boda ideal. Y a los ojos de Sara también lo sería, de no ser por las circunstancias.

Alguien toca suavemente la puerta, rompiendo el momento de tranquilidad. Las mujeres se miraron extrañadas, sin duda no esperaban a nadie más.

Al no obtener respuesta, el visitante volvió a tocar, esta vez de manera más apremiante.

Anna abrió la puerta.

—¡Capitán Beilschmidt!—Habló la mujer sin poder ocultar el asombro.

El hombre se veía increíble en su traje de la Kriegsmarine. Las medallas, la cruz de caballero, el cabello peinado hacia atrás. Sara jamás lo admitirá, pero la visión de aquel hombre consiguió por un instante robarle el aliento.

Ludwig se aclaró la garganta.

—Me gustaría hablar con la señorita... a solas.

—Por supuesto señor.—Anna asintió.—Solo la pondremos presentable para usted.

La mujer volvió a cerrar la puerta. Bertha se apresuró a buscar por toda la estancia algo que pudiera servirle, hasta que dio con la cama aún sin tender de Sara. Tomó la sábana roja y la puso sobre la cabeza de la joven, cubriéndola por completo.

—¿Pero que están haciendo?—Inquirió la mexicana con curiosidad.

—El Capitán Beilschmidt desea verla, pero es de mala suerte que te vea vestida de novia antes de la boda. Se que estará mas que satisfecho con usted.— La mayor hizo señas a Bertha para que tomara los maletines.—Mucha suerte querida.—Anna la abrazó.— Deseo que tu matrimonio dure muchos años y que este sea fructífero.

Sara asintió. Las mujeres volvieron a abrir la puerta, se marcharon y Ludwig entró.

A su memoria vinieron breves pinceladas de lo que aquel hombre había hecho. Recordó el avance de la guerra, la conclusión de esta al tomar posesión de tierra estadounidense. La cabeza de Alfred cayendo por los escalones del Capitolio.

La solución final que azotó al mundo entero y que solo se detuvo cuando el nuevo jefe de Ludwig subió al poder.

También recordó a Gil, lo desesperado que había estado muchos años atrás, buscando un método para salvar la vida de su hermano, aún cuando su futuro esposo ni siquiera era Alemania.

El aleman se aclaró la garganta.

—Seré conciso contigo. Si no quieres no llevaremos a cabo la ceremonia. O si prefieres a alguien más, alguien con quien te sientas más cómoda...

Sara negó con la cabeza. Agachándola.

—Discúlpeme general Beilschmidt, pero es mi deber llevar a cabo lo que sea más conveniente para el Reich.

Ludwig se remueve, sintiéndose incómodo.

—Podrías estar con mi hermano, creo que ustedes se conocen bien.

Si, Prusia habría sido la opción más sensata pero también mucho más problemática. Nunca podría separar el afecto fraternal que existía entre ellos, ni una vez que la boda se realizara ni cuando el debiera llevársela a la cama.

Sara suspira.

—Perdóneme por no ser la opción más apropiada. Pero haré mi mejor esfuerzo para llegar a ser de tu agrado. Lo que yo desee está demás Capitán Beilschmidt.

Otra vez los títulos, el aleman no era ningún idiota. Sentía las palabras de su futura esposa como promesas vacías. Protegiéndose con esa falsa cortesía.

—Seré tu esposo Sara, no me llames capitán . Se que no es convencional...—Ludwig alzó su mano, la joven la tomó.—Pero haré lo que pueda para honrar nuestro matrimonio y... y trataré de no hacerte daño.

Sara asiente, parece ser sincero y quiere creerle, pero, ¿que persona en pleno uso de sus facultades mentales creería en la palabra de un nazi? ¿En alguien que la había capturado aún cuando ella ya se había rendido y la guerra ya estaba acabada?

Sara termino forzando una sonrisa.

El aleman notó lo tensa que la chica estaba. Término soltando su mano y se decidió a salir.

Ella arrojó la sabana roja a la cama.

La mexicana volvió a mirarse en el espejo. Le hacía gracia casarse de blanco. El significado de aquel color perdía sentido después de lo que había pasado con Alfred. Después de haber dado a luz a un bebé muerto.


Nueva Frankfurt era hermosa en esta época de año. A pesar de tener aún huellas de la guerra, algunos edificios y la mayor parte de Central Park habían salido indemnes. Vio los árboles que comenzaban a florecer y los pájaros echándose a volar, en busca del lugar perfecto para comenzar a hacer sus nidos.

El chofer se encargó de llevarla al ayuntamiento de la ciudad, uno de los pocos lugares que no habían sido dañados por los bombarderos masivos que ocurrieron en las primeras etapas de la guerra.

Bajó del coche con ayuda de aquel hombre. Este no entabló conversación alguna con ella y solo se limitó a refunfuñar una vez que Sara comenzó a alejarse.

Sintió la cálida caricia del viento, el calor de los rayos del sol. La primavera acababa de llegar. Dos soldados inclinaron sus cabezas en señal de respeto, se colocaron a ambos lados de ella, escoltándola.

La mujer tomó con firmeza el ramo de flores y subió los escalones, abriéndose paso por el lugar.

El sitio estaba bellamente adornado. Jarrones que mezclaban hortensias y rosas se hallaban a ambos lados del pasillo. Al final de el se hallaba el salón. Con unos pocos militares y lo que precian ser sus mujeres que se agrupaban a ambos lados de la estancia. En el centro estaba un hombre de traje frente a una mesa, en la cual había papeles y un bolígrafo.

Ludwig hablaba con el, Gilbert también lo hacía hasta que volteo y la vio. Se encaminó hacia ella, sin poder ocultar su asombro.

—Luces casi tan hermosa como mi asombrosa persona.— Gil la abrazó.—En otras circunstancias este sería un momento feliz, pero, bueno, las cosas siempre pueden ser peor.

—Si.—Sara recordó a Alfred, su cuerpo sin cabeza siendo mordido por los cuervos.—Lo sé.

Prusia tomó su brazo, entrelazándolo con el suyo.

—Las cosas pasan y seguimos adelante, ¿no es así mi vieja amiga?

Sara no contestó. En su lugar inició el avance hacia su destino.

Uno que no auguraba nada bueno.


Sara camina tomada del brazo de Ludwig, saludando a las personas que se les acercan, hablando en el aleman arcaico que Gilbert le enseño gran tiempo atrás. Sonríe a los jefes de su esposo. Siente que las miradas la devoran, la que envidian el lugar que ahora posee y también de aquellos quienes no creen que ella esté a la altura de semejante honor.

Se ha casado con el hombre más valioso del Tercer Reich, debería estar contenta ¿no?

Ambos siguen caminando por el suelo de mármol. Los manteles, las elegantes sillas, todo de blanco, iluminado por la suave luz amarilla y amenizado por un quinteto de cuerdas y un pianista. Es tan idílico, todo contrasta con lo que fue su realidad hace unas cuantas horas atrás. La persona que había acondicionado el salón de baile del Plaza había hecho un excelente trabajo. Casi le dio pena que todo fuera desperdiciado en una boda vacía.

—Estimados invitados.— El pianista se había puesto de pie, sosteniendo un micrófono, aclarándose la garganta para llamar la atención de los invitados.— Ha llegado la hora de que los novios realicen su primer baile juntos, y pedido del capitán Beilschmidt, hemos de interpretar esta pieza musical que con gran placer compusimos para la nueva pareja, de nuevo, muchas felicidades a los recién casados.

Ludwig la condujo al centro de la pista, se quedaron allí por un momento, esperando a que los músicos estuvieran listos.

—Aquí Sara.—El hombre toma una de sus manos para apoyarla en su hombro, después el coloca la suya en su cintura.—Tal y como Gilbert nos enseñó.

Involuntariamente la joven le sonrió, recordó las lecciones dadas por Prusia. Jamás habría imaginado que un caballero templario sería tan buen bailarín. Quizá el también había tenido un excelente maestro.

Su gesto pareció tranquilizar por unos instantes al rubio. El quinteto empezó a tocar. La melodía inundó la estancia, y ellos comenzaron a moverse con ligereza, siguiendo el compás de la música. Notó que Ludwig afianzaba aún más su agarre en su cintura. Había vuelto a tensarse. Ambos sentían las miradas de todos los involucrados, la mexicana apretó ligeramente su hombro y volvió a sonreír.

Beilschmidt le devolvió el gesto, los hoyuelos se marcaron en ambas mejillas del aleman y aquello le pareció adorable a la mujer.

Algunos invitados siguieron mirándolos, contemplado a la pareja que se sonreía y parecía verse enamorada.

Pero ese no era el caso de los superiores del germano. Aquel grupo de hombres seguían observándolos inquisitivos.

Sara sintió las miradas, quizá ellos no estaban convencidos con su actitud. El nerviosismo comenzó a abrumarla, pero se obligó a mostrarse tranquila. Dieron los últimos pasos y al terminarse el vals, ella se puso de puntillas y besó a Ludwig en los labios.

Aquel beso era completamente diferente al pico que el le había dado en cuanto el juez los declaró marido y mujer, este no se sentía frío, obligado, indiferente, breve.

El contacto duro más de lo que ella hubiese esperado. Sintió la mano del rubio acariciando su mejilla por unos instantes. Cuando se separó un leve sonrojo cubría las mejillas del aleman. Se veía un poco confundido. Las personas aplaudieron y hablaron entre ellas.

—Que pareja tan más hermosa.— Expresó una dama a su anciano esposo.

—Como quisiera encontrar un amor así.—Se lamentó una joven.

—Los hijos que tengan estarán hermosos...

Sara oyó las voces a su alrededor, complacida de que la gente creyera su espectáculo, observo con disimulo a Dönitz.

El no la miraba a ella, pero sonrió a Ludwig y asintió con la cabeza, como si estuviera dándole su aprobación.

El quinteto comenzó a interpretar otra melodía y más parejas se pusieron de pie dispuestas a bailar, ellos, en cambio, se resolvieron a sentarse en su mesa.

Fuera de la tensión del vals inicial, la boda se desarrolló con más tranquilidad.

El fotógrafo oficial se los llevó a un salón contiguo, con amplios ventanales. Decidió realizar la sesión allí. Al haber sido una ceremonia civil carente de toda la parafernalia de padrinos y damas de honor, Gilbert protagonizó con ellos la mayoría de las fotografías.

Instantáneas que capturaban momentos. De ella sola, sosteniendo su ramo y luciendo su vestido. Otras en donde posaba con su ahora cuñado en un lado , y su marido tenso en el otro.

Pero en la última fotografía, una que solo los involucraba a ellos, Gilbert se paró detrás detrás del fotógrafo, haciéndoles muecas.

Sara y Ludwig solo pudieron reír, y esas risas fueron captadas por la cámara.

Después volvieron al salón principal en donde partieron el pastel, con Sara sosteniendo el mango del cuchillo mientras la enorme mano del del aleman cubría la suya. Ella tomó un bocado de la tarta, dándoselo a Lud, intentado disfrutar de la ligereza del momento.

Todo transcurrió en normalidad hasta que el Führer golpeó su copa con una cuchara diminuta.

—Su atención por favor. Damas y caballeros, quisiera hacer un brindis.—Dönitz se levantó, alzando la copa de champagne en dirección a los novios.—Os deseo dicha, prosperidad en su matrimonio y la mayor de la felicidades. Se que su amor nos inspirará a hacer las cosas correctas, a vivir a la altura de nuestra gran nación, cada día, por el resto de sus vidas. Por los novios y el gran imperio aleman.—El hombre alzó la copa y bebió mientras centraba su mirada en Ludwig, este también bebía de su propia copa al tiempo en que los presentes aplaudieron y sorbieron un poco de champagne.


Unas horas más tarde, el banquete término. La magia creada por la fiesta se había terminado y Ludwig estaba un poco ebrio aunque no lo suficiente como para perder el control de sí mismo. Recordaba el camino a su habitación, Sara lo seguía, con la mirada baja. Ella no había bebido tanto, quizá no le gustaban las bebidas que habían servido, aunque ¿el cómo podría saberlo? No sabia nada de ella mas que los escuetos detalles que Prusia le había comentado.

Ludwig suspiró en cuanto llegaron a la puerta. Entraron a la habitación. La incomodidad se podía cortar con un cuchillo. El aleman de inmediato se dirigió a una de las vitrinas, de donde sacó una botella de licor. Bebió un trago, frunciendo el ceño cuando el alcohol le quemó la garganta.

—Puedo decirles que lo hicimos.—Murmuró el hombre.— Se que tú podrías convencerlos.

La profunda voz del hombre la hizo estremecerse, ella negó con la cabeza.

—Me van a examinar, ya deberías saber cómo es tu gente, ellos lo único que quieren...—Sara suspiró, dejando la frase al aire.

—Se lo que quieren. Lo sé. Y de primera mano entiendo lo qué pasa cuando no se hace lo que se debe.

Ludwig tomo otros dos tragos de la botella.

—Entonces, ¿deberíamos comenzar ya?

La mujer asintió, comenzando a quitarse el vestido, cuando hubo terminado lo dejó encima de la silla frente al tocador. Hizo lo mismo con el velo. Deshizo su peinado, dejando que el cabello le cayera por la espalda. Se dio la vuelta, quedando en ropa interior frente a Ludwig.

Este la miraba con una extraña mezcla de melancolía y tristeza.

—No quiero hacer esto... se que debo de hacerlo y me prepare mentalmente para ello pero... pero no quiero obligarte.

La joven lo miró. El aleman volvió a beber un poco de licor. Sara habría aceptado su negativa sin chistar, pero recordó la cabeza de Alfred, las amenazas a sus hermanos. El simple hecho de que ella no era más que una rehen.

—Nadie quiere esto Ludwig, ninguno de los dos pero aquí estamos... yo por mis hermanos y tu por el tuyo. Al final no somos más que esclavos de las necesidades de nuestras familias.

Ludwig asintio.

—Pero, podríamos hacer algo distinto, apagaré las luces y tu podrías sentarte en la cama.

—Si, está bien.

Ludwig lo hace. Sara apaga las luces, La suave iluminación de las farolas de la calle se cuela por las cortinas evitando que la habitación se suma por completo en las tinieblas. Ella se deshace también de su ropa interior.

—Tomaré tu mano, tocaras los sitios que yo quiero que toques, ¿está bien? Y si algo te incomoda puedes decírmelo.

—Si.

Sara tomó la mano de Ludwig, tratando de controlar su palma temblorosa. La colocó en su mejilla, después besó su interior y la fue deslizando por su cuello, luego su clavícula, bajando hasta finalizar en uno de sus pechos.

Ludwig deslizó sus dedos por la piel, sintiendo la suavidad y el calor que desprendía. Luego ella condujo su mano por su cintura, la cadera y finalmente, llena de nerviosismo, a su entrepierna.

Ambos se detuvieron, el aleman tocó sus pliegues, Sara se estremeció. Movió en círculos sus dedos, haciendo que la joven jadeara.

El rubio acercó su otra mano.

—¿Darf ich?—Preguntó el hombre.

—Si.—Murmuró la joven, para después sentir como el metía uno de sus dedos en su interior.


Cuando despierta ya es de mañana y esta sola. Ni Ludwig ni su ropa están en la habitación. Ella se incorpora, entre toda la maraña de sábanas y cobijas.

Observa su cuerpo, hay una marca roja cerca de su clavícula, moretones a ambos lados de su cadera y siente un dolor sordo en su entrepierna. Los colores suben a su cara de inmediato.

Quizá había sido el alcohol, pero lo que comenzó como algo tranquilo y dulce, escaló precipitadamente en algo frenético y desordenado, con ella acabando debajo de el, dándole la espalda, completamente dominada. Enrojeció aún más al recordar la fuerza de sus empujes, de como aferró sus manos a su cadera mientras la poseía.

Tocan a su puerta y eso la saca de su recuerdo. No esperan a que ella responda cuando una enfermera ya ha entrado a su habitación.

Es la misma que acompaño al médico que la examinó un mes antes de la boda para ver si era la candidata ideal.

Sabe a lo que viene y aunque la otra mujer tiene una expresión llena de entendimiento en el rostro, eso no la hace odiarla menos.

El procedimiento es rápido, la enfermera encuentra lo que busca, sonrie complacida al ver las marcas en sus caderas y con un "gracias", vuelve a dejarla sola.

Entiende que su boda sea una forma de control tanto de ella como de sus hermanos, de que eventualmente sus hijos con Ludwig (si es que llegaba a tenerlos) representarán nuevos estados satélites adheridos al Tercer Reich. Lo que es un poco desconcertante es la sensación de que también están forzando a Ludwig. No en un sentido de deber para con su gente, sino como si se tratara de una especie de castigo.

No pasó por alto las miradas de sus superiores durante el banquete de bodas, o ese extraño brindis por parte de Dönitz, ni tampoco el intercambio de palabras que tuvieron antes de que terminaran acostándose.

"No quiero obligarte".

Sara tenía la certeza de que algo más estaba detrás de su boda repentina con el aleman.

La cuestión era si ella sería lo suficientemente valiente como para intentar averiguarlo.


¿Cómo están amiguitos? Bienvenidos una vez más a las ideas que salen de mi cabeza cuando pasó más de una semana en cada con auto-cuarentena xD

En realidad esto ya tiene mucho tiempo, se desprende de una historia que escribí por allá de 2013 (que borre porque era una mierda xD) y obviamente tomó inspiración de The Man in the high castle.

Quiero agradecer un montón a mi beta Sesel Blue quien le ha dado una revisada a esto y me ha hecho un hermoso dibujo que funge como portada de este fic. Te quiero amigui 3

Agradezco a quienes se tomen el tiempo de leer esto y aún más a quienes dejan comentarios y críticas constructivas. No saben cuanto aprecio los reviews!

El titulo del capitulo corresponde a la cancion homónima compuesta por Koji Kondo.