El alma de un soldado esta condicionada para matar, y en realidad, el fusil que carga en las manos no siempre es la hacedora de muerte. Sino el uniformado que la posee.
Las guerras en campos abiertos han demostrado ser totalmente desgarradoras, porque no importa en que bando estés, las historias de muerte afectan a todas las personas por igual.
Pero en el aire las cosas son diferentes, pues no eres un soldado predispuesto a asesinar, es decir, te entrenan. Sin embargo sabes que muchas veces tus misiones no serán de atacar, sino resguardar. Ese era el pensamiento de un joven piloto estadounidense que se enlistó en el ejercito para poder subsistir económicamente con su familia.
Su avión no era de los más avanzados, de hecho le habían dado uno viejo por ser piloto primerizo, no confiaban en el. Pero aun así, tenía una tarea. Resguardar las costas de su país de forma aérea, ya que en el mar los navíos se encargaban de lo demás.
Cuando sucedió lo de Pearl Harbor todos estaban sorprendidos, los japoneses realmente eran peligrosos. Eran una bomba, porque literalmente para eso servían, manejaban sus aviones y en vez de disparar, lo único que hacían era estrellar sus aeronaves contra todo lo que significaba el "Capitalismo".
El tiempo para reparar el daño que le hicieron a toda la infraestructura militar fue muy corta, no obstante las personas estaban asustadas. Y por eso el gobierno no iba a dejar que sucesos como esos se volvieran a repetir.
Por suerte aquello no volvió a ocurrir.
Un día cuando todos pensaban que los ataques aéreos en las costas americanas habían cesado, Johan Sánchez, el joven aviador fue enviado a sobrevolar más allá de las costas solo para verificar que todo estuviera bien.
El plan simplemente era de vigilancia, por eso cuando escuchó las balas impactar en el metal de su aeronave, no supo que hacer. Hasta que una voz en el comunicador de su casco lo sacó de su trance.
-¡Soldado despierte! - Era su mayor. -¿Cuál es el estado del avión?
En ese momento vio toda su vida pasar por sus ojos, porque a pesar de que había salido del shock, lo que menos le importaba era lo que diría su mayor a través del comunicador. Quería sobrevivir, pero no se atrevía a disparar, no quería ensuciarse las manos aunque de eso dependiera su vida.
Siguió volando para perder a su enemigo, pero el maldito simplemente no se despegaba de el. Era uno solo, pero era peor que la mugre en una uña, era un japones.
Cuando finalmente comprendió que ese sería su final, algo extraño le pasó. De repente entro en una neblina, muy pero muy densa, y todo cambio.
Por alguna razón ya nada se veía realista, el cielo ya no era como antes, sino un poco más infantil, caricaturesco. Más aun sentía al japones detrás de el.
Vio que estaba sobre una playa, quizás estaba en una isla, en ella observó una oportunidad, y debía aterrizar. Pues de no hacerlo, explotaría en el aire, su motor ya estaba echando humo.
Fijó su vista en la playa y miró algo inusual en ella. Habían unas personas con rasgos extraños, algunos tenían armadura, pero le llamó más la atención cuando seis de ellos comenzaron a elevarse y brillar, envueltos en varios colores.
-¡Demonios! - Exclamó al ver como un rayo de luz arcoiris se acercaba peligrosamente a su avión.
Y sin pensarlo más, jaló de su paracaídas para ser expulsado del aeroplano en el último momento.
En el aire, mientras descendía lentamente, vio asombrado como ese rayo de luz explotaba su viejo avión.
Pero el peligro aun no acababa, pues el avión japones estaba posicionandose para dispararle.
En ese momento una ráfaga de viento pasó a su lado, era otro rayo de luz. Todo fue en cámara lenta, no vio cuando impactó, pero si alcanzó a ver como caían todas las piezas del avión por la explosión.
Anonadado por todo lo que había presenciado, observó nuevamente a la playa.
No sabia si se había salvado, pero por lo menos ya no tenia que preocuparse por el otro avión.
