Cuando Iori llegó a esa playa, suspiró pesado y con un dolor en el pecho que comprendía, aceptaba y convertía en propio, miró a los alrededores del mar.

Vio a Riku frente a él, palpable, con una voz como un eco casi tácito y memorado.

Conocía su timbre de voz casi tan bien como cada línea de su propia mano, y esa ilusión tangible tomó su brazo para arrastrarlo a la orilla.

Riku apuró el paso. Eran las diez de la noche, la oscuridad se trenzaba entre los cabellos cortos de Iori y las hebras de Riku se mecían ante el gélido soplo de una noche primaveral.

Iori sonrió cuando escuchó su propia voz.

-¿Qué quieres?

-Enseñarte lo bella que es la playa Iori, ¿No quieres? —Preguntó el pelirrojo en un tono inocente que, de alguna u otra manera, le hacía daño.

Le dañaba esa voz que sonaba tan distante de cierta manera, y ahí estaba, apurando el paso mientras el frío calaba hasta su médula, y se acurrucaba en sí mismo para no romperse a llorar por la nostalgia dolorosa de la situación.

Una horrible situación. Suspiró ya cansado.

Tomó asiento en la arena fría y húmeda, con el ambiente salino decorando y las olas rompiendo estruendosas, estremeciendo sus oídos, sus sonrisas, su mentalidad.

Otra imagen.

Miró a su lado, y ahí estaba Riku, sonriendo con algo de vergüenza debido a que había volteado la comida sobre la arena una vez que se había acomodado a su lado.

-¿Acaso no puedes hacer nada solo? —Se quejó Iori, y antes de que Riku pudiera abrir su boca en respuesta, el de cabellos obscuros se acercó a él y se acomodó a sus espaldas.

Rodeó con sus brazos al muchacho para arrastrarlo hacia él y la espalda de Riku contactó con el abdomen de Iori. El pelirrojo dio un leve brinco por la cercanía, pero no dijo nada.

Sólo alzó su mirada, sintiendo como Iori trenzaba sus cabellos.

-¿Qué haces?

-¿No sientes que trenzo tu cabello? —La voz de Iori se cargó de ironía.

-Mnh. Lo hago. Hace cosquillas. —Resonó con eco.

Las olas rompieron de nuevo en la marea alta que agitaba la existencia de Iori, robándole un suspiro insatisfecho.

Si era sincero, ese día había huido al sitio especial. Temía por su propio autocontrol y pensaba "¿que sucedería si Nanase apareciera?" Temía ya no poder abrazarlo y agradecer su respirar. Temía no aguantar las ganas de, por emoción, tumbarle al suelo, aunque fuera en falso. Aunque fuera para ser un niño pequeño.

Otra reminiscencia. Riku sonriendo mientras estaba recostado sobre el cuerpo de Iori, encima de él, con su oído apoyado en el corazón de Iori.

"¿Por qué late tan fuerte tu corazón?" Y se reía, maldición que Iori solo tenía ganas de decirle que era su culpa, que se hiciera cargo de lo que estaba haciendo, que estaba llenando de sal los pliegues de sus labios debido a su cabello humedecido por agua de mar.

No hubo queja alguna.

Riku luego se levantó y se rió. La obscuridad seguía allí, con la hora, con el frío, con las caricias resbalando por el cuerpo del muchacho, con el dedo de Iori trazando las líneas de su abdomen, los pliegues de sus caderas, como si no hubiera algo más hipnótico.

-¡Iré al agua! —Se levantó repentinamente dejando la barriga de Iori al aire libre, recibiendo el mecer del viento sobre su piel, erizándose.

Cuando escuchó el golpear de los pies de Riku sobre el agua, natural y despreocupadamente salió algo de sus labios.

-No vayas a lo profundo. —Dijo, mientras miraba el cielo estrellado y estaba bocarriba; la arena resbalaba en su espalda casi gracilmente.

Se levantó de su posición y lo vio bañarse ahí, etéreo; sus mejillas se colorearon y sus labios se deformaron en una dulce y pequeña sonrisa.

Y todo era tan perfecto. El estómago de Iori se apretó por esa nostálgica escena y sintió que la comisura de sus ojos ardía de forma voraz. Quemaba, escocía, pero prefería evitarlo.

La noche, con sus olas rompiendo feroz, parecía hacerle compañía en ese llanto mudo.

-¿Me cantas algo mientras juego, Iori? —Le había preguntado, e Iori comenzó a tararear una balada, porque estaba en paz, mientras Riku tomaba agua salada entre sus manos y la lanzaba al aire.

Iori escuchó a Riku reír a carcajadas.

-¡Bailemos! ¡Que sea inolvidable! —Dijo, como si supiera de mala forma lo que continuara.

E Iori lo hizo. Sonrió resignado mientras se levantaba, se acercaba a la orilla del mar, y con una canción en su mente, sus manos posicionadas en la cintura de Riku y en su hombro, comenzó a guiar un vals.

Suspiró cuando el sonido de un barco lo distrajo. Miró a la distancia el faro que cortaba su doliente situación, como si acaso no fuera patético estar ahí, solo, habiendo arrancado de su hermano que debía saber lo que pensaba.

¿Qué era? ¿Por qué no retornaba entonces junto a su sonrisa?

Su hermano lo perdonaría esa noche. Lo perdonaba toda la vida, prácticamente.

La voz de Riku llamó su nombre.

-¿Iori? —Habló, y su inconsciente viajó de vuelta al ambiente salino y taciturno, al lúgubre día primaveral donde Iori tenía sus yemas encimadas en la piel siseante de Riku.

Trazaba con sus manos su cuerpo, como si más adelante no hubiera ocasión en la que se repitiera.

-¿Podrás quedarte hoy? —Cuestionó Riku, mientras Iori le miraba.

El de cabellos negros asintió en silencio, mientras no se quejaba de la situación tan injusta.

Repentinamente quiso fumar. La sensación de la nicotina corroyendo su cuerpo, ¿como se sentiría? ¿sería un sedante perfecto?

¿Cómo, cómo, cómo?

De cierta forma la noche siguió avanzando, pero Iori seguía varado en el tiempo como si fuera un triste barco sin puerto.

Miró a ambos lados mientras la figura de Riku seguía entre su cuerpo en la dulce danza del vals en su cabeza. Iori negó con ella mientras veía una localidad a la distancia.

No podían ir a ese sitio.

-¿No quieres acampar? —Preguntó entonces el más joven, y Riku inclinó el rostro dubitativo.

-Vale. —Contestó—, ¿Qué haremos?

-Dormir bajo las estrellas y rezar por no morir. —Dijo con sarcasmo, y Riku rió.

Él no debió hacerlo, piensa Iori.

-¡Juguemos un poco más! —Bramó Riku sujetando las manos del joven frente a él—, ¡Hagamos enojar al mar! —Continuó, mientras arrastraba a Iori, lo empapaba, y el muchacho imitaba el gesto, levantando el agua con sus manos como si nada fuera más divertido.

Fueron los culpables del enfado del mar. Quizás algunos barcos chocaron pero ¿qué más daba? Riku estaba ahí, Riku era suyo.

Riku se iría.

Repentinamente se sintió pesado el ambiente.

-Lo sé. Perdón. —Dijo el pelirrojo—, ¿Cantamos algo?

Y un dueto resbaló de sus labios. Era una canción compuesta por los dos en sus tiempos libres. En esos tiempos donde desafinaban canciones, donde quemaban madera, papeles, e Iori le enseñaba tradiciones como quemar cartas, comer con palillos o acariciar perros.

Cosas que Riku, como híbrido de tritón no podía realizar, excepto ese último y único día donde podían bailar a la orilla del mar, a la luz de la luna celeste y brillante que decoraba el cielo.

Lo había recordado. Todavía lo hacía.

Iori estaba claro. No valía la pena esperarlo. Lo conoció una noche de andanzas por la playa cuando lo vio incidentalmente y el tritón lo amenazó. Iori, corto de genio como él solo, bramó que de todas maneras no guardaba relación con seres del mar, lo ignoró.

Y se enamoró de él en el corto tiempo de dos meses, aunque fue más por oírlo cantar melancólico a la luna.

"Los tritones vivimos ciento veinte años, nuestra misión de vida es recibir los rayos de la luna celeste para tener una muerte pacífica, ya sabes... Volvernos espuma de mar, y no un cadáver que flota a la deriva, y que termina siendo disecado".

Esas fueron las palabras de Riku cuando Iori le preguntó por qué siempre lucía melancólico mirando la luna.

"Estoy próximo a la luna celeste y te conocí, ¿por qué me haces esto?" Le preguntó una vez entre lágrimas.

E Iori sintió que esas, incluso ahora, eran sus palabras. Suyas y sólo suyas.

Tenía sueño. Frente al frío océano ennegrecido e injusto. Vasto, amplio, vacío de la hermosa existencia del tritón pelirrojo.

Llevó sus manos a sus labios y los palpó. El calor seguía allí. El calor de los labios húmedos y salados de Riku, sus labios secos por gracia de los minerales del agua de mar... Sus labios que nunca olvidaría en una triste memoria en repetición.

No servía de nada esperarlo porque Riku no volvería. Se abrazó aún más a sus rodillas sintiendo la sensación punzante.

No había lágrimas. ¿Por qué tendrían que haber? Iori no podía llorar. Sabía a lo que iba, se arriesgo, lo consiguió. Y su primer amor se deshizo entre la espuma de mar, gracias al cielo no frente a él.

Y lo abrazó tan fuerte esa última vez cuando recibió un collar tallado con la letra de Riku, y la sonrisa herida del muchacho.

Del híbrido tritón que fue humano una noche gracias a la luna celeste que lo condenaba a muerte.

Una gaviota sobrevoló el mar y graznó sacándolo de sus ensoñaciones. Lo sacó de sus recuerdos y pensó que cada memoria de Riku, cada día vivido junto a él ahora se quedaba en ese pueblito que visitaban entre la primavera y el verano, cuando no habían clases.

Era su primer año sin Riku, y notó que aunque no hubiera mar, fuera en la costa o en ciudad, le veía en cada gaviota.

El festival del pueblo era esa noche, e Iori no quiso ir. ¿Habría conocido Riku la felicidad de los carnavales?

Ir a esos lugares era recordar la triste tragedia de que, detrás de cada pareja, él estaba solo. No necesitaba recordar eso.

Inhaló profundamente el olor de la costa mientras contaba cuatro tiempos para exhalar. Para calmar el dolor de su pecho y justificar su falta de lágrimas.

Su hermano seguramente lo estaba esperando lejos de la playa. Iori nunca le contó la historia de Riku, y su hermano respetaba ese luto que repentinamente cargaba en sus hombros.

Iori sintió la horrible ausencia. Lo doloroso no era que Riku muriera, lo doloroso era la sensación de saber que no existe, de ser consciente de su vacío en el mundo terrenal.

Todo tenía que morir e Iori comprendía eso, pero todavía dolía ser consciente de la falta de hálito del muchacho pelirrojo.

Le había jurado contar la historia de amor febril que habían vivido, nunca con la verdad, porque los tritones debían seguir siendo un secreto. Se lo prometió a Riku y esa promesa era lo único que todavía se sentía tan real, tan único, tan palpable. Muy aparte de el collar que Riku le había regalado.

"Pronto me olvidarás. Agradezco que así sean los humanos" había dicho Riku mientras mecía sus piernas en el agua, chapoteando juguetonamente encimado en una roca.

Riku a simple vista era un chico normal. Al menos esa noche, no había escama, ni cola, ni ceño fruncido de Iori.

Al menos no tanto de lo último, pensó Iori en una risa lastimera y algo nostálgica. ¿Y si volvía? Quizás su hermano se cansaría...

No. Su hermano lo esperaría. Su hermano lo estaba apoyando en silencio por ese dolor oculto que prefería ignorar en vez de enfrentar.

"No te preocupes, no puedo regresar" le había dicho con una pequeña carcajada y una caricia en su mejilla. Iori presionó esa palma sobre su rostro, e inhaló profundo asimilando el dolor.

"Mnh. Lo sé" había respondido.

Riku le había prometido no regresar, pero ahí estaba, en cada gaviota, sólo porque a Riku se le cantó en gana volver a su mente cada día del año en una canción, en una sonrisa, en el frío de la ciudad, en el dolor de su pecho.

E Iori sintió la necesidad de huir de casa, ahí, al mar donde habían nacido y habían muerto los sentimientos de ambos forzosamente.

Exhaló porque se sintió culpable. Su hermano no lo regañaría, asumiría que eran cosas de la adolescencia y no lo encontraría problema. Pero Iori tenía un problema. Estaba sumido en esa sensación de vacío, esa sensación horrible de nostalgia.

Su último abrazo seguía teniendo calidez. Y aunque Riku le dijera que Iori lo olvidaría, no lo haría, se quedaría siempre ahí, en su memoria.

E Iori contaría su historia un millar de veces para que al menos viva de boca en boca, incluso después de que él expire, se vuelva carne putrefacta y comience a desaparecer.

Porque todos recordarían, al menos, la historia de amor de ambos muchachos, dos jóvenes que se conocieron en la playa, dos jóvenes que se amaron y uno que murió ahogado por una cruel ola que lo arrastró lejos de la orilla.

Porque Iori prometió no contar la verdad.

"¿Puedo cumplir mi promesa de guardar silencio, si tú rompiste la tuya de no volver? Te llevaste mi memoria y volviste en cada ave, cada gota de mar, cada grano de arena... Cada sílaba que digo" pensó, mientras las olas rompían salvajemente y el viento mecía sus cabellos con calidez.

Era otro día donde lo había vuelto a recordar.