Un nuevo año comenzaba en Arenberg, un pequeño pueblo donde tiempo atrás una enorme manada de lobos había sido dueña de aquellos territorios, protegiendo una fuente de vida que, supuestamente, había caído del cielo. Aunque los primeros colones lucharon contra aquellas bestias, sacándolas de allí y quedándose con sus territorios. Pronto, ocultaron la fuente de energía en un lugar donde las criaturas no podrían encontrarlo. Años más tarde, las personas del pueblo comenzaron a usar la energía para construir el gran pueblo que era conocido por su belleza natural. Rodeado de colinas y fiordos.

Elsa Måne se encontraba en su campamento de animadoras junto a Rapunzel Krone y Moana Wailiki, ambas chicas se amaban en secreto, pero ninguna se animaba a dar el paso. No como Elsa que se encontraba feliz en su relación con Anna Jeger. Aunque había un problema, la pelirroja no le había respondido ninguna de sus cartas y ya iba por la cuarta en aquella semana.

– ¿Creen que ya no quiere estar conmigo? – murmuró la albina.

Rapunzel hizo una mueca, conociendo a Anna como la palma de su mano, después de todo, eran primas. Y sabía que aquella pelirroja jamás dejaría a Elsa por nada en el mundo.

– Quizás esta ocupada con su familia, sabes como son ellos con sus tradiciones de cazar todos los veranos. – habló Rapunzel.

Moana pensó contestarles, pero Aurora dejó pompones frente a las narices de la albina, que no tardó en tomarlos al notar que estaba hechos con papel… sus cartas. Suspiro arrojándolos al suelo y dejó caer su cabeza en la mesa. Odiaba al trío de oro que se creían dueñas del lugar y solo porque habían ganado cantidad de competencias de animadoras, de forma consecutiva y jamás bajando del primer puesto.

– No entiendo que ganan con esto. – murmuró la albina.

– No les hagas caso, solo tratan de molestarte, aunque saben que no podrán. – animó la castaña con una sonrisa.

Elsa les dio una sonrisa a medias a ambas, levantándose y tomando los nuevos "pompones" que le entregaron para ir hasta su cabaña, compartida con Rapunzel y Moana, claro. Apenas entro, dejó todo y buscó su pijama, prefería dormir a tener que verle el rostro a cualquiera de los demás campistas que se reían detrás de ella y aún no sabía el porqué.

Bañada y cambiada, Elsa se dejó caer en su cama soltando un suspiro. Se giró solo para ver el marco que tenia sobre la pequeña mesa a un lado de su cama. Era una foto de ella y Anna cerca del fiordo, la pelirroja la había invitado a ir a pescar, pero terminaron dentro del agua por la torpeza de ambas al intentar jalar a un enorme pez fuera del fiordo.

Rio en silencio, recordando aquel momento como si hubiera sucedido ayer.

– Dos días… Solo dos días más. – suspiro la albina cerrando sus ojos.

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Debía soporta dos días más, aunque le encantaba aquel campamento y había asistido desde que cumplió los catorce años, pero extrañaba demasiado a su novia, la cual no debía estar pasando un buen verano con su familia.

Y no porque estaba con una chica o porque era torpe, sino porque Anna Jeger no era como los demás integrantes de aquella familia tan tradicional, ella era… diferente a todos ellos y Elsa no podía estar más agradecida que su novia no fuera tan tradicional como el resto de su familia.

– ¡Vamos, Anna, dispara! – gritó Runeard, su abuelo.

Todos los veranos, la familia Jeger salía al bosque a cazar para mantener la tradición que comenzó con Ragnar siglos atrás y sigue vigente hasta el día de hoy. Pero Anna aún no había cazado su primer venado, tampoco lo quería, siempre titubeaba y dispara hacia otro lado.

La pelirroja mantuvo firme la escopeta de caza que le dieron en su cumpleaños número quince, porque a esa edad, todos en su familia habían logrado quitarle la vida a un venado, conejo, zorro, lobo. Menos ella y eso molestaba a todos, porque la pelirroja era una desgracia.

– Hazlo… – masculló su padre.

Anna cerró un ojo para poder ver mejor, a metros de ellos había un gran ciervo que bebía de un pequeño charco. Si lo mataba, sería la Jeger con el animal más grande. Sus manos sudaban y sus brazos temblaban, tratando de controlar las lágrimas que amenazaban con salir.

Y como cada verano, la pelirroja se rindo. Disparo hacia otro lado para asustar al animal. Recibió un golpe en la cabeza por parte de su padre, el cual la miró decepcionado mientras su abuelo le quitaba la escopeta mientras negaba. Ambos mirándola completamente molestos por su falta de valor y fuerza.

Anna Jeger tenía un corazón tan puro que jamás podría dispararle a nadie ni nada sin tener un buen motivo para hacerlo, pero nunca le dieron uno y por eso siempre desviaba el tiro.

– Vuelves a defraudarnos, Anna. – escupió Runeard, tomándola del brazo para levantarla. – No eres más que una burla para esta familia.

Con eso, ambos hombres se fueron dejándola sola. Anna miró sobre su hombro, viendo al ciervo junto a su pareja y crías. Sonrió de lado, al menos algo bien había hecho ese día. Se apresuró a estar con sus familiares, caminando con la cabeza agachada para que no la vieran llorar o sonreír por la bonita escena que había visto.

Al llegar, la pelirroja se apresuró a abrir el buzón, con la esperanza de recibir alguna carta de parte de Elsa, pero, como siempre, estaba vacío. Suspiró cerrando y entrando a su casa, donde su madre la estaba esperando con los brazos extendidos.

Cuatro años de decepción, pero para Iduna, su hija era la persona más valiente y justa de toda la familia. Porque demostraba el gran corazón que tenía.

– ¿Elsa no te ha escrito? – preguntó su madre soltándola.

– No… Pero esta bien, de seguro ese campamento la tiene demasiado ocupada como para escribirle a su novia. – razonó Anna con una leve sonrisa. – Iré a darme un baño, estuve en el suelo mojado por horas… Pero ¿Necesitas ayuda con algo?

Iduna negó sonriéndole y Anna le devolvió la sonrisa antes de subir las escaleras hasta el segundo piso. Se quitó las botas de caza y la chaqueta vaquera sherpa azul, antes de poder moverse hasta el baño, cruzando por delante de la puerta de la habitación de invitados, donde su abuelo y padre tenía la misma discusión de siempre.

Anna relamió sus labios, deshaciendo las trenzas para abrir la llave del agua y esperar a que esta entrara a una temperatura ambiente. Se quitó los pantalones de estampado militar y la camiseta negra para poder meterse debajo de la lluvia. Siempre lograba relajarla.

– Dos días, solo soporta a tu abuelo por dos días más. – susurró para sí misma.