Ambos estaban sentados en el pasillo, frente a frente. No se miraban. Ni mucho menos se hablaban. Con el ambiente tenso y sus miradas nerviosas se podría pensar que esperaban que llegara el gendarme que los dirigiría a la silla eléctrica. Pero no. Tal parece que aún no llegaba ese momento.

Sentada junta la puerta que llevaba a la cámara principal del tribunal, Hayley tomaba la tercera taza de café de la tarde. No había dormido casi nada la noche anterior. Pero la cafeína la ayudaba a estar completamente lúcida, con unos ojos atentos mirando a su alrededor, como un animal en una jaula. Su mirada se posaba en todo, en las lámparas de araña en el techo, los muebles, la luz solar que se filtraba por los ventanales. O bueno, casi todo, pues trataba de evitar fijar la vista en su acompañante.

Maxwell tenía los ojos pegados en el suelo. Con la cabeza gacha, sosteniéndola con sus manos y los brazos apoyados en las rodillas. Cada cierto rato, cuando los nervios le impedían permanecer en aquella posición por más tiempo, se inclinaba hacia atrás, cerraba los ojos, soltaba un fuerte suspiro y se levantaba, dispuesto a pasearse de un lado a otro por el pasillo, con la mirada perdida y cabeza dándole vueltas. Por su parte, Hayley detestaba cuando hacía eso, ya que intervenía en su campo de visión.

—¿Puedes dejar de darte vueltas? Estoy tratando de distraerme —dijo antes de tomar un sorbo de su café.

Max se detuvo y la miró, sonriendo.

—¿Y tú puedes dejar de tomar eso? Sabes que te daña los dientes —dijo ampliando su sonrisa, mostrando su dentadura, casi blanca.

Hayley desvió la mirada, dando un bufido. Poco le importaban sus colmillos. Pero en ese momento tenía demasiados problemas pendientes, como para que una tonta discusión con Max se agregara a la lista.

Volvió a reinar el silencio por un rato más. Max siguió desplazándose desde un extremo del pasillo al otro. Hayley continuó bebiendo su café, distrayendo su atención con la taza, dándole vueltas para ver como se movía el líquido negro en su interior.

—Sabes una cosa… —comenzó diciendo Maxwell, aún caminando—. A pesar de todo, me alegra saber que estamos juntos en esto.

Se volvió a mirarla, otra vez con una sonrisa.

Ella fijó su mirada en sus ojos, sin saber qué decir. Luego de unos segundos, que a Max le parecieron horas, Hayley se levantó, con la taza y el plato en su patas. Sin estar muy seguro de que le iba a contestar con palabras o lanzándole ambos objetos a la cara, Max dio un paso atrás, algo asustado. Pero ambos fueron detenidos en su lugar.

La puerta se abrió dando paso a un hombre con traje de policía. Los miró, comprobando sus rostros, sonrió, se quitó el cigarrillo de sus labios y habló.

—Primero la panda roja, y después el lobo. Adelante. —Y luego se posicionó a un lado de una de las puertas, dando el paso.

Ambos animales se miraron entre sí. El lobo trató de mandar señales con la vista, pero la panda roja pareció no captarlos. Solo le dedicó una mirada con furia, y comenzó a caminar en dirección a la sala. A lo lejos podía sentir el susurro de Max, deseándole suerte.

Habían sido pocas las veces en las que Hayley había tenido tanto miedo. La primera vez, cuando era una cachorra, por culpa de los humanos. Esta vez, ellos la culpaban a ella. Y era su momento de defenderse, o al menos eso creía.

Sentía la mirada de todos los presentes sobre ella, examinándola. Llevaba puesto una chaqueta, una camisa, pantalones y unos zapatos. La ropa le molestaba, pero una situación formal. Una a la que lamentablemente no podía faltar.

Caminaba aparentando seguridad, en dirección a un mesón que le indicaba otro oficial. Esta vez no tenía ni la más mínima curiosidad en inspeccionar todo a su alrededor. Solo se encontraría con grasientas caras humanas. Así que se resignó a tener la vista al frente.

Al llegar al mesón, el oficial hizo ademán para ayudarla a sentarse. Pero ella se lo negó con la cabeza, al tiempo que dejaba la taza y el plato en la mesa y, casi como una demostración aeróbica, se levantó hasta alcanzar la silla y se sentó. Cruzó las piernas, se acomodó, acercándose al mesón y miró hacia adelante. Frente a ella, se alzaba un estrado, con una decena de humanos en trajes formales sentados tras él. La reunión era presidida por una mujer que rodeaba los cuarenta años, quien acercó su boca a su micrófono, y empezó a dictar:

—Señorita Hayley Ailuridae, 21 años, panda roja de origen chino. Es acusada de asesinato, intento de asesinato, agresión a mano armada, daño a la propiedad pública, daño…

—No es necesario, señorita Jueza. Tengo bastante claros cuáles son los cargos contra mí —interrumpió Hayley a través de su micrófono con una sonrisa forzada.

La jueza la miró con recelo. Pero luego sonrió también, agregando:

—En resumen, es acusada de ser una de las cómplices del caso Motorbreath. ¿Es cierto?

—Así es, su señoría. Lo admito -respondió Hayley con una sonrisa más convincente, mientras asentía con la cabeza.

—¿Se considera culpable entonces? —inquirió la jueza.

—No, su señoría.

Sus palabras acompañadas de la sonrisa de la animal hicieron que la jueza empezara a perder la paciencia. Miró a sus acompañantes, quienes se encogieron de hombros. La mujer dio un respiro y volvió a hablar por el micrófono.

—¿Sería tan amable de hacer una recapitulación de todos los eventos ocurridos en relación al caso Motorbreath? —preguntó.

Hayley lo dudó por un momento. Pero luego sonrió de nuevo y contestó:

—Por supuesto, su señoría.

Luego se acomodó como si fuera a contar una larga historia, se quedó meditando por un par de minutos, mirando el café que aún le quedaba en su taza.

—¿Y bien? —comentó la jueza, levantando una ceja con sospecha.

La panda roja volvió a mirarla, con su sonrisa de siempre, se acercó al micrófono y empezó a hablar:

—Les contaré todo desde el principio…