Podía escucharla.

Podían escucharla.

La plática lleno el salón, algunos golpeaban sus dedos rítmicamente contra la madera podrida de las paredes o las dobladas cuchara contra las abolladas latas que servían de tazas.

Y aún así podían escucharla.

Pláticas y cantos, cualquier ruido lleno sus oídos, algunos tenían sus pequeñas riñas pretendiendo que no había nada fuera de lo normal.

Las cartas se partieron y repartieron, las apuestas fueron lanzadas al medio de la improvisada mesa provocando el mayor ruido posible, los pies nerviosos chocaron contra la madera húmeda.

Y aún así podía escucharla.

Ella coloco la azúcar al fondo de la lata, el filtro y el café, y vacío el agua hirviendo en aquella lata y espero.

Un largo gemido ahogado se escuchó a través de la cacofonía en aquella choza abandonada en medio de los bosque que aún no eran manchados de sangre y cenizas.

Quitó el filtro y los granos de café de la taza, y los puso a secar para ser reutilizados más tarde, ella camino el corto pasillo a una de las únicas dos habitaciones en aquella choza sintiendo sus hombro más pesados que nunca y se detuvo frente a la puerta.

Un largo suspiro salió de sus labios mientras trataba de ignorar lo que sucedía en aquella habitación hace apenas unos segundos y toco la puerta.

"Coronel, con su permiso." Metió aquellos pensamientos en una caja y la guardo en lo recóndito de su mente, y empujo la podrida puerta. "El cuartel general informa…" quería que está maldita guerra terminara de una vez.