PRÓLOGO.
Inglaterra, 1864.
La única ventanilla que poseía el sótano de la casa de campo de la familia Avery chocaba sin cesar contra la pared de la habitación. El hombre, que se encontraba agazapado sobre una de las mesas, alzó su mirada vieja y cansada hacia ella. La tormenta había estallado sin previo aviso y el viento azotaba con fuerza los árboles que rodeaban la finca. A pesar de llevar horas lloviendo, el señor Avery acababa de percatarse en aquel momento de lo que estaba sucediendo. Se metía tan de lleno en su trabajo que muchas veces perdía el sentido de la realidad. La luz de la vela que tenía justo al lado tintineó amenazando con apagarse de un momento a otro cuando una ráfaga de aire entró en la habitación. Se levantó, quitándose sus gafas de media luna, y se encaminó hacia la pared donde la ventana repiqueteaba con fuerza.
El sótano en cuestión era una diminuta sala que, tras fallecer su esposa, había adaptado para convertirlo en su taller. Llamarlo laboratorio habría sido más acertado. En el centro de la sala había muchas mesas de madera, cubiertas de todo tipo de objetos mecánicos: ruedas y engranajes de brillante latón y hierro; largas tiras de hilo de cobre; grandes recipientes de vidrio llenos de líquidos de colores diferentes, algunos de ellos lanzando al aire volutas de humo u olores amargos haciendo que el aire tuviera un olor metálico y penetrante.
Agarró el marco de la ventana, y se puso de puntillas para mirar al exterior. Lo único que podía ver a través de ella era el barro y la lluvia caer con brío. El viento mecía con una fuerza casi sobrenatural los árboles y las aguas del lago que rodeaba la casa se revolvían y chocaban contra el viejo muelle que había delante de la entrada, justo al final del camino. No había rastro de la barca que él mismo había atado allí aquella mañana.
En aquel instante, un relámpago estalló entre las nubes negras que cubrían el cielo e iluminó todo el lugar. El resplandor blanco duró un segundo, pero fue suficiente para que el anciano viera la silueta negra debajo de uno de los robles que recorrían la finca. Cuando pestañeó la figura seguía allí, orientada hacia la casa. Pasó un largo instante en el cual se quedó mirando el mismo punto fijo bajo el roble. Era la silueta de una persona sin lugar a duda.
El señor Avery cerró la ventana con fuerza asegurándola para que no volviera a abrirse y se giró dispuesto a salir de su laboratorio. Volvió a ponerse las gafas de media luna sobre la punta de su aguileña nariz, agarró su varita mágica que descansaba encima de la mesa y cogió el candelabro con sumo cuidado. Subió por las destartaladas escaleras que llevaban al vestíbulo de su hogar, preguntándose quien era la persona que estaba fuera bajo aquella atronadora tormenta y se dijo que, tal vez, podría ser alguien que se habría desviado del camino que conducía al pueblo.
Cuando llegó al recibidor de la casa, que estaba casi desprovisto de mobiliario, el señor Avery dejó el candelabro encima de un viejo aparador y se dirigió a la gran puerta de madera que daba al exterior pero miró por la ventana antes de abrir. Debajo del gran roble ya no había nadie. Se extrañó pues había estado completamente seguro de que lo había visto era real. Sin sentirse tranquilo, abrió la puerta y salió hacia el porche de la casa. Hacía un frío terrible y el anciano pudo ver como la niebla iba rodeando poco a poco el paisaje oscuro y entonces lo vio de nuevo. La silueta estaba bajo el roble y lo miraba fijamente.
Le pareció increíble pero, a pesar de estar a varios metros de distancia, el señor Avery pudo ver un par de ojos azules tan fríos como la lluvia que caía, en medio de toda la oscuridad. Alzó la varita mientras que del extremo de esta, salía un gran halo de luz más potente que cualquier luz natural. Era blanca e irradiaba un calor parecido al sol. Iluminó parte del porche y todo lo que tenía a su alrededor. Cegado por aquella luz tan repentina, el señor Avery entrecerró los ojos mientras avanzaba hacia delante intentando ver quién era el individuo que perturbaba su tranquilidad.
Quiso gritarle que se fuera, pero se quedó mudo cuando comprobó que, por segunda vez, no había nadie bajo el destartalado árbol. Miró a su alrededor más confuso que antes y se dijo que, probablemente, serían cosas de la edad. Molesto consigo mismo, se giró para entrar en su casa e intentar olvidarse de aquel extraño percance.
Pero alguien ya estaba esperándolo bajo el marco de la puerta. El anciano dio un respingo por culpa del susto y alzó más la varita a modo de defensa. Se trataba de un hombre. Sus ojos eran de un azul muy, muy claro; su expresión, extrañamente agradable. A pesar de su ropa elegante y cara, era fácil imaginarlo en la cubierta de un barco, mirando fijamente en la distancia.
El señor Avery frunció el ceño mientras intentaba no hacer movimientos bruscos. No conocía a aquel extraño. El misterioso hombre ladeó la boca en una suave sonrisa que le heló la sangre.
— Eres Henry Avery. — dijo sin más. — El inventor.
Le sorprendió que supiera quién era él y la forma en la que dijo su oficio, relamiéndose los labios, le hizo estremecer. A pesar de no haber sido una pregunta, el señor Avery asintió.
—¿Qué diablos hace usted en mi casa? No recibo clientes a deshoras.
La sonrisa del hombre se amplió hasta volverse completamente forzada y sus ojos se oscurecieron. Lo miró de arriba abajo, evaluándole. Era el tipo de mirada que echaba un comerciante a una mercancía que le interesaba comprar. El señor Avery retrocedió inconscientemente.
—Decepcionante…— susurró el extraño mientras se acercaba al anciano con lentitud. —…pero servirá.
Herny dejó escapar un grito espantoso cuando los ojos de aquel hombre se volvieron negros en toda su totalidad. De repente, el aire se le fue por completo de los pulmones y el anciano cayó de rodillas sobre el suelo de madera del porche. El misterioso inquilino se quedó mirando el cuerpo inerte del señor Avery con una mueca de satisfacción. Un torbellino los engulló a ambos justo cuando un segundo relámpago iluminaba el cielo.
