SACRIFICIO
Hacía un par de días Afrodita recibió la más pesada y solemne de todas las consignas: La elaboración de un paraíso terrenal, dígase de un inmenso jardín repleto de flores preciosas. Desde entonces los soles y lunas de Afrodita vierónse comprometidas a cumplir las ambiciones de su Ilustrísima.
Afrodita bien quería impresionar a su Señor y con ello devengar cuantiosas regalías. No por nada había sido el elegido. Supremo entre los de su clase, Afrodita —embebido en su soberbia— y con prodigiosa animación puso manos a la obra.
Viendo como Piscis se resistía al descanso y sobre su resquebrajada frente escurría el sudor del arduo trabajo, más de un Santo le suplicó que comiese y bebiese agua lo suficiente, que un régimen de estricta labor lesionaría su salud física y mental y con ello, igual a la leche que se corta después de tanto batir, sus esfuerzos serían como los de partir hierro con los dientes.
Afrodita se apartó de la opinión pública y descuidó de sí por poner empeño en el designio de su Señor. Mientras labraba y cultivaba la fértil tierra de su campo, en su cara traslucía clara mueca de determinación aunque, eminentemente en él ya no había siquiera pizca alguna de razón. Todo él ardía en febril emoción que las alarmas de cansancio repartidas en las callosidades de su cuerpo eran sucedáneas al llamado sordo e inaudible del niño que se ahoga en el lodo de un pantano.
No oía Afrodita el crujir de sus huesos, ni el desgarrador chillido de sus rodillas doblarse bajo el abrumador peso de los costales de estiércol. Su corazón latía con ímpetu desbocado y en su pecho el aliento parecía huir con desespero. Ablandándose sus fuerzas, mojado y vuelto a mojar por la lluvia de sudor que fluía en su peludo sobaco, Afrodita murió. Fue entonces que el Santuario en perniciosa crisis entró, eran gritos apabullados que sepultaban el silencio de los cientos de paneles ahí instalados.
El Patriarca fue de todos el más afectado, acribillado por la culpa de un crimen que indirectamente cometió. No por nada se internó en las profundidades del tártaro y de rodillas al Dios del averno suplicó por perdón. Hades se hizo de risas mientras un feligrés se daba a la búsqueda del difunto en cuestión. Garuda, el espectro, al poco tiempo apareció y con el cadáver en manos y reclamó: ¡Por el cuuuuuu...tis de Hades, pero este Santo aquí se queda!
El Patriarca estremeció y con los ojos llenos de lágrimas gimoteó: ¡Por lo que más quieras, te doy mi cabeza si es que vale la pena-aunque, lo dudo, de nada te sirve cuando mi vida es ajena!
Hades, molesto, protestó: Pero bien que lloras como Magdalena. Sólo por eso ni tú ni él del infierno se van. Serán esclavos hasta el día de su condena.
Al Patriarca Hades apresó, le forró el cuerpo de grilletes tanto que el pobre no podía mover siquiera los dientes. Los días se hicieron meses y los meses años. Afrodita en el Yomotsu pereció, el Patriarca pronto envejeció y por sus largas canas Hades la vida le perdonó. Aún así del Infierno el Patriarca ya no quiso salir, pugna con lo último de su aliento el amargo recuerdo de aquel jardín que Afrodita nunca le construyó.
Fin.
Final infeliz, típico de mí.
¡Gracias por la lectura!
