Disclaimer: El mundo de Canción de Hielo y Fuego no me pertenece. Esta historia es para Coraline T por su cumpleaños, ¡felicidades!
Notas: Me he tomado algunas licencias del canon para contar lo que quería y es la primera vez que escribo en este fandom, que nadie espere mucho. Arah es un personaje original de Coraline T, Rowan es de Elenear28, Cherise y Olivienne son mías.
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La canción de las llamas de plata y el joven zorro
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Olivienne, con su estropeado laúd, amenizaba los días. Los niños se congregaban a su alrededor, mientras los adultos intentaban reconstruir su ciudad.
Las cenizas estaban en todas partes en Desembarco del Rey: pintaban murales de horror en las paredes, cubrían rostros y uñas, inundaban pulmones. Por eso, en medio de todo ese polvo oscuro que se empeñaba en recordarles los horrores que habían vivido, Olivienne se dijo que la música sanaría.
Una mañana, mientras probaba una melodía nueva para su joven público, uno de los niños le miró fijamente los brazos y la interrumpió.
—¿Por qué tienes manchas en la piel?
—Son quemaduras —le respondió otro niño—. Mi papá también tiene.
—Mi abuelo tenía y se murió —dijo otra niña.
—Fue el dragón. El primer dragón del mundo. Mi tío dice que vino a castigarnos…
—No fue el primer dragón —interrumpió Olivienne, dejando de tocar, porque nadie estaba escuchando.
—¿Hay más?
—Los hubo.
—¿Cuándo? —preguntó, entusiasmada, una niña. Cómo todavía los dragones podían fascinar, era algo que Olivienne no entendía.
—Hace mucho tiempo. También aparecieron para quemarlo todo.
—¿Por qué vinieron? —quiso saber el más pequeño. Parecía asustado.
—Supongo que querían arrasar la tierra y a la gente. O comida, qué sé yo…
—Os habéis equivocado en casi todo —interrumpió una voz, risueña.
Una chica encapuchada, que había estado escuchado desde un rincón de la plaza, se acercó. Los niños se giraron a ella, expectantes de respuestas, y la recién llegada se arrodilló frente a Olivienne. Su sonrisa era tranquila, la expresión de sus ojos tenía algo… algo raro.
—¿Me permitís a vuestro público un rato? —preguntó. Y, con las afirmaciones de los niños, Olivienne no pudo más que asentir con la cabeza—. Gracias.
Allí mismo, en el suelo, comenzó a extender polvos de colores, a usar los dedos para pintar. Con verdes y marrones, dibujó el mapa de Poniente; con azul, el mar. Y, entonces, coloreó tierra que estaba más allá.
—Os hablaré de una historia escondida —empezó a decir—, de esas que nadie sabe porque no parecen la principal. Os hablaré de que el amor y la ambición, no la crueldad, son lo que trajeron el primer dragón a Poniente.
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Érase una vez, hace tantos, tantos siglos, una tierra al este del mar Angosto.
Allí, en medio de otros pueblos menos poderosos, se alzaron los valyrios. Sus cabelleras eran de plata, sus monturas dragones, su poder casi invencible. Entre ellos, nació una niña, apellidada Targaryen. La llamaron Arah.
No muy lejos de Valyria, estaba Pentos, una antigua ciudad llena de nobles ricos. Eran comerciantes y mercaderes, independientes del yugo de los valyrios, aunque en buenas relaciones con ellos. Allí nació Rowan Greyfox, de una de las familias más ricas.
El destino quiso que se encontraran por primera vez en un baile, muy niños.
Arah trataba de sentirse cómoda en el extraño vestido que su madre le había obligado a llevar. Rowan correteaba por el lugar con su hermana, cuando la vio. Toda mejillas sonrosadas y pecas, enmarcadas con un corto cabello plateado.
—¿Por qué tenéis el pelo así? —le preguntó, curioso. Ella se lo tomó como un insulto.
—Para diferenciarme de gente como vos.
Él pareció divertido con la respuesta.
—¿Y cómo soy?
—Normal.
—No, soy rico.
—Y qué, yo tengo un dragón.
—Pues no lo veo.
Arah apretó los labios, muy enfadada, y se marchó a buscar a sus primos. Pero se prometió que le enseñaría a ese niño idiota que sí que tenía uno.
No fue fácil. Los valyrios y los pentoshi no solían relacionarse mucho. Tardó un par de años en haber una boda que reuniera ambos pueblos. Como, una vez más, era en Pentos, Arah tuvo que elaborar todos los argumentos que pudo para convencer a sus padres de llevar su dragón. No lo consiguió.
Pero, y esa fue una pequeña victoria personal, sí que les hizo ver que debían mostrar su poder. Así que llevaron el dragón de su padre.
¿Habéis escuchado esa vieja canción? La que habla de llamas de plata y del joven zorro.
No. Claro que no la habéis escuchado. Fue olvidada hace mucho tiempo.
La cantaban los bardos, con sus instrumentos de cuerda y sus voces desgarradas. Siempre cambiando palabras, siempre olvidando detalles, siempre quedándose solo con lo aterrador. Pero no lo fue, no para quienes la inspiraron.
Rowan, ya más alto, se creía menos niño de lo que era. Empezaba a interesarse por cosas que un crío no debería pensar. Como, por ejemplo, por qué ese amigo de su padre, que no tenía una pizca de inteligencia, se iba a casar con una importante mujer valyria. Lo comprendió el mismo día en que vio a su primer dragón.
Era grande, mucho más de lo que habría esperado, con las escamas grises y plateadas, y los ojos grandes y amarillos. Estaba aterrizando en un patio cercano y lo vio desde la ventana de su casa. De su lomo, bajaron tres personas. Y, entre ellas, estaba aquella chica. Arah.
Comprendió que los pentoshi debían temer a los valyrios, porque tenían dragones. Entendió por qué el tonto amigo de su padre había sido elegido, porque era el más rico e influyente. Siendo muy niño, vio cosas del mundo extrañas, como que las personas se intercambiaban como mercancía en tratos para beneficiar pueblos.
La canción de la que os hablaba tergiversaba mucho el relato, porque, en realidad, no hubo fuego alguno.
O sí, en los ojitos de una niña.
Arah tuvo que hacer una reverencia ante Rowan, y él tuvo que besarle la mano. En cuanto sus padres se aburrieron de ellos, intercambiaron una mirada airada. Los ojos de Arah no eran violetas, porque no era una Targaryen pura, pero parecían tener fuego en ellos. Rowan fingió que eso no le gustaba.
—Todavía estoy esperando que me mostréis ese dragón que tenéis.
—No está aquí, pero sí el de mi padre. ¿No os lo ha dicho nadie?
—Me temo que no. ¿Será que no decís la verdad? —La cara de Arah se ponía roja cuanto más se enfadaba.
—Os lo enseñaré, seguidme.
Dejaron a los adultos con sus ceremonias y su banquete, escapándose sin ser vistos. Corretearon por la mansión y salieron a la calle. Algunas personas se pararon a mirar a la niña y Rowan les frunció el ceño hasta que dejaron de hacerlo. Se quitó la capa que llevaba, de tonos rojizos y adornos negros, y se la puso a ella sobre los hombros, para ponerle la capucha.
—¿Qué hacéis? —preguntó Arah, confusa, aunque no se quitó la capa.
—Nada. Llamáis mucho la atención.
—¿Estáis cuidando de mí?
—Estoy intentando que no nos hagan volver antes de que vea al dragón. —Ella sonrió un poco, no creyéndole del todo.
—¿Por qué lleváis siempre estos colores en la ropa?
—Es por el emblema de mi familia. El zorro.
—El de la mía es un dragón de tres cabezas.
—Muy original —comentó Rowan, sarcástico. Se ganó una mirada envenenada y el silencio.
Llegaron hasta un gran recinto que se usaba para peleas de esclavos. Allí, un dragón devoraba lo que debían ser restos de vacas. Arah se acercó sin miedo y el dragón no se inmutó.
—Podéis aproximaros, no os hará nada si estáis conmigo.
Rowan hizo caso, cauteloso y fascinado. Esas criaturas eran lo que hacía que los valyrios fueran tan poderosos…
—¿Sabéis montarlo? —preguntó, mientras Arah acariciaba al animal.
—Pues claro.
—Demostradlo.
—No. Mis padres me han dicho que tiene que permanecer aquí.
—O sea que estáis mintiendo.
—¡¿Por qué os empeñáis en decir eso?! —Rowan intentó no reír, mientras las mejillas de la niña se coloreaban y sus pecas destacaban aún más—. Ya os he demostrado que era cierto lo del dragón.
—No. Este es de vuestro padre. No habéis demostrado nada.
Arah se mordió el interior de la mejilla. Después, decidida, comenzó a escalar por la pata del animal. Una vez subida en el lomo, le tendió una mano a Rowan.
—Venid. ¿O es que tenéis miedo, Greyfox?
El entrecerró un momento los ojos, después tomó la mano de Arah y se sentó detrás de ella. En un movimiento rápido, le quitó la capa y la dejó caer al suelo, fingiendo que era para agarrarse mejor a su cintura.
Aunque al principio el dragón estaba más interesado en terminar su comida que en ellos, terminó haciendo caso y echando a volar.
Su sombra cubrió Pentos, haciendo que sus habitantes miraran hacia el cielo con asombro y miedo. Iba tan rápido, que por momentos parecía solo un rastro plateado y se mezclaba con las nubes de lluvia que se acercaban.
El dragón voló lejos y más lejos, no escuchando a Arah cuando le ordenó regresar. Decidió dormir en lo alto de una montaña y no siguió los mandatos de la niña hasta el día siguiente. Para cuando volvieron, el rumor se había extendido: un dragón se había comido al heredero de la importante familia Greyfox, habían encontrado su capa en donde debería haber estado la bestia.
Recibieron regaños de sus padres, se desmintió la historia y los valyrios volvieron a su tierra. Pero nada puede parar a una canción, ni siquiera la verdad. Así fue cómo se empezó a escuchar hablar de las llamas plateadas que acabaron con el pequeño zorro.
Pasaron años, muchos años, hasta que volvieron a encontrarse. Ya no eran niños. Y, esa vez, no fue en Pentos.
Arah vio a Rowan en medio de un banquete de tantos, charlando con su primo Aerion Targaryen. Reconoció al heredero de los Greyfox por los colores en su ropa y su gesto petulante. Nunca un gesto había podido sacarla tanto de quicio como ese, en toda su vida. Se acercó a ellos, fingiendo que quería decirle algo a Aerion.
—Disculpad la interrupción. Primo, ¿habéis visto a vuestra hermana Rhaenys? —preguntó, ignorando a Rowan. Pero él no dejó pasar el momento.
—Lady Arah, un gusto volver a veros.
—¿Os conozco?
—Rowan Greyfox, el niño devorado por del dragón de vuestro padre…
—Muy gracioso. ¿Es culpa vuestra que la historia siga circulando por ahí? —Aerion le dio una mirada a su prima, sorprendido por su actitud.
—¿Quién sabe? Pero, en parte, eso es lo que me ha traído aquí.
—El joven Greyfox quiere ayudarnos a tener mejores relaciones con los pentoshi —explicó Aerion—. Desde vuestro incidente…
—Solo fue una chiquillada —murmuró Arah, harta de repetirlo durante años.
—El caso es que viene a ayudar.
Ella quiso refunfuñar ante eso, recordando perfectamente cómo Rowan había parecido muy divertido con toda la situación, años atrás.
Vio a su prima al otro lado de la sala y lo usó para excusarse. Habló un momento con ella y después se fue a pasear por los solitarios pasillos, masticando su rabia. Daba igual cuánto demostrara su valía, seguían recordándole aquel incidente.
Sabía cómo enmendarlo y lo haría. Las relaciones entre pueblos siempre se habían forjado a base de matrimonios, eran una herramienta política más. Solo necesitaba encontrar a la persona adecuada.
La presencia del joven Greyfox empezó a ser una constante en la vida de Arah. Fue consiguiendo amistades en Valyria, encantando a todos con su labia, demostrando su valía en estrategias para pequeñas batallas en aquella revuelta de esclavos o en aquella ciudad que se negaba a colaborar.
También comenzaron a ser recurrentes sus peleas.
—¿Me detestáis porque hicisteis una tontería de niña? —le preguntó Rowan una noche cualquiera, sentados frente a la chimenea, porque encima había empezado a alojarse en su casa.
—No. Es porque no confío en vos.
—¿Y eso por qué?
—Sé lo que hicisteis. —Él mantuvo una expresión neutra, pero ella sabía la verdad.
—No sé de qué…
—Sé que todo fue un plan. Sé que me engañasteis. Queríais que aquello pasara, para ser necesario.
Los labios de Rowan se arquearon un poco, como si contuviera la sonrisa. Miró a Arah un largo momento, antes de inclinarse y besarla. Ella, por supuesto, le devolvió un instante el beso y después le golpeó en la cara.
—¡¿Qué creéis que estáis haciendo?!
—Estáis bonita enfadada.
Aquello, igual que la presencia del joven y sus peleas, también comenzó a repetirse. Besos robados, a veces de ella también. Las discusiones no paraban, pero también se les escapaban risas. Y hablaban. De los valyrios y los pentoshi, de cómo había cosas que hacían mal, de la manera de extender su dominio.
Una noche, alrededor de la mesa para la cena y delante de la familia Targaryen, Rowan se puso en pie y pidió la mano de Arah en matrimonio. Ella, para su sorpresa, se negó y se marchó.
De madrugada, Rowan se coló en su habitación.
—Es la forma de arreglarlo —dijo él, en un susurro—. Vos y yo, podemos hacer que la relación con Pentos mejore.
—No os necesito, hay muchos más pentoshi para ello.
Y eso dolió.
—Pensé que…
—Marchaos, Greyfox —pidió Arah, conteniendo las lágrimas—. Dejad vuestros juegos de poder y volved a vuestra casa.
—No es solo eso, y lo sabéis. Ya no.
—Idos.
Rowan, con el corazón destrozado, volvió a Pentos al día siguiente. Podía tener mucha ambición y deseos de poder, pero lo que había aprendido y perdido junto a Arah dolía demasiado.
Ella, por su parte, sufrió cada momento separada del irritante joven que había conseguido colarse en su corazón. Se intentaba decir, cada día, que no podía confiar en su palabra. Y que no podía dejar que los sentimientos la controlaran, porque el amor se acababa a veces, porque no quería acomodarse. Tenía un objetivo claro y nada podía desviarla de su camino.
Fue, de nuevo, el destino lo que los unió.
Un grupo de jóvenes pentoshi habían decidido que querían robar un huevo de dragón. Por supuesto, no acabaron bien. Muchas quemaduras, un brazo menos y uno muerto. Y, aunque eran ellos los que hicieron mal, Pentos en general empezó a estar descontento con los valyrios.
Arah fue quien se ofreció a hablar con ellos, y todos aceptaron porque sabían que la diplomacia se le daba bien.
Mala idea, porque no la manejaba igual cuando Rowan estaba de por medio.
Vio su gesto petulante incluso antes de bajarse de su dragona, Llama de plata. Aunque había algo más duro en sus ojos, algo que no había estado ahí antes.
El resto de los valyrios y los pentoshi reunidos trataron de encontrar puntos en común y de conseguir concesiones de los otros. Arah habló mucho menos de lo que tenía planeado, porque la mandíbula apretada de Rowan la distraía. Y más lo hizo que él la mirara a los ojos antes de hablar:
—Lo mejor para ambos bandos es llevarnos bien, y lo sabéis. Podemos discutir concesiones hasta que envejezcamos, pero no cambiará ese hecho. Y tenemos que demostrarlo al pueblo. Así que, elijamos a alguien de cada uno y que se casen. Calmará las cosas.
—¿No os ofrecéis? —preguntó ella, asombrada.
—Yo ya fui rechazado por la única persona con la que me desposaría.
Varios intercambiaron miradas. Empezaron a discutir de nuevo y Rowan, harto de tanto ruido, salió de la tienda y paseó por los alrededores. Al rodear una gran roca, se encontró de frente con Llama de plata. La dragona lo miró un momento, pero cerró los ojos y siguió dormitando.
—Mi vida ha cambiado mucho por vos, ¿sabéis? —le dijo al animal, mientras se pasaba una mano por la cara—. Si no hubiera discutido con vuestra dueña aquella primera vez, nada sería así hoy…
—¿Y cómo sería?
Rowan se dio la vuelta y se encontró a Arah mirándole con curiosidad.
—Hay en la tienda unos cuántos candidatos para desposaros —dijo él, en lugar de responder—. Corred, que se os escapan.
—¿Es cierto lo que habéis dicho antes?
—Creo que quedó claro desde que éramos niños que nosotros no nos mentimos.
—Hay muchas otras valyrias que os servirían para…
—Yo os quiero a vos.
—Rowan, no…
—Os amo a vos. Porque sois inteligente, apasionada y ambiciosa. Porque entendéis el mundo de una manera que pocos lo hacen. Y porque estáis preciosa cuando os enfadáis.
Arah se mordió el labio inferior, los ojos de él se desviaron a ese gesto.
—El amor… nunca ha sido mi prioridad, ¿entendéis?
—Lo que yo entiendo es que juntos podríamos hacer grandes cosas. —Rowan se acercó y agarró sus manos—. Cásate conmigo, Arah.
—¿Es una orden? —preguntó ella, divertida.
—Es una petición, pero si alguien pregunta, diremos que te lo ordené.
Se ganó un golpe. Y un beso.
La boda entre el zorro y la dragona fue pronto. La canción ganó una nueva estrofa. Hablaba de cómo las llamas plateadas no habían llegado a chamuscar al joven zorro, sino que lo transformaron en algo nuevo: un zorro plateado. Y, juntos, crearon y surcaron mundos.
Rowan y Arah pronto subieron en influencia. Por consejo suyo, Aerion Targaryen se fue a Rocadragón, el único lugar que los varlyrios habían conquistado más allá del mar. Él y su familia comenzaron a relacionarse con las gentes de Poniente, mientras la Maldición caía sobre Valyria.
Los últimos valyrios que quedaron fueron ellos, los Targaryen.
Arah, acariciando su abultado vientre, se tragó las lágrimas por su pueblo y miró a Rowan con fiereza.
—Los dragones volverán a gobernar.
—Lo harán. Tú, nuestro hijo y yo nos encargaremos, los guiaremos por donde deben ir —le respondió él, posando una mano en la barriga de su esposa—. Comenzaremos por Poniente.
Ella le sonrió, sabiendo que era cierto.
Y así, años después, su sobrino segundo Aegon Targaryen, a lomos del primer dragón que veía esa tierra, empezó su conquista.
~ · ~
La chica misteriosa había llenado todo el suelo con sus coloridos dibujos. Los altos edificios de Valyria, las cabelleras plateadas de los Targaryen, el zorro rojizo de la familia Greyfox, los banquetes, la boda… Y el dragón.
Dibujó la cola de la criatura rodeando a los niños que seguían, embelesados, cada palabra y color.
—Y así, el primer dragón en Poniente, Balerion el Terror Negro, en realidad era el último. Al menos, durante mucho tiempo.
El público aplaudió y empezó a parlotear acerca de la historia. Los niños se dispersaron, jugando, usando los restos de polvos de colores para crear nuevos dibujos. La chica se incorporó y se sacudió las manos, aunque eso no quitó los tonos azules, naranjas, amarillos, negros.
Un mechón de su pelo se había escapado del escondite de la capucha. Era color lavanda.
—¿Quién eres? —le preguntó Olivienne.
—Puedes llamarme Cherise. Solo soy una amiga.
—¿De quién?
—De todos —respondió, con una suave sonrisa.
—¿También de Arah y Rowan, los de tu historia? Parece que sabes muy bien cómo eran o qué decían a pesar de los siglos que han pasado... —Cherise le dio una mirada apreciativa y brillante.
—Quizá otro día venga y te cuente otra. La del unicornio que destrozaba mundos a su paso si no tenía cuidado.
Con eso, se dio la vuelta y se marchó. Olivienne se preguntó si volvería a verla… y qué era en realidad.
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¡Feliz cumpleaños, Cora! Quería escribirte un Rowah y quería darle alguna ambientación especial, aunque me ha costado bastante encontrar qué quería contar exactamente, y siento que no haya quedado demasiado romántico, pero lo importante es que Arah y Rowan fueron los causantes de que los Targaryen sobrevivieran y conquistaran Poniente jajaja. ¿Y qué pasa con Cherise? No era una chica corriente, eso seguro. Gracias a mi querida Elenear por darme la ideas para el fic.
De nuevo: ¡felicidades! Quería tener un detallito contigo, para amenizar este cumple de cuarentena, y porque siempre te mereces que los demás te hagan saber lo especial que eres. Gracias por ser tan genial siempre y que cumplas muchos más :)
