Por última vez


Aclaraciones sobre el título: por última vez voy a escribir a estos dos. Al menos esa es la idea. Para ver si me los quito de la cabeza y paso a otra cosa (¿el nuevo libro?). Asumo el riesgo de que no lo lea nadie, ya que tema está más que trillado, la pareja no tiene cientos de fans y los fics de THG caen exponencialmente por semanas. Pero digamos que no me importa. La parte buena es que voy muy avanzada con la trama, lo he casi acabado y no voy a dejarlo a medias (esta vez no, lo prometo)

Que los personajes son de Collins y blablablá, ya lo sabéis


Capítulo primero

Acabo de cometer la estupidez más grande de mi vida. Lo sé, y no han pasado ni treinta segundos desde que he dicho las palabras. Siento un montón de miradas clavándose en mí mientras avanzo por el pasillo de gente. Me escolta un agente de la paz armado en cada costado, con las pistolas en alto, como si fueran a disparar ante cualquier disensión. Intento mirar al frente, aunque procuro hacer un borrón gris con todo lo que hay delante para no enfrentarme a lo que habrá en el lugar al que me dirijo. Sin embargo, no hay forma de escapar de ello. Un par de ojos acusadores me esperan arriba, en el escenario. Unos ojos que me dicen que jamás perdonan y por supuesto, nunca, nunca, perdonarán lo que acabo de hacer. Ni vivo ni muerto.

Esto está siendo lamentable. Ha pasado por la habitación mi familia, hecha un mar de lágrimas, incluso la pequeña Posy, que no entiende del todo qué es lo que sucede cuando vas a los Juegos. He intentado darles alguna razón lógica para que entendieran por qué he tenido que hacer lo que he hecho, ¿pero cómo puedo hacerles entender algo que ni siquiera yo entiendo del todo?

No espero que aparezcan amigos o conocidos, sin embargo la puerta se abre y entra Prim, la hermana pequeña de Katniss. En cuanto me ve empieza a soltar hipidos y entre sollozos corre a abrazarme. Me arrodillo para quedar a su altura. Sus pequeños brazos a mi alrededor me hacen sentir inesperadamente mejor, ¿qué más dan unas cuantas lagrimas más mojándome la camisa? Cuando se separa todo el pelo rubio se le ha pegado a la frente y a los ojos enrojecidos, tengo que apartarlo para poder mirarla.

─¿Sigue igual de enfadada? ─Pregunto. Me refiero a Katniss, claro, y pregunto porque sé que lo está. No me ha dado la mano cuando Effie nos ha pedido que lo hiciéramos, lo cual ha extrañado a gran parte del distrito, al menos a la parte que nos ha visto andar de acá para allá desde hace años.

─Eso me temo ─contesta la niña─. ¿Lo has hecho para ayudarla?

─Sí.

¿Para qué mentir? Tampoco serviría de nada. Prim asiente despacio y parece que se queda más tranquila, aunque empiezan a resbalársele lágrimas silenciosas por las mejillas. Me pregunto la razón por la que su madre no está con ella y de pronto se me ocurre que puede haber caído de nuevo en ese estado comatoso en el que estuvo años sumergida y que casi les llevó a ella y a su hermana a la tumba. Prim no era lo bastante pequeña como para no acordarse.

—Mira Prim, tenéis que intentar organizaros y ayudaros entre vosotros. Habla con mi madre y con Rory. En unas semanas uno de los dos estará de vuelta.

—Eso me ha dicho mi hermana.

—Vende tu cabra si es necesario.

Prim frunce el ceño ante eso. La cabra puede que sea lo que más aprecia en este mundo, después de su familia y al gato.

—Katniss ha dicho que no la venda.

—Sólo si es necesario. Lo más importante es que ninguno tengáis que pedir teselas. Si os veis muy mal, id al Quemador y pedid ayuda. Alguien de allí querrá ayudaros.

Pienso en Sae la Grasienta y en la cantidad de veces que no nos cobró los cuencos de sopa cuando no habíamos sido capaces de conseguir nada por lo que cambiarlos. En las veces que la harina y el aceite nos habían costado menos de su precio real cuando éramos más pequeños. La gente del Quemador es nuestra gente. Ellos les ayudarán en caso de ser necesario, o al menos eso tengo que creer si no quiero venirme abajo.

—Tranquilo, nos las apañaremos —me dice Prim. Suena mil veces más mayor de lo que es. O tal vez ya haya crecido—. Pero vosotros… ─No puede continuar, se le llenan otra vez los ojos de lágrimas.

Un agente de paz nos avisa que el tiempo ha acabado. Prim se enreda de nuevo en mi cuello por un momento y luego se dirige a la puerta. Yo me giro hacia la ventana que da a la plaza. La gente comienza a dispersarse, pero muchos de ellos siguen ahí plantados por grupos, intentando adivinar qué es lo que sucede detrás de los muros del Palacio de Justicia. Creo que el que este año haya dos voluntarios para los Juegos les ha dejado conmocionados. Mucha de la gente de ahí fuera, la de a Veta, nos conoce, sabe que Katniss y yo nos encargamos de llevar la comida a las mesas de nuestras familias, sabe que somos amigos, tal vez algunos piensen que somos algo más. Mientras estábamos subidos en el escenario, cuando Effie pidió un aplauso para los valientes jóvenes del Distrito 12, no se escuchó un ruido ni una voz, se mantuvieron en silencio y algunos, hicieron el viejo saludo de respeto y despedida. Apenas se usa en algunos funerales y solo lo hace la gente mayor. Sin embargo, cuando la gente de la Veta organizó una reunión para rendir homenaje a nuestros padres muertos en la mina, cuando no había agentes, ni alcalde, ni miembros del gobierno, recuerdo que muchos lo hicieron.

La voz de Prim me saca de mis pensamientos.

—Intenta que vuelva —me dice.

Me giro para decirle que sí, que voy a intentarlo, que haré todo lo que esté en mi mano para devolverle a su hermana. Pero Prim ya se ha ido y la puerta está cerrada a cal y canto. No obstante me alegra que lo haya dicho. Hay que llamar a las cosas por su nombre para enfrentarlas. Los dos sabemos que de la arena sólo volverá uno. Y eso contando con que la suerte esté muy muy de nuestra parte.

En este punto ya sí que no espero ninguna visita más. En cualquier momento los agentes aparecerán para llevarme al tren y empezar el viaje, sin embargo una chica entra a la fuerza, desembarazándose de algunos agentes que tratan de impedírselo.

─El tiempo se ha terminado ─le chillan.

─Sólo será un minuto ─rebate ella, con un tono de voz que jamás le había oído.

Al final, el último de los agentes que resiste el enviste la lanza a mis brazos. Lleva un bonito vestido blanco y una cinta atada en el pelo, igual que esta mañana, aunque se le han salido varios mechones rubios del peinado y le caen por la cara enrojecida de rabia.

─Madge ─digo─. ¿Qué haces aquí?

—Quería verte, por última vez.

Es la segunda persona que dice las cosas claras, lo cual agradezco. Sabe que no tengo la intención de salir vivo de ésta. Tal vez esta chica me conoce más de lo que pensaba.

—¿Y para qué querías verme? —pregunto─, ¿me has cogido cariño?

Ella frunce el ceño ante mi pregunta, entonces hago algo que no tenía previsto.

─Siento haber sido un capullo esta mañana. Tú no tienes la culpa de esto.

─No la tengo ─contesta─. No hace falta que te disculpes, es un día difícil para todos. No te lo tendré en cuenta.

—Gracias —le digo—, porque no sé qué más decir. Se me hace raro estar en una habitación del Palacio de Justicia, con la bonita hija del alcalde.

—He venido para darte esto.

Me ofrece algo con su pequeña mano, que no ha trabajado en su vida. Yo alargo la mía y por un momento ambas entran en contacto. Se trata de un broche redondo, de un material dorado y con un pájaro engarzado en el centro.

Miro nuestras manos, que todavía se tocan. Las dos están frías.

—Es un sinsajo —afirmo. Conozco bien este pájaro. Hay montones de ellos en el bosque y a Katniss le gusta intercambiar melodías con ellos. Además, es un pájaro rebelde, por así decirlo. Una especie que logró sobrevivir pese a que no tenía que hacerlo.

Madge asiente y me mira a los ojos.

—Perteneció a mi familia —me explica—. Iba a dárselo a Katniss, antes, cuando he ido a verla. Pero he pensado que prefiero que lo tengas tú.

—¿Por qué yo? Es Katniss quien es tu amiga. Debería tenerlo ella.

Madge se encoje de hombros, pero no suelta prenda sobre la razón por la que ha cambiado de parecer.

—Sabes que no podré traerlo de vuelta —le digo.

—Tal vez quiera volver al distrito, sin importar lo que tú quieras. Sé que no tienes que hacer nada de lo que te pida, ¿pero lo llevarías a la arena? ¿Cómo un favor?

—¿Por qué haces esto? —le insisto.

Ella no me contesta. Me mira un segundo más antes de alzarse sobre las puntas de los pies y darme un beso en la mejilla, luego se va mucho más rápido de lo que ha entrado.

Me da tiempo a guardar el broche en el bolsillo del pantalón y a tocarme la parte de la cara que Madge ha besado con intriga, antes de que vengan a buscarme.

Tras las visitas nos llevan en coche oficial a la estación de tren. Voy en el asiento de atrás sentado junto a Katniss, quien ni me habla ni me mira. Se dedica a observar el distrito a través de la ventanilla. Pues bien, no nos hablaremos. Tampoco se nos da tan mal estar enfadados, ni será la primera vez. Podemos trabajar así y ser eficientes. A mi otro lado está el borracho de nuestro mentor. Nunca ha salvado a nadie en sus años de ejercicio y es fácil adivinar el porqué. Por otro lado, también es fácil adivinar la razón para que beba como los peces. No quedan más vencedores vivos que él en el doce, así que le toca ser el tutor de los tributos todos los años. Es la pescadilla que se muerde la cola.

—Bueno, bueno, bueno, os esperan unos días muy emocionantes —comenta Effie Trinket, la representante del Capitolio eternamente optimista, que nos acompaña en el asiento delantero del coche.

—Aquí en el doce no consideramos que ir a que te maten sea el colmo de la emoción —no puedo evitar señalar.

Haymitch suelta una risotada y se atraganta al dar un trago a la botella que no ha soltado de la mano desde que estaba en el escenario.

—Aquí tenemos a un valiente —dice palmeándome el hombro.

—Sí, muy valiente —le aparto—. Cuida de no vomitarme encima por favor, visto mis mejores galas.

—Es el amor lo que le ha dado la valentía.

Effie sigue erre que erre con el tema romántico, a pesar de que ya en el escenario Katniss y yo le hemos dejado claro que no somos pareja.

—Morirse por amor no es valiente, es de gilipollas—suelta Haymitch.

No sé a quién de los dos odio más en estos momentos. Pero claro, tengo odio acumulado para dar y tomar.

—Haz el favor de no soltar obscenidades delante de los niños —le reprende Effie.

—Sólo era por mantener animada la charla —replica Haymitch—. ¿Quieres que comente lo de tu horrenda peluca rosa?

Effie lleva compungida por el estado de su peluca desde la cosecha.

—¿Y tú quieres que comente que nadie te toma en serio porque siempre estás ebrio?

A Effie se le ha puesto más voz de pito de la que es habitual.

—Ningún problema.

—Callaos todos —chilla Katniss de pronto. Tengo que reconocer que pego un bote en el asiento por el sobresalto—. Él y yo no somos amantes. Ya ni siquiera somos amigos. Teníamos un trato y lo ha roto de la peor manera posible —dice dirigiéndose a mí.

No creo que hiciera falta una explicación. Effie y Haymitch ya se estaban enfrascando en sus cosas, pero la charla acaba con esto.

Después de subir al tren el ambiente está tan tenso que ninguno hace caso de las instrucciones que va dando Effie. En cuanto nos enseña los compartimentos, cada uno se encierra en el suyo, aunque Haymitch se ocupa de proveerse antes de unos cuantos tesoros del mueble bar.

—¿Quieres una? —me ofrece una de sus botellas. Lleva por lo menos cuatro. Confío en que no las beba de una sentada.

—No gracias.

—Borracho es más llevadero, te lo prometo.

—Lo tendré en mente.

Una vez en mi compartimento no me apetece fijarme en los lujos, aunque es remarcable la cama King size. Por primera vez en mucho tiempo tendré una cama para mí solo, una en la que cabría con mis tres hermanos y mi madre. Me tiro sobre ella con abandono. Van a ser unas semanas muy largas y más me vale elaborar algún tipo de plan de acción. Anticiparse a los acontecimientos sería la forma más inteligente de actuar. Conozco lo que me espera cuando llegue al Capitolio, toda la fanfarria previa a los Juegos, la he estado viendo por la tele durante años, pero no puedo adivinar cómo será la arena, ni meterme en la cabeza de un vigilante, que es lo que serviría de algo. Al final me quedo sin hacer nada, mirando el techo, intentando no llenar la cabeza con pensamientos descontrolados, como qué será de mi familia cuando no esté o las formas horribles en las que puede matar o morir una persona. Hasta que vienen a buscarme para cenar.

La cena es otro esperpento. En la mesa hay un montón de comida que no me quiero comer por lo mucho que desprecio cualquier cosa que venga del Capitolio, el esfuerzo que hago por no abalanzarme sobre ella es mayúsculo. Nos acompañan la escolta tonta y estrafalaria y Haymitch haciendo lo que mejor se le da, empinar el codo.

Me quedo observando a Haymitch para no tener que mirar a Katniss y distraerme de la comida. Parece muy ocupado elaborando un combinado de wiski con hielos. Tengo algunos sentimientos encontrados en cuanto a él. Por un lado lo despreció por ignorar a todos los críos que van a los Juegos, ya que supongo que eso es lo que hace, visto como nos trata a nosotros. Pero me produce una cierta satisfacción que pase olímpicamente de todos los protocolos impuestos por el Capitolio, que no sea un perrito faldero, como parecen la mayoría de vencedores. Lo respeto por ello. Katniss, por su parte, hace como si no estuviera la mayor parte del tiempo, aunque intenta asesinarme con la mirada de vez en cuando. Tal vez no tenga ningún tipo de problema en blandir un arma contra mí cuando llegue el momento. Aunque siendo positivo, eso me facilitaría las cosas. ¿Pensará estar sin dirigirme la palabra lo que duren los Juegos? Eso no me va a facilitar las cosas si pretendo intentar protegerla. No me gustaría tener que hacerlo a la fuerza. Además, sería bastante triste que me haya presentado voluntario por ella y nuestro último contacto fuera ella diciéndome que la he traicionado.

Sin embargo me equivoco. Pensaba que no iba a abrir la boca, pero contra todo pronóstico vuelve a la carga durante la cena, cuando el silencio empezaba a resultarme cómodo e incluso iba a empezar a comer.

— ¿Cómo has podido? —susurra entre dientes. Su voz es tan baja que creo que sólo yo la oigo, y eso porque la conozco muy bien.

No le voy a dar el gusto de decírselo delante de esta gente. No le diré que he sido un irresponsable, que no lo he pensado, que el corazón ha ganado a la razón o cualquier estupidez por el estilo. Aunque tampoco voy a quedarme callado.

—Estoy aquí —le contesto—. No puedo viajar en el tiempo ni cambiar de opinión y largarme, así que no tiene remedio.

—Me sorprende que te tomes de manera tan ufana tu posible muerte.

Ya no puedo seguir hablando en voz baja. Es estúpido. Todos los presentes, incluidos los avox nos escuchan. Aparte de que me está tocando las narices. Lanzo la cuchara que había cogido sobre el plato de mala manera, salpicando gotitas de puré verde por toda la mesa.

—¿Y cómo quieres que me lo tome, Katniss? No digo que me des las gracias, pero está claro que no he venido por ser el mayor fan de los Juegos.

Al menos debería saber eso, que estoy aquí por ella.

—¿Quién les cuidará, Gale? —Katniss intenta sonar firme, pero se le quiebra la voz—. Si hubiera sabido que tú estabas allí habría podido soportarlo, ahora es imposible.

Lo jodido de todo esto es que sé que tiene razón, por lo que me callo.

Katniss tarda poco en levantarse de la mesa e irse a su compartimento. Nadie toca la cena. Effie está compungida por nuestro arrebato, pero nos informa de que se ve obligada por el deber a ir a buscar a Katniss para que nos acompañe viendo la repetición de las cosechas. Vuelve de mala gana y se queda en el punto más alejado de mi persona que encuentra posible.

—Tenemos que resolver algunas cuestiones —dice Haymitch.

Por la cantidad de alcohol que ha ingerido en la jornada de hoy, debería de estar con un coma etílico, sin embargo mantiene la compostura y hasta parece sobrio.

—¿Cuáles? —preguntamos Katniss y yo al mismo tiempo. Vuelvo la vista hacia ella, pero ella de pronto parece interesada en la alfombra.

—La primera es si hay algo que sepáis hacer.

—Sabemos usar un arco —apunta Katniss. Como ella ha sido tan amable de responder por mí, yo me callo.

—Ja —se mofa Haymitch—. Y yo sé jugar a los dardos. Algo que podáis hacer realmente bien.

A Katniss se le arrugan todas las facciones de la cara. Supongo que le molesta que alguien dude de sus habilidades. Arruga la servilleta que se ha llevado de la cena entre las manos. La ha vuelto a traer, debe tenerle cariño al trozo de tela.

Haymitch nos observa alternativamente, evaluándonos. Fija la mirada en Katniss.

—Está bien preciosa. El arco. ¿Algo más? ¿Alguna habilidad social destacable que podamos usar en el Capitolio?

—Yo no tengo ninguna, pero a Gale se le da bien llevar a chicas a la Escombrera —suelta.

De repente está habladora y gastándose mala leche. Effie la mira extrañada.

—¿Qué es la Escombrera?

Haymitch se está partiendo de la risa mientras yo aprieto los dientes y resoplo por la nariz en dirección a Katniss, que esboza una leve sonrisa.

—Perfecto —exclama Haymitch—. ¿Has ido tú alguna vez allí con él? Porque eso nos vendría de perlas.

Ante esto, Katniss enrojece a niveles insospechados para ella.

—Ni aunque el mundo fuera a acabarse mañana —resopla entre dientes.

—Pues es una verdadera pena. Un enfoque de amantes desdichados ayudaría a que le gustaras más a la gente. Y eso significa patrocinadores.

—No —dice Katniss, y se gira para volver a su cuarto.

He sido lo bastante listo como para mantener la boca cerrada en presencia de Katniss, pero en cuanto se ha esfumado me dirijo a Haymitch.

—¿Crees que ayudaría? Lo de los amantes me refiero.

Haymitch me contempla un rato antes de responder, como si pudiera ver algo si me mira mucho tiempo seguido.

—Por descontado —dice al fin—. En el Capitolio les encanta un buen chisme.

—Katniss hablaba en serio al decir que podemos usar arcos. Ella mejor que yo. También podemos hacer otras cosas.

Haymitch tiene que saberlo. Él frecuenta el Quemador, allí se abastece de licor blanco, la única bebida etílica que se puede conseguir en el distrito aparte del de uso médico. Y en el Quemador todo el mundo nos conoce, todo el mundo sabe que nos saltamos las reglas entrando al bosque, ¿de dónde íbamos a sacar si no la carne que les vendemos?

—Otras cosas no es suficiente —insiste Haymitch—. Allí habrá chicos que se han pasado la vida entrenando para mataros. Ya has visto la pinta de algunos en la cosecha. Qué parezcáis un poco mejor alimentados que la media de los chavales que llegan cada año del Doce no significa que tengáis alguna posibilidad. Lo que necesitáis es gustar y dar espectáculo.

La parte de gustar es la que me preocupa. ¿Cómo voy a gustar a gente a la que desprecio, a gente que hace una fiesta de la matanza de los niños de los distritos cada año? Si tuviera un arma, los mataría a todos, sin importar lo que sucediera conmigo. No le puedo decir esto a Haymitch, así que le digo lo que pienso sobre el romance.

—Pero no podemos obligarla a que finja algo que no siente.

¿Tú crees? —pregunta con media sonrisa en los labios. No sé si se refiere a la parte de no tener sentimientos o a la de obligarla a que los tenga—. No podemos obligarla, pero sí manipularla.

—Effie al principio ha pensado que éramos familia —sugiero mirando a Effie, que lleva callada un rato limándose las uñas, lo cual es sorprendente. Que esté callada, no lo de las uñas. Ella asiente.

—Sois tan parecidos que pensé que erais hermanos o tal vez primos. Me he emocionado porque nunca pasa nada tan interesante en el doce. Pero lo de los novios es aún mejor.

—Sería más fácil fingir que somos primos —le digo a Haymitch—. ¿El asunto de la familia no sería suficiente chisme en el Capitolio?

—Ni punto de comparación —responde él—. Aunque podemos ponernos sensatos y apostar por ti desde el principio. Eres más grande y pareces más razonable. Creo que tendrías más opciones. Ya que te has metido tú solito en todo este lío, ¿no prefieres intentar ganar?

—No. Entonces nada tendría sentido. Habría hecho esto, abandonado a mi familia, para nada. Ella tiene que ganar. Necesito que gane.

Hymitch se ríe sin ganas.

—Chico estúpido… Como quieras. Si no pasa ella, tendrás que pasar tú por el aro—Señala una mesa con comida que nos han dejado en el vagón—. Cómete esa cena, vas a necesitarla.

—No tengo hambre.

—Te he dicho que comas y te dejes de idioteces.

No quiero discutir con este hombre, necesito ponerlo de mi parte, ya que voy necesitar su ayuda. Voy a la mesa y agarro un muslo de pollo en salsa roja con las manos. Me lo trago de dos mordiscos y luego me limpio con el mantel.

Effie está horrorizada. Me hace saber que necesito unas clases de modales, me informa del delicado material del mantel que acabo de echar a perder y luego desaparece. Vuelvo al sofá con Haymitch, pero antes de hablar, me deshago de los restos de grasa contra la tapicería.

—Todo esto es repugnante —le digo a Haymitch.

—¿Te refieres al pollo?

—Por supuesto. No estaba bien cocinado. Mira, tú quieres un vencedor tanto como yo quiero salvarla. Si dices que hacer el paripé para que la gente crea que somos algo así como novios aunque ella se niegue, es posible, y que será bueno para nosotros, está bien. Pero tendrás que hacerme un favor, o se acabarán las trolas.

—No necesito ningún vencedor —replica, luego bebe un trago y eructa sonoramente—. ¿A qué favor te refieres?

—Tendrás que jurarme que cuidarás de ellos pase lo que pase. Que te asegurarás que vivan mientras duren los Juegos y después. Para siempre.

—¿Quiénes son ellos? — me pregunta.

—Mi familia y la de Katniss. Sé que has vivido en la Veta, conoces aquello. Los niños se quedaron sin padres después de la explosión en la mina y ahora nos hemos ido nosotros. Eres uno de los nuestros Haymitch, tienes que ayudarnos.

—No sé si lo podré hacer —me dice.

Pero por la mirada en sus ojos grises, tan parecidos a los de Katniss, a los míos, creo que lo hará.

Me voy a la cama con la sensación de haber hecho los deberes, al menos por esta noche. Ha sido un día muy largo. Decido no pensar mucho en Katniss, puede agarrarse las pataletas que quiera, las cosas están como están y tendrá que asumirlas. El siguiente reto será dormir sin pensar en mi familia.

Y resulta imposible.