Prólogo. El monstruo llamado Kraken


«El nombre del Kraken se originó en las lenguas nórdicas, a partir del término 'krake' que designa a un animal enfermizo o deforme.»


Ésta historia trata sobre un joven valiente, nacido durante una noche de tormenta en un lugar apartado de la civilización.

Su hogar era frío. Aunque claro, al principio él no fue consciente de ello puesto que jamás había conocido una tierra diferente. La nieve se instaló como un escenario diario desde su nacimiento, por lo que le resultaba inconcebible imaginar un mundo sin ella, o sin las luces danzantes del cielo al anochecer.

Su familia era pequeña pues en su casa solo convivían él y su padre, tenían otros parientes pero éstos vivían lejos, en las ciudades. No los conocía porque según su progenitor las ciudades estaban llenas de personas crueles y eran demasiado peligrosas para un chico de su edad, así que, cuando se volvía necesario conseguir algo de ellas el mayor se marchaba sin compañía durante unos pocos días para ir a buscarlo. Mientras tanto el niño siempre aguardaba dentro de casa obedientemente su regreso, porque las ciudades eran peligrosas por sus habitantes, sí, pero aquél bosque en el que vivían también lo era por los mismos motivos. Si por cualquier razón necesitaba salir, debía asegurarse antes de que no había nada ni nadie alrededor de la casa.

Su padre era muy bueno contando historias, las cuales siempre conseguían fascinarlo. Cada vez que terminaba un trabajo con éxito —como escribir o recitar el alfabeto, barrer los pisos, poner los platos sobre la mesa o simplemente irse a la cama temprano—, su padre a cambio le narraba alguna nueva épica asegurando que algún día, cuando creciera, él sería capaz de vivir una aventura incluso más memorable que conseguiría ilusionar de igual modo a muchos chicos de otras tierras.

Cuando se encontraba solo, uno de los pasatiempos favoritos del niño era dibujar sobre las ventanas de su hogar, pues para hacerlo solo necesitaba exhalar frente al cristal y, si el resultado final no le agradaba, simplemente podía borrarlo con la manga de su ropa y volver a empezar; aunque claro, cuando el resultado sí era de su agrado tampoco podía obligarlo a permanecer allí. El resto del tiempo lo pasaba dando vueltas por la casa para luego recostarse en el suelo, el sillón o incluso la mesa si se encontraba demasiado perezoso como para regresar a su cama. Si a veces decidía salir, lo hacía solo para perseguir roedores que alcanzaba a divisar correteando afuera desde las ventanas, aunque nunca conseguía atraparlos; por supuesto, se aseguraba de ser él el único perseguidor en esas travesías antes de poner un solo pie fuera de casa.

El padre de ese chico era un buen padre, pues durante el tiempo que pasaron juntos siempre buscó hacer lo mejor para su hijo, muy a su manera. A hablar, escribir, leer y desarrollar su imaginación; entretanto olvidó enseñarle un par de cosas muy importantes, que se presentaron luego como un problema.

Le enseñó a sobrevivir, mas no cómo vivir.

Le enseñó cómo cazar y pescar, mas no se molestó en explicarle lo que era la muerte en profundidad.

El hombre no era joven, pero su mujer sí lo había sido, y en un principio tenían planeado que ella sería la que se encargara de su hijo hasta que éste fuese mayor, aunque por un motivo u otro al final sus papeles se mezclaron. Naturalmente, el frío no perdona la edad ni el deterioro del cuerpo que ésta conlleva.

Una tarde, cuando el niño tenía apenas cinco años, su padre se detuvo.

Simplemente dejó de moverse y, sentado en el sillón, se quedó mirando al suelo con la cabeza gacha. El chico trató de llamar su atención de muchas maneras distintas, mas ninguna consiguió hacerlo reaccionar; ni siquiera obtuvo un parpadeo. Tras mucho pensarlo, supuso que estaba haciendo lo mismo que algunos lagartos y osos hacían durante el invierno; que estaba durmiendo para reponer fuerzas, en un sueño profundo que no debía ser interrumpido.

Pensó en seguir su ejemplo y dormir durante algunos meses a su lado, pero no tardó ni una semana en darse por vencido pues el hambre lo acechaba a cada minuto. Supuso entonces que cuando fuera mayor sería capaz de hibernar correctamente.

Durante varios días no hubieron cambios en su rutina: verificar por la mañana que solo él estuviera despierto por los alrededores y salir en silencio de la casa, con cuerda y una caña en mano para poder pescar en el río más cercano, regresar a casa con uno o dos peces, cocinar y dormir. Cada día echaba un vistazo a su padre para confirmar que nada perturbase su sueño y cada día lo encontraba igual al anterior, sin cambios notables.

Estaba seguro de que su padre despertaría al acabar el invierno, así que solo debía aguardar.

Pero una mañana un extraño se apareció frente a él, al otro lado del río que frecuentaba. Por la distancia y corriente que los separaba, no se asustó ni corrió de regreso a la cabaña; por su parte, aquél hombre tampoco realizó movimientos bruscos. Luego de un tiempo de quedarse ambos quietos, el hombre dio media vuelta y se adentró al bosque del otro lado del río.

El niño no esperaba encontrárselo nuevamente, así que prosiguió con su rutina sin pensar mucho en el suceso.

Mas al día siguiente aquél extraño se encontraba de pie frente a su casa. Era el mismo hombre, de cabello color agua, con un abrigo que lo cubría por completo y una gran caja en la espalda; una caja que a priori el niño pensó era similar a la que su padre cargaba cuando salía a talar madera, pero al verla más de cerca no pudo sino dudar. Lo observó detenidamente desde la ventana de su habitación y el hombre lo miró de vuelta. Las cejas del hombre eran extrañas.

El niño se preguntó qué podría querer aquél sujeto, y si es que había llegado desde alguna ciudad. Pero recordó las contadas ocasiones en que algunos «exploradores» se perdieron anteriormente en el bosque y cómo su padre siempre se mostró amable con ellos, incluso dejándolos entrar a la casa. Era un extraño, pero su presencia no le causaba temor.

Se dirigió lentamente hacia la puerta y al abrirla verificó que el hombre seguía unos cuantos metros lejos de la entrada. Tragó saliva y respiró hondo.

—¿Eres un explorador?

Una de las cejas del hombre se levantó de forma graciosa.

—Sí, lo soy.

Definitivamente, para el niño, aquél sujeto no era una mala persona. Así que abrió la puerta al completo.

—Si tienes frío, puedes pasar.

El hombre, entonces, avanzó hacia él sin prisa.

El niño cerró la puerta una vez que el explorador cruzó el portal. Teniendo la caja justo en frente, estuvo entonces seguro de que no era como la de su padre, mas tampoco se asemejaba a las cosas que otros exploradores llevaban; tenía dibujos hermosos y brillaba como el sol que rara vez era capaz de ver por entre las nubes. Se había visto tan atraído por el objeto que no prestó atención al hombre hasta que éste habló.

—Oye, niño —el hombre volteó a verlo con una expresión seria y extendió una mano en dirección a la habitación contigua—. Allí, ¿quién es el que está allí sentado?

—Es mi padre, está hibernando —agachó la cabeza porque le apenaba admitir que él mismo no era capaz de hibernar todavía, aunque volvió a levantarla tras pensar que aquél hombre frente a él tampoco lo era, por lo que seguramente aún era joven. Se encontró con que el hombre se mantenía viendo a su padre fijamente—. ¿Pasa algo?

El hombre puso su atención sobre el niño una vez más. Resulta ser que, efectivamente, aquél hombre no era tal cosa, pues con suerte podía ser considerado un adolescente y la situación en la que se encontraba era desconcertante; pero el niño a su lado no tenía idea de ello. Finalmente el explorador decidió quitarse la caja de la espalda y la dejó en el suelo, entonces se acercó al chico y se agachó, dejando una rodilla en el piso, para quedar cara a cara con él.

—¿Podrías decirme tu nombre?

—Isaak.

—Bien, Isaak, eres bueno pescando, ¿me equivoco? —el niño sonrió—. ¿Sabes lo que ocurre cuando los peces que consigues se encuentran fuera del agua?

—Mueren.

—Correcto —entonces el hombre respiró hondo—. Dime Isaak, ¿cómo diferencias a un pez muerto de uno vivo?

—Los muertos no se mueven.

—… Ni tampoco respiran, Isaak —el hombre volvió a ponerse de pie—. Los peces dejan de moverse porque ya no pueden respirar. Cuando los osos entran en estado de hibernación, suelen respirar más lentamente, pero no dejan de hacerlo. No pudiste no haberte dado cuenta, de que tu padre ha dejado de respirar hace tiempo.

—¿Por eso es que ya no se mueve?

—Ha muerto.

—Pero ni siquiera ha sangrando, y él no es un pez —el pequeño se acercó a su padre y lo revisó con la vista una vez más, no había nada malo con él, ninguna clase de herida fatal. Excepto que, efectivamente, tal cual dijo el explorador había dejado de respirar; no es que él hubiera fallado en notarlo antes, sino que no le había dado importancia.

—No puedo decirte la razón por la cual su corazón ha dejado de latir, pero es un hecho que ha ocurrido —el explorador se acercó al cuerpo del padre y luego de decir algo extraño en voz baja forzó los ojos del muerto a cerrarse—. Un pez, un oso, un humano como tu padre, tú o yo mismo… Todos morimos en algún momento, Isaak. Es el destino de todo ser vivo.

El niño no pensaba que él fuese lo mismo que un oso, ni mucho menos un pez, pero supuso que el respirar (cosa que todos ellos hacían) les permitía caer en la misma categoría de «ser vivo». Él había aprendido un par de cosas sobre ese concepto: que tanto animales como plantas eran seres vivos capaces de respirar, comer y crecer así como lo hacían él y su padre; aunque por entonces solo había atendido las explicaciones de los exploradores a medias porque había esperado que la historia interesante que prometieron contarle fuera diferente, con más acción.

Recordando aquél suceso, Isaak vio con ilusión al explorador que observaba a su padre entrecerrando los ojos. Se acercó al hombre y tiró ligeramente de su abrigo.

—¿Cómo te llamas? —el hombre parpadeó un par de veces al verlo.

—Oh… Camus.

—Entonces, ¿puedes contarme historias sobre tus viajes, Camus? —la expresión graciosa regresó a su rostro un momento e Isaak debió contener la risa en esa ocasión.

—Creo que primero deberíamos hacernos cargo de él —inclinó la cabeza en dirección al cuerpo del padre.

La inocencia es usualmente asociada a una imagen de pureza en términos de pensamiento. Mas aquél día en ese lugar apartado de la civilización, donde el «explorador» Camus esperaba ser el único poseedor de respuestas e incógnitas, el joven aprendió algo inesperado tras ver la mueca impregnada de recelo en el pequeño Isaak, el cual había sido criado bajo el concepto de la supervivencia del más apto.

—No tengo ganas de comerme a mi padre. Mejor dejémoslo así.

La inocencia puede resultar aterradora. Sobretodo mezclada con falta de conocimiento.


«Por supuesto, para que sea apreciado como tal, un monstruo requiere tener un gusto particular por la carne humana.

Se dice que el Kraken podía devorar de un solo bocado a toda la tripulación de un barco.»


Ésta historia trata sobre un joven valiente que perdió a su familia de sangre siendo tan solo un niño, mas tuvo la fortuna de encontrar un buen reemplazo.

Isaak era un chico que amaba viajar. Su primer hogar, nevado en un buen día y tempestuoso en uno malo, se volvió una posibilidad más que una regla con el pasar del tiempo; claro que, eso no era algo que hubiera podido averiguar por cuenta propia y era consciente de ello. Si fue capaz de aventurarse a conocer nuevos lugares, fue únicamente gracias a la amabilidad de Camus, el joven explorador que decidió hacerse cargo de él.

El suyo era probablemente el mejor «hermano» —manera en que se presentaban cada vez que llegaban a un sitio nuevo— que podría haber conseguido. Camus siempre se mostraba tranquilo al momento de tratar tanto con los adultos (que a Isaak no solían caerle bien, sobretodo las mujeres) como con otros chicos más jóvenes; era un cocinero decente, cosa que Isaak confirmaba de buena fe y primer bocado; y conocía historias incluso más asombrosas que las que su padre solía contarle tiempo atrás. Las historias de Camus iban mucho más allá de mitos sobre monstruos, dioses y batallas antiguas; sus historias eran narraciones de sus propias experiencias y enfrentamientos con criaturas y personas increíbles. Isaak era consciente de que las noches en que Camus desaparecía dejando solo una nota tras de sí donde prometía regresar pronto, eran las ocasiones en que aquellas experiencias tenían lugar, pues el joven tampoco lo negaba. El niño siempre insistía en querer acompañarlo mas el mayor conseguía escabullirse de una forma u otra.

Aunque había ciertas cosas sobre las cuales Camus se negaba a hablar, solía resolver todas las dudas de Isaak sin importar que tan irracionales pudieran parecer a primera oída.

¿Por qué hay diferentes baños para niños y niñas?. ¿Las estrellas se apagaron?. ¿Cómo hace la gente para adiestrar lobos?. ¿Por qué alguien querría comprar azul y rojo si al final va a usar violeta?. ¿Qué ocurre si dejas de respirar de un momento a otro mientras no te presto atención?. ¿Es divertido nadar?. ¿Ésta moneda le pertenece al tipo del dibujo?. ¿No es extraño que haga tanto calor en invierno?

Camus, para Isaak, se volvió un ejemplo a seguir en poco tiempo. Deseaba ser como él en todos los aspectos posibles: tranquilo, amable, inteligente y fuerte; deseaba ser capaz de ayudar a otros, tal como Camus lo había ayudado —y continuaba ayudando— a él.

Se encontraban abordo de un tren rumbo al sur cuando Isaak decidió seriamente dejar de considerar a Camus su «hermano». Lo había aprendido para ese momento, que las personas que enseñan a otros cosas que no pueden averiguar por sí mismos son llamadas «maestros» y que cuando tienes uno para guiarte te conviertes en su «alumno» o «aprendiz». Mas no era lo único que había aprendido, al ver a Camus interactuar con otras personas en muchas lenguas y regiones distintas, encontró un patrón y entendió que había otros como él, los cuales eran siempre capaces de hablar un idioma en particular; tras mucha persistencia consiguió que uno de ellos le explicara en secreto que ellos eran conocidos como «santos».

Le dolió un poco comprender que Camus no era un explorador y que por tanto le había mentido durante mucho tiempo. Pero aquél sentimiento fue opacado con rapidez gracias a la nueva idea que se formó en su mente.

El ocaso estaba cerca e iluminaba el interior del tren con una luz dorada, Camus le había avisado que lo mejor era dormir temprano y bien abrigado ya que llegarían a su destino en la mañana; confiando en que le haría caso y pensaría irse a dormir enseguida, el mayor tomó un libro que había dejado a medio acabar en la última ciudad que visitaron. Isaak lo interrumpió antes de que consiguiera abrirlo.

—Camus —el mayor volteó a verlo—. ¿Me explicarías lo que es el cosmos?

Aquél era un concepto que oyó con frecuencia durante los encuentros con otros santos, siempre halagando a Camus por ser poseedor de un cosmos excepcional; razón por la cual Isaak lo tomó como un sinónimo de inteligencia y no se molestó en preguntar hasta que el amable santo que accedió a explicarle sobre ellos aclaró que no era lo que creía, mas no tuvo tiempo de explicar lo que significaba en realidad. El mayor se mostró sorprendido un instante, al siguiente frunció el ceño, y a continuación regresó a un rostro sin expresión particular.

—¿Quieres la versión tradicional? —Isaak asintió algo dubitativo—. El cosmos... el cosmos lo es todo. Tú, yo, el planeta, las estrellas e incluso el aire, todo es parte del cosmos.

El chico intentó por varios minutos comprender cómo algo así podía ser excepcional respecto a Camus, mas acabó por entender que había sido burlado. Cuando el mayor no quería contestar algo, solía dar una respuesta, si bien no falsa, diferente a la esperada. Supo que lo que dijo era cierto, pues no solía inventar mentiras de la nada, pero no era su verdad.

—¿Cómo es el cosmos para los santos? —supo que había hecho la pregunta correcta cuando la sorpresa no dejó el rostro de Camus apenas apareció, de hecho se mantuvo allí un largo rato.

—Eso es un poco más complicado de explicar —era poco común que Camus suspirase, pero lo hizo en ese momento—. Prometo que te lo contaré mañana, ahora deberías dormir, Isaak.

El niño obedeció, pues entendía que su acompañante habría preferido evitar ese tipo de conversaciones por algún tiempo más extendido y además seguro estaba preguntándose cómo había conseguido aprender sobre los santos, siendo que él mismo jamás pronunció una palabra al respecto.

Isaak observó por fuera de la ventana el paisaje de unas montañas que no parecían tener final, la luna sobre ellas y los campos que hasta hacía unas horas eran de un verde vibrante eran teñidos por una capa grisácea. Le pareció una buena escena que apreciar antes de cerrar los ojos.

Al día siguiente, cuando el sol aún no se asomaba por el horizonte, se prepararon para continuar con su camino a pie. En el trayecto, Camus empezó su explicación sobre el cosmos y le mostró cómo era capaz de hacer que nevara a su alrededor por propia voluntad, independientemente de la estación, clima y condiciones del terreno. Afirmó que él también tenía el potencial para hacer algo como aquello, que pudo hacerlo toda su vida, solo que todavía no sabía cómo y aprender tomaría un tiempo.

Lo último que hizo Isaak fue desanimarse ante aquella advertencia.

Según Camus seguían en el mismo país al cual llegaron tres días atrás, aunque a Isaak le parecía demasiado distinto para ser cierto; mientras más al sur llegaban, más frío era todo. Hicieron una pausa en la noche, solicitando hospedaje en una iglesia local. Una pequeña parroquia infestada por imágenes de santos en las paredes en la cual, obligatoriamente, Camus debió explicarle entonces otra diferencia entre los santos tradicionales y los de su clase: los santos de Atenea existían para proteger la paz en la Tierra y, con ese fin en mente, entrenaban una capacidad que raramente despertaba en los seres humanos para volverse más fuertes; la capacidad de utilizar el cosmos a voluntad.

Por cuenta propia el mayor decidió explicar qué rango de santo era abriendo la caja dorada que siempre llevaba consigo frente Isaak por primera vez. Le presentó su armadura, la armadura dorada de Acuario, que le concedía cierto título entre los suyos.

—Usualmente me conocen como Camus, el caballero de oro de Acuario —dijo sin especial orgullo, cosa que extrañó un poco a Isaak, aunque no se atrevió a señalarlo. Además, el pequeño tenía otra cosa en mente.

—¿Puedo tocarla?

Camus le dio permiso para hacerlo, mas cuando su mano se encontraba a menos de un centímetro de distancia de la máscara dorada, se echó atrás en el intento. Isaak parpadeó un par de veces, seguro de que la había visto moverse, pero al inspeccionarla no percibió ningún cambio real; pasó entonces la vista desde la máscara de mujer hacia el rostro de su dueño, el cual lo observaba con un aparente mejor humor.

—No te atacará, de hecho le agradas, seguramente porque tu cosmos es similar al mío. Tal vez algún día seas capaz de comunicarte con ella.

—¿Las armaduras pueden hablar?

—Éstas en particular, tienen una voluntad impresionante que les permite hacer varias cosas inusuales.

Isaak observó la máscara fijamente un buen rato, hasta que pensó verla sonreír; lejos de volver a asustarse, sonrió de regreso. Entonces volvió su atención hacia el mayor, poniéndose de pie; de seguro Camus ya sabía lo que iba a decir incluso antes de llegar a abrir la boca.

—¿Me enseñarás a ser un santo, Camus?, ¿serías mi maestro?

—Sé por experiencia que decirle que no a chicos tan testarudos como tú resulta inútil. Pero, debo advertirte que no será fácil.

—Nunca pensé que lo sería —aquello, pronunciado con total confianza en sí mismo, definitivamente consiguió mejorar el humor de Camus, quien amagó una sonrisa por primera vez en bastante tiempo.

Esa noche su relación se modificó apenas un poco, mas su destino no cambió.

Al día siguiente continuaron su viaje hacia el sur, abordando al mediodía un buque en compañía de un grupo de investigadores dispuestos a encontrar algo en el desierto helado de la Antártida. Habían cruzado por varios países en los cuales las personas hablaban una misma lengua para llegar hasta allí, y con el tiempo Isaak empezó a entender un poco del idioma; consiguió oír las palabras «poderoso», «mentira», «dioses» y «suicidas» durante una discusión entre algunos de los tripulantes. Camus aconsejó que los ignorase.

Habían surcado el Mar Báltico en un barco distinto a aquél, mucho más chico, y habían cruzado dos océanos por aire en un avión que Isaak en un principio confundió con una ballena. El buque, a diferencia del primer barco, era lo suficientemente grande para permitirles esconderse de las miradas curiosas en distintos lugares; sobretodo fue un alivio, como siempre, que consiguieron con rapidez un sitio seguro en el cual ocultar la caja dorada de Camus. En un inicio Isaak no entendía el motivo de hacer algo así, pero tras haber presenciado en una ocasión cómo una mujer intentaba llevarse su carga mientras ellos descansaban —sin ninguna clase de progreso y seguida por una severa reprimenda de parte del joven de cabello azul en un idioma impronunciable— comprendió que lo hacían para evitar problemas y llamar atención indeseada.

El trato con los tripulantes, más allá de alguna que otra mirada incrédula o molesta, resultó ser bueno durante los siguientes dos días que les tomó llegar a «tierra». Un hombre en particular, de cabello rosado que constantemente buscaba hablar con él durante las comidas, parecía muy entusiasmado en enseñarle su idioma; mientras tanto Camus solía hablar con el jefe de la investigación o el capitán del buque sobre algo que calificaba de secreto. A falta de algo mejor para hacer, Isaak trató de aprender el idioma de ese marinero amigable.

Solo le llevó un día comprender porqué aquél marinero se portaba tan amablemente con él, pues el mismo explicó que le recordaba a su hermano menor, al cual no había visto en mucho tiempo debido al trabajo. No era un explorador o un aventurero, por lo que tenía un hogar estable, pero le resultaba complicado regresar a éste.

Al siguiente día Isaak decidió contarle parte de su historia, centrándose en su compañero, quien nunca antes había mencionado un hogar al cual deseara regresar.

—El capitán lo llama un héroe. No he conocido a otros antes pero, de ser cierto, estoy seguro de una cosa. Su hogar se encuentra en donde lo necesiten.

—¿Un héroe? —Isaak no supo si debía corregirlo, siendo que quizás Camus prefería mantener su identidad en secreto ante esa gente, pero el término usado por el marinero resultaba nuevo para él.

—Un tipo poderoso que salva gente cuando se lo necesita. Aunque, bueno, tal vez ese sea solo Superman, a otros tenés que llamarlos por su nombre o alguna frase ridícula para que te hagan caso —explicó con una sonrisa.

Antes de que Isaak consiguiera preguntar quién era el llamado Superman, el capitán entró a la sala y avisó que estaban próximos a echar anclas, por lo que todos debían tomar sus posiciones; Camus llegó justo detrás e indicó a Isaak que lo siguiese. El chico fue tras él, pensando en lo que el marinero le había contado; supuso que Camus, según recordaba en sus historias, era el tipo de héroe que debía ser llamado primero. Siguiendo ese pensamiento concluyó que si se encontraban en ese momento en ese lugar específico, no era simplemente por la llamada a la aventura que suele guiar a los exploradores, como Camus le había explicado tiempo atrás.

Se encontraban allí porque alguien necesitaba de su ayuda.

La ayuda de Camus, no la de Isaak. El chico sintió que estaba frunciendo el ceño cuando pensó aquello, pues la idea lo hizo sentir extraño de una manera inexplicable. Mas no tardó en entender la razón, al ver a Camus sacar su caja de oro del escondite que habían encontrado; se sentía como una carga. Había oído de esa clase de malestar antes, sobretodo por parte de hombres mayores y niños pequeños con familias pobres, aunque en su momento no los había entendido.

—Oye —aunque intentaba dejar de hacerlo, estaba seguro de que seguía juntando las cejas sobre el puente de su nariz. Camus apenas volteó a verlo—. Si te resulta molesto tener que llevarme contigo, o te llega a impedir salvar a otras personas, puedes dejarme atrás.

El joven de cabello azul entrecerró los ojos un momento. Al siguiente miró hacia otro lado y continuó su tarea de levantar la pesada caja dorada —una vez Isaak intentó cargarla él mismo y no consiguió siquiera moverla— para aferrarla a su espalda. Entonces se encaminó hacia la puerta, aparentemente ignorando al otro chico en la habitación, mas en mitad del pasillo se detuvo un instante para revolver el cabello del menor.

—Apenas ayer por la noche seguías balbuceando sobre lo emocionado que estabas por ser mi alumno. Si vas a darte por vencido sin siquiera haber empezado, entonces, no me sigas cuando salga por esa puerta.

Palabras frías y contundentes, sin despecho ni ira, pensadas para que su receptor las procesase rápido. Al oírlas, Isaak volvió a sentir que su rostro cambiaba por cuenta propia, abriendo los ojos tanto como era capaz. Cuando lo entendió, Camus ya había cruzado bajo el marco de metal y estaba a punto de desaparecer de su campo de visión, por lo que su decisión fue instantánea; con el primer paso, casi se tropezó sobre la nada, pero al segundo consiguió estabilizarse y corrió tan rápido como pudo detrás del mayor.

Camus no aguardó por él, pero aligeró el paso cuando Isaak comenzó a mostrarse cansado de seguir su ritmo. Se detuvieron en dos ocasiones, la primera para despedirse del capitán, y la segunda para conversar con el jefe del equipo de investigación. Fue la primera ocasión en que Camus no envió a Isaak a otro lugar antes de hablar con aquél hombre bajo la indicación de que debían mantener la privacidad.

—Una vez más, agradezco que se haya prestado a ayudarnos, sinceramente no imaginaba que nadie fuera a responder —dijo el investigador.

—Como ya le he dicho, es nuestro deber velar por la protección de las personas. Además, es mejor perder tiempo y que resulte no ser nada, que arriesgarse a no controlar algo cuando todavía no ha causado mayores problemas.

—Sobre el tiempo, caballero, sobre eso quería hablar también —el semblante del hombre, que anteriormente había sido animado, cambió a uno preocupado—. Nos vamos a quedar cinco días en el terreno, pero el límite es ése, ¿cree que va a ser suficiente?

—Incluso creo que es demasiado —Camus miró a Isaak en ese momento—. Diría que, como mucho, volveremos ésta noche para la hora de la cena.

—¡Eso es ridículo! —ahora, el sujeto se veía molesto. Su rostro enrojeció en un instante—. Además, ¡¿pensás llevarte al nene con vos?!

Isaak se sorprendió por el arrebatamiento y dio un paso atrás, pero Camus se mantuvo firme en su posición, con el hombre enfrente, mirándolo con una superioridad apenas partida por la incredulidad.

—Es lo que pienso hacer, señor. Y si lo que pesa en su consciencia es no tener pruebas de mi palabra, juro traerle una muestra de que el problema se ha solucionado cuando regresemos. Si es que existe uno para empezar, quiero decir.

El hombre se alejó con pies de plomo luego de mascullar un «Podés hacer lo que quieras». Camus lo observó marcharse e Isaak lo imitó, sin saber qué más podía hacer. Cuando el hombre se perdió en uno de los pasillos de la nave, el chico tosió.

—¿Siempre es así? —cuestionó en su lengua materna.

—Tener un temperamento volátil no es necesariamente malo, solo está preocupado, Isaak. Deberíamos irnos ya —en lugar de comenzar a caminar hacia la salida, Camus se arrodilló y ajustó un poco las correas de su caja dorada—. Iremos más rápido si vas a mi ritmo, así que ¿puedes subir solo? —hizo un gesto con el rostro, apuntando al objeto en su espalda.

—¿No seré una carga?

—Ni te sentiré —aseguró Camus—, de hecho, serías más una carga si me pidieras ir a pie —añadió tras ver la duda de su compañero—. Entonces, ese tipo tendría razón y probablemente cinco días podrían no ser suficientes...

—Bueno, ¡bien!, ya lo entendí —con un suspiro, Isaak trepó hasta la cima de la caja, sobre la cual se sentó; aquello no era cómodo en absoluto—. Ya está —avisó.

Camus se puso de pie y el chico buscó aferrarse a cualquier cosa por la falta de equilibrio que sintió en ese momento; resultó ser el cabello del mayor. Era más suave de lo que había imaginado, pero lo soltó rápidamente una vez la estabilidad regresó, aunque mantuvo las piernas sobre sus hombros porque no sabía en dónde más ubicarlas. Su padre alguna vez lo había cargado de esa manera mientras recogían madera en el bosque, pero la sensación resultaba sustancialmente distinta; para empezar, Camus no era tan alto como su padre y desde entonces él mismo había crecido un poco.

—Isaak —el niño ya se esperaba alguna reprimenda, pero el muchacho tenía algo diferente en mente—. Agarrate fuerte, no me importa a qué, si te sueltas aunque sea un segundo y caes será difícil encontrarte después.

Inseguro aunque sin más opciones, Isaak volvió a poner sus manos sobre el cabello de Camus y cerró los puños con fuerza pero al mismo tiempo intentando no causarle daño al mayor. Al no recibir quejas, dijo con voz queda que se encontraba preparado. En verdad, el pelo de Camus era muy suave, sentía que pasaba por entre sus dedos como si fuese realmente agua sacada de algún lago.

Se había estado fijando en eso, mas cuando alzó la cabeza al no recibir respuesta por parte de Camus, se paralizó. No estaban en el interior del barco, en el pasillo de las habitaciones. Se encontraban en otro sitio que, incluso con la falta de árboles y animales alrededor, a Isaak le recordó a su antiguo hogar; la neblina helada y lo blanco del suelo resultaban conocidas a la vez que extrañas. El cielo estrellado, aunque todavía era de día, fue algo nuevo y agradable a la vista. No tenía idea de cómo habían llegado a ese sitio en la duración de un parpadeo, pero la ilusión venció a la falta de racionalidad e Isaak no pudo evitar abrir la boca por la impresión.

Hasta que volteó el rostro para ver alrededor y se encontró, bastante lejos en la distancia, al barco con el cual habían arribado a esas tierras. Tuvo suerte de que la impresión lo forzó a no soltar a Camus, pues ésta vez con los ojos abiertos, vio y sintió el espacio moverse a su alrededor, a una velocidad increíble que lo distorsionó hasta convertirlo en simples líneas horizontales a que corrían a sus costados, alejándolo del buque hasta que éste, en cuestión de segundos, no fue más que un punto negro en el horizonte. Cuando regresó la atención al frente, Camus había vuelto a detenerse.

Supo que la velocidad había sido algún efecto de su cosmos, pero no entendía la razón de la pausa.

—¿Ocurre algo?

—Isaak, agarrate bien —ordenó el mayor, mirando alrededor—. Hay algo por aquí.

El niño obedeció y quiso ayudar, por lo que oteó a su derecha e izquierda con curiosidad, pero no encontró nada más que color blanco y un punto negro en la distancia. A diferencia de Camus, no sentía peligro alguno, al menos hasta que el joven de cabello azul agachó la cabeza, tirando de sus manos en el proceso. Se inclinó para ver también.

Eso debajo suyo no era blanco ni negro. Debajo del hielo había una enorme mancha gris que no tardó en hacerse más y más grande. Isaak no tuvo tiempo para entender qué era lo que ocurría cuando el hielo se resquebrajó. No gritó, a causa de la rapidez con que ocurrió todo.

Quizás fue el impacto, o quizás alguna otra fuerza, pero al momento en que aquella criatura había salido del mar congelado, Isaak con sus manos abiertas y los pies sin contacto con superficie alguna, se encontraba en el aire muchos metros por encima de ella; cayendo o subiendo, no lo sabía. El animal era enorme, con un cuerpo gris azulado, y le recordó a una historia que hacía tiempo su padre le había narrado; ésta trataba sobre una bestia inmortal que moraba en las profundidades del mar, una criatura que pertenecía a un dios y cuyo propósito era traer la destrucción de los ríos, océanos e inviernos. Un monstruo con forma de serpiente gigante que dictaba tanto un final como un inicio para la vida en la tierra.

—¡Lawtan!* —gritó el niño en pleno aire, recordando emocionado el nombre de aquella criatura.

Entonces dejó de caer. Le tomó un momento reconocer a su maestro, envestido en oro y brillando con luz propia; aquél hombre lucía como un sol en medio de la nieve. Camus lo había alcanzado y lo sostenía con ambos brazos, uno teniendo sus hombros y el otro bajo sus rodillas. Recordó al marinero amigable y definitivamente aceptó que el capitán no se equivocaba en llamar al caballero un «héroe».

Isaak casi había olvidado a la criatura, pero un sonido atronador hizo que volviera su atención hacia ella. Luego del grito, el monstruo se dispuso a arremeter contra ellos, que por algún motivo continuaban flotando varios metros sobre el hielo. Isaak vio el interior de aquella boca enorme y negra al abrirse, llegó a contemplar las varias hileras de dientes afilados antes de que desaparecieran de enfrente suyo.

Volvió a ocurrir aquella distorsión del espacio, donde todo parecía convertirse en líneas. Parpadeó y entonces vio a la criatura morder el aire y caer ruidosamente sobre el hielo, quebrándolo un poco, bastante lejos de ellos. Camus entonces lo bajó despacio para dejarlo en el suelo, mientras Isaak no apartaba la vista del monstruo que entonces se hallaba confundido por lo que acababa de pasar con sus presas.

—Quería que vieras ésto, Isaak. Puedes contarlo como tu primera lección de combate —aunque intranquilo, el chico dirigió su atención al mayor—. Nunca debes perder el control durante una pelea, siempre intenta mantener la calma y pensar antes de actuar —el chico asintió—. Entonces, por favor, no muevas ni un músculo y observa como esa criatura dejará de respirar dentro de poco.

El caballero dorado dio media vuelta entonces y se dirigió al sitio en donde el monstruo había comenzado a olfatear el ambiente en búsqueda de su comida, sin aguardar una respuesta.

Isaak no lo sabía entonces, pero el estilo de lucha de su maestro no era el más violento de entre los caballeros atenienses, aunque la brutalidad con que trató a la bestia al final —cortando su cabeza una vez consiguió retenerla dentro de un gigantesco cascote de hielo— no lo aterrorizó. Sabía bien que la resolución había sido favorable, pues en la batalla solo podía salir un ganador: ella o ellos. Había disfrutado del combate de igual manera, pues era impresionante ya partiendo por la diferencia de tamaño entre los contrincantes. Admiró el hecho de que Camus nunca retrocedió.

El caballero de Acuario alzó una mano y le indicó que podía acercarse, ante lo cual Isaak no perdió tiempo en comenzar la carrera. Se hallaba emocionado por poder ver a aquél monstruo de cerca. Camus le revolvió el cabello por segunda vez aquél día cuando llegó a su lado.

—Prometí que regresaría con una prueba, así que puedes escoger —el mayor movió una mano en la dirección general de la cabeza cercenada.

Isaak recordó cómo su padre a veces se quedaba con las uñas o los dientes de algunos animales que habían sido complicados de cazar, una especie de recuerdo en favor de su persistencia. No habían allí garras de las cuales escoger, así que el chico se aproximó a la boca para inspeccionar las largas filas de dientes que previamente había visto.


«A pesar de su temida reputación, el monstruo acarreaba ciertos beneficios:

Nadaba acompañado por enormes bancos de peces, los cuales caían en cascada por su espalda cuando emergía del agua. Gracias a ello, los pescadores valientes tenían la oportunidad de asegurarse un abundante botín.»


Ésta historia trata sobre un joven valiente, aprendiz de caballero, dispuesto a sacrificarse por alguien más de ser necesario.

Aunque claro, las únicas personas con las que tenía contacto eran su maestro Camus y su compañero de entrenamiento Hyoga, por lo que no había una necesidad real de llegar a tales extremos. Ésos dos podían cuidarse por cuenta propia.

Tiempo atrás fue que el mayor de los tres, Camus, tomó la decisión de que ellos no se marcharían de aquél sitio hasta que alguno de los dos fuese capaz de liberar la armadura de la Cruz del Norte del interior de un enorme iceberg. Una decisión que al principio Isaak desaprobó totalmente pues Hyoga, a diferencia de él, no había tenido ninguna clase de experiencia fuera de las tierras heladas de Rusia; opinaba que su compañero debía ser capaz de experimentar más del mundo al cual algún día planeaban proteger, pero Camus hizo oídos sordos a sus exigencias. Al final, el muchacho puso buena cara frente a Hyoga y prefirió obedecer la voluntad de su maestro.

Quizás debió haber insistido, pensaría años más tarde.

Cuando llegaron a Rusia, el Camus que Isaak había conocido por primera vez, atento y con un mirada brillante; se desvaneció rápidamente, aunque la mayoría del tiempo conseguía disimularlo bien. El pequeño aprendiz nunca se atrevió a preguntar qué podía haber ocurrido durante su último paso a través de Europa para generar aquél cambio, pero tenía por seguro que no fue algo positivo.

Desde entonces Isaak no volvió a ver otro escenario que no estuviera cubierto por hielo, escarcha y soledad hasta donde alcanzara su vista. Aunque precisamente por eso, la llegada de otro alumno que podría hacerle compañía durante los largos períodos en que su maestro se ausentaba no fue mal recibida, ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez —la de Hyoga, que como suelen decir; fue la vencida—.

Cuando Camus se marchaba, Isaak nunca perdía tiempo en comenzar nuevas rutinas de entrenamiento o exploración, a las cuales arrastraba a Hyoga sin piedad; además de que constantemente se aseguraba de contarle a su compañero ruso las proezas más interesantes de su maestro, claro que, excluyéndose a sí mismo de ellas, y a veces incluso omitiendo nombrar al protagonista. Todo dependía de la historia y el motivo por el cual quisiera contarla.

También cayó sobre él la tarea de instruir a Hyoga en el habla del griego antiguo, lengua común a todos los santos de Atenea.

Hyoga no hablaba mucho, tampoco hacía cosas inesperadas y usualmente cumplía con todo lo que se le pedía sin ninguna clase de queja. No hablaba mucho e Isaak tampoco lo forzaba a hacerlo, incluso cuando el rubio no supo revelar su motivo para estar entrenando allí a su lado, simplemente supuso que tenía una razón similar a la propia y lo trató bien en base a esa idea.

Pensaba que sus ideales eran los mismos y tardaría mucho tiempo en darse cuenta de que estaba equivocado. Camus fue un remplazo excelente para su padre, pero desconocía que no ocurría lo mismo con la figura materna de Hyoga. Sus infancias habían sido muy distintas desde el inicio, la falta de contacto humano y reclusión de Isaak en contraposición a la constante atención que Hyoga recibía por parte de los pretendientes y fanáticos de su madre —una reconocida bailarina de ballet—, los formaron con estigmas diferentes a través de los cuales juzgar a las personas a su alrededor.

Quizás Camus lo sabía; cuando alguien está rodeado por frialdad suele volverse cálido o buscar calidez para sobrevivir por puro instinto; en el caso opuesto, alguien rodeado por un calor abrazador busca alejarse de la fuente o intenta cubrirse de las llamas de cualquier manera posible. Quizás Camus sabía lo que iba a ocurrir, o al menos podía imaginárselo, porque jamás trató a Isaak de la misma forma que a Hyoga.

Con Isaak siempre fue mucho más amable.

Los tres lo sabían, pero ninguno hablaba sobre ello.

Camus de Acuario, el onceavo caballero de oro al servicio de la diosa Atenea; solía compartir hechos con uno de sus alumnos que buscaba mantener en secreto del otro: Isaak era consciente de la mala situación en el Santuario; no al cien por ciento, pero sabía que era lo suficientemente grave como para hacer que su maestro dejase de sonreír definitivamente. Claro, a veces elevaba las comisuras de sus labios en un acto pobre de interpretación, pero Isaak lo conocía y lo había visto sonreír —una expresión natural de alegría común a los humanos— varias veces en el pasado.

Su maestro le confesaba esa clase de pequeños secretos y pedía que los mantuviese así, solo entre ellos dos. Isaak lo tomó como una señal de confianza hacia su persona.

De cualquier modo, Isaak los amaba a ambos por igual. Ellos se habían convertido en su familia con el pasar de los años y llegó al punto en que fue incapaz de imaginar una vida sin alguno de los dos presente. Decidió que su destino sería servir a la diosa Atenea, se convertiría en un santo capaz de ayudar a las personas y volvería a recorrer el mundo con esa misión en mente.

Al igual que Camus le pedía que guardase ciertos secretos, Isaak se lo pedía a Hyoga. Claro que amaba a Atenea, al menos su idea de ella y más por extensión de su maestro que otra cosa; pero nunca consiguió olvidar a los grandes reyes, guerreros y monstruos sobre los cuales su padre le contaba cuentos de pequeño; cuentos que a veces compartía con su compañero.

En verdad apreciaba a aquél chico como a un hermano. Continuó haciéndolo incluso luego de discutir por primera vez; la primera y última discusión que tuvieron como compañeros. Porque Hyoga continuaba pensando en su madre —muerta y aprisionada en el fondo del mar—, como su única familia. Su única luz.

Isaak pensó muchas cosas en el momento del accidente que vino a continuación de esa pelea inútil. Se sintió hecho a un lado de la peor manera posible, pero aún así decidió correr para entrar al agua cuando Hyoga no salió a flote. Incluso si todavía no era un santo, Camus se decepcionaría de saber que no consiguió proteger a alguien que le importaba. Cuando encontró a su compañero en las profundidades, más que el peligro de las aguas furiosas o la potencia de la corriente, lo impactó la visión de la determinación de Hyoga aferrado, aun inconsciente, al barco en que su madre se había hundido.

Recordó a Acuario revistiendo el cuerpo de su maestro, protegiéndolo de manera incondicional de cualquier mal. Se recordó a sí mismo ignorando la realidad y esperando a que su propio padre muerto abriera los ojos al final de un invierno que, en el fondo sabía, nunca acabaría. Recordó que su maestro alguna vez le dijo que el amor era algo que todos los caballeros debían proteger, así como tener presente.

Fue con el corazón pesado y la mente limpia que decidió dar su vida a cambio de la de Hyoga, el próximo caballero de la constelación del Cisne. Lo alejó de la corriente con todas sus fuerzas y aceptó que su propio destino no podía ser decidido por él mismo.

Aquél día le dijo adiós a la Tierra que alguna vez deseó proteger.


«Aquellos marineros afortunados que conseguían escapar de él, gracias a caer al agua durante su ataque, no siempre lograban regresar a tierra firme.

Mas los perseverantes y fuertes eran capaces de contar la historia una vez de regreso en su hogar.»


A/N: Pensé iniciar ésta historia el 17/02 porque es el cumpleaños de su protagonista (y el mío también). No soy capaz de prometer la trama o narración más alucinantes del universo, pero espero que a quien llegue a interesarle no se decepcione con la manera en que avanzará o el tiempo que me tomará. Dejo claro desde ya que mi plan actual es darle un final remotamente feliz, siendo que es un regalo de cumpleaños, más o menos.

*Lawtan es el análogo judío del Leviatán hebreo.

«éstos separadores» contienen información extraída de distintas páginas web, para quienes tengan curiosidad:

-La leyenda del Kraken, en Duarry Difusión

-La leyenda del Kraken, en El Kronoscopio