Yuuri no se consideraba un solitario. No al menos desde el punto de vista japonés. Salía en alguna que otra ocasión con sus amigos, visitaba a sus padres y su hermana tan a menudo cómo le era posible y tenía algunos conocidos tanto en el trabajo como en la universidad. Sin embargo, no podía evitar que el amargo sentimiento de la soledad le sacudiera el pecho cada vez que regresaba a su pequeño departamento, dónde nadie esperaba para recibirle cariñosamente, y dónde el pesado silencio le obligaba a encender el televisor para sentirse, aunque fuera por un instante, algo acompañado. Yuuri era japonés, y eso había incentivado su creencia de que no tenía nada, al menos en el plano físico, que ofrecer. Después de todo, en Japón habían ciento veintiocho millones de nipones con sus mismos rasgos que convertían la sensación de mediocridad en un sentimiento aplastante y certero. El mismo cabello oscuro, los mismos ojos marrones y rasgados, la misma delicada y pálida piel, tales datos convencían a Yuuri de que era alguien demasiado del montón para siquiera soñar en atraer la atención de alguien. Yuuri era demasiado tímido para salir a esas alocadas fiestas a las que Pichit solía invitarle. O para entablar conversación siquiera con el chico atractivo de la clase. Tenía demasiada tendencia a subestimarse, quizás porque, en algún punto de su infancia, había sido un niño gordito al que le costaba hacer amigos y que no solía llamar la atención. Todo ese conjunto de creencias le habían llevado a auto-aislarse y proteger su corazón de un sentimiento que creía vetado a su persona. Después de todo, ni siquiera era guapo. Tal vez, por esa misma razón, algo le llevó a desviar su mirada del suelo en ese trayecto que había realizado cientos de veces de regreso a su hogar. Su mirada se prendó al instante del pequeño escaparate dónde los pequeños animalitos se removían inquietos tratando de llamar su atención. Ni siquiera se había percatado antes de que hubiera una tienda de mascotas en esa calle en particular. Llevado por la curiosidad y el atrayente encanto de los grandes ojos brillantes de esos cachorros, Yuuri se decidió a entrar. Y tal vez, tal vez, por la tonta idea de que una mascota tampoco era un mal remedio a la soledad que parecía arraigada en su apartamento desde que lo arrendó.
Con la nariz firmemente enterrada en su bufanda y gestos tímidos, Yuuri se adentró en el exótico lugar, recolocándose sus lentes de pasta azul. Olía a animal y a incienso, lo cuál le resultó curioso. El lugar de hecho, no encajaba del todo en lo que Yuuri hubiera creído que debía ser ese tipo de local. Pero tampoco era cómo si frecuentara esa clase de sitios a menudo, por lo que no le prestó mayor atención al asunto. Se movió lentamente por el oscuro lugar, curioseando aquí y allá en las grandes jaulas o en los recintos acristalados, esbozando de tanto en cuánto alguna sonrisa divertida por las monerías que alguno de sus habitantes realizaban para llamar su atención. Pasó por la sección de canes con un leve sentimiento nostálgico arraigado a su pecho. Había tenido un pequeño poodle castaño de niño, pero este había muerto mientras se hallaba de viaje de estudios en Detroit y ni siquiera había podido despedirse. Se había jurado no volver a tener mascota después del amargo trago, entre lágrimas de tristeza. "Lo siento, Vicchan." se disculpó internamente con su perro, aunque, en realidad, no era cómo si tuviera pensado adquirir sí o sí una mascota ese día. Tan solo curioseaba. Solo eso.
Se dirigió a la sección de felinos y no pudo evitar alzar las cejas con sorpresa cuándo un pequeño gato atigrado le bufó con desdén. Definitivamente, gatos no. Aunque su pendenciera actitud pudiera resultar útil teniendo en cuenta que pasaba la mayor parte de su tiempo en la universidad o el trabajo. Sonrió con diversión al contemplar un pequeño recinto repleto de hámsters. Esto hubiera resultado en las delicias de su mejor amigo, un auténtico fanático de tales animalitos. Probablemente hubiera salido de esa tienda con una buena camada de dichos roedores entre sus brazos, dispuesto a aunarlos a su ya envidiable caterva. Pasó de largo de la sección y no pudo evitar retroceder un paso al advertir la enorme pitón que le contemplaba con interés y ojos fríos desde su posición en una gruesa rama. Por suerte, el cristal mantenía al reptil a segura distancia del atemorizado japonés. Pasó rápidamente a la siguiente sección. Una camada de conejos saltarines le recibió alegremente y Yuuri sonrió. El peludo y esponjoso pelaje invitaba a acariciar a tan simpáticas criaturas, y sus ojos redondos y brillantes parecían tramar alguna travesura. Excepto... Excepto, tal vez, por ese conejo de aspecto solitario, acurrucado en un rincón del pequeño recinto. Yuuri lo contempló con curiosidad y un extraño sentimiento de solidaridad pulsando en su pecho. Era algo grande, más que el resto de conejos. Su pelaje plateado algo deslustrado, cómo si la amarga sensación que parecía desprender se hubiera exteriorizado. Tenía unas largas orejas de aspecto vivaracho, pero que caían ahora depresivamente a cada costado de su cabeza. Y unos hermosos y tristes ojos aguamarina que no parecían interesados en su alrededor. Ni siquiera había hecho el intento de acercarse a la pequeña parvada de conejos que saltaban con energía al borde del cristal, tratando de ser elegidos. Yuuri acarició el lomo de uno de ellos, sonriendo tenuemente al percibir el leve temblor del animalito bajo su mano, extasiado por los mimos, y las húmedas y sonrosadas narices que se habían aproximado a olisquear, traviesas. Pero, por alguna razón, sus ojos no podían apartarse de ese conejo plateado, triste y solitario, que acababa de darle la espalda a la escena cómo si le hiriera o le ofendiera de algún modo. Antes de darse cuenta de lo que hacía, sus manos se habían dirigido al animal y habían rascado la peluda cabecita, tras sus orejas. Y antes de preguntarse si era correcto o no, o si tal vez recibiría alguna amonestación por sacar a uno de los animales de su recinto, lo había alzado en brazos y lo había acurrucado contra su pecho, sintiendo el envarado cuerpo del conejo contra él. Sus ojos azules totalmente redondos y sorprendidos, cómo si no pudiera creer lo que sucedía.
- Veo que ya has elegido.- la voz, a sus espaldas, le dio un susto de muerte. Yuuri se puso tieso y giró sobre sus talones, enrojeciendo hasta la raíz del pelo por su descortesía.
- Lo lamento! Yo no...- quiso disculparse, pero las palabras se le atoraron en la garganta al contemplar al dueño de esa voz modulada. No estaba seguro de si se trataba de un hombre joven o simplemente atemporal. De hecho, ni siquiera estaba seguro de que se tratara de un hombre. El largo cabello negro caía en cascada, lacio, por sus hombros, ocultando parcialmente la placa con su nombre que llevaba prendida en su delantal. Su rostro, afilado y pálido, era lo suficientemente bello y androgino cómo para confundir a Yuuri, que no sabía dónde desviar la mirada, demasiado nervioso por esos intimidantes ojos celestes que parecían estar atravesándole el alma.- Yo no...no voy a llevármelo...quiero decir...- trató de explicarse. Pero el hombre tendió una mano hacia él, aparentemente en espera de algo.- Eh...- balbuceó el japonés, confundido. Los finos y largos dedos se doblaron y extendieron un par de veces, reclamando.
- Será un yen.- explicó finalmente el misterioso tendero, esbozando una sonrisa ladina que erizó la piel de Yuuri. Pero la sensación fue rápidamente desvanecida al percatarse de lo que ese hombre le pedía.
- Un yen!?- exclamó, perplejo.- Tan barato?- musitó, lanzando una mirada sorprendida al peludo conejo entre sus brazos, cuyas orejas se removían ahora, erguidas e inquietas, y frotaba su rosada nariz con auténtica felicidad contra su jersey. Yuuri no pudo evitar que una sonrisa divertida se asomara a sus labios, enternecido. No tenía una idea aproximada de cuánto podía valer un conejo en la economía actual, pero había supuesto que un animal de esas características valdría definitivamente más que eso.
- Será un yen.- repitió el hombre, realizando de nuevo el gesto con sus dedos. Instintivamente, Yuuri llevó una mano a su bolsillo y encontró la redonda pieza, tendiéndosela al tendero. La sonrisa de este se ensanchó, astuta.- Enhorabuena, acabas de adquirir un compañero, Yuuri. Estoy seguro de que Victor estará muy complacido.- y dicho esto, el hombre dio media vuelta con un vuelo de su larga cabellera y se adentró en la trastienda. "Victor?" pensó el japonés, extrañado. Miró de nuevo al animalito entre sus brazos, que le contemplaba ahora con ojos brillantes y encandilados. "Extraño nombre para un conejo..." se dijo, parpadeando con desconcierto. Y, justo entonces, se percató de lo que acababa de suceder.
- Un momento!- exclamó, entrando levemente en pánico.- Yo no..!- quiso enmendar el error, siguiendo al tendero a la trastienda. Pero tras retirar la cortinilla que la separaba del local se percató que no había nadie en la diminuta sala.- Dónde...?- balbuceó, perplejo.-Le dije mi nombre?- musitó entonces, su ceño frunciéndose al percatarse de ese misterioso detalle. Un ruidito complacido entre sus brazos llamó su atención. Miró de nuevo a lo que, parecía ser, acababa de convertirse en su nueva mascota.- Demonios...- suspiró, derrotado. Yuuri salió del local con la vaga sensación de haber sido engañado de algún modo. Un nuevo suspiro escapó de sus labios mientras abrigaba al pequeño animal del frío exterior, cubriéndolo con su abrigo. De todos modos...qué tan difícil podía ser cuidar de un conejo?
Eso no podía estar pasando. No. No no no no no. Yuuri trató de recordar, aterrado, si había habido algo extraño en su trato con ese misterioso tendero. Pero habían mantenido las distancias todo el tiempo, no? Habría sido el incienso? Oh! Ahora que recordaba, sus dedos se habían rozado ligeramente cuándo le tendió la moneda. Podría tratarse de una de esas drogas de contacto? Después de todo, se escuchaban historias escalofriantes a diario... Por que, evidentemente, Yuuri había sido drogado. Por supuesto. No podía haber otra explicación para el hecho de que, en cuánto había cruzado el portal de su casa, el peludo conejo se hubiera convertido repentinamente en ese hombre alto y atractivo, que debía rondar la treintena, y que se hallaba en esos instantes sobre él frotando su nariz felizmente contra su cuello. Tenían que ser drogas. O había perdido irremediablemente la cabeza.
- Qué...? Cómo...? Cuándo!?- exclamó, reaccionando al fin y tratando de desembarazarse del pesado cuerpo que le mantenía inmóvil contra el suelo de su recibidor.
- Yuuri!- ronroneaba el extraño, su sedoso cabello largo y plateado haciéndole cosquillas en la nariz.- Yuuri! Gracias por elegirme! No te arrepentirás, lo prometo!- sus fuertes brazos rodearon la cintura del japonés, al tiempo que sus largas orejas vibraban de emoción. "Orejas..." pensó para sí Yuuri, anonadado. "Orejas!?". Sus ojos contemplaron con auténtico pasmo el par de orejas plateadas, evidentemente conejiles, en lo alto de su cabeza.
- Esto...esto no puede estar pasando...No es real...me he golpeado la cabeza? Sí, eso debe ser...Probablemente...- balbuceaba fuera de control, aún con el pesado cuerpo del extraño sobre él, retozando cual animalillo. De hecho...demasiado. Esos movimientos comenzaban a acercarse demasiado a lo indecente...- Qué...?- farfulló.
- Yuuri...- susurró el hombre, en un tono de voz alegre y, definitivamente, seductor.- Yuuri...- ronroneó, moviéndose de un modo que logró hacer enrojecer al joven japonés. No no no no...absolutamente debía tratarse de una pesadilla...O bueno...de un sueño demasiado vivido. Pero definitivamente era algo que debía aterrarle, no provocarle una maldita erección! Yuuri entró en pánico al percibir los largos dedos del hombre tratando de adentrarse en sus pantalones.
- Esp...espera...- jadeó, casi soltando un gallo cuándo el hombre logró su objetivo. Trató de separar el atlético cuerpo del suyo con sus manos. Pero solo consiguió ruborizarse aún más al percibir el calor, la suave piel bajo sus palmas y los torneados y trabajados músculos del pecho de ese extraño. Hacía demasiado tiempo que no tocaba a nadie ni era tocado de ese modo... Un gemido involuntario se le escapó de sus labios apretados al percibir el delicioso masaje del que estaba siendo víctima su endurecido miembro. Oh! Mierda! Eso se sentía demasiado bien...Demasiado... Sus pensamientos se difuminaron cómo espuma cuándo sintió sus pantalones siendo jalados junto con su ropa interior. Y no pudo evitar tragar con fuerza al advertir la encendida mirada azul de ese extraño, y su lengua humedeciendo sus labios con deleite. Comprendió la razón de tan erótico gesto cuándo sintió un par de dedos juguetones moviéndose con travesura hacia su entrada, demasiado expuesta a ese loco violador que se había colado en su casa en forma de conejo. Y casi soltó un chillido, casi, al sentirse invadido tan ruda, y al mismo tiempo, tan placenteramente en un acto que, debía admitir, le daba un poco de vergüenza aceptar nunca había realizado. Nunca había llegado tan lejos. Y...se sentía tan caliente...Tan malditamente perfecta la forma en que esos largos dedos se movían en él. Yuuri se llevó ambas manos a la boca, queriendo contener los indecentes gemidos que se le escapaban pese a tratar de retenerlos con todas sus fuerzas. No debería sentirse tan bien... No debería...estar disfrutándolo tanto...
- El interior de Yuuri es tan estrecho...- oyó jadear en su oído al hombre, prácticamente cubriendo su rostro con sus largos cabellos. Y con una mirada tan erótica que, sin darse cuenta, Yuuri se contrajo entorno a esos dedos que le torturaban tan gustosamente. Y, de algún modo, eso debió parecerle a ese extraño algún tipo de señal. Por que, sin previo aviso, retiró sus dedos de su interior y le aferró, con una mirada tan fogosa que debería ser ilegal, por debajo de las rodillas para abrir sus piernas de un modo que Yuuri sintió demasiado vergonzoso. La punta de esa lengua rosada asomó una vez más entre esos labios pecaminosos y un brillo particularmente ardiente relució por unos instantes en esos ojos aguamarina. Justo antes de percibir algo demasiado grande tratando de hacerse hueco entre sus nalgas.
- No!- exclamó el joven japonés, a medias aterrado a medias jadeante.- Es demasiado grande... No puede...!- quiso advertir. Pero las palabras se atoraron en su garganta, convertidas en un gemido, al percibir la intempestiva intrusión. Ese estúpido conejo calenturiento se había inclinado hacia adelante y se había enfundado en su trasero de una sola estocada. Y Yuuri no podía creer lo doloroso que resultaba. Y lo extrañamente placentero. Definitivamente había algo mal en él. Porque no podía sentirse doblemente excitado al escuchar el ronco gemido de ese hombre al sentir su interior estrechándolo con tanta persistencia. No debería estar emitiendo él mismo esos sonidos indecorosos, aferrado a su bufanda cómo si le fuera la vida, ante el vaivén delicioso y candente que le llenaba tan dentro, y tan gustosamente que sentía que iba a venirse de un momento a otro. Definitivamente, no podía estar disfrutando tanto ese encuentro que le tenía al borde.
- Yuuri.- escuchó el gimoteo del otro, tan seductor y ardiente que envió una corriente por su espina dorsal.- Si sigues poniendo esa cara voy a correrme.- jadeó, las palabras ahogadas por la falta de aire y el calor que estaban desprendiendo sus cuerpos.- Me...vendré dentro de Yuuri. Está bien?- gimió, casi en una súplica. Sus movimientos se tornaron más rápidos, el golpeteo contra sus glúteos más fuerte. Yuuri sintió que perdía el aliento por un instante cuándo quiso negar.
- No se te ocu...!- quiso exclamar. Pero fue demasiado tarde. Porque ese conejo pervertido acababa de correrse gloriosamente con un gemido ronco, llenándole tan profunda y abundantemente que Yuuri no pudo retener la explosión líquida que le invadió y atenazó sus músculos en un orgasmo tan intenso que creyó que se moría. Así tal cuál.
- Yuuri...Yuuri...- ronroneó el hombre de cabellos plateados, aferrándolo fuertemente por la cintura y moviéndose aún juguetonamente en su interior, provocando un desastre en el suelo cuándo el exceso de perlado liquido comenzó a escurrir de su aún llena entrada. Yuuri jadeó, exhausto, desubicado y anonadado. Y entonces la vena de su sien se inflamó con toda la fuerza de la furia que le arremetió en ese instante.
- Tú! Conejo violador!- bramó, dándole un sonoro capón en la coronilla que provocó un lastimero gemido del hombre, el cuál se apartó por fin, con un impúdico sonido húmedo de succión, y se sentó en el suelo, sintiéndose regañado injustamente. Yuuri se estremeció al percibir el repentino vacío en su trasero, aún furioso, y lanzó una mirada airada al hombre, el cuál había agachado sus orejas de conejo con aparente arrepentimiento.- Qué te crees que estas haciendo!- gruñó, sentándose a su vez y cruzándose de brazos, logrando que el otro se encogiera un poco más ante su actitud de reprimenda.
- Pero Yuuri también lo quería!- se defendió el hombre con un puchero afligido.- Cuándo te toqué también estabas duro!- exclamó. Yuuri cerró la boca, repentinamente mudo. Bueno, eso no podía negarlo... El japonés suspiró, derrotado por los mohines frustrados de ese extraño hombre, el cuál se sobaba el lugar dónde había recibido el doloroso coscorrón. Yuuri se arrepintió un poco de ello. Contaría eso cómo crueldad animal? Aunque...teniendo en cuenta que acababa de tener sexo con su mascota...no le situaba eso en un peldaño mucho más bajo y oscuro de perversión? Yuuri frotó su frente con desesperación. Necesitaba llamar a la tienda de animales y devolver a ese animal calenturiento. Hurgó unos segundos en su abrigo, y al no encontrar lo que buscaba quiso buscar en los bolsillos de sus tejanos. Entonces se percató de que aún se hallaba medio desnudo, con el semen de ese conejo pervertido escurriendo de su dolorido trasero. Su sonrojo se tornó recalcitrante.
- Por el momento, ve a la ducha.- ordenó, logrando de inmediato una sonrisa brillante y una mirada chispeante de emoción.
- Una ducha con Yuuri?- preguntó esperanzado el hombre. Pero su esperanza se apagó cómo una vela y tragó con dureza al advertir la mirada entornada que el pequeño japonés le estaba dirigiendo. Sin necesidad de que se lo repitieran dos veces, Victor se puso en pie de un salto y se adentró en el pequeño departamento en busca del cuarto de baño, proporcionándole a Yuuri, sin percatarse, una gloriosa perspectiva de su apretado trasero y su espalda ancha y torneada. Al final de la cuál una esponjosa cola conejil se removía inquieta. Yuuri se llevó una mano a la frente y echó su cabeza hacia atrás, queriendo despertar de ese extraño sueño que le tenía atrapado. Solo que el dolor en su trasero no le dejaba pensar.
Yuuri se hallaba sentado en el suelo, en medio de su diminuto salón-comedor, contemplando de pies y brazos cruzados al curioso hombre que se movía de un lado a otro inspeccionando el lugar. Debía admitir, al menos, que era atractivo. Demasiado incluso. Si no fuera por lo extraño de la situación, hubiera jurado que se trataba de algún extranjero. Quizá eslavo. Del norte definitivamente, a juzgar por su cabello plateado, sus ojos claros y su piel pálida. Era alto y de espaldas anchas, con un cuerpo moldeado y agradable que le había permitido inmovilizarle al llegar a casa. Aunque, también debía admitir, no era cómo si Yuuri se hubiera resistido mucho... El joven japonés suspiró para sí, avergonzado de sí mismo. Hacía tanto que no tenía contacto humano, exceptuando a Pichit y su propia familia, que simplemente se había dejado llevar por la avalancha de placenteras sensaciones..."Cuenta eso cómo contacto humano?" se preguntó por un efímero instante, observando las inquietas y largas orejas y la esponjosa cola sobresaliendo del pantalón de pijama que le había prestado tras salir de la ducha. Y que le venía excesivamente pequeño. No era de extrañar, después de todo, Yuuri era demasiado bajito, demasiado poca cosa, para cumplir con las expectativas de nadie. Incluso aunque intentaba mantener su cuerpo tan en forma cómo su apretada rutina le permitía. Hasta hacía deporte regularmente, aunque había abandonado la idea de un gimnasio cuándo se percató de que ni en mil vidas iba a conseguir el músculo necesario para atraer, quizá, alguna mirada interesada. El japonés suspiró de nuevo, frustrado. Después de ducharse él mismo, había intentado encontrar alguna tarjeta con los datos de la tienda de animales solo para percatarse, instantes después, de que ni siquiera se había hecho con una. El único remedio sería cobijar a ese conejo calenturiento en su hogar hasta que, al día siguiente, lograra devolverlo. Y reclamar algunas explicaciones. Y una compensación por su manchado honor de doncella. Yuuri se ruborizó. Tal vez eso último no era necesario comentarlo...
- Entonces...- musitó, aún sin saber qué hacer. De inmediato, la atención del hombre se centró en él y se sentó en el suelo, a su lado, sonriendo con entusiasmo.- Quiero decir... realmente eres...un conejo.- el hombre asintió con fervor y se acercó un poco más.- Te llamas Victor?- quiso aclarar, consiguiendo un nuevo asentimiento. Y un nuevo acercamiento del hombre, que prácticamente había pegado su desnudo hombro contra el suyo, alegre. Yuuri se tensó un tanto al percibir la cabeza del otro recargándose cómodamente sobre su coronilla, sus largos cabellos haciéndole cosquillas al deslizarse por su espalda.
- Yuuri huele muy bien...- ronroneó Victor, meneando la nariz con satisfacción. Y logrando que el rubor del japonés se hiciera más visible.- Y es precioso...porqué Yuuri no ha conseguido un compañero hasta ahora?- preguntó, recargando más relajadamente su peso sobre el pequeño hombro del japonés. El cuál sintió la cuchillada directamente en su espalda. "Ugh...eso ha sido un golpe bajo..." pensó Yuuri, amargo.
- No soy precioso.- desmintió, frunciendo el ceño con disgusto y pensando que, probablemente, ese conejo demente tan solo se estaba burlando de él y su patética situación.- Solo soy un japonés promedio, sin atractivo ni talentos.- musitó, casi para sí mismo, repitiendo lo que llevaba diciéndose desde que tenía uso de razón.
- Eso no es cierto!- exclamó Victor, frunciendo el ceño con molestia, sus orejas meneándose con idéntico sentimiento.- Muchos japoneses entraron en la tienda antes. Pero cuándo Yuuri lo hizo...creí que no tenía ninguna oportunidad de ser elegido por alguien tan lindo!- expuso, demasiado vergonzosamente para un tímido y pudoroso japonés de tradición recatada. Excepto por lo que había sucedido en la entrada, la cuál, por cierto, había tenido que limpiar mientras ese conejo traicionero se duchaba, muriéndose de la vergüenza por el desastre ocasionado.- Pero Yuuri me escogió.- sonrió dulcemente Victor, su mirada encendiéndose entusiasmada.- Creí que eso nunca pasaría...- le oyó musitar, con un deje entristecido en su voz. Yuuri contempló el repentinamente amargo rostro del hombre y sintió la tentación de consolarlo. "Por qué no?" se dijo. Después de todo, Victor era su mascota. Al menos hasta que la devolviera al día siguiente. Aunque ahora sentía una pequeña punzada de culpabilidad por ello. Alzó una mano y acarició el suave cabello en una caricia confortante. Y no pudo evitar la tenue sonrisa divertida y dulce que quería formarse en sus labios al ver cómo ese conejo zalamero se dejaba deslizar hasta apoyar su cabeza en su regazo, obviamente disfrutando de los mimos.
