FIC
Mi Príncipe Dragón
Por Mayra Exitosa
Esta historia es cono ideas de Karen Exitosa, ella ya tiene su historia, me la contó para que la escribiera, esto fue a mediados de abril de 2019, solo hasta hoy, no tiene mucho que ver con lo que me contó, pero una promesa… es una promesa y espero les guste.
Hacía más de mil años, que el Rey para salvar a su reina, lo habría dado todo, hasta que dio con esa bestia infernal, la más grande, la más poderosa, tenía las siete habilidades más temidas de los dragones y era el último de su especie, había agonizado porque perdió a su ultimo descendiente, estaba deseoso de morir, pero el Rey tenía otros planes, no dejaría que nadie lo tocara, no sin antes que él salvara a su reina, la única mujer a la que más había amado y por la que daría su vida.
Mentalmente consiguió comunicarse con él, teniendo el brebaje de un dragón que había fallecido y así podría lograr pedirle ese enorme favor…
- ¡Te lo suplico! Sin ella, mi vida no tiene sentido.
- Los de tu especie, le quitaron el sentido de vivir a la mía. Ya no quiero vivir, mi descendiente está muerto.
- Pídeme lo que quieras, pero sálvala, solo tu puedes hacerlo, lo sabes.
- Si la salvará… ella sería mía. ¿Estás dispuesto a perderla?
- Porque habría de perderla… si ella me ama.
- Su cuerpo sería como el mío, su sangre, como la mía, sería como… una descendiente de los míos.
- Y yo te estaría agradecido eternamente, porque ella … ella es el motivo de mi vida.
- No habría vuelta atrás. Ni arrepentimientos.
El dragón enorme lo miraba pensativo, meditando lo que respondía, era como una vendetta (venganza)personal, una forma de vengar la muerte de su único descendiente y a la vez, una forma de volver a obtenerlo, esta vez con el consentimiento de una hembra de la especie humana.
- Te prometo que no me arrepentiré, hace muchos años, le prometí mi amor y ahora que regreso, mírala, el acido de uno de los tuyos, me la está matando lentamente.
La mujer agonizaba, con un brazo y una pierna escamada, el Rey le colocaba a su bella amada en su mano, entre sus garras, con lagrimas de angustia, sabiendo que, con molestarlo un poco, el dragón podría terminar con su preciada vida, pero ya era lo único que tenía, ya no podía hacer más.
El dragón le dijo lo que requería, piedras azules de un lugar lejano, que la mujer se quedaría con él, hasta sanar, mientras traía dichas piedras, al estar solo frente al dragón, temía que para su regreso ya su mujer no estuviera con vida, pero tenía que confiar en él, porque de otra manera esa misma noche podía el acido tomar parte de su cuello.
Apenas le beso con ardor y pasión, la cubrió con pieles suaves y le prometió de nuevo volver por ella. La reina, le entregó su corona, le dijo que su corazón siempre sería suyo, que el ya había dado lo suficiente por ella, si no sobrevivía, en el otro mundo, se encontrarían.
Pasó la noche, apareció un hombre desnudo por completo frente a la reina, su piel era gris y su textura suave, su mirada brillante en un color cielo, sus garras enormes, ahora eran manos con uñas muy afiladas, la espalda escondía como si de un ángel se tratara, un par de alas de piel fina y estructuras óseas afines.
- ¿Quién eres tú? ¿Dónde está el dragón?
- Soy el dragón. Me he transformado en hombre, para poder curarte… lo que haré contigo, jamás se lo dirás a nadie, ni siquiera a tu rey, ni a ningún ser viviente. Si lo llegas a contar, morirás irremediablemente, este es mi secreto, lo que me hace vivir tanto, mi vida se extinguirá, pero solo a través de tu silencio… podré tener vida.
- Mi Rey te traerá las piedras, no lo traiciones, si deseas venganza, mátame de una vez, pero si realmente quieres ayudarme, sálvame, no contaré nada y déjame ir con mi rey.
- Así será, te salvaré y para cuando regreses tu rey… ya no estaré aquí.
Lo que pasaría en tres semanas, se hicieron tres meses, por fin traía las piedras, sin embargo recordaba un sentimiento de haberla perdido lo invadía y su nostalgia por recodar cuando la había conocido, cuando la había vuelto a encontrar y para finalizar, cuando por fin la había hecho su esposa, aparecía un dragón lanzando acido y ella casi moría, hoy en su corazón había una pesadez como si ya no la sintiera, como si ya no la fuera a encontrar, las piedras habían sido un desafío muy grande y al regresar, había una mujer lavando en el río, no recordaba haber visto a nadie antes de llegar a ver la cueva del dragón, la mujer estaba cubierta de tela blanca, de pies a cabeza, al girar a verlo, por escuchar sus pasos, ella sonrió.
Era su mujer, estaba sana, tranquila, serena, al ver que se levantaba la tela de una de sus piernas, donde esta había sido devorada por el ácido, ahora ya no había nada, su brazo tampoco tenía la piel escamada, corría acercándose a ella, llevando las piedras azules que le habían pedido, estas eran del fondo de un lago, tuvo mucho que hacer para poderlas sacar, pero ahí estaban, llevo cinco piedras. Cumpliendo su palabra, el Rey quiso entrar a la cueva, pero ella no se lo permitió, tomo las piedras, las llevó dentro y salió horas después con la misma tela que portaba como vestido mal hecho.
- Vamos mi Rey. Ya no tenemos que estar aquí, hemos cumplido.
- Pero… quiero darle las gracias por haberte salvado, quería darle personalmente las piedras.
- El no está, me dio la orden de que dejáramos las piedras, en un lugar dentro de su cueva, nos iremos y jamás volveremos atrás.
- Lo que tu digas mi Reina.
La reina jamás contó como la curó, pero sus descendientes, fueron muy diferentes, ninguno parecía cien por ciento humano, su sangre se había mezclado con la del dragón, ¿o es que eran hijos del dragón?, pero el Rey nada le importaba, para el eran humanos y eran suyos, primero una hija, luego dos hijos, una más pequeña al final y sus descendientes eran ahora los herederos del territorio más basto y abundante.
La reina murió muchos años después que él Rey, vio a sus hijos formarse en adultos y estos en padres. De sus descendientes dos de ellos no tuvieron hijos, pero los otros dos si lo hicieron, su sangre era tan fuerte, como la del mismo dragón, su piel blanca azulina, en algunos de sus nietos, en otros grisácea, con ello eran relegados y se cubrían la piel avergonzados para no asustar a sus súbditos. La reina madre nunca contó la verdad, no podía defraudar a quien le salvó la vida, ella falleció, después de haber desaparecido en aquella cueva de aquel dragón junto a la piedra azul que quedaba, pues cuatro de ellas ya no estaban desde que el Rey padre las había llevado.
En la ultima piedra, la tenía en sus manos cubierta como un tesoro, escondida ya con más de cien años de vida, por fin se iba.
Muchos años pasaban después, de los sobrevivientes solo quedaba un rey, un tataranieto de la reina madre, un hombre enorme, tosco y despiadado. Se había casado con una dulce y hermosa mujer, a la que desposaba y la hacía su reina, ella era de tez muy blanca de cabellos dorados, de ojos azules como el cielo, de hermosos y finos rasgos. El rey descendiente le contaba años después, cuando había nacido su hijo, su secreto más íntimo, que el descendía de los dragones, que ya no había nadie como él, que no deseaba darle una mala vida a nadie, que el simplemente, no quería perderla.
La reina joven, asustada, corría a ver a su pequeño hijito, lo miraba una y otra vez, notando que no había nada en él diferente, era cierto que su esposo era muy grande, pero jamás la había tratado mal, jamás le había faltado al respeto y era muy amoroso, sin embargo, al saber lo que su marido le había dicho, no volvió a tener más hijos.
Aquí es donde comienza la historia, años después…
El rey era amenazado de muerte, matarían a su hijo y eso era una maldición de un hechicero, así usando todo su intelecto, viendo a su pequeño hijo, fue cambiado por otro niño, a quien trato y cuido como su fuera suyo. A su mas leal súbdito, le encomendó llevarse a su único hijo, antes con la marca de nacimiento de ser el heredero, la madre del pequeño, le aseguraba que no tuviera miedo, que era por su bien, que ella siempre estaría cerca de él, aunque no se vieran, ellos se comunicarían.
El rey confiado por su cambio de hijo se tranquilizaba. Una tarde que intentaron robar al pequeño, amenazaban a la reina, entrado en colera el Rey, extendió un brazo sacando unas uñas largas y afiladas, desgarrando a los tres hombres que ahí se encontraban, la reina, se escondía llorando en su pecho y el pequeño hijo, estaba muerto en su habitación.
Ambos padres lloraron, cerrando el ataúd de su pequeño supuesto hijo de casi ya diez años. La madre mantuvo el luto, el padre guardo silencio y una noche de manera furtiva, ambos reyes salieron a escondidas, visitando a su vástago en un gran castillo, su hijo los escucho llegar, mucho antes de que entraran, transformado en un dragón el jovencito príncipe Albert, los sorprendía, ahora el podía transformarse si lo deseaba, volviendo a su forma natural, a sus padres, abrazaba. La madre asombrada, confirmaba,
- ¡Mi hijo! ¡Es un dragón!
- Igual que yo, lo siento querida mía. Sabes que no pude evitar amarte.
- ¡Oh mi Rey! Jamás en mi vida renunciaría a ti. Si eres un dragón, transformado en hombre, solo deseo que nadie más lo sepa. Que soy madre de mi hijo y me considero una fiera para defenderlo.
- Tal vez alguien se enteró y por eso lanzaron la maldición contra mi descendiente, pero ya ves, ahora todos lo creen muerto y mira aquí, todo un joven hombre, ya domina lo que tarde años en perfeccionar. Su fiel súbdito, se acercaba y comentaba que la furia y el temor lo transformaba.
Los reyes regresaron a su castillo, pero algo se fraguaba ahí, sus parientes más cercanos ya mostraban interés en los bienes, desconociendo que el joven Albert vivía en otro lugar, siendo este el verdadero descendiente del rey y la reina.
Un reino lejano y vecino de sus tierras, deseaba casar a su hija con un príncipe, sin embargo, al igual que el reino de San Andrew, habían maldecido a su hija, la pequeña moriría en manos del hombre que la amara. Asustado el Rey de San Petrus, buscaba como había podido salvar a su familia, pero al enterarse que su hijo había fallecido este se entristecía.
- Mi querido Rey de San Petrus, no te preocupes, llevaré a tu hija a un castillo lejano, ahí la cuidará un dragón y nadie jamás le hará daño.
- Pero si ya no me queda nada, mas que mi princesa, mi reina ha muerto y solo la tengo a ella.
- Veras que mi… Dragon, no dejara que nadie la lastime.
- Te la encargaré amigo mío, si mi hija pasa la edad de quince años, mandare a un príncipe para desposarla y así, la maldición no funcionará.
La reina al escuchar lo que su rey planeaba, molesta se enfadaba por tal insulto a su hijo, el príncipe Albert, tratarlo como un dragón.
- Tranquila querida, mi hijo no será un dragón, simplemente la pequeña princesa estará ahí, si alguien le hace daño, Albert sabrá responder y la cuidará bien.
El traslado de la princesa hizo un gran revuelo, varios hechiceros de distintos reinos, notaban que la maldición era muy fuerte, que aun con un dragón, pasaría por la princesa, la muerte. El Rey de San Petrus, beso con ternura la frente de su princesa, recordándole que el tiempo pasaría rápido y que ella no sufriría la maldición que le habían lanzado a su madre y que ahora ella poseía.
La princesa Candy de San Petrus, sonriente y feliz, abrazaba a su padre diciéndole que todo saldría bien, que ella no saldría de castillo, que se quedaría ahí, hasta que mandaran a su príncipe a rescatarla.
- Hijita mía, el dragón no te hará daño. Te cuidará. Es el Dragón de San Andrew, y con él las maldiciones se rompen.
- Papito, que el Rey de San Andrew, ¿no perdió a su hijo?
- El rey asegura que su hijo esta en otro lugar, que el que murió fue el niño que… juagaba con él. Su hijo es feliz y no hay maldiciones en San Andrew. Candy contenta y sonriente confirmaba a su buen padre,
- Verás que pronto, ya no habrá maldiciones en San Petrus.
- Si mi pequeña princesa, aquí en este castillo estarás a salvo.
El príncipe escuchaba todo desde su habitación, había visto a muchas personas ingresar al castillo, asustado por lo que el Rey de San Petrus le contaba a la princesa, meditaba arduamente, cual sería el plan de sus padres, al traer a la pequeña a donde el vivía, y porque le tocaba a él protegerla.
Una tarde, salió escondido en un disfraz, se escabullía a su reino y hablaba con su padre, este le contaba como ese reino vecino estaba sufriendo lo mismo que ellos, que aunque ellos no tenían una descendencia genética de dragones, si tenían una gran maldición, por lo que era conveniente, estar bien con ese reino, para protegerse en un futuro, así quien fuera que se casase con la princesa, sería amigo y estarían agradecidos con el reino de San Andrew, por ser quien la había protegido.
Un ruido brusco, alarmo al Rey y al príncipe de San Andrew, un grito ahogado hizo enfurecer a ambos hombres, la reina estaba en problemas, habían entrado varios enemigos, listos para vengarse, por haber ayudado al reino de San Petrus. El príncipe Albert llegaba hasta ella entrando por una ventana de un cuarto cercano, mientras el Rey cerraba las puertas de los pasillos y de todo cuanto estaba en su camino.
La reina al ver entrar a su hijo se ponía frente a este para que no lo lastimaran, el joven la abrazaba y con agilidad la cubría tras su espalda, al intentar herir a su madre.
Vio el filo de varios cuchillos en su brazo y en su pierna que rosaron, este lanzo un rugido, delatando su interior, se transformaba en partes, azotando a todo el que había entrado a la habitación, tomo a su frágil madre, la cubrió en su pecho sin poder hablarle, la miro con ternura, y sin aviso alguno salió por la ventana rompiendo los marcos y paredes que los rodeaban. Su padre que vio como la llevaba, inmediato llamaba a su personal, para que fueran a levantar los cuerpos de los hombres que intentaron hacerle daño a su reina.
En el castillo escondido, la princesa, caminaba en el interior, había un jardín hermoso, eso hacía que pudiera tomar un poco de sol, una sombra en el cielo claro se notaba que descendía, era algo parecido a un hombre, lo que veía. La reina saltaba y frente a la princesa caía, mientras Albert a su habitación se escondía.
La reina comentaba, que el dragón la había salvado, trayéndola a su lugar más preciado.
- Entonces, ¿era un dragón?
- Si princesa, aquí nadie te hará daño, mi Rey vendrá y me llevará con él. Agitada ante la turbación de ver a su hijo transformarse, de que le lanzaran cuchillos y espadas afiladas, que aun así tuviera fuerza y volara con ella en sus brazos, la dejaba meditabunda. Para la princesa, que la observaba, le abrazaba con ternura y la inducía al castillo cuidándola al verla en un estado de miedo por tal turbación.
Pasados los días, el Rey meditaba junto a su hijo que pudieran vivir más tranquilos dejando poco a poco, parte del reino a sus súbditos, que solo gobernaría para protegerlos y así lo hablaba con su hijo. Pero al dividir las tierras, podía haber mayores matanzas entre las personas para quitarse unas a otras partes de sus bienes, pues les faltaba conocimiento y estudio para saber cuidarse y defender su hogar los hacia vulnerables a otros. Lo mejor era continuar ayudando, pero a la vez, que todos tuvieran derecho a parte de pertenecer al reino.
En el castillo escondido, algo se escuchaba y de pronto no había ruido, ambos tanto el Rey como su hijo, trataban de escuchar y agudizaban los sentidos, pero no había ni un solo ruido, pensando en algún animal del bosque, continuaban con su conversación; pero ahí la princesa Candy de San Petrus, se quedaba asombrada por como el joven llamaba padre al Rey y comentaba como proteger a las personas de su reino, lo observaba por la ranura de la madera de una pared y veía que el hijo era delgado, rubio y alto, le recordaba un poco al dragón, por el pelaje. El padre estaba orgulloso de su hijo y al final algo la dejaba helada.
- Bien, me llevaré a tu madre, cuida bien de la princesa, continúen escondidos, pronto mandaran a un príncipe a recogerla y nos habremos ganado la amistad del Rey de San Petrus.
- Padre y… ¿si ella no quiere a ese príncipe que elija su padre?
- No es asunto nuestro, hijo. ¿No te ha visto? ¿cierto?
- No. La veo jugar en el jardín, pero ella no me ve y solo la escucho, sé que esta ahí, que es feliz aquí. Es como si estuviéramos bien en este lugar, como si ella perteneciera aquí. Sin maldición alguna.
- Hijo, me da gusto que lo veas así. No quisiera que ella se asustará o pensara mal de nosotros, no veamos un interés por nuestras tierras, sino por ayudarnos y confiar en nuestro amigo, la joven es hermosa, estoy seguro de que el padre sabrá elegir un buen prospecto.
- Si. Supongo que sí, padre.
La partida del rey y la reina, provocaban demasiada tranquilidad, para alguien que nunca había visto, Candy meditaba que el a ella, si la conocía, tanto que su inquietud por aceptar a un desconocido, ya lo había mencionado el príncipe con su padre. Y… ¿si no quisiera a ese príncipe? si su padre decidiera solo llevarla regreso a casa. Porque él no hablaba con ella. Porque decían que quien la cuidaba era un dragón, si era el hijo del rey. Tal vez el dragón dormía en algún lado del castillo.
Tocaba las puertas y estas se abrieron, enviados de San Petrus, llegaban a recoger a la princesa, sin embargo, al verlos al rostro, ella no aceptaba que fueran enviados de su padre. Mostraban el pergamino y este lo veía con manchas de sangre.
- ¿Cuál es la clave que dirán para que me vaya con ustedes? Preguntaba la princesa de manera intencionada,
- ¿Qué clave? Mencionaba uno de los hombres mas soberbio y molesto, de todos los que habían ido por ella, y eran demasiados.
- Mi padre dijo que me dirían la clave, de no hacerlo, no saldré de aquí. Me quedare toda la eternidad de ser preciso. Lo decía en tono alto para que alguien la escuchara.
El príncipe Albert agudizaba su oído y orgulloso, se sentía atraído, pues no recordaba ninguna clave, pero ese pergamino estaba manchado con sangre y ella fue muy lista al negarse salir. Se colocaba su capa y su vestimenta formal, salía por el pasillo principal, llegaba hasta ella y con seguridad comentaba,
- La princesa de San Petrus, ha dicho su ultima palabra.
Espadas salieron, todas desenfundadas, alegando que un hombre con la princesa retozaba. Comentarios mal intencionados todos lanzaban, agregando que ella no tenía pureza, ni su nuevo rey la aceptaría.
Al decir eso último, en la pelea contra el príncipe, la princesa de San Petrus gritaba
- ¿Mataron a mi padre? ¡Por mi vienen para obligar a mi renio!
El príncipe molesto ante lo que ella anunciaba, continuaba defendiendo su castillo sacando a los que estaban mintiendo.
- Tranquila princesa, estarás bien, de mi no te alejes, estas bajo mi protección.
Uno de los hombres gritaba enfurecido, dando la orden,
- Mátenla de una vez, el reino de San Petrus será solo mío.
Al decir aquello la princesa por fin aceptaba, que a su padre jamás volvería a ver. El Príncipe enfurecido al recibir la furia de tantos hombres, se transformaba, en todo aquello que nadie se imaginó, ella al verlo supo entonces, que el joven príncipe, una maldición recibió y por eso, en Dragon inmenso se trasformo.
Con sincera valentía, sus ropajes rasgados por los constantes ataques, al dragón en su lomo subía y una espada tomaba, ambos pelearon hasta que ni uno solo quedaba.
Sin sus ropas hermosas, ni sus zapatillas de diamantes, su peinado se soltaba y su corona ya no portaba, ella estaba derrumbada en el suelo yacía, agotada por dar pelea a los que invadieron su reino y que solo ella vengaría.
El príncipe se tranquilizaba y en hombre se volvía a transformar, tampoco portaba su capa, ni los preciosos ropajes que llevaba, apenas sus partes se podían cubrir, cansado por la pelea, por el fuego que aventó, por todo lo que él, con tanto coraje venció, vio los cadáveres de sus contrincantes, avergonzado bajaba la cabeza por haberse transformado sin poder evitarlo.
Ella giraba su bello rostro apenas visible tras sus rizos dorados, viendo como un hilo de sangre salía por sus labios, con toda tranquilidad, se acercaba confiada, de su bata blanca un pedazo cortaba.
- Déjame curarte mi príncipe valiente. Sin ti jamás lo hubiéramos logrado. Con una sonrisa irónica al ser llamado príncipe, recordando que ella se había subido a sus hombros siendo un dragón. Le respondía negado a la bella princesa de San Petrus.
- Mi princesa es la valiente, no me teme siendo un dragón.
- Como he de temerle a mi buen defensor.
- Como todo el mundo, tomando distancia y precaución.
- A quien debo temerles yacen en el piso ahora, me da miedo imaginar que mi padre jamás vendrá por mí. Y que de este castillo nunca me he de ir.
- Si he de pelear diez mil guerras, las pelearía con gusto, si estuvieras conmigo, mi princesa guerrera.
Ya frente a el en el piso, limpiando su rostro con el trozo de tela, le besaba cuidadosa y aceptaba gustosa, estar junto a él, así fueran diez mil guerras.
- Prométeme que no me dejaras, lloraba tomándole con ambas manos su rostro. A lo que el semi desnudo la abrazaba cuidadoso y escondiéndola en sus brazos le susurraba,
- Ellos aseguraron que vivías conmigo, ningún príncipe más podrá venir por ti. Serás mía por honor, tendrás que quedarte aquí.
- No seria por sus comentarios que me quedaría, mi príncipe valiente. Me quedo por mis palabras, me quedo, porque así lo he decidido. Seré la princesa del príncipe Valiente, del príncipe dragón o de quien quiera que seas. Me quedare siempre contigo.
La princesa tomaba sus labios y el corazón de él latía con furia brotando sus alas, cubriendo a su princesa, besaba con anhelo lo que ella despertaba. Escondida entre sus piernas, ella continuaba confiada, ignorando el aleteo y también sus garras. Acariciaba su rostro aun con movimiento de escamas, ella no se desprendía, ni temor sentía. Solo compartía el mismo ardor en sus labios, ese que hacia desear continuar y no dejarlo.
Las alas se abrieron y ambos se elevaron el mismo sol les daba y ella de él no se soltaba, sus piernas se ajustaron a lo que era su cintura y la piel escamada, volvía a su postura, sus manos escondieron sus garras y tomaba a su princesa con suaves caricias dadas.
- Gracias por aceptarme mi príncipe adorado, mi padre hizo bien, al confiar en el tuyo. Para dejarme a tu lado. Nunca te hare daño amado mío. El sonrió efusivamente, al escuchar que ella no lo dañaría.
- No temes que sea yo, ¿quién te lastime?
- Eso jamás pasara, mi corazón sabe que el tuyo de mi cerca esta, te he sentido cada que despiertas y cada que te escondes, te he visto como hombre, como bestia y hasta hoy… como príncipe. Sabía que estabas conmigo desde que llegue. Soy la princesa de San Petrus en la isla de Eiru y Alba. Que ahora se unirán al Reino de San Andrew.
Pasaron mucho tiempo, para cuando el rey fue a visitarlos, con la triste noticia de que el Rey de San Petrus había peleado al frente defendiendo su reino, que los Britanos habían vencido, fue que entonces llegaron sus hombres y defendieron sus tierras, pero el cuerpo del rey yace tendido en mi castillo, fue atendido con honores y mi amigo se ha ido.
El príncipe Albert, bajando la cabeza respondía,
- Padre mío, aquí también llegaron esos hombres, intentaron llevarse a mi princesa, ella defendió junto a mi su nombre, ninguno sobrevivió, ni fueron tendidos con sepultura, simplemente los arrojamos a la orilla del mar en piedras duras. Mi princesa les dijo que conmigo se quedaría y entre los dos peleamos hasta acabar con esos villanos que decían que me la quitarían.
La princesa salía vestida de blanco, un veinte bastante voluminoso lucia con encanto. Caminaba tranquila con un aura brillante y su sonrisa segura, llegaba hasta él, tomándolo de su cintura confirmaba que ella ya tenia a su nuevo rey. Y que, en poco tiempo, habrá descendencia para ambos reinos.
El rey orgulloso abrazaba a su nueva hija, con agilidad y fuerza la elevaba en lo alto, viendo que, a su nueva princesa, su piel era brillante, como lo fue su mujer cuando esperaba a su hijo. La bajaba lentamente y besaba su frente. Quitándose la corona, la colocaba sobre su hijo.
- Ahora soy el hombre mas feliz de la tierra, nuestra estirpe continuara.
La princesa feliz, pegaba su rostro al pecho de su amado, después de recibir los títulos de Reyes de San Petrus y de San Andrew, desde ahí en la cima, del casillo alejado, ruge un dragón enorme, con tal potencia, donde protege a sus nuevos reyes, de cualquier maldición. Pues en ellos se encuentra un gran amor eterno y sin pretensiones. Ahora son los dueños de toda la isla del norte y los britanos temen que venguen al Rey de San Petrus, porque ellos tienen como armas escondidas, dragones que se esconden en los castillos, allá en la cima, en San Petrus y en San Andrew.
FIN
Continuamos escribiendo, deseando mejorar la situación, aun trabajo y no estoy al cien en cuarentena, debido a que hay que trabajar
Pero anhelo que todo esto sane y mejore, que no existan este tipo de virus, y que mejore las cosas para todos.
Un abrazo a la distancia,
Mayra Exitosa
