NOTA DE LA TRADUCTORA: Hola gente! Aquí la traducción de "Un problème d'alliances" de Thalilitwen. ¡Espero que la disfrutéis!

¿Una vida normal?

−Kuro, tenemos un problema.

Aquellas palabras, a pesar de ser pronunciadas con profunda despreocupación, fueron suficientes para interrumpir el avance de Kuroo. Se paró en diagonal a un viejo edificio, se aseguró de no haber sido visto por nadie en la penumbra del ambiente, y puso su atención en el objetivo.

El edifico se encontraba al final de la calle.

Como siempre hacía, se llevó la mano a la oreja antes de preguntarse que podría haber contrariado tanto los planes de Kenma. Si se había arriesgado a avisarle significaba que no había podido esquivar el problema al momento, cosa extremadamente rara.

−¿Qué pasa? ¿Hemos llegado demasiado tarde?

Un suspiro sonó contra su oído. Mala señal.

−Hay algunos furgones alrededor del edificio. Cuatro. Y tienen pinta de estar blindados.

−¿Acaban de llegar?

−Sí, pero no van a tardar en hacer el traslado. No tendrás mucho tiempo para recuperar la quimera, si no es ya demasiado tarde.

Kuroo no pudo evitar sonreír. El uniforme que llevaba le picaba mucho, su organización ya estaba en un compromiso y la operación que llevaban meses preparando estaba punto de fracasar lamentablemente; sin embargo, él no estaba molesto. Para nada. Veía la dificultad suplementaria como un desafío más. Además, si se fiaba del tono de Kenma, a medio camino entre la indiferencia y la molestia, no tenía ninguna duda que este ya había estudiado todas las opciones posibles.

−No te preocupes− le aseguró antes de ponerse en marcha de nuevo−, yo me encargo. Aún no tienen el control, ¿cierto?

−No… Pero si guardan la quimera…

Kuroo estaba impresionado por las medidas de seguridad que habían implementado: utilizar cuatro caminos para una sola escultura, por muy inestimable que fuese, revelaba cierta paranoia. Su objetivo se estaba tomando muchas precauciones para difuminar las pistas.

De todas formas, si pasaba lo peor, Kenma siempre podía seguirles con el coche. Solo quedaba por saber qué furgón llevaría el artefacto…

−Yo me ocupo. Ya me conoces, no van a verlo venir.

−Sí, eso.

−Tus palabras de aliento siempre me llegan al corazón, Kenma.

−De nada.

No pudo evitar reír ante aquel último sarcasmo, provocando la sombra de una sonrisa en los labios de su amigo. El edificio estaba ahora a unos pocos metros; solo las luces de algunas señalas iluminaban la estrecha calle de aquel barrio excéntrico, pero Kuroo lo distinguía perfectamente. El lugar estaba en ruinas y parecía abandonado: las grandes puertas del almacén se encontraban en el otro lado, allí donde los furgones estaban emplazados para recoger la mercancía. Si Kuroo quería introducirse allí, debía pasar por la entrada principal, más discreta: una modesta puerta azul vigilada por…

−Mierda, no puede ser verdad…

Kuroo se detuvo en el momento en el que detectó al hombre que se encontraba entre él y su misión. Agradeció a la oscuridad de su alrededor por ocultarle y darle unos preciosos segundos para asegurar que sus ojos no se encontrasen.

−¿Qué pasa? ¿Has visto algo?

−Sí… Al parecer, estos bastardos han llamado a Tsubaki para que se encargue de la seguridad.

Hubo un silencio de menos de un segundo, tiempo suficiente para que Kenma sacara sus propias conclusiones.

−¿El tipo de Milán?

−El hermoso hijo de puta de Milán, sí.

Aquella constatación le arrancó un suspiro mientras centraba su atención en el tipo que vigilaba la puerta con una seriedad implacable. Postura recta, vigilante, lo suficientemente tranquilo como para no levantar sospechas pero alerta para reaccionar ante la más mínima señal. Si a primera vista no tenía armas en las manos, no había que subestimarle: Tsubaki no era un grupo de mercenarios al que tomar a la ligera. Era un error que Kuroo no deseaba cometer de nuevo.

Le llamó la atención su aspecto fatigado, que no afectaba para nada a la elegancia de su rostro.

El sonido de toques frenéticos sobre el teclado le llegó al oído, sacándole de su silenciosa contemplación.

−Hay otra entrada al este− dijo Kenma−, probablemente también esté vigilada pero es más segura…

−Si doy la vuelta, podemos despedirnos de la quimera. No tenemos tiempo.

−Te va a reconocer.

−Eso no va a pasar, no te inquietes.

−Kuro, solo te han hecho falta dos segundos para ver que era él.

−Sí, pero es porque él es… Cómo diría… Reconocible. Además, no creo que se acuerde de mí.

−No es el momento de hacerse el listo− replicó Kenma−, La última vez acabó mal.

−De todas formas, no tenemos más opciones. Necesitamos la quimera.

−Kuro…

Ignorando la reprobadora advertencia de su compañero, apretó el agarre de la pesada caja de herramientas que llevaba en el hombro. Avanzó con paso seguro hasta el final de la calle y se plantó frente el mercenario.

Este le dedicó una mirada interrogante, pero Kuroo no le dejó tiempo para preguntar ni para inspeccionarle más:

−Sakazaki Yuuya− anunció sacando un identificador−. Me han llamado por un problema con la electricidad del edificio.

La firmeza de Kuroo no se debilitó, ni siquiera bajo aquellos ojos de un azul tan ensombrecido como el de sus recuerdos, unos ojos que le miraban con atención. La mirada del hombre pasó del identificador falsificado a la caja de herramientas y al rostro impasible del supuesto electricista, buscando una respuesta.

−No me han avisado de su llegada− declaró finalmente el guardia de Tsubaki.

−Ah, será cosa de sus superiores. Lo haré lo más rápido posible, parece que es urgente.

El silencio que siguió puso a Kuroo de los nervios; aguantó bien, casi ni pestañeó y rezó por que no le reconociera. La intensidad con la que le miraba apenas le ayudaba en su maniobra.

A pesar de todo, cuando su interlocutor bajó la cabeza y cogió el walkie-talkie enganchado a su cinturón, se permitió respirar de nuevo.

−Un momento, por favor…

El mercenario se alejó un par de pasos y, en cuanto le dio la espalda, Kuroo aprovechó para examinarle mejor: tenía dos holster, una en el hombro y la otra, apenas visible, alrededor del muslo, ambas disimuladas por su uniforme negro. Si bien era un poco más bajo que él, su silueta permitía discernir un entrenamiento riguroso, así como una excelente forma física.

Esta vez, sería mejor tenerlo en cuenta.

Al fin, se giró de nuevo hacia él, con el rostro de alabastro siempre indescifrable. Kuroo elaboró mentalmente una decena de escenarios de huída y lucha.

−Adelante− declaró−. Puede pasar. Pero debo verificar el contenido de esa caja.

Kuroo se la presentó sin dudar: no tenía nada más que simples herramientas, sin doble fondo. Su utilidad, además de aportar credibilidad a su papel de electricista, era la de poder transportar la quimera discretamente.

La inspección pareció satisfacer al mercenario, que asintió antes de abrir la puerta.

−Gracias− dijo Kuroo, inclinándose ligeramente.

Sin embargo, mientras en introducía en el edificio devorado por la penumbra, Kuroo perdió su seguridad. Escrudiñó en vano todos los lugares, en busca de la más mínima presencia, la más mínima indicación. Y mientras escuchaba la puerta cerrarse tras de sí y el guardia le cegaba con el haz de luz de una linterna, comprendió que recuperar la quimera estaba lejos de ser su prioridad: aquello era, pese a todo, lo más importante de la misión.

La situación le hizo sonreír. Dejó la caja en el suelo y levantó las manos en señal de rendición, con los ojos entrecerrados para protegerse de la agresión lumínica.

−¿ Podríamos ir quizás al generador antes de ponernos a jugar con la luz? – propuso.

−¿ Y si primero me das tu nombre real?

Kuroo se rió; sin duda había subestimando la perspicacia de ese hombre y comprometido su misión, pero si era capaz de algo era de ganar tiempo. Si su memoria no le fallaba, su adversario era relativamente fácil de provocar; solo había que empezar por ahí. Además, la seriedad con la que le miraba no hacía más que aumentar sus ganas.

−Escucha, me siento alagado, y estaría encantado de conocernos mejor, pero nos ocupamos primero de la electricidad, ¿vale?

−Siempre tan gracioso− replicó el guarda sacudiendo la cabeza−. Pensaba que Italia te había quitado el gusto por este tipo de planes tan inestables.

−Adoro los desafíos− respondió Kuroo con una sonrisa insolente.

El mercenario avanzó, obligándole a retroceder hasta chocarse contra una pared. Con la poca información que pudo asimilar, la estrechez del lugar y la nueva fuente de luz, dedujo que estaba en un pasillo. El almacén debía encontrarse al fondo.

−¿Tu nombre? – repitió con una gota de amenaza en la voz.

−Información clasificada, lo siento. Pero puedes llamarme cariño, es mucho más sencillo.

El golpe que recibió en el estómago casi le hizo lamentar su impertinencia. Casi.

Al menos, la luz había caído al suelo, así que ya no le quemaba los ojos. Se tomó unos segundos para adaptarse y pudo constatar que la mirada del mercenario seguía igual de ensombrecida. Su mano estaba peligrosamente cerrada alrededor de su garganta.

−No me gusta repetir las cosas dos veces.

−Te lo diré si tú me dices el tuyo.

El guiño que añadió apenas fue apreciado, la presión ejercida contra su cuello era suficiente para hacer llegar el mensaje.

−También puedo llamar a los refuerzos− dijo el guardia−. Veamos si sigues diciendo lo mismo.

−Si me matas, enviarán a otro en mi lugar.

−¿Es la quimera lo que te interesa tanto?

Kuroo, por una vez, prefirió guardar silencio. Aquello pareció contrariar aún más a su adversario.

−Te doy cinco segundos para salir de aquí y decir a tu jefe que guarde sus distancias con Tsubaki, o se arrepentirá. ¿Entendido?

−Tu compasión es enternecedora, en serio. ¿Vives bien para trabajar para la peor basura del mundo?

El mercenario chasqueó la lengua contra su paladar.

−Te lo advertí.

Levantó el puño, pero Kuroo fue más rápido: retorció el brazo que le comprimía la garganta hasta que le soltó. El mercenario soltó una exclamación de dolor mientras permanecía inmóvil en el suelo con el antebrazo pegado a su espalda, ligeramente doblado por la mano que ahora le agarraba el hombro.

−Vamos a tranquilizarnos, ¿qué te parece?

La respuesta de su adversario fue batallar con fuerza. Kuroo no era bueno manteniendo situaciones como aquella por mucho tiempo, y mientras sus piernas eran objetivo de violentos asaltos, no tuvo más opción que soltarle.

−Kuro− sonó la voz de Kenma en su oído−, los camiones están a punto de marcharse. He acercado el coche, les vamos a poder seguir pero tienes que moverte. Pasa por los almacenes, ahora.

−Dos segundos− respondió él, contemplando el aire furioso del mercenario− ¿Sabes cuál es el bueno?

−He pirateado una de las cámaras de seguridad.

−En serio, eres el mejor. ¿Lo sabes?

Kuroo evitó por poco una patada relativamente bien dirigida. Logró interceptarla, pero no pudo hacer lo mismo con la mano que se estampó contra su hombro. El dolor le hizo chirriar los dientes; empujó al guardia con violencia.

−Date prisa− replicó Kenma antes de cortar la línea.

−Si crees que voy a dejarte ir así sin más…

−Me apena la idea de dejar tu compañía− comenzó Kuroo echándose hacia atrás−, pero de verdad tengo que marcharme.

Sin embargo, mientras el mercenario alcanzaba una de sus armas, reevaluó rápidamente sus planes. No solo el ruido debería haber alertado al resto del edificio, sino que sus posibilidades de sobrevivir, solo en un pasillo, sin cobertura de ningún tipo, eran prácticamente nulas.

Se lanzó contra su adversario para hacerse con su pistola. Tuvo éxito con algo de dificultad, tras una larga lucha encarnizada. El mercenario dejó caer su arma tras recibir un fuerte codazo en pleno rostro. La fuerza del impacto hizo sonreír a Kuroo, más aún al ver a su enemigo caer al suelo y cubrirse el ojo.

−Uh, eso va a dejar una bonita marca.

Recibió como respuesta un ligero gruñido.

−Bueno, nos vemos. Ha sido un placer.

El mercenario comenzó a levantarse pero Kuroo no tardó en huir a toda velocidad hacia los almacenes. Abrió la puerta metálica y la cerró a toda prisa, dando un respingo cuando el primer disparo dio justo detrás de él.

El hombre de Tsubaki radiaba cólera, y Kuroo no contaba con quedarse allí el tiempo suficiente como para ser testigo de toda su extensión. Sin duda habría advertido a los guardias.

El hangar en el que entró estaba completamente vacío: el intercambio ya había tenido lugar. Las grandes puertas estaban abiertas y dejaban escuchar el ruido de los motores que rasgaba la noche. La mayor parte de los mercenarios debían haber acompañado el convoy; en cuanto a los otros…

Mejor no tardar, el ruido de los pasos ya sonaba contra las paredes.

Kuroo hizo un sprint fuera del almacén, buscando con la mirada el coche de Kenma: lo vio a algunos metros, con los faros encendidos y el motor en marcha, listo para partir en cualquier momento.

−Justo a tiempo− exclamó casi sin aliento mientras se instalaba en el asiento del copiloto.

Aún no había cerrado la puerta cuando Kenma apoyo el pie en el acelerador y se lanzó a la persecución de los furgones. Kuroo vio por el retrovisor cómo los hombres que le perseguían salían del edificio: los observó desaparecer progresivamente con una profunda satisfacción.

Un silencio reprobador envolvió el vehículo; Kenma manejaba el cambio de marchas con una velocidad alarmante.

−Por suerte estás aquí− continuó Kuroo poniéndose el cinturón−. ¿Has podido ver el número de matrícula?

−Las imágenes están detrás.

−Perfecto− suspiró él. Kenma no respondió; su agarre del volante delataba su humor−. Lo siento, Kenma. De verdad pensaba que podía deshacerme de ese tipo. Pero no ha salido tan mal, gracias a ti.

−No tenemos la quimera− declaró. Apartó los ojos de la carretera un instante para mirar a Kuroo−. Y no te ha echado de menos.

−Oh, está bien, casi no me ha hecho nada. Deberías haberle visto a él, creo que no está preparado para olvidarme.

Toda la respuesta que obtuvo fue un levantamiento de cejas perplejo.

−No estés tan orgulloso, vamos con retraso con nuestras entregas. Ni siquiera sabemos cuándo tendremos una nueva oportunidad.

−Ya les estamos siguiendo, veremos lo que hacemos después. Que lata…− se quejó poco después− No estaría en contra de tener un poco de ayuda sobre el terreno.

−No cuentes conmigo. Ya hago más que suficiente.

−Lo sé, y tienes mi eterna devoción. No sería nada sin ti.

Kenma sacudió la cabeza, ignorando a propósito la admiración que Kuroo le ofrecía. Una sonrisa amenazó con delatarle.

−No− dijo Kuroo, más serio−, estaba pensando en un viejo amigo.

−¿Un amigo?

−Sí… Hace un siglo que no le veo, pero creo que siempre ha vivido en Tokio. No estaría nada mal para el trabajo, y no es del tipo que hace demasiadas preguntas.

Aquella descripción fue suficiente para recibir un breve asentimiento.

−¿Cómo se llama?

Hacía mucho que Bokuto no estaba tan feliz.

Había vuelto a brillar en el entrenamiento; el entrenador estaba encantado con sus recientes actuaciones, y la admiración de sus compañeros le incitaba más que nunca a dar su cien por cien. Estaba motivado hasta el extremo por el campeonato de Asia y Oceanía de aquel año, y contaba con conducir a Japón a la victoria; tenían todas las posibilidades.

Y además, había triunfado con su katsudon, y lo estaba disfrutando mientras veía una película antigua. Akaashi le había dicho que comiera sin él, pues tenía que enlazar su horario con horas extra y sin duda volvería tarde. Esperó con impaciencia, pero la idea de al fin poder pasar un fin de semana con él, por primera vez en semanas, le llenaba de alegría.

Incluso si le faltaba solo un poco para tener un ánimo radiante, Bokuto se sentía realmente afortunado. Vivía de su pasión como jugador profesional de voleibol, tenía un gran apartamento en uno de los barrios más bonitos de Tokio, y su compañero de vida era un hombre maravilloso al que amaba más que a cualquier cosa en el mundo. Akaashi era tranquilo, inteligente y tremendamente atento, y no pasaba un día sin que Bokuto tomara consciencia de su suerte.

Lo cierto es que llevaba una vida normal; más que normal, perfecta, y no lo cambiaría por nada del mundo.

En ocasiones, su humor sufría de algunas penas: derrotas, heridas, desplazamientos al extranjero… Esto último era lo que más le entristecía, a decir verdad. Sus numerosas competiciones deportivas le obligaban a menudo a quedarse varias semanas en diferentes países, y el trabajo de Akaashi también le imponía un incesante número de viajes lejos de Japón. Incluso si se aseguraban de llamarse regularmente, Bokuto siempre lo pasaba mal. Había aprendido a tomar consciencia de la distancia y al fin se había habituado a ella, pero no podía evitar que una insidiosa soledad saliera a la superficie cada vez que eso pasaba.

He ahí por qué todo era diferente aquella vez. Bokuto no tenía ningún partido importante hasta el mes siguiente, y el trabajo de Akaashi le tenía por una vez en Tokio. Por fin podrían disfrutar de un poco de tiempo juntos, los dos solos, sin nada ni nadie que les molestase.

La ocasión era perfecta.

Los ojos de Bokuto se apartaron inconscientemente de la televisión para posarse en su bolsa de deportes, que había dejado en la entrada.

El anillo estaba allí.

Se levantó a toda prisa para recuperarlo, casi tirando la mitad de su plato sobre la mesa: si Akaashi volvía y se ponía a recoger sus cosas, sería una catástrofe.

Encontró rápidamente la pequeña cajita negra, confinada entre su botella y sus numerosos vendajes adhesivos. Aliviado tras aquel breve susto, lo guardó en el bolsillo de su chaqueta y volvió a tirarse en el sofá, sin ser capaz de reprimir la impaciencia que acompañaba los latidos de su corazón.

Ese fin de semana haría la pregunta. Haría comprender a Akaashi hasta qué punto era importante a sus ojos, que no se imaginaba pasar un solo segundo de su vida sin él a su lado.

Aquel pensamiento le dibujó una sonrisa en el rostro mientras volvía a coger alegre el bol y terminaba su comida, rodeado por aquella perspectiva.

Bokuto se levantó al oír la puerta abrirse por fin, casi una hora después del fin de la película. Escuchó a Akaashi dejar sus cosas y descalzarse sin hacer ruido, pero le sorprendió ver que se dirigió primero a la cocina. Sin duda debía tener hambre.

−¿Keiji?

Ninguna respuesta.

Aquel silencio le hizo levantarse; a Akaashi no le gustaba que gritase en el apartamento, y ya era tarde. Quizás no le había escuchado. Una vez llegó a la cocina, se apoyó contra el marco de la puerta y encontró a su pareja delante del frigorífico abierto.

−He preparado katsudon− le informó, avanzando dulcemente detrás de él−. Está en la mesa, solo hay que…

Bokuto se paralizó cuando Akaashi al fin giró la cabeza en su dirección. Su ojo derecho, manchado de sangre, estaba parcialmente entumecido; su piel estaba hinchada y coloreada de un púrpura inquietante. Las contusiones se extendían hasta su mejilla, justo debajo de su pómulo.

−Keiji, ¿qué te ha pasado?

Este giró rápidamente la mirada, y el corazón de Bokuto se encogió de dolor ante aquel alarmante espectáculo. Las hipótesis que afloraron en su mente no le ayudaron a guardar la calma.

Akaashi le agarró una de sus manos para tranquilizarle.

−No es nada, no te preocupes.

Cogió una bolsa de gel refrigerado, una de las que Bokuto utilizaba para aliviar sus músculos maltratados por los entrenamientos demasiado intensivos; después cerró el frigorífico y se la aplicó contra el rostro para esconder el hematoma.

−Me ha atropellado una bicicleta cuando salía de la oficina− explicó bajo la atenta mirada de su pareja−. Me he caído y creo que me he dado con el manillar en el ojo.

Bokuto permaneció en silencio algunos instantes, en un estado de estupor del que no logró deshacerse enseguida. Akaashi no parecía traumatizado: su ropa esta algo arrugada y su corbata un poco ladeada, pero aparte de eso no parecía tener ninguna herida visible.

Aquella constatación, corroborando las explicaciones precedentes, alivió enormemente a Bokuto. Abrazó a su pareja con fuerza para calmarse y borrar los miedos que aún aprisionaban sus pensamientos. Después, tras comprender que rodear a alguien que tenía una bolsa de hielo contra la cara no era algo fácil, se echó hacia atrás para dejarle respirar.

−¿Te duele algo más? ¿No te has roto nada? ¿Estás seguro de que todo está bien?

Akaashi le respondió con un rápido beso en los labios.

−Ahora está un poco mejor− murmuró con dulzura.

Tras dedicarle una ligera sonrisa, salió en dirección al baño, y Bokuto decidió servirle un bol de katsudon mientras tanto. Lo puso sobre la mesa y se instaló un el sillón espirando profundamente. El ascensor emocional de los últimos minutos había afectado a su alegría desbordante, pero no era grave. Akaashi estaba bien, eso era lo primordial. Nada había cambiado, los proyectos de Bokuto no estaban comprometidos.

Cuando Akaashi volvió al salón, la bolsa de gel aún le cubría una parte del rostro.

−¿Estás bien? – preguntó una vez más Bokuto.

Era más fuerte que él. Ver a Akaashi herido, incluso sabiendo las razones del accidente, le molestaba.

−Me muero de hambre− exclamó sentándose a su lado−, pero sí.

Bokuto le tendió el bol de comida.

−Espera, te lo voy a sujetar para que puedas comer− propuso.

Su mano reemplazó a la de Akaashi sobre la bolsa refrigerada. No se atrevió a apoyarlo, temiendo hacerle daño; después, inconscientemente, la alejó unos centímetros para constatar de nuevo la extensión de la herida. La vista de aquella piel lechosa desfigurada por los vivos colores del hematoma le encogió el corazón.

Akaashi no pudo evitar sonreír.

−No es nada, Kotaro. Es menos grave de lo que parece.

−Para una vez que no estás de viaje− se lamentó−, y un ciclista va e intenta matarte…

Akaashi sacudió la cabeza, divertido, y comenzó a comer.

−Y aparte de eso− reemprendió Bokuto−, ¿has tenido un buen día?

−Más o menos− respondió, encogiéndose de hombros−. Nuestro nuevo asociado está contento con nuestro trabajo, pero tenemos competencia y eso nos va a complicar las

cosas. Ni siquiera sabemos con quién estamos tratando exactamente. Está muy bueno.

−¡Gracias! Y no te preocupes por la competencia, seguro que no te llega ni a la suela del zapato.

−Eso espero… Tendré que ocuparme antes de que intenten adelantársenos− suspiró−. ¿Y tú? ¿Qué tal el entrenamiento?

−¡Genial! El equipo está a tope esta temporada, estaremos preparados para el campeonato de Asia, no hay duda.

−Me alegra oírlo.

Akaashi terminó su katsudon mientras escuchaba atentamente a Bokuto describir con detalle las nuevas estrategias puestas a punto por el equipo para paliar sus debilidades. Sin embargo, cuando se levantó para empezar a recoger, no sin antes halagar de nuevo a su pareja por la cocina, fue interrumpido:

−No, yo me ocupo de eso luego, no te preocupes. Tú descansa.

Tras unos instantes de duda, Akaashi obedeció. Cogió de nuevo la bolsa de gel, que reposaba en la pierna de Bokuto, y se acostó junto a él. Bokuto pasó una mano por los cabellos negros de jade que exhalaban un dulce olor a vainilla; luego acarició lentamente su nuca.

−No puedo esperar a que llegue el fin de semana− exclamó.

−Solo queda poco más de un día.

−¡Es mucho!

Apreció la diversión en la voz de Akaashi cuando este murmuró:

−Impaciente.

−Te quiero mucho, es por eso.

Su declaración le provocó una tenue sonrisa, una que Bokuto recogió feliz.

−Yo también te quiero− respondió Akaashi. Luego, cerró los ojos.

Bokuto redirigió su atención a la película, pasando una mano distraída por la piel de su pareja. No hizo falta más que una decena de minutos para que Akaashi sucumbiera al cansancio y se durmiera contra él. Contemplar su pacífico rostro le recordó hasta qué punto era afortunado, y que no cambiaría su vida por nada del mundo.

Más tarde, aquella misma noche, mientras apagaba la televisión y pensaba en acostarse, su teléfono empezó a vibrar. No tardó en sacarlo, temiendo que el ruido despertara a Akaashi, y lo descolgó tras leer "Número oculto" en la pantalla.

−¿Sí? – preguntó.

−Bokuto, ¿qué tal?

Bokuto no reconoció enseguida a su interlocutor a pesar de que la voz le resultaba familiar.

−Eh… Bien. ¿Quién es?

Una risa muy característica sonó al otro lado de la línea. Bokuto lo comprendió al momento.

−Vamos, no me digas que no reconoces a tu viejo amigo… ¿Ya me has olvidado?

−¡Kuroo! ¡Ha pasado un montón de tiempo! ¿Qué tal te va?

−Va genial− respondió rápidamente−. Escucha, siento llamarte tan tarde, pero esto de paso en Tokio unos días y he pensado que sería genial vernos.

El entusiasmo de Bokuto llegó a su clímax. Su mejor amigo, al que no había visto en años, ¿estaba en la ciudad? ¡Era perfecto!

−¡Por supuesto! ¡Tengo todo el día, si quieres!

−Súper. ¿Mañana a las diez?

Bokuto asintió con viveza antes de comprender que Kuroo no podía verle.

−¡Sin problema! ¡Tío, me encanta oírte!

−Yo también estoy contento. No puedo esperar para verte. Te llamo mañana para organizarnos mejor, ¿vale? Buenas noches.

−¡Buenas noches, hasta mañana!

Bokuto sonrió mientras colgaba. Se estremecía de la excitación. Aquella semana era sin duda perfecta, y su buen humor culminó ante la perspectiva de reencontrarse con su mejor amigo después de tanto tiempo.

No se le ocurría cómo podría estar más feliz.