¡Hola! Bienvenidos a este oneshot que escribí hace unos pocos días.
Quiero avisar que este oneshot está ubicado en el universo de la película Legend of Sanctuary, por lo que Milo es mujer y lo imaginé con ese tipo de armaduras, aspecto físico, historia, etc.
Entonces, ADVERTENCIAS:
—Milo es mujer
—Basado en Legend of sanctuary
—Pese a ser la Milo de la película, sus cabellos serán azules, pues nunca entendí porque cambiarle el diseño completo al personaje.
—Algunos pequeños detalles de la película serán levemente modificados.
—(Esto es obvio) Será emparejada con Camus.
Dicho esto… ¡Saint Seiya y toda su franquicia NO me pertenecen!
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La noche se abre paso en el santuario y, con esta, las estrellas iluminan el cielo. La luz de la luna hace brillar ciertas zonas, mas la oscuridad reina en todo el lugar. Todo permanece en silencio, pese a que no todo el mundo se encuentra durmiendo ahora mismo. Algunos santos hacen guardia, otros hacen tareas y unos pocos se permiten descansar, aunque sea, unas pocas horas, que serán más que suficiente para mantenerse con energía.
A Milo no le toca hacer guardia de ningún tipo; tampoco tiene ninguna tarea importante que ejecutar en estos instantes. Debido a eso, debería de estar aprovechando el tiempo para dormir un poco, pero parece que no es capaz de conciliar el sueño.
Sus ojos, azules como el cielo nocturno, brillan con tristeza e ira; una mezcla letal. Su cuerpo, sentado sobre el amplio y cómodo colchón, está girado hacia la ventana, permitiéndole observar las constelaciones; en concreto, acuario. No está nada en guardia, así que, en cualquier momento, podrían atacarla y ella reaccionaría tarde, lo cual es un error por su parte.
Las estrellas que conforman acuario brillan intensamente, y eso la lleva a pensar en ciertos eventos, lo cual la mantiene metida en un estado de tristeza y enfado.
La batalla contra los santos de bronce terminó hace apenas un día, y eso incluye la revelación de la verdadera Athena, el real traidor – Saga – y su posterior muerte. Con él, murieron Deathmask y Afrodita. Casi muere Camus.
Sus manos se aprietan, formando puños. Siente enormes ganas de liberar el estrés por algún lado, pero es de noche, y poco puede hacer en estos instantes. Una buena pelea sería una opción razonable, pero su combatiente favorito – Shura – está haciendo guardia, y el siguiente contra el cual le encanta pelear – Aioria – debe estar durmiendo. Su siguiente forma de deshacerse del estrés es manteniendo relaciones sexuales intensas, pero eso es con Camus, y a él, ahora mismo, no lo quiere ni ver.
Hace una mueca con sus labios y suelta un corto suspiro. Sus ojos azules se cierran, dejando de ver las estrellas que tanto le duelen, para solo observar oscuridad.
—Deberías estar más atenta a tu alrededor.
Esa voz…
Milo no puede evitar morder sus labios con fuerza.
—¿No deberías estar descansando por tus heridas? —replica ella con un evidente malhumor —. Sería una pena que se volvieran a abrir.
Camus alza una de sus cejas.
—Te veo de buen humor. —comenta con su característico tono frío. Cualquiera que no lo conozca, no sabrá que es sarcasmo lo que acaba de decir.
Milo, que sí lo conoce a la perfección, le dedica una mirada que podría estremecer incluso al mismo Hades, aunque Camus no parece afectado. Al contrario, solo suelta un suspiro y camina hasta ella, sentándose a su lado.
—¿Qué te sucede?
Ella contiene una risa de malhumor.
—¿En serio lo preguntas? —le cuestiona —. No pensé que pudieras ser tan simple. Me sorprendes.
—¿Es porque casi muero? —intenta adivinar —. Milo, sobre eso…
—No quiero oír tus escusas —lo interrumpe con brusquedad; ni siquiera es capaz de mirarlo a la cara —. Sé perfectamente qué diablos te motivó a hacer lo que hiciste, y quizás pueda, incluso, intentar entenderlo. Pero, Camus, maldita sea… —ella se muerde los labios y baja la cabeza, dejando que sus mechones azules cubran gran parte de su rostro, ocultando todas sus emociones —… ¡¿Por qué tenías que ser tan egoísta?!
Él gira su rostro para verla. Aunque no quiera decir nada al respecto, está bastante sorprendido de ver a Milo así. Ella, como una mujer en un ejército lleno de hombres, ha tenido que ser durísima consigo misma, incluso teniendo que entrenar dos veces más de lo normal para demostrar su valía. Pocas veces se ha permitido a sí misma permanecer decaída, y nunca, absolutamente jamás, ha dejado que nadie la vea mal. Ni siquiera él, que es su pareja, la ha visto nunca así.
Ahora, es un tema completamente diferente, y se encuentra con que no sabe cómo reaccionar.
—Milo… sabes que, como santos de Athena, la muerte siempre estará presente entre nosotros —explica en un tono serio —. Mira a Deathmask y Afrodita, por ejemplo. Ellos murieron en las batallas.
—¡Maldita sea, Camus! —ella grita —, ¡eso ya lo sé! ¡como amazona, vivo con esa premisa día a día! ¡soy consciente de que un día moriré peleando, y tú lo harás, pero…! ¡Joder, tú no estuviste a punto de morir por Athena! ¡No me jodas! ¡Fue increíblemente egoísta!
Camus quiere decirle que no, que eso es mentira. El problema es que a él no le gusta mentir, y decirle eso sería soltar una enorme mentira. Ciertamente, su intención fue sacrificarse para que Hyoga aprendiera algo más de él, no morir por su diosa. No pensó en Athena, y tampoco en Milo. Ahora que lo piensa, tampoco pensó en cómo se sentiría su alumno, pues él, indirectamente, sería el responsable de su muerte.
—Tienes razón —decide reconocerle —, no cumplí con mi deber.
—¡No estoy enfadada por eso! —exclama. Su voz se rompe a mitad de frase, lo cual quiere decir que debe estar llorando, y eso escandaliza completamente al frío santo de acuario, que la observa con cierto grado de dolor —. ¡Sí, es cierto, pero…! —solloza —… ¡yo estaba preparada para verte morir por Athena, no porque sí! ¡Camus, no desperdicies lo poco que vas a vivir! ¡Tú, todos, yo…! ¡Todos viviremos muy poco! ¡Lo mejor que podemos hacer es no desperdiciar lo que vamos a vivir, hasta que luchemos contra Hades, o contra quién sea!
—Milo…
¿Tanto dolor le ha causado, como para que ella esté llorando delante de alguien? Que Milo haya olvidado completamente su orgullo es inaudito.
Ahora es él quien baja su rostro, mirando el suelo con pesar. Hace una mueca de disgusto, dirigida a sí mismo, y cierra los ojos, ocultando el dolor que reflejan. En su mejilla, siente el frío de las joyas de oro que decoran dos de sus mechones de cabello, todas compradas por Milo, en algún momento de su larga relación. Ese frío metálico le recuerda lo mucho que la ama, y lo poco que él se lo dice.
Podría haber muerto… ¿cuándo fue que le dijo, por última vez, lo que siente por ella? E incluso si el amor se trata más de acciones que de palabras, él es alguien bastante distante.
—Lo siento —susurra, sin poder mirarla a la cara —. Siento no haber pensado en los demás cuando intenté sacrificarme por mi alumno. Es verdad que deseé enseñarle algo nuevo, pero no pensé en cómo él se fuera a sentir después. Tampoco pensé en ti, ni en nadie. Es cierto que viviremos poco, así que… debería saber aprovechar lo que nos quede de vida.
—Por lo menos lo reconoces… —murmura ella, limpiando las lágrimas que han salido de sus ojos, manchando su rostro —. No quiero permanecer peleada contigo mucho tiempo.
—Lo agradecería.
Camus se atreve a mirarla, y logra verla a los ojos. Su rostro, rojizo por el llanto, es tan hermoso como siempre, pero son sus ojos lo que de verdad le encanta a Camus. Contrario a él, ella está llena de vitalidad y energía. Él es hielo, pero ella es el fuego que consigue derretirlo.
Como pocas veces hace, el santo de acuario levanta una de sus manos y la posa sobre una de sus mejillas rojizas, acariciándola con suavidad y delicadeza. Ella se deja, e incluso cierra sus ojos, disfrutando el toque frío de su mano sobre su cálida piel.
—Prometo vivir hasta que llegue mi momento —le susurra Camus mientras acerca su rostro al de ella —. Cuando sea adecuado, moriré por Athena; mientras, te amaré cada segundo.
Milo no puede evitar sonreír con cierta burla, algo más propio de su personalidad habitual que lo mostrado anteriormente.
—Cuidado, podría acostumbrarme a verte tan cariñoso —comenta con gracia —. No sabía que fueras capaz de decir cosas como esas.
—Podría sorprenderte.
Finalmente se besan, como han estado esperando hacer desde que se han vuelto a ver, tras la batalla contra los santos de bronce y Saga. Sus labios se mueven con lentitud, acariciando los del otro, amándose. El beso inicia poco a poco, lleno de calidez y amor, y un profundo deseo de disfrutar el momento; sin embargo, se va convirtiendo en uno más rápido e intenso, con unas intenciones más allá del amor, y más cercanas a la lujuria.
El santo de acuario puede ser un hombre normalmente distante, pero sigue siendo un humano; uno que no es capaz de resistirse a Milo. Contra más la toca, más necesita de ella. Lo enloquece.
Bajo la luz de luna y las estrellas que crean las constelaciones, se tumban sobre la cómoda cama, todavía besándose. Sus manos se mueven y acarician el cuerpo del otro por encima de las telas, buscando más calor y más cercanía, y sus mechones de cabello, mezclados sobre el colchón.
Milo se estremece cuando siente los labios de su novio sobre su cuello, los cuales siguen pintados de un azul claro; no ayuda la sensación del metal frío sobre su hombro, gracias a las joyas doradas que decoran su mechón celeste.
Frío contra calor. Un combo divino.
Ella eleva sus brazos, pasándolos alrededor de los anchos hombros del mayor, acariciándolo. Él suspira, pero no se detiene de seguir besando su piel, creando un dulce camino por su cuello y hombros. Sus manos acarician su espalda por encima de la camiseta oscura que lleva todavía puesta, y cuando rozan la tela de su pantalón, las mete bajo la camiseta. Su pálida piel es fría, como siempre lo ha sido, pero son sus manos las únicas que pueden hacerla arder.
Entre toques cálidos, jadeos y roces, surge un deseo de necesidad que los urge a deshacerse de la ropa. La lujuria aumenta y, con esta, el placer nubla completamente sus mentes.
Como la mujer dominante que es, Milo se sitúa sobre Camus, a quien tumba sobre el colchón, y besa su desnuda piel, desde el cuello hasta sus abdominales, marcados por el constante ejercicio. Sus ojos, los cuales reflejan picaresca, observan el bulto en los bóxers del acuariano. No puede evitar sonreír y tocarlo sobre la tela, escuchando el repentino jadeo que se le escapa a su silencioso novio.
De todas las formas en las cuales Milo puede desestresarse, su favorita siempre será esta.
Cuando su mano agarra el miembro duro de Camus, no está tan frío como lo está el resto de su piel. Lo acaricia, sabiendo como le gusta exactamente a su pareja, y baja su rostro.
Ambos saben que esta noche será especialmente larga.
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La luna sigue sobre el cielo oscuro, y con ella, las estrellas lo decoran. La constelación de acuario sigue brillando intensamente, como de costumbre por estas fechas. La luz de la luna entra por la ventana de la habitación, ahora silenciosa tras bastante tiempo permaneciendo ruidosa y agitada.
En los brazos de acuario, Milo descansa, ajena a los pensamientos de su novio. Camus aprieta un poco más el cuerpo de su chica contra el suyo, y su mano acaricia sus cabellos azules, más oscuros que los propios. Ella suspira, dormida, y se acomoda, haciéndolo sonreír.
Lo que ha visto hoy de ella, le ha hecho comprender que, por muy fuerte mentalmente que sea Milo, sigue siendo como él, una humana. Ella lo ama, lo aprecia y, como tal, se ve afectada si a él le sucede algo. Sin embargo, no le ha gustado, en absoluto, verla tan triste, sobre todo siendo él la causa principal de su estado. Él quiere hacerla sonreír, hacerla feliz.
La muerte es algo que ambos han aceptado, o eso se dicen. Hoy, Camus ha pensado en cómo reaccionaría si Milo muriera, sea por Athena, o no. Hoy, mientras no consigue conciliar el sueño, ha descubierto que, por muy preparado que esté para morir, no está tan listo para verla perecer, y ella tampoco lo está.
Hoy, Camus se ha dado cuenta de que, cuando llegue el momento, uno de los dos sufrirá, y tras verla como la ha visto, prefiere ser él quien tenga que sufrir el verla morir.
No quiere volver a ser la causa de sus lágrimas.
Además, si ella muere, lo más probable es que él también se lance a pelear para morir. Y esa vez, de verdad, lo conseguirá.
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No sé si es bonito o no, pero a mí me gustó escribirlo.
Descubrí que, en Legend of sanctuary, Milo tiene 32 años y Camus 35, así que, en esta versión, Camus es mayor que ella por dos años. Lo gracioso es que, según investigué, Aioria tiene 23. Las edades están muy dispares.
Si os ha gustado, podría llegar a hacer más de este tipo, con Fem Milo, aunque ya de por sí creo que, quizás, traiga otro más adelante. No sé, a mí me gustó.
En fin, espero que os lo hayáis pasado bien leyendo esta ocurrencia mía.
