Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad de Hidekaz Himaruya.
Advertencia: Universo Alterno, homofobia, drama.
Nota preliminar:
¡Hola!. Sí. Soy yo otra vez con un drama de proporciones. Esta vez quise irme con mi OTP de toda la vida y en un ambiente moderno y de Universo Alterno. ¿Por qué? Simple: hace un tiempo escribí esta misma idea en un oneshot (Noche de Bodas, para quienes se lo preguntan) pero ahora quiero desarrollarla un poco más. Me seduce demasiado una historia donde hay un tipo que aún no sale del clóset por miedo al qué dirán y a desafiar sus tradiciones, pero la existencia de este fanfic se explica por la emoción que me significa experimentar con otra cosa: la homofobia, y sí, de parte de alguien en particular. Ya sabrán de quién. Los capítulos serán cortos ("cortos": 2500 palabras en promedio… me voy en volá con facilidad, perdón), pero presiento desde ya que serán varios. Habrá mucho drama adulto, lo advierto desde ya.
Al ser universo alterno, aclaro que los hermanos de Inglaterra irán así: Allistor es Escocia, Hamish es Irlanda y Charles es Gales (soy tan original…), en ese orden. Isabel es Nyo!España, Emma es Bélgica, Elizabeth es Hungría, Anneliese es Nyo!Austria. Sus padres serán los mismos OC's que vengo usando casi siempre últimamente: Frederick y Catherine.
Espero que les guste.
HEART IS A MESS
Capítulo I:
"You won't admit to it"
xxx
Con un carísimo bolígrafo entre los dedos, Arthur garabatea los últimos horarios de sus reuniones agendadas para la semana. Con un poco de paciencia podrá cumplir con todas, si es que la planificación de la agencia acompaña como se debe y si sus hermanos hacen lo posible por adelantar el trabajo planificado. Son apenas las nueve de la mañana y aún siente que no ha logrado avanzar como quisiera, o como lo hubiera hecho hace un par de meses. Es cierto que la familia le ha consumido tiempo que bien podría emplear en el trabajo, pero también sabe que ni Frederick ni Catherine, sus padres, le soportarían dos ausencias seguidas a los almuerzos dominicales que su madre planifica durante toda la semana para recibir en la gran casa a sus cuatro hijos, sus cuatro nueras y sus ocho nietos. Arthur suspira al pensar en ellos, poniéndose en el lugar de sus ancianos padres, e imaginándose qué cara pondrían si él, algún día, decidiera dejar de esconderse como lo hace.
Es duro pensarlo en momentos como ese, donde debería estar concentrado trabajando, enviando correos, regañando a Charles por perder el tiempo en la oficina en vez de adelantar el proyecto con la perfumería francesa que pretende hacer campaña publicitaria en Londres en competencia con sus homólogas, pero no le nace hacerlo. Es difícil, porque se siente cada día más agotado y no le entusiasma saberse derrotado por sí mismo en un momento en que debe aprender a soportarse. Es una fecha importante para Isabel, lo sabe, porque es en julio, mes que había comenzado recién hace dos días, cuando se cumplía un aniversario más de matrimonio con ella.
Arthur planificó la cena romántica a las afueras de la ciudad, en una cabaña de veraneo cerca de la playa, donde nadie los interrumpiera. El problema no era con los chicos, Peter y Ann, que se quedarían con Allistor y Emma ese fin de semana. El problema era él mismo, que se preguntaba cada día si lo que estaba haciendo no terminaría acaso por convertirlo en un loco de atar. Isabel está feliz, eso le consta, se lo ha dicho todos los días luego del trabajo, cuando lo recibe en casa con la cena lista, la cama hecha, un camisón de seda rojo que hace resaltar su bella piel morena, su cabello oscuro censurándole la espalda y sus ojos verdes, más cálidos y mediterráneos que los de él, los de todos sus hermanos y los de su padre y abuelo. Herencia Kirkland, indudablemente.
Cierra el documento en el computador no sin antes guardarlo y presiona hacia abajo pantalla del mismo con un movimiento brusco y un ruido sordo. Su celular suena de pronto, recordándole la reserva que hizo esa mañana tanto en el restaurant como en la cabaña. Al mirar la pantalla, su expresión se vuelve taciturna. Y entre atender el teléfono, el té que solicita varias veces y los clientes a los que debe mantener contentos, le dan las doce del día y es hora del almuerzo.
Cuando cierra la oficina con la llave que trae consigo siempre, Charles lo intercepta.
—¿Tan temprano yendo a almorzar? —Le pregunta socarronamente, llevando entre los brazos incontables carpetas de distintos colores. Arthur se extraña.
—Son las doce, es hora de almuerzo. ¿No vas?
—Si invitas… —Le sonríe. Arthur rodea los ojos.
—Ve a dejar eso donde papá y vamos a la cafetería.
Charles va y vuelve en un santiamén. Frederick, desde la oficina más grande de la agencia, echa insultos al aire por ese afán de su hijo por dejar todo el trabajo pesado a última hora. Charles ya viene riéndose, Arthur intenta hacerlo también, pero no le sale.
En el camino, se dan cuenta que ni Allistor ni Hamish se han aparecido, posiblemente se entusiasmaron con el trabajo y no se han percatado de la hora que es. Charles, solicitando un té y el sándwich más grande que tienen para ofrecer, se dispone a comer.
No repara jamás en la expresión apagada de Arthur, pero intuye que algo raro sucede.
—Isabel y tú están de aniversario, ¿no? —Pregunta por poner un tema de conversación cualquiera.
Arthur levanta la mirada de su plato hacia su hermano. Se siente insoportablemente distraído.
—Sí —Responde sin más.
—¿Y cuántos son ya? —insiste, sonriendo siempre con esa alegría que Charles despide sólo por ser quién es.
—Dieciséis —Replica; su voz no suena a la de un hombre casado eternamente enamorado, que se siente realizado por aún hacer feliz a su esposa luego de más de una década juntos. Suena seca y rutinaria, pero Charles no se da cuenta.
—Qué envidia me das, enano —Le dice. Arthur alza la ceja. Hace años que nadie lo llamaba así, porque Allistor ya había perdido la costumbre. Pero bueno, piensa, hay cosas que pese a los años, cambian para bien—. Yo no he llevado muy bien el divorcio con Anneliese —Admite, y por primera vez Arthur ve que Charles se apaga un poco.
—Pero si ya no era lo mismo —Intenta darle ánimos Arthur, muy a su manera: una visceralmente práctica—. Digo, hace mucho tiempo que la venías engañando con esa mujer rusa… ¿Cómo se llamaba? ¿Natalia? ¿Anya?
—Yekaterina, y no era rusa, era ucraniana —Corrige el otro casi indignado; Arthur necesita suspirar—. Y sí, pero igual, diecisiete años de matrimonio no pueden tirarse a la basura.
—Fuiste tú el que los tiró a la basura, sinvergüenza.
Charles se ríe otra vez al tiempo que Arthur se indigna.
—Deja de reírte, que todavía me duele la cachetada que me dio Anneliese cuando se enteró que yo sabía de todos tus enredos.
—Y no sabes cuánto te agradezco tu silencio. Te debo una, ¿sabes? Tenemos que ir por ahí un día a divertirnos.
—No —Arthur es tajante—. Te conozco lo suficiente como para saber a dónde me quieres llevar.
Charles suelta una última risa y su conversación finalmente se torna hacia el trabajo, la agencia y las cosas cotidianas. Charles es el hermano con quien mejor se lleva Arthur, no solamente por la poca diferencia de edad que hay entre los dos, sino porque al ser los dos menores de cuatro hermanos, se pueden llegar a entender perfectamente en el abuso que ser hermano menor significa, y más tratándose de Allistor y Hamish como hermanos mayores.
Allistor siempre fue implacable en su trato con ellos, sobre todo con Arthur, a quien de alguna forma miraba con cierto recelo cuando hacía aparición por su intachable comportamiento, su calmada y correcta actitud, sus impecables notas y ser el orgullo, básicamente, de Catherine y Frederick, así que cuando entró a la universidad a nadie le extrañó que quisiera irse por el camino de las leyes, mientras los otros tres optaban por arquitectura, diseño e ingeniería comercial en el caso de Allistor, siguiendo de más de cerca los pasos de Frederick, también ingeniero. Arthur entendía a partir de allí cuáles eran los modos, también, en los que sus hermanos habían elegido vivir. Allistor era cuadrado como ejercicios matemáticos, Hamish era un artista estructurado, siempre lo creyó firmemente, y Charles era un estrafalario sin modales ni moral. Arthur, distinto a todos, quizá por ser el menor y quien más cuidados recibió de su madre, haber elegido las leyes fue casi una cuestión premeditada desde el momento de su concepción. Se graduó con honores siendo el mejor de su generación, le ofrecieron un posgrado en la universidad de Cambridge para continuar su carrera académica como futuro profesor, pero él eligió la tradición de su familia, como siempre lo hacía en cada decisión que ha tomado a lo largo de su vida.
Su abuelo, Edmond, era un hombre anciano que ya no podía ofrecerle nada más al mundo. Quedó viudo hace mucho tiempo, habiendo sido testigo de cómo su esposa, Alice, iba demacrándose poco a poco por el terrible Alzheimer. Era una mujer que adoraba a sus nietos, y sus nietos a ella, y ninguno de los cuatro soportó cuando su abuela, a su manera dulce y gentil, les preguntó por primera vez quiénes eran. Allistor y Hamish miraron hacia un lado fingiendo indiferencia, Charles contrajo su rostro en una mueca de dolor y Arthur cerró sus ojos verdes llorando en silencio.
Alice murió a los pocos días después de que Allistor se casó con Emma, una mujer belga que conoció en la universidad y que lo hizo engendrar dos hijos varones a los años después. Desde ahí, Edmond se fue apagando de a poco, luego de haber sido un hombre de carácter de temer, emprendedor, de inteligencia fría y pensamiento absolutamente racional, forjando con sus propias manos la agencia de publicidad a la que le debe la vida, que luego pasó a su único hijo, Frederick, y que hoy administra con sus cuatro herederos.
Arthur recuerda a Alice con especial cariño. A él, su abuela siempre lo miró de manera distinta, más escrutadora, más suspicaz. Quizá, piensa, ella intuía que Arthur escondía gran parte de su propio ser en el silencio, pero él nunca le confesó nada, ni a ella ni a nadie.
Llegó el punto en el que al ingresar a la universidad, conoció a Isabel. Una chica de origen español de mirada cálida, que hizo pensar ingenuamente a Arthur que con ella encontraría el refugio necesario contra sí mismo. Anunció su noviazgo con ella delante de sus hermanos, quienes ya estaban todos casados, y de sus padres, quienes se alegraron particularmente porque él era el único que faltaba por casarse y formar su propia familia. Al tiempo, con el esfuerzo que su abuelo y su padre le inculcaron desde siempre, pudo convertirse en dueño de una casa, un auto, una familia de clase que cualquiera querría tener. Llegaron los hijos, Peter primero y Ann después, e Isabel optó por su esterilización. Arthur no se opuso: el cuerpo es de ella y ella es la única que puede tomar decisión sobre él.
Así había pasado doce años con su esposa. Peter, de once años y Ann de diez, crecieron bajo la protección de ella y el amparo de él, quien si bien jamás le prohibió a Isabel que trabajara, ella optó por quedarse a criar sus hijos y trabajar de nuevo cuando ellos tuvieran cierta independencia. Arthur, otra vez, estuvo de acuerdo, y todavía se preguntaba cuándo sus hijos iban a alcanzar esa independencia ideal para Isabel.
Arthur llevaba planeando esa salida toda la semana, así que ese día viernes, después de la oficina, pasó a buscar a Peter y a Ann al colegio y los fue a dejar directamente donde Allistor. Quien los recibió fue Emma, abrazando amorosamente a sus sobrinos y haciéndolos pasar. Le ofreció a Arthur una taza de té con ellos, pero se negó, alegando que tenía algo importante que hacer en una hora más.
—Ah, ya recuerdo —Dice Emma con esa sonrisa de gatito travieso—, tu aniversario. ¡Que lo pasen en grande, Arthur!
—Gracias, Emma —Responde él—. Me saludas a Allistor.
Sonríe con sinceridad al ver como Peter y Ann suben las escaleras con James y Robert, sus sobrinos, hablando de los últimos lanzamientos de videojuegos y otras cosas de su edad. Arthur, mientras conduce, piensa en la juventud de los tiempos de su adultez, dispuesta a aprender de lo diferente, mientras a él se le obligó a luchar contra sí mismo.
Al llegar a casa saluda a Isabel con un simple beso en su boca, la ayuda con la maleta de él y de ella, la suben al auto, el enorme Nissan Qashqai que pudo obtener a poco crédito el año pasado. No será mucho rato conduciendo, pero está seguro de que en el camino la voz femenina de Isabel lo distraerá de su cansancio, sus preguntas, su mente atolondrada que le taladra todos los días su teatro hasta que se lo crea por completo. Le cuenta sobre su día, lo aburrida que estuvo sin salir a ninguna parte, de la película que vio, de la vida nueva de la hermana de su amigo italiano al lado de ese alemán de metro ochenta y de la que Lovino no está ni contento ni conforme bajo ningún punto de vista. Isabel insiste en que su amigo es exageradamente sobreprotector con Feliciana y que debería dejarla vivir su vida como a ella se le plazca.
Arthur le comenta que él está de acuerdo, mientras no despega la mirada de la carretera, y concuerda aún más con todo lo que Isabel le comenta cuando va bajando las maletas, cuando van entrando a la cabaña y mientras cenan en el restaurante. Él, por mera costumbre, mira su celular para ver la hora.
Son las diez de la noche.
—Sin celulares hoy, querido —Le pide ella mirándolo.
—Como tú quieras —Le concede él, sonriéndole.
Isabel le devuelve la sonrisa, sin saber que el gesto de Arthur es realmente frío al tacto. Ella no lo siente así cuando él la besa sobre la cama de la cabaña con la playa detrás de la ventana, cuando la desviste con lo que ella cree pasión de juventud pero con lo que Arthur siente como una parte más de su teatro, y al estar con ella plenamente, cierra fuertemente los ojos para ahuyentarse a sí mismo y las preguntas que se hace en el centro de su corazón.
Isabel no lo nota. No lo hizo ni hace jamás. Ya descansa, dormida plácidamente a su lado. Mientras, Arthur se levanta al baño y se mira al espejo.
Su imagen le da lástima, y la destrozaría sin piedad.
Continuará~
