La Música es Triste sin Ti.

Módena, Italia.

Un poco incómodo por la situación, Karl Heinz Schneider se acomodó su corbata de moño frente al espejo. Éste le decía que se veía muy atractivo en su esmoquin negro pero esto a Schneider lo tenía sin cuidado. Si no fuera porque se encontraba ahí por una buena causa, él habría tomado el primer avión que saliera rumbo a Alemania para escapar de esa tortura.

– ¿Estás listo, Karl? –La imagen de un hombre de cabello castaño claro y ojos azules apareció detrás de Schneider en el espejo–. No pongas esa cara, parece que vas a un funeral.

– Empiezo a arrepentirme de haberme dejado convencer de venir hasta acá para esto –replicó Karl, lanzándole una mirada furibunda a su interlocutor–. En este momento podría estar en mi casa, tomando una cerveza o viendo el fútbol. O haciendo ambas cosas.

– Te hará bien el mantenerte alejado del fútbol por un tiempo –contradijo el hombre de abundante cabello castaño, ajustándose un par de gemelos de oro en los puños de su camisa–. Además, estás aquí por una buena causa.

El joven de cabellos castaños, cuyos ojos azules eran idénticos a los de Karl, era Francesco Ferrari, el conocido magnate multimillonario dueño de la Scuderia Ferrari y de la empresa automovilística del mismo nombre, el cual además era primo de Schneider a través de su madre. Este lazo sanguíneo y la buena relación que había entre ambos eran las causas por las que Karl no pudo negarse a la petición que le hiciera Francesco cuatro años atrás: acudir como invitado de honor a su cena anual de beneficencia, a la cual Ferrari solía llevar a personalidades del medio del espectáculo y del deporte para atraer la atención y conseguir mayores donativos. A Schneider no le molestaba donar para dicho evento, de hecho era de los mayores contribuidores, pero le habría gustado ser como Genzo Wakabayashi, Shunko Sho y Stefan Levin, que donaban sin tener que poner un pie en Italia. Karl, por estar tan directamente relacionado al organizador y benefactor principal, no podía hacer lo mismo así que una vez al año debía pasar algunos días en Módena para apoyar la campaña de beneficencia de la Ferrari. Y aunque había años en los que Levin se dignaba a acompañarlo en dicho evento, en ése en particular el sueco decidió que prefería quedarse en Múnich y dejó a Schneider a su suerte.

– Sólo porque es una buena causa es que estoy aquí –replicó Schneider, quien no llevaba ningún tipo de adorno sobre su traje, a diferencia de su primo–. Menos mal que sólo será por una noche.

– Tenía la esperanza de que me acompañaras también al desayuno de mañana pero no te obligaré. –Francesco suspiró teatralmente, en una actitud típica de una persona que está acostumbrada a manipular a los demás–. Aunque hay gente que me aseguró que irá porque cree que vas a estar ahí.

– No empieces, por favor –pidió Karl, sabiendo interiormente que acabaría por ceder a la petición de su primo–. Vamos un paso a la vez, ¿de acuerdo?

Ambos hombres salieron del penthouse en el que se estaban hospedando, el más costoso del Hotel De Angelis de Gran Lujo de la ciudad de Módena, en donde también se llevaría a cabo la cena de beneficencia de la Ferrari. En años anteriores, Francesco había organizado dicho evento en las instalaciones de la empresa pero después llegó a un acuerdo con Gino Hernández, quien además de ser el portero del Inter de Milán era también heredero de la cadena De Angelis, para realizar la lujosa cena en su mejor hotel. Gino y Francesco hicieron un trato en el que todos salían ganando: Hernández le hacía un buen descuento a Ferrari y éste aportaba ese dinero ahorrado a la caridad; además, Gino se quedaría con las ganancias de las habitaciones de hotel que los presentes a la fiesta alquilarían para su estancia y Francesco no tendría que pagar equipos de limpieza para que se hicieran cargo del desastre posterior a la fiesta. Este pequeño acuerdo podría darle también una ventaja a Karl, aunque mínima: era altamente probable que Hernández decidiera acudir al evento, lo cual haría que el alemán por lo menos tuviera con quién hablar esa noche ya que no le entusiasmaba mucho la idea de convivir con personas ricas que se sentían superiores a los demás.

– Espero que te muestres más alegre una vez que bajemos, porque tengo planeado presentarte a mi futura esposa –anunció Francesco, mientras ambos se dirigían a la escalera principal del lujoso hotel para descender al salón en donde se realizaría la cena–. Y no quiero que ella piense que no te agrada nuestra unión.

– ¿Cómo que a tu futura esposa? –preguntó Karl, sorprendido–. ¿Tanto me he alejado de ti últimamente que ya no sé qué pasa en tu vida?

– ¿Y qué esperabas? Te la pasas metido en el fútbol y siempre estás demasiado ocupado como para enterarte de lo que ocurre en la vida real –reclamó Francesco, con sorna–. Desde hace varios meses te dije que había conocido a una cantante de ópera bella como una diosa y con una voz de ángel única, ¿ya no lo recuerdas?

– Sí, recuerdo que lo mencionaste pero dijiste también que la acababas de conocer –replicó Karl–. ¿En qué momento pasó de ser una más de tus conquistas a tu futura esposa?

– Julieta nunca fue "otra más de mis conquistas" –aclaró Francesco, encogiéndose de hombros–. Desde que la vi supe de inmediato que ella sería diferente pero convencerla de estar conmigo me tomó mucho más tiempo del que esperé.

– En ese caso no puedes reclamarme por no saber que ya estás comprometido –gruñó Karl–. ¡Ni tú sabías si lo ibas a estar!

– Por supuesto que lo sabía –objetó Francesco, con altanería–. Siempre consigo lo que quiero y yo sabía que Julieta también se había enamorado de mí, sólo era cuestión de conseguir que bajara sus defensas y se diera la oportunidad de descubrir que soy el hombre perfecto para ella.

– Es bueno ver que no has cambiado nada, sigues siendo igual de humilde que siempre –se burló Karl–. Lo más sorprendente de todo es que Francesco Ferrari, el magnate multimillonario y soltero empedernido por fin ha caído con una mujer. ¡De verdad que quiero conocer a la persona que logró ese milagro!

– Oh, vamos, no es para tanto –rezongó Francesco, aunque sonreía–. No es como si hubiera dicho que nunca me casaría, simplemente estaba divirtiéndome mientras llegaba la indicada. Tal y como estás haciendo tú actualmente.

– ¿Qué? –Karl se echó a reír–. Te equivocas, yo no estoy divirtiéndome con muchas mientras llega la "mujer indicada"; aunque no lo creas, no he tenido novia en mucho tiempo ni tampoco amantes, me dedico a jugar fútbol.

– Tenía la esperanza de que los rumores que se dicen sobre ti serían ciertos –suspiró Francesco–. No puedo creer que tu vida sea tan aburrida.

– No es aburrida –protestó Karl, de inmediato–. ¡Yo amo jugar fútbol, no me molesta dedicarme sólo a eso!

– Sí, como digas. – se mofó Francesco, haciendo un gesto con la mano–. ¿Y qué harás cuando te retires? ¿Seguir yendo a entrenar porque no tienes otra cosa mejor que hacer ya que no tienes familia que te espere en casa?

– Ya estás yéndote por otro lado –bufó Schneider, frunciendo el ceño–. No dije que nunca me fuera a casar, sólo que no me apetece estar saltando de mujer en mujer hasta que me encuentre con la adecuada.

– ¿Y cómo piensas conocerla entonces? –cuestionó Francesco–. ¿Golpeándola con un balón en uno de tus partidos?

– Muy gracioso –gruñó Karl, aunque sonrió–. No sé cómo sucederá pero es algo que sólo debe preocuparme a mí. Quién sabe, podría conocerla en alguna de tus aburridas fiestas.

– ¡Oye, que mis fiestas no son aburridas! –reclamó Ferrari, al tiempo en que el otro se echaba a reír.

Al hacer acto de presencia en el salón, los ya presentes a la fiesta se giraron a verlos inmediatamente, no sólo porque eran dos personalidades importantes sino también porque eran un par de hombres muy atractivos. Francesco se movió con la seguridad de una persona que sabe que tiene el mundo a sus pies, Karl caminó con la confianza de quien está acostumbrado a ser el centro de atención y ya no le importa. Varias personas se acercaron a hablar con Francesco y otras más le pidieron su autógrafo a Karl, tantas que aquél hizo una broma con respecto a que iba a subastar un autógrafo de su primo y que lo recabado lo daría a la caridad.

Una vez que ambos cumplieron con sus deberes sociales se dirigieron hacia Gino Hernández para saludarlo, quien los estaba esperando a medio salón, elegantemente vestido con un traje italiano de color negro, hecho a la medida; Schneider se sintió aliviado al ver ahí al portero, al menos tendría alguien con quien hablar.

– Como siempre te has lucido, Hernández –le dijo Francesco a Gino, señalando el salón–. Todo está decorado con un lujo exquisito.

– Tal y como lo has pedido, Francesco –respondió Gino, tranquilamente–. Me alegra que sea de tu agrado.

– ¿Y has venido para ver que todo haya salido bien? –preguntó Karl.

– Por supuesto –asintió Gino–. Cuando se trata de un evento de esta magnitud debo asegurarme de que no haya problemas. Sin embargo, no es sólo por eso que estoy aquí, este año conseguí que más benefactores se unan a la causa y por cortesía tengo que presentarlos personalmente.

– Oh, ¿de verdad? –se asombró Francesco–. Me parece excelente que haya más gente que quiera colaborar. ¿Quiénes son, por cierto? ¿Artistas, deportistas o filántropos?

– Diría que lo último –aclaró Gino–. Son las hijas del embajador francés en Italia.

– ¿Del embajador francés? –Esta vez el sorprendido fue Schneider–. ¿Cómo es que conociste a las hijas de un embajador?

– Casualidades de la vida, una de ellas es mi vecina. –Gino se rio y enrojeció vivamente–. Y también mi novia.

– Ahh, eso explica muchas cosas –se burló Karl, mientras Francesco esbozaba una sonrisa de complicidad.

– ¡No tienes por qué decirlo de esa manera! –reclamó Hernández y se ruborizó todavía más, lo que hizo que Schneider riera.

En ese momento, uno de los encargados del evento se acercó a Hernández para decirle que había unas cuestiones por resolver con la cena que se iba a servir, así que Gino se disculpó y se retiró, tras asegurarle a Francesco que cualquier eventualidad sería resuelta satisfactoriamente. Éste y Karl charlaron de otros temas, como el hecho de que el dinero recaudado ese año se destinaría a los refugiados de Siria, cuando comenzaron a escucharse murmullos de admiración a la entrada del salón por causa de una recién llegada. Al darse cuenta de quién se trataba, Francesco se excusó para ir rápidamente hacia allá y regresar al poco rato del brazo de una mujer bellísima, de cabello rojo anaranjado y ojos negros, quien iba enfundada en un vestido largo de color salmón con detalles en dorado. Al verla de cerca, Karl reconoció a Julieta Del Valle, una cantante de ópera que cada día iba ganando más y más fama gracias a su belleza y a su inigualable voz.

– Karl: te presento a mi prometida, Julieta –dijo Francesco con orgullo y admiración–. Jules, amor mío, te presento a mi primo, Karl Heinz Schneider.

– Sé quién es, es difícil no saberlo –contestó Julieta, con un suave acento extranjero–. Es un placer conocerlo al fin, Francesco me ha hablado mucho de usted, señor Schneider.

– El placer es mío. –Karl le estrechó la mano–. Pero por favor llámame Karl, el señor Schneider es mi padre.

– Muy bien, Karl, aunque en ese caso tendrás que tutearme también –aceptó la pelirroja–. Después de todo pronto vamos a convertirnos en familia.

– De acuerdo, Julieta –sonrió el alemán.

Ellos continuaron intercambiando más frases de cortesía para después pasar a hablar de sus proyectos a largo plazo; además de su boda con Francesco, Julieta tenía planeado grabar un disco del género classical crossover y lanzarlo a nivel internacional para darse a conocer. Era un proyecto ambicioso que le hizo ver a Schneider que su primo se había encontrado a una mujer tan insaciable como él. Después de un rato, Francesco expresó que quería presentarle a Julieta a unos magnates de la industria de la música, por lo que ambos se disculparon con Karl antes de dejarlo solo. El joven, resignado, tomó una copa de champaña de una bandeja que llevaba un mesero y le dio un largo sorbo.

– Ahora entiendo por qué los que vienen solos a estos eventos acaban bebiendo como locos –musitó, mirando aburridamente hacia todos lados.

Al poco rato Gino se reunió nuevamente con él, sorprendiéndose al encontrarlo sin compañía. Karl le explicó entonces lo sucedido y, aunque trató de restarle importancia al asunto, se notaba que estaba desanimado.

– Tenía la esperanza de que al menos pudiera pasar esta noche hablando contigo pero tú también estarás con tu pareja –suspiró Schneider–. Es el eterno problema de los solteros: que en las fiestas nos aburrimos más que las piedras.

– Mi novia va a venir con su hermana y tengo entendido que está soltera también –comentó Gino–. Quizás puedas hablar con ella.

– Oh, no, no me gusta eso de: "mi novia tiene una amiga que también está soltera" –protestó Karl–. Me hace sentir como plato de segunda mesa.

– ¡Pero si no se trata de eso! –se rio Hernández–. No te estoy sugiriendo que te enamores y te cases, sólo que hables con ella para que no se aburran los dos. De cualquier manera mi novia no dejará sola a su hermana, seguramente estaremos los cuatro hablando juntos.

– Siendo así, no tengo mucho inconveniente en seguir el juego –aceptó Schneider, resignado.

– Menos mal que estás de acuerdo porque mi novia acaba de avisarme que ya están aquí –señaló Gino, mirando su teléfono para después dirigir su vista hacia la entrada.

Hacia ellos venía caminando con paso rápido una joven de rizado cabello castaño, cuyos ojos verdes hacían juego con su vestido de gala. Gino se acercó a ella y le tendió las manos para después besarla con intensidad, sin importarle que estuvieran en una fiesta.

– Me alegra que estés aquí, Riky –dijo él, tras lo cual se dirigió hacia Karl–. Mira, te presento al astro del fútbol alemán, Karl Heinz Schneider. Schneider, te presento a mi novia, Erika Shanks.

– Es un verdadero placer conocerte. –Erika le tendió su mano derecha a Karl–. ¡No sabía que me iba a encontrar aquí a una celebridad como tú!

– Hay personajes más interesantes que yo aquí –negó Schneider, apretando la mano de la joven–. Como tu novio, por ejemplo.

– Es cierto, pero a él ya lo conozco –replicó Erika, riendo.

– ¿Y tu hermana? –le preguntó Gino, mirando hacia la entrada–. ¿No vino?

– Oh, sí, pero se quedó especificándole al muchacho del valet parking cómo es que debe de tratar su auto –respondió Erika.- No debe tardar en llegar. ¡Ah, mira, ahí viene!

Karl miró distraídamente hacia la entrada del salón, más por pura ociosidad que por otra cosa, y vio a una joven rizada cabellera dorada y ojos grises, quien iba enfundada en un vestido largo conformado por un corsé de color púrpura y por una amplísima falda negra. La chica sonrió al ver a su hermana y en esa sonrisa Karl vio la belleza del planeta concentrada en una sola mujer, la felicidad empaquetada en un cuerpo diminuto de 1.65 metros que caminaba sobre unas altas zapatillas de tacón. Sintiéndose repentinamente abochornado, el alemán se dio cuenta de que se había ruborizado y que un calor desconocido le invadía al pecho, lo cual se lo atribuyó al alcohol.

"Es eso, o esta mujer que te acaba de dejar sin aliento…".

Buona notte –saludó la desconocida, con mucha confianza–. ¿Cómo estás, Gino? Es un gusto verte.

– Muy bien, muchas gracias –contestó aquél, dándole un beso en la mejilla–. ¿Ya acabaste de pelear con el valet parking?

– Lo suficiente para no perderme la fiesta –asintió la recién llegada, con cierta vergüenza.

– ¿Ya conoces al Káiser de Alemania? –preguntó Hernández, señalando al aludido–. Es el invitado estelar de esta noche.

– No, aún no tengo el gusto, pero será un placer hacerlo. –La joven le dirigió una sonrisa de dientes muy blancos al alemán–. Mucho gusto, soy Elieth Shanks, hermana de Erika y cuñada del portero aquí presente.

– Eso de que soy el invitado estelar es una exageración –repuso Karl, acalorado–. Espero no ser una decepción, señorita Shanks.

– Créame: no lo es –negó Elieth, con un brillo especial en la mirada que le hizo ver a Schneider que él también la había impresionado a ella–. Siempre tuve el deseo de conocer a uno de los mejores deportistas de Europa pero nunca pensé que algún día se me concedería.

"Y yo no puedo creer que se me haya cumplido el anhelo de encontrar a alguien interesante esta noche", pensó Karl, sintiendo que quizás esa cena de beneficencia no iba a resultar tan mala después de todo.

A pesar de que Gino había asegurado que los cuatro pasarían mucho tiempo juntos, lo cierto es que al final Erika y él se separaron un poco de los otros dos para hacer cosas de pareja, dejando que Elieth se las arreglara con Karl. A pesar de que éste había dicho que no quería ser un "plato de segunda mesa", la verdad era que ansiaba acercarse a la joven, por quien sentía un irresistible deseo de conocerla mejor y de apreciar de cerca su frágil belleza, quería saber cuáles eran sus gustos, a qué se dedicaba, qué pensaba de la vida en general. Sin embargo, contrario a lo que se pensaba Schneider no era particularmente bueno cortejando mujeres y en esta ocasión no sería diferente, le estaba costando trabajo romper la barrera de cortesía que le impedía acercarse a Elieth como deseaba. Sin embargo, para su sorpresa habría de ser ella quien lo hiciera.

– Y dígame, Karl: ¿le gusta la música? –preguntó Elieth, llamándolo por su nombre.

– Claro que sí –respondió él, triplemente sorprendido por la pregunta, por haber sido ella quien se acercó primero y porque no lo llamó "señor Schneider", como hacía todo el mundo–. ¿A quién no le gusta?

– ¿Le molesta que lo haya llamado por su nombre? –quiso saber la joven rubia, mirándolo con curiosidad–. Perdone mi atrevimiento pero pensé que "señor Schneider" sería más adecuado para referirse a su padre y "Káiser de Alemania" me parece excesivamente formal.

– Karl está bien –aceptó el alemán, con una sonrisa–. ¿Por qué ha querido saber si me gusta la música, Elieth?

– Porque es una buena manera de romper el hielo e iniciar una conversación –explicó ella, riendo–. Usted mismo lo ha dicho: ¿a quién no le gusta la música?

Schneider rio con ella al aceptar que el truco era bueno y después de eso ambos se pusieron a hablar de los géneros musicales que les gustaban a ambos, descubriendo con sorpresa que tenían como favoritos a casi los mismos cantantes y grupos. Elieth le habló tan entusiastamente del impacto que la música tenía en ella que Karl comenzó a darse cuenta de que seguramente se dedicaba a algo relacionado con el medio, por lo que en cuanto tuvo oportunidad le preguntó sobre esta cuestión.

– Soy pianista de profesión –contestó Elieth, con cierto rubor.

– ¿En verdad? –Karl se asombró–. Confieso que no soy muy conocedor del género pero me gusta la música clásica. ¿Ha dado muchos conciertos últimamente?

– No tantos como quisiera –negó ella–. No soy muy conocida aún pero estoy esforzándome por abrirme paso, el mundo de la música es ciertamente ingrato.

– El del deporte también, no creas –comentó Karl, tuteándola–. Creo que cualquier ámbito en donde se pueda alcanzar la fama será difícil, aunque uno no esté buscando la fama en sí.

– ¿La fama no es importante para ti? –cuestionó ella, con una mirada curiosa.

– No realmente –aseguró Schneider–. Lo que yo quiero es jugar fútbol sin que la gente me reconozca en la calle pero eso es algo difícil de conseguir.

– Lo es cuando se es un prodigio en eso –señaló Elieth, risueña–. Y tú sin duda eres un prodigio del fútbol.

– Gracias –agradeció Karl, apenado–. Estoy seguro de que tú eres un prodigio musical.

– Lo dices por pura cortesía –replicó ella, riendo–. ¡Ni siquiera me has escuchado tocar!

– No, es cierto –cedió Karl–. Pero aún así tengo el presentimiento de que eres buena de verdad.

– Oh, puedo asegurarte que lo es –intervino Erika en ese momento, pues había regresado junto con Gino–. Pero tú mismo lo podrás comprobar en unos minutos, mi hermana va a tocar esta noche.

– Siendo así, estoy ansioso porque llegue ese momento –aseguró Schneider, complaciente.

– Espero que no te decepcione. –Elieth se ruborizó al notar su mirada.

Gino le lanzó una mirada de burla a Karl, como dándole a entender que sus temores sobre emparejarse a la fuerza con la hermana de Erika acabaron siendo injustificados. Schneider fingió no percatarse de esto pero en el fondo sentía la curiosidad de saber a dónde lo conducirían los eventos de esa noche.

"Por lo pronto, creo que me he encontrado con alguien muy especial…".

Tal y como Erika lo había anunciado, Francesco reapareció al poco tiempo para pedirle a Elieth que se dirigiera a la zona en donde se instalaría la orquesta que tocaría esa noche (pues la cena incluía también un baile), sitio en donde se encontraba un hermoso piano de cola. La chica Shanks, entusiasmada como cualquier músico que se encuentra frente a un instrumento único, suspiró satisfecha y se sentó ante el piano con una actitud solemne. Ella comenzó a tocar una pieza que, de acuerdo a los comentarios de Francesco, era el Concierto para Piano No. 2, la cual a Karl le pareció bellísima a pesar de que nunca la había escuchado. Elieth movía sus finos y delicados dedos con presteza por las teclas, inundando la sala de una melodía hermosa, profunda y única. Cuando la joven concluyó la pieza fue ovacionada como correspondía a una artista de su nivel, tras lo cual se dispuso a interpretar algunos movimientos de la Rapsodia sobre un tema de Paganini, que a Schneider le pareció tan hermosa como la melodía anterior.

– ¿Y qué opinas? –preguntó Gino en voz baja–. ¿Es buena o no?

– Lo es –reconoció Karl, admirado–. La música con ella adquiere otro sentido.

Cuando Elieth estaba por abandonar el piano, Julieta se acercó para pedirle que fuese su acompañamiento para un par de canciones que deseaba cantar; la rubia se mostró muy dispuesta a hacerlo e interpretó junto con la pelirroja Scaborough fair y Amazing Grace, tras lo cual Francesco se les unió para cantar a dueto Carpe diem junto con Julieta. Al finalizar esta canción, Elieth dijo que seguramente el público ya había tenido suficiente de ella y se retiró para permitir que otros invitados músicos entretuvieran a la gente. La rubia no sabía bien a dónde dirigirse, entre tantas caras desconocidas no pudo encontrar la de su hermana pero entonces apareció como un sol la de Karl, quien le sonreía con calidez. Elieth sintió que su corazón daba un vuelco y que la boca se le secaba ante la mirada tan intensa que le estaba dirigiendo el alemán.

– Has estado excelente –la felicitó Karl, con sinceridad–. Aunque confieso que no conozco al compositor de las obras de piano que tocaste al inicio.

– Oh, es Serguéi Rajmáninov –aclaró Elieth–. Es uno de los mejores compositores rusos que han existido y además es uno de mis favoritos. No escribió tantas obras como otros músicos más conocidos pero las que tiene son bellísimas.

– Eso pude comprobar hace un momento –asintió Schneider–. Aunque me gusta la música clásica, no conozco más que a los más famosos: Mozart, Beethoven, Wagner.

– Y de esos, ¿cuál es tu favorito? –quiso saber Elieth.

– Beethoven, pero tengo que aclarar que es porque a él lo conozco más. –Karl se rio de su propia ignorancia.

– Bueno, si lo deseas yo puedo hablarte sobre los grandes maestros clásicos para que los vayas conociendo –sugirió Elieth.

– Eso me gustaría mucho –admitió Karl, con una sonrisa de complacencia.

No se separaron el resto de la noche, ni siquiera cuando llegó el momento de cenar y ambos tenían que ocupar sus lugares preestablecidos. Karl se saltó el protocolo y se sentó junto a Elieth, importándole muy poco que estuviese designado que se sentara otro diplomático ahí; para su fortuna, Francesco se tomó de buena manera su rebeldía y con mucha habilidad consiguió que el hombre cambiara de puesto sin protestar. Karl y Elieth rieron y charlaron tan entusiastamente que en varias ocasiones el ruido que hicieron llamó la atención de la gente que tenían a su alrededor, incluyendo la del propio Francesco.

– Creo que estamos dando un muy mal ejemplo –susurró Elieth en voz baja, un tanto avergonzada.

– Por una noche que nos portemos mal no creo que importe –replicó Karl.

Después de la cena, Francesco y Julieta inauguraron el baile, el cual estuvo compuesto por canciones de las grandes orquestas que estuvieron de moda mucho antes de que Schneider y su acompañante nacieran, pero eso no los detuvo para salir a la pista y moverse sobre ella con suma agilidad. A pesar de que Karl no tenía mucha experiencia en bailar, no le costó trabajo guiar a su compañera, quien gracias a su estatura tenía un paso ligero y grácil que la hacía muy fácil de llevar. Hasta la misma Erika estaba sorprendida de ver a su hermana menor congeniar tan bien con un completo desconocido pero, si bien le preocupaba que Elieth se entusiasmara tanto con el Káiser de Alemania pues no sabía qué era lo que éste pretendía, Gino le aseguró que no tendría de qué preocuparse ya que, a pesar de su fama, Schneider era un hombre serio y confiable que no se burlaría de Elieth sólo para pasar el rato.

Sé lo que estabas sintiendo cuando tocaste para mí esa canción…

Ya estando bastante avanzada la noche, cuando prácticamente la mayoría de los invitados estaban demasiado alcoholizados para recordar qué estaban haciendo ahí, Elieth arrastró a Karl al piano y le interpretó varios de los conciertos de Rajmáninov, mismos que él memorizó con la fuerza de un hombre que se estaba enamorando. Cuando Elieth dijo que era hora de marcharse, Karl intentó retenerla por una última vez para arrancarle aunque fuera la promesa de que ésa no sería la última vez en que la se verían.

– Si vas al desayuno de mañana que ha organizado el señor Ferrari, es seguro que me encontrarás ahí –dijo ella, con una sonrisa.

– Ahí estaré –aseguró él, olvidándose de que hasta hacía apenas unas horas le resultaba desagradable la sola idea de acudir a ese evento.

Erika apareció entonces para llevarse a su hermana, dejando tras de sí a un par de hombres enamorados aunque uno de ellos todavía no sabía que se estaba enamorando. Antes de irse, Elieth se giró para ver a Karl y sonreírle con picardía, gesto que él devolvió con la misma emoción.

Le diste a cada palabra un significado y me mostraste el sitio al cual pertenecemos…

Esa noche, Karl soñó con la música de Rajmáninov y una hermosa hada rubia que tejía música con sus dedos. A pesar de no estar plenamente consciente de que era un sueño, él sabía que esa hada rubia era Elieth Shanks, con sus ojos grises y sus dedos ágiles. Al despertar, estaba tan de buen humor que Francesco comenzó a darse cuenta de que algo serio sucedía con él y no podía creerse que hubiese sido una mujer quien operara ese cambio en Karl.

– Me sorprende mucho que estés tan de buenas hoy –comenzó Francesco–, considerando que ayer asegurabas que no vendrías al desayuno.

– No me negué como tal a ello –replicó Schneider, a la defensiva–, sólo dije que me resultaría un fastidio pero ahora tengo una razón para que no sea así.

– Claro –dijo Francesco, burlonamente–. Tú crees que yo soy un ingenuo y que no entiendo a qué juegas.

– De verdad no estoy jugando a nada –insistió Karl, avergonzándose–. Deja de fastidiar o ahora mismo agarro un taxi que me lleve al aeropuerto.

– Ése sí eres tú. –Francesco sonrió–. No volveré a molestarte con tu pianista francesa, por lo menos no antes de que se acabe el desayuno.

A pesar de las burlas de Francesco, Karl no pudo hacer menos que agradecerle cuando, sentado a la mesa principal del pequeño comedor al aire libre instalado para la ocasión, vio llegar a las Shanks muy frescas y sonrientes, como si se pasaran la vida yendo a desayunos de caridad. Elieth sonrió al ver a Schneider y quedó claro que él la estaba poniendo muy nerviosa, aunque se recompuso lo mejor que pudo y ocupó su lugar con la sensación de que estaba dominando la situación, aunque estaba muy lejos de sentirlo. Karl, que quedó cerca de Julieta, se puso a platicar con ella sobre cómo había conocido a Francesco, aunque su atención seguía fija en la rubia de ojos grises que estaba sentada muy cerca de él. Schneider creía, sin embargo, que su interés estaba muy bien disimulado hasta que Julieta le hizo darse cuenta de su error con una pregunta que lo desarmó.

– Y bien, Karl: ¿Piensas hacer algo con esa chica francesa o vas a pasarte todo el evento mirándola furtivamente? –preguntó Julieta, sin darle vueltas al asunto.

– ¿Qué? –exclamó Karl, poniéndose muy rojo–. ¿De qué estás hablando?

– Bien que lo sabes –replicó ella, mordaz–. La señorita Shanks te gusta, ¿no es así? Y hablo de la que está soltera, no vayas a tomar como pretexto que Erika ya es pareja de Gino Hernández y que por eso no puedes acercarte a ella.

– Eres inteligente, lo admito –reconoció Karl, abochornado–. Tanto por predecir mi respuesta como por notar lo que… No, espera, de verdad: ¿cómo lo notaste?

– Las mujeres tenemos un sexto sentido que se llama intuición. –Julieta se echó a reír–. Y yo me di cuenta de la atracción que hay entre ustedes desde anoche. Así pues, sé que estás tratando de ser cortés al preguntar tantas cosas sobre mi relación con Francesco pero lo que en realidad te gustaría hacer es charlar con ella.

– No estoy contigo por mera cortesía –contravino Karl, menos avergonzado–. De verdad que quiero conocerte mejor, después de todo vamos a ser familia algún día, bien lo dijiste anoche.

Julieta, por respuesta, lo miró con mucha simpatía y le puso la mano en el hombro con afecto. En ese momento dio comienzo el desayuno con un discurso que tenía preparado uno de los donadores de la noche anterior, el cual trataba de la importancia de contribuir a mejorar las condiciones de los menos afortunados, y si bien el tema era ciertamente importante, la oratoria se prolongó más de lo necesario: no habían pasado ni veinte minutos cuando ya la gran mayoría de los oyentes estaban aburridos como ostras. Karl sentía que comenzaban a cerrársele involuntariamente los ojos y decidió levantarse al sanitario para refrescarse la cara; al ponerse en pie vio cómo Francesco y Julieta luchaban por mantener una expresión atenta pero se notaba que estaban tan fastidiados como los demás.

– ¿A dónde vas? –le preguntó Francesco en un susurro.

– A refrescarme –respondió Karl, en el mismo tono de voz–. Estoy durmiéndome con el discurso.

– Y todavía faltan otras dos personas –suspiró Francesco, resignado–. Intenté por todos los medios convencerlos de que no lo hicieran pero no lo logré y no se puede ir en contra de los generosos benefactores.

Resignado a su suerte, Karl entró al sanitario de hombres para echarse agua en la cara. "¿A quién se le ocurrió esto?", pensó, mientras se la secaba con una toalla desechable. "Es un desayuno, no un desfile de vanidad inflada".

Al salir del baño casi tropezó con Elieth, quien al parecer había tenido la misma idea de refrescarse el rostro para aguantar el martirio. La chica sonrió instantáneamente al verlo y bajó los ojos rápidamente, como quien mira a alguien que le gusta mucho. Karl se sintió halagado por ese pequeño gesto y le preguntó qué le estaba pareciendo el desayuno.

– ¿Honestamente? Fatal, los discursos están siendo de lo más aburridos –fue la contestación sincera de la chica–. ¿A quién se le ocurrió que sería una buena idea el darlos justamente ahora?

– Lo mismo me pregunto –se rio Schneider–. Pero pronto nadie podrá quejarse pues estarán dormidos por el aburrimiento y nosotros también.

– A menos que nos escapemos –sugirió Elieth, sorprendida de su propia audacia.

– ¿Escaparnos? –Karl se asombró también aunque por razones distintas–. ¿A dónde?

– Bueno, ¿alguna vez has estado en la campiña italiana? –Elieth decidió que, ya que se había atrevido a hablar, debía llevar las consecuencias hasta el final–. Hay muchos viñedos y varios de ellos ofrecen cata de vinos y un buen almuerzo mediterráneo. Y yo tengo mi automóvil afuera, listo para salir en cualquier instante. ¿Qué te parece si nos fugamos y nos vamos a buscar unos buenos vinos?

– Ésa es la mejor oferta que me han hecho en mucho tiempo –sonrió Karl. No había marcha atrás: la suerte estaba echada.

Así pues, ambos se fugaron sin hacer mucho escándalo hasta el automóvil de Elieth, el cual estaba aparcado sospechosamente cerca de la salida. Cuando Schneider preguntó si su hermana no resentiría su ausencia, Elieth respondió que lo que Erika haría al notar que no estaba sería encogerse de hombros y marcharse con Gino, por lo que no debía preocuparse por eso. La francesa puso en marcha el motor y activó las bocinas para poner música a todo volumen; media hora después, Karl se encontraba recorriendo a toda velocidad las carreteras cercanas a Módena en el automóvil descapotado de una de las hijas del embajador francés, con música electrónica y de rock alternativo a todo volumen. Scorpions, Coldplay, Adel Tawil, Avicii, Xavier Naidoo, Gigi D'Agostino cantaban a todo pulmón por los altavoces, grabando sus canciones en el cerebro de Karl, atándolos a los recuerdos de ese vertiginoso día. Al llegar a uno de los viñedos, Karl y Elieth se unieron a un grupo que realizaba un tour con cata y actuaron como si siempre hubiesen estado con ellos, lo que ocasionó el desconcierto del guía. Aguantándose las ganas de reírse, Elieth pagó el costo del recorrido por los dos y disfrutó junto con Schneider de la cata de vinos.

– Esta vez pago yo, tú lo harás la siguiente –resolvió Elieth, con una enorme sonrisa.

– Gracias. –Él sonrió también–. Es la primera vez que una mujer me invita.

– ¡Qué viva la liberación femenina! –soltó ella, tomando después una copa de vino.

Como estaba muriéndose de hambre, Karl se engulló todo lo que le sirvieron de almuerzo, sin dejar de contemplar la belleza de la campiña italiana. El mundo ahí parecía más luminoso, más verde, más fresco, más vivo y él no sabía si achacárselo a la belleza de los paisajes de Italia o a la glamorosa hada francesa que tenía a su lado. En cualquier caso, los dos pasaron un rato especial y único que nada se asemejaba a lo vivido en la mañana en el desayuno de beneficencia.

– Es una lástima que tenga que irse tan pronto, Emperador, porque si no lo llevaría a conocer Módena a pie –comentó Elieth, cuando la cata de vino terminó y ambos se quedaron observando el paisaje, apoyados contra el automóvil.

– ¿Quién dijo que tengo que irme ya? –replicó Schneider, agarrando la oportunidad al vuelo–. Estoy de vacaciones y en estricto sentido no tengo que volver de urgencia a Alemania, señorita Shanks.

– ¿Y no tienes boleto de regreso? –inquirió ella, curiosa.

– Puedo cambiarlo –aseguró él, encogiéndose de hombros–. Así que, ¿qué tienes en mente?

Era de noche cuando regresaron al hotel De Angelis en donde se estaban hospedando los dos, coincidentemente. En cuanto puso un pie en el vestíbulo, Karl vio a Francesco acercarse a él, con un gesto agrio que denotaba que tenía ganas de asesinarlo y abrazarlo, en ese orden. Schneider vagamente se había dado cuenta de que su primo estuvo llamándole en reiteradas ocasiones pero no había querido contestar para no perder el hechizo de la compañía de Elieth Shanks.

– Por fin apareces –le reclamó Francesco, con acidez–. Estaba preocupado por ti, ¡estuve a punto de reportarte como desaparecido! Si no lo hice fue porque se habría hecho un gran escándalo: ¡El Káiser de Alemania ha sido secuestrado en Italia! Pero créeme que estuve a punto de mandar rastrear cada centímetro cuadrado de esta tierra para hallarte.

– No exageres, soy lo bastante mayor como para cuidarme solo –replicó Karl, de buen humor–. Además, sólo me perdí unas seis o siete horas.

– Ocho, para ser exactos –gruñó Francesco–. ¡Espero que tengas una buena explicación!

– ¿Tanto fue? –Schneider fingió sorpresa–. Vaya, el tiempo pasa volando cuando uno se divierte.

– Lo siento, ha sido culpa mía –intervino Elieth, con voz suave–. Yo lo sonsaqué para que conociera la belleza de la campiña italiana y la delicia de sus vinos.

– ¿Ah, sí? –Francesco miró a Elieth con una ceja encarnada.

En ese momento Karl se percató de que, a pocos metros de ellos, Julieta los contemplaba con una sonrisa divertida e intercambió con ella una mirada de complicidad.

– ¿Así que usted es la responsable, señorita Shanks? –preguntó Francesco, con voz autoritaria que a cualquier otro le habría parecido intimidante.

– Totalmente, señor Ferrari –contestó la joven, sin inmutarse–. ¿Merezco ser encerrada en la Bastilla por eso?

– No es para tanto –repuso Francesco, suavizando su gesto–. Pero hubiera agradecido que nos avisaran que iban a escaparse.

– Lo mismo digo –terció Erika entonces, a grandes voces–. ¡No creí que te desaparecerías todo el día, Eli!

Karl y Elieth se miraron con resignación, mientras Francesco y Erika descargaban su preocupación sobre ellos. Gino y Julieta, como buenos cómplices, miraban a los otros con cierta burla y esperaban a que a sus respectivas parejas se les pasara el enojo. Una vez que descargaron su furia, tanto Francesco como Erika comprendieron al fin que los otros sólo querían pasar un rato a solas y decidieron dejarlos tranquilos.

– Si estuviste ocupado con una mujer, una tan bella además, es comprensible que hayas ignorado el teléfono –sentenció Francesco–, pero no lo vuelvas a hacer, no al menos mientras estés bajo mi responsabilidad.

– Y tú, hermanita, procura no olvidar que tienes responsabilidades cuando andes de coqueta –dijo Erika, a su vez–. Sabes bien que a papá le dará un infarto si llegas a desaparecer.

Los amonestados prometieron no volver a esfumarse sin avisar, a pesar de que en sí consideraban que no le debían explicaciones a nadie. Elieth se marchó entonces con Erika y Gino mientras que Karl permaneció con Francesco y Julieta. El dueño de la Ferrari quiso llevar a su primo a cenar mientras le comentaba los pormenores del desayuno que se perdió, pero Schneider sólo podía pensar en la música y en el día maravilloso que pasó.

Al día siguiente, fiel a su promesa, Elieth llevó a Karl a recorrer Módena. Ella le había pedido que no desayunara en el hotel para llevarlo a un restaurante típico de la región y él obedeció, a pesar de que le costó trabajo escaparse de Francesco. Sin embargo, valió la pena todo lo que tuvo que hacer para pasar desapercibido, pues el desayuno italiano del pequeño restaurante de pueblo al que lo invitó Elieth resultó ser algo único en el mundo. Tras comer, ella llevó a Karl a recorrer la ciudad a pie, guiándolo a la Catedral y al histórico mercado Albinelli. Schneider se sentía transportado a otro mundo, uno más antiguo y misterioso gracias a las peculiares construcciones de Módena, y deseó durante un instante que esas pequeñas vacaciones improvisadas duraran para siempre. Elieth, por su parte, le iba narrando lo que sabía sobre la ciudad, con tanta familiaridad que parecía que se hubiera criado ahí.

– Conoces mucho de la zona –comentó Schneider, mientras paseaban por las callejuelas de un barrio comercial–. ¿Vienes muy seguido por aquí?

– Me gusta visitar las ciudades del país de turno, cuando puedo hacerlo –respondió Elieth, deteniéndose ante una tienda de baratijas en donde había una cajita de madera que llamó su atención–. Es una de las ventajas que tiene el ser la hija de un embajador y pues ahora que Erika se ha hecho novia de Gino, venimos las dos muy seguido para esta zona.

– Debe de ser difícil cambiar constantemente de hogar –dijo Karl, con suavidad.

– Al principio lo es pero después te acostumbras. –Elieth se encogió de hombros–. Por supuesto, ahora que soy mayor de edad soy libre de elegir mi propio camino; tengo un hermano mayor que está haciendo labores humanitarias en África desde hace varios años y es probable que Erika decida quedarse en Italia de manera permanente. Yo todavía no sé cuál será mi destino pero espero encontrarlo algún día.

– ¿Puedo hacerte una pregunta personal? –pidió Karl, después de que ella compró la cajita.

– Por supuesto. –La joven lo animó con una sonrisa.

– ¿No te sientes sola con tantos cambios? –preguntó él–. Digo, yo no me he mudado tantas veces de sitio y aún así experimento cierta soledad cuando lo hago, no me imagino lo que ha de suceder contigo que lo haces tan seguido.

– Te confesaré que ésa es la razón por la cual la música es tan importante para mí –suspiró Elieth–. Los amigos se quedan atrás cuando te mudas, pero la música te seguirá a donde quiera que vayas.

Él no pudo hacer menos que sonreír. Fue en ese preciso momento cuando se dio cuenta de que Elieth Shanks no iba a ser una mera aventura pasajera en su vida y lo reafirmó cuando, minutos más tarde, la besó por primera vez bajo el sol estival, con la sensación de que estaba destinado a conocerla y a enamorarse de ella.

Por la noche, al llegar al hotel, Elieth invitó a Karl a subir a su habitación para tomarse una copa y él aceptó. Ambos acabaron desnudos en la cama ardiente, entregando cada centímetro de cuerpo y de piel desnuda a sus deseos carnales desatados. Y por la mañana los dos repitieron la rutina del día previo, con paseos por Módena y sus alrededores, con la música a todo volumen en el automóvil de Elieth y escenas candentes de sexo eficiente en la madrugada. En algunas ocasiones, en el restaurante de lujo del De Angelis, Elieth tocaba en el piano sus piezas predilectas de Beethoven y Rajmáninov, creando en la mente del alemán una rapsodia musical que habría de seguir resonando en su cabeza aún mucho después de que las últimas notas dejaran de sonar. Sexo, amor y música era lo único que había en la vida de Karl en esos días, lo único que importaba. Y así pasaron dos semanas maravillosas bajo el cielo de Módena, a finales de un verano que parecía ser eterno.

Y nosotros reímos y cantamos, sin mirar atrás… Me enseñaste el significado de "amor" y "romance"…

Pero todo en esta vida tiene un principio y un final: Karl debía volver cuanto antes a Alemania pues los entrenamientos del Bayern Múnich se habían reiniciado ya y él era de los pocos jugadores que no se habían incorporado a él. Si bien su padre y entrenador del equipo sabía en dónde estaba, el joven no quería abusar de sus privilegios y regresar cuando fuese demasiado tarde así que tuvo que resignarse al hecho de que era hora de volver a la realidad y así se lo hizo saber a Elieth al comienzo del último día que pasarían juntos en Italia.

– Todo por servir se acaba, ¿no es así? –aceptó ella, tratando de mantenerse alegre aunque se notaba que el asunto le afectaba tanto como a él–. Yo también debo volver a Roma, tengo un par de conciertos programados allá.

– Es una lástima que no vaya a poder estar ahí para disfrutarlos –se lamentó Karl–. Pero espero poder verte en alguna ocasión.

– Yo también lo espero. –Elieth agradeció que él no le hiciera una promesa porque no sabía si en verdad podría cumplirla.

Si bien la rutina de ese día no se modificó en cuanto a los paseos y la música a todo volumen, Elieth le dijo que lo mejor sería que no pasaran juntos esa noche pues le resultaría más difícil despedirse por la mañana que en ese momento. Schneider estuvo de acuerdo a pesar de que le habría gustado volver a hacerla suya una última vez, así que se tuvo que conformar con besarla con intensidad bajo el cielo estival de Italia, tratando de grabarse en su memoria hasta los últimos segundos vividos con Elieth Shanks.

– Te recordaré por siempre –murmuró él, cuando se separaron.

Ella, por respuesta, lo abrazó y apoyó la cabeza en su pecho, contando los latidos de su corazón y los minutos que faltaban para decir adiós. Después de varios minutos que parecieron segundos, Elieth se separó y lo besó en los labios una última vez.

– Tal vez podamos vernos de nuevo el próximo año –sugirió Schneider, con cierta ansiedad.

– Tal vez –asintió Elieth, sin comprometerse del todo–. Si es que sigo aquí para el próximo año.

Ella se dio la vuelta y entró en el hotel, sonriéndole con ternura antes de perderse en la multitud de turistas que inundaban los pasillos. Karl la miró irse con la sensación de que estaba cometiendo un grave error, pero no había vuelta atrás.

Estar contigo se siente como estar en el hogar así que, ¿por qué me voy y te dejo sola?

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

Múnich, Alemania.

Varios meses después.

Genzo Wakabayashi no podía comprender qué era lo que estaba mal con su capitán y amigo, Karl Heinz Schneider llevaba actuando raro desde que regresó de sus improvisadas vacaciones en Italia y el portero no sabía el por qué. El alemán se la pasaba horas escuchando música con los audífonos puestos, desconectándose del mundo y de la realidad, sin hacer mucho caso de lo que ocurría a su alrededor. Cierto era que en el campo de juego Karl seguía conservando su actitud guerrera y nunca fallaba en los partidos, pero fuera de él se comportaba como un zombi que a duras penas y podía enlazar dos o tres frases coherentes. Todos en el equipo notaban que algo andaba mal con el Káiser de Alemania pero casi nadie se atrevía a hacerle alguna observación al respecto, con excepción del mismo Genzo quien no se tentaba el corazón para decirle las cosas de frente o hacerle burlas sobre su comportamiento extraño. Sin embargo, si bien Schneider solía tomarse en serio estas llamadas de atención por parte del portero, en esta ocasión parecía ser inmune incluso a sus reclamos.

"Y todo a raíz de que volvió de aquél viaje a Italia, que supuestamente iba a durar unos cuantos días y se prolongó hasta casi tres semanas", pensó el portero, mientras miraba a Schneider concentrarse en una jugada de pases que llevaba a cabo con Sho y Levin. "He intentado en muchas ocasiones preguntarle qué rayos le ocurrió allá pero se limita a sonreírme como si yo fuera un niño que no supiera nada de la vida y a darme unas palmadas en la espalda. ¡Y eso definitivamente no ayuda!".

En ese momento Schneider tiró a gol y Wakabayashi interrumpió sus pensamientos para lanzarse a atrapar la pelota. Le tomó varios intentos pero por fin aprendió a detener esa técnica especial creada por los tres ases del Bayern Múnich, en donde Levin, Sho y Schneider se pasaban la pelota con sus tiros para crear un disparo único y potente; sin embargo, en esa ocasión Genzo sintió que Karl había tirado con menos precisión y que por eso no le costó tanto trabajo detener ese balón.

– Deberías de ponerle más entusiasmo a tus disparos, Schneider –se burló Genzo, mandándole la pelota de regreso.

– Es lo mismo que le dije, que tiró mal –concordó Sho–. Creo que ese disparo hasta pudo haberlo detenido tu compañero Morisaki.

– No exageremos –replicó Schneider, mientras Wakabayashi fruncía el ceño–. Ésas ya son palabras mayores pero admito que he estado un poco flojo en el entrenamiento de hoy.

– ¿Sólo en el entrenamiento de hoy? –Genzo aprovechó la oportunidad que se le presentaba–. ¡Has estado así desde el inicio de la temporada!

– Temporada que ya está por acabar, por cierto –añadió Levin–. Es verdad, no has fallado y sigues siendo letal, pero a veces pareciera que tienes la cabeza en otro lado, Schneider.

– ¿Qué? Por supuesto que no, eso sólo me está pasando hoy –negó el aludido, confuso.

– Si tú lo dices. –Shunko se encogió de hombros y les hizo una seña a los otros dos.

– Continuemos con el entrenamiento –ordenó el alemán, tratando de ocultar su turbación.

Pero lo cierto era que Schneider sabía que sus amigos tenían razón: no levantaba cabeza desde ese viaje a Italia, ocurrido casi un año atrás. El fútbol como siempre lo distraía, era el único momento en donde podía seguir siendo él mismo, pero apenas salía de la cancha y los recuerdos lo invadían, su mente insistía en regresar a aquellas semanas pasadas en la campiña italiana. De primera intención Karl intentó seguir escuchando las canciones que Elieth Shanks le mostró en esa ocasión pero no lograba ni oír los primeros compases sin que la melancolía lo invadiera, así que casi siempre acababa apagando su reproductor o saltando de canción en canción tratando de encontrar una que le permitiera recordarla sin que le entraran deseos de irse a Italia a buscarla. La única opción que le quedaba era escuchar las composiciones de Rajmáninov y Beethoven que ella había tocado, sólo esas melodías le permitían tolerar la soledad y superar la nostalgia.

La música es triste sin ti, el silencio es lo único que puedo escuchar…

Al finalizar el entrenamiento, Karl se dirigió hacia las regaderas junto con la mayoría de sus compañeros de equipo; sólo Wakabayashi, Sho y Levin se quedaron en el campo, hablando de lo que le sucedía a su capitán.

– Y me he dado cuenta de que sólo escucha música de Rajá Minov y Beethoven –decía Genzo–. No sale de eso.

– Rajmáninov, Wakabayashi, se llama Rajmáninov y es un compositor ruso –se mofó Sho–. Beethoven también era un compositor, aunque alemán de nacimiento, supongo que por eso supiste pronunciar su nombre.

– Sé quién es Beethoven pero no me puedes culpar por no conocer a todos los compositores de música clásica que existen –gruñó el portero–. Además, ¿eso realmente importa?

– Tienes razón, a nadie le importa que seas un inculto, Wakabayashi –replicó Levin, sin inmutarse–, pero sí que habrá un problema si Schneider sigue tan desconcentrado. No ha fallado hasta ahora pero, ¿qué pasará si lo llega a hacer en un futuro?

– Schneider es un jugador de gran nivel, debemos confiar en él y esperar que responda como sabe hacerlo –confirmó Sho.

– Y apoyarlo dentro y fuera del campo de juego –añadió Wakabayashi, asintiendo con la cabeza para confirmar que estaba de acuerdo con Sho–. Ustedes sobre todo, que son los que se compaginan más con él.

– Así lo haremos –acordó Shunko–. Y con respecto a la falta de cultura de Wakabayashi pues nada podemos hacer.

– ¡Ya déjenme en paz! –exclamó Genzo, enojado, mientras los otros dos se echaban a reír.

Mucho rato más tarde, los jugadores salieron del FC Bayern Campus para volver a sus hogares; Genzo, en una costumbre que llevaba a cabo dos o tres veces por semana, había dejado a propósito su automóvil en su departamento pues regresaría trotando ya que le agradaba recorrer la ciudad a pie. Mientras lo hacía contemplaba a las personas que pasaban a un lado suyo, muchas de las cuales no lo reconocían, así como las pequeñas historias de la vida diaria que suelen suscitarse en una ciudad cualquiera. Al dar la vuelta en una intersección de calles, el japonés se topó con un pequeño parquecito en donde vio a varias personas reunidas frente a un árbol, quienes miraban hacia la punta de éste como si hubiera algo ahí. Wakabayashi se acercó por mera curiosidad y le preguntó a alguien qué estaba sucediendo.

– Hay un gato atrapado en lo alto del árbol –fue la respuesta que recibió–. Y alguien está tratando de rescatarlo.

El portero miró hacia arriba y comprobó lo que le acababan de decir: en la punta del árbol había una persona tratando de bajar a un gato atigrado. El felino no quería ir hacia su inesperado rescatador pero éste se desvivía por ganarse su confianza.

– ¿No deberíamos de ayudar? –preguntó Genzo a la persona a quien le pidió información.

– Ya hablamos a los bomberos –afirmó éste, sin despegar la vista de la copa del árbol.

– A ver si no es demasiado tarde para entonces –musitó el portero, pensando en que las ramas superiores del árbol se veían muy endebles.

En ese momento los presentes soltaron una exclamación: el rescatador había conseguido agarrar al gato por una pata y durante un instante que pareció eterno tuvo una expresión de júbilo en su rostro… que se trocó en pánico cuando la rama en la que estaba apoyado crujió bajo su peso. El inesperado salvador de gatos trató de bajarse a toda velocidad pero no fue lo suficientemente rápido: la rama se quebró y hombre y gato cayeron por el efecto de la gravedad. Wakabayashi fue el único que tuvo el tino de reaccionar y, mientras los demás soltaban gritos de angustia, él saltó para tratar de atrapar al rescatista o por lo menos para aligerar su caída y evitar que se lesionara. Cumplió con su cometido, al menos en parte, pues el rescatador cayó sobre él y el gato lo hizo sobre los dos, de manera que fue el primero en levantarse grácilmente y salir corriendo para perderse entre los matorrales del parquecito.

– ¿Están bien? –preguntó alguien, preocupado–. ¡Llamen a un médico!

– Llamaré a una ambulancia –dijo alguien más, sacando un celular y comenzando a marcar el número de emergencias.

– Yo estoy bien –aseguró Genzo, tratando de moverse con cuidado para no lastimar a su rescatado–. Pero no sé si él… ¡Ah!

Wakabayashi se interrumpió al verse parcialmente cubierto por una larga y aromatizada cabellera castaña, lo que le permitió darse cuenta de que el rescatador del gato, ¡era en realidad una mujer! Ésta debió de haber llevado el cabello recogido y por eso Genzo no lo notó de primera intención, pero en la caída ella perdió la cinta y su cabellera se soltó por completo. El portero se sintió levemente perturbado por ese descubrimiento, aunque creyó que se debía a la sorpresa de saber que una chica había sido tan arriesgada y valiente para treparse al árbol sin pensar en el peligro. Antes de que Wakabayashi pudiera decirle algo, la joven se removió y lo confrontó, con lo que las miradas de ambos se entrecruzaron durante un momento fugaz pero intenso. Ella se ruborizó y él incrementó su turbación con este intercambio de miradas, pues un sentimiento nuevo y poderoso latió con fuerza en los corazones de ambos.

– Discúlpame, no suelo acercarme tanto a alguien antes de la primera cita –bromeó ella, separándose de Genzo para ponerse de pie.

– Sí, te entiendo. –Wakabayashi rio por el comentario–. Pero fue por causa de fuerza mayor.

– Supongo que tienes razón –sonrió la muchacha, con lo que sus ojos chocolate brillaron–. Gracias por salvarme. Fue una suerte que el mejor portero de Alemania haya pasado por aquí justo en el momento en el que lo necesitaba.

– No tienes nada qué agradecer, era lo mínimo que podía hacer por la persona que arriesgó su vida para salvar a un gato –respondió Wakabayashi, levantándose con agilidad y sorprendido de que ella lo hubiese reconocido–. Pero, ¿estás bien? Seguramente te lastimaste al caer.

– Si tú no te lesionaste pues yo tampoco –aseguró la joven, quien a pesar de sus palabras hizo una mueca de dolor–. No es nada que un par de analgésicos no curen.

– La ambulancia y los bomberos no deben de tardar en llegar –terció alguien.

– ¡A buena hora! –se rio ella–. Pero yo estaré bien, en todo caso iré al hospital por mi propia cuenta.

– Siendo así, permíteme acompañarte, no deberías de marcharte sola –ofreció Genzo, solícito–. ¿Qué tal si llega a haber otros gatos atorados en los árboles que te encuentres en el camino? Necesitarás de alguien que pueda atraparte cuando caigas.

Por alguna razón esta frase le gustó a la joven desconocida, quien sonrió de una forma única. Y Wakabayashi no pudo evitar notar que ella era realmente muy linda, aunque lo que más le había impresionado de la muchacha fue su valor. Ella, a su vez, parecía estar muy encantada con él y Genzo se dijo que sería una pena desperdiciar una oportunidad como ésa, porque una química tan auténtica entre dos personas es muy difícil de encontrar.

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No puedo cantar las canciones como solía hacerlo…

Karl colgó el teléfono, desilusionado. Acababa de hablar con Francesco sobre la próxima cena de beneficencia de la Ferrari y él le había confirmado que de las hermanas Shanks sólo Erika había confirmado su asistencia, pues al parecer Elieth se había marchado de Italia varios meses atrás. Schneider no quería reconocerlo, pero le dolía saber que su última esperanza de volver a ver a la joven pianista se había esfumado en el aire. En semanas previas, cuando al fin se decidió a reconocer que extrañaba a Elieth más de lo que debería, Karl se animó a contactarla pero su número italiano había dejado de funcionar y ahora él sabía la razón: si ella había dejado el país, lo más lógico sería pensar que había cambiado de número también. De esta manera, su última opción era volver a encontrársela en la fiesta de la Ferrari pero esa esperanza acababa de esfumarse también.

¿Qué estaría pasando en esos momentos con Elieth, en dónde se encontraría? ¿Lo extrañaría tanto como él a ella? ¿Escucharía sus canciones y, al igual que Karl, se sentiría incapaz de cantarlas y de disfrutarlas? ¿Estaría tan melancólica, tan solitaria, tan triste como él? ¿O Karl sería el único que tenía el corazón partido en dos?

La música es muy triste cuando no estás cerca de mí…

"Es una estupidez creer que ella sigue pensando en mí", pensó Schneider con desgana, aunque en el fondo de su corazón tenía el presentimiento de que Elieth sí seguía recordándolo. Mientras se dirigía al FC Bayern Campus, Karl puso en el reproductor de música de su automóvil los conciertos de piano de Rajmáninov, que eran los que le causaban una melancolía más fácil de tolerar.

Extraño las canciones que tocaste…

Al llegar a las instalaciones anteriormente mencionadas, Schneider vio que Sho y Levin charlaban animadamente de algo que, al parecer, les causaba mucha gracia. "Y luego dicen que los hombres no somos chismosos", pensó Karl, divertido, aunque una parte de su ser se preguntó si no estarían conversando sobre él, pues estaba consciente de que sus constantes distracciones eran motivo de habladuría entre los miembros del club.

Guten tag! –saludó Schneider–. ¿De qué están hablando?

– De que Wakabayashi conoció a una chica que le está enseñando los principios básicos de la música clásica –respondió Sho, con mofa–. ¿Puedes creer eso?

– ¿Qué? –Karl creyó que no había escuchado bien–. ¿Me estás diciendo que Wakabayashi sabe lo que es la música clásica?

– A nosotros también nos sorprende pero él asegura que sí tiene idea de quién es Beethoven –se mofó Stefan–. Aunque no tenía ni idea de cómo pronunciar "Rajmáninov".

– Sigan burlándose y les partiré la cara –intervino en ese momento Genzo, con cara de pocos amigos, mientras Schneider soltaba una carcajada–. No soy tan culto como ustedes, mátenme por eso.

– Es algo tan sorprendente que hace que nos olvidemos de lo verdaderamente importante: que estás saliendo con una mujer –replicó Karl, cuando acabó de reírse–. ¿Es cierto?

– Lo es –respondió Genzo, con una sonrisa torcida–. Y que me esté enseñando música clásica no es sólo un pretexto, de verdad que quiero saber más al respecto.

– ¿Para qué? ¿Para qué no hagas el ridículo diciendo que Beethoven es un perro actor? –preguntó Sho, causando las carcajadas de Schneider y de Levin.

– Si no te callas te estamparé el puño en la cara –amenazó Wakabayashi, ya francamente enojado, aunque después de un momento se controló–. Ya les había dicho que sí sé que Beethoven fue un compositor alemán. Y en todo caso, ¿por qué es tan sorprendente que esté saliendo con una mujer, a final de cuentas?

– ¿De verdad quieres que te conteste o seguimos siendo amigos? –soltó Karl, burlón–. Ya hablando en serio, la respuesta es obvia: te la pasas tan metido en el fútbol que pensamos que te ibas a casar con la portería un día de éstos.

– Muy simpático, Schneider, pero que esté comprometido con mi trabajo no indica que no me pueda sentir atraído por una mujer –protestó Genzo.

– Bueno, ¿y cómo se llama la chica que ha obrado el milagro? –quiso saber Levin–. Nos has hablado de ella pero no nos has dicho su nombre.

– Lily Del Valle –contestó Wakabayashi–. Es una mujer muy apasionada de la música clásica y estoy dejando que me enseñe sobre eso porque realmente me está agradando incursionar en ese género. Es más, este fin de semana iremos a un concierto de una pianista francesa que tocará obras de Beethoven y de Rajmáninov.

– Vaya, ¡ahora sí lo pronunciaste bien! –exclamó Shunko, divertido–. Bien, no podemos negar que las clases de tu nueva novia te están sirviendo de algo.

– ¿Irán al concierto de una pianista francesa que interpretará a Beethoven y a Rajmáninov? –Karl se sobresaltó, lo cual no era para menos. ¡Eran demasiadas las coincidencias como para no notarlo!–. ¿Este fin de semana? ¿En dónde?

– Sí, será este sábado en el Teatro de Cámara de Múnich –contestó Genzo, alzando las cejas–. No recuerdo el nombre de la pianista, sólo sé que es francesa. ¿Por qué? ¿Te interesa ir?

– Me gustaría –confesó Schneider, tratando de contener su emoción–. Pero si dices que es este fin de semana, seguramente ya no hay boletos a la venta.

– Así es, ciertamente, pero estás de suerte porque Lily es amiga íntima de la pianista –aclaró Wakabayashi–. Estoy seguro de que, si se lo pido, podrá conseguirme una entrada para ti.

– ¿Y para nosotros no? –preguntó Sho, de inmediato.

– No. Ustedes pueden quedarse en casa viendo las películas de Beethoven, el perro –sentenció el portero, digno.

A pesar de que Wakabayashi le aseguró que le conseguiría un boleto para el recital de la amiga de su nueva conquista, Karl optó por no hacerse muchas esperanzas porque estaba consciente de que no se pueden sacar tickets de la nada. Así pues, el alemán se quedó muy sorprendido cuando, al día siguiente, Genzo le entregó la entrada con expresión de triunfo.

– No pongas esa cara de asombro, Schneider, te dije que te conseguiría un boleto –dijo el japonés–. ¿Qué ya no confías en mí?

– No es eso, es que entonces eso significa que la joven con la que sales tiene muchas influencias –repuso Karl, tomando el ticket.

– Ya te dije que es amiga íntima de la concertista. –Wakabayashi se encogió de hombros–. El concierto es a las ocho de la noche, tu asiento está junto a los nuestros así que te esperamos media hora antes en la entrada principal.

– Oh, no quiero hacer mal tercio –se disculpó Karl–. Suficiente hiciste con conseguir un ticket para mí.

– Vamos, que ha sido sugerencia de Lily –insistió Genzo–. No habrá problemas entre nosotros por una noche que salgamos con un amante de la música clásica; además, así me ayudarás con el nombre de las piezas que no me sepa.

– Que serán prácticamente todas –se burló Karl–. Ahora veo por qué tienes tanto interés en que vaya con ustedes.

A pesar de lo que había dicho, Schneider estaba agradecido de poder ir con alguien al evento, eso lo distraería y evitaría que pensara demasiado en Elieth. Así pues, contó con ansias los minutos que faltaban para el día del concierto y estuvo a la hora acordada en el lugar acordado. A las afueras del Teatro de Cámara de Múnich, Wakabayashi le presentó a Schneider a la hermosa beldad de cabello castaño oscuro y ojos color chocolate con la que salía, quien iba ataviada con un vestido de gala en color azul oscuro.

– Vaya que estoy asombrado de que Wakabayashi haya sido lo suficientemente inteligente como para conseguir una pareja tan interesante y bella –comentó Karl, a manera de cumplido–. ¿De dónde te sacó?

– Muchas gracias. Digamos que literalmente le caí del cielo –respondió la muchacha, tras lo cual se rio–. Bien, ¿qué les parece si entramos ya a ocupar nuestros lugares? Si Eli no me ve ahí, creerá que me fugué con "mi pretendiente".

"¿Eli?", se preguntó Schneider, atónito. "¿'Eli' por Elizabeth o por 'Elieth'? Ya basta, estás alucinando, no pueden ser la misma persona, es obvio que es una coincidencia…".

Karl siguió a sus dos acompañantes hasta los lugares señalados, los cuales estaban en primera fila; al notar este detalle, el alemán no pudo evitar preguntarse cómo le habría hecho Lily para conseguir una entrada para él en dicho lugar a última hora. Alguien le pasó un programa y Schneider, sin ver el nombre de la concertista, lo revisó y comprobó que las piezas a tocar de Rajmáninov eran las mismas que Elieth había tocado en Italia. Schneider sabía que algo importante estaba por suceder, su corazón así se lo decía y su cerebro le aseguraba que bastaba con echarle un vistazo al nombre de la pianista que figuraba en el programa para salir de dudas, pero él no se atrevía a hacerlo por temor a comprobar que estaba equivocado o, peor aún, corroborar que no estaba en un error. Así pues, siguió contando los minutos que faltaban para que comenzara el recital, escuchando vagamente la conversación que mantenían Wakabayashi y Lily, rogando, deseando, ansiando que su presentimiento fuese correcto.

Y por fin las luces de la sala se apagaron y se hizo el silencio. El escenario se iluminó y de una esquina surgió una aparición que detuvo el corazón del Káiser de Alemania por un instante que pareció eterno.

¡La concertista no era otra que Elieth Shanks!

(Aunque seguro que eso ya se veía venir)

Recuerdo ese sentimiento… las canciones que tocaste… estar contigo se siente como estar en el hogar…

Y una vez más Karl se sumergió en los placeres de la música que surgían de esa alma que era tan afín a la suya, rememorando los días pasados en Italia y el amor que ella le hizo sentir. Sentado a un lado suyo, Wakabayashi lo miraba con cierta suspicacia, como si tratara de comprender la relación, sin conseguirlo, entre la pianista extranjera, la aprensión de Schneider y el estado emocional tan extraño que estuvo presentando éste en los últimos meses.

"Sólo espera hasta el final del recital… has aguardado por casi un año, dos horas más no harán la diferencia…".

Sin embargo, Karl no tuvo que esperar hasta el final para calmar a su acelerada bomba cardiaca. Al parecer, Genzo le dijo algo a Lily porque durante el intermedio ella les ofreció a sus dos acompañantes el ir hacia la pianista para presentarla debidamente. Sin esperar a que Schneider respondiera, Wakabayashi aceptó y siguió a su pareja hasta el escenario, por lo que Karl no tuvo más opción que hacer lo mismo. Parecía que el tiempo transcurría más lento mientras él dirigía sus pasos hacia Elieth; en esos momentos Lily ya había llegado a ella y comenzó a presentarle a Genzo, pero la rubia sólo tenía ojos para alguien, para el hombre que aguardaba con impaciencia a que bajara del escenario para decirle que nunca dejó de pensar en ella. Los ojos grises de la joven se encontraron con los ojos azules de Schneider y entonces aquélla sonrió.

Gute Nacht mein Kaiser (buenas noches, mi Emperador) –dijo Elieth, emocionada–. No sabes cuánto he ansiado el poder volverte a ver.

Sintiendo que las palabras no serían suficientes para expresar su propia emoción, Karl se apresuró a llegar hasta Elieth para abrazarla, besarla y asegurarse de nunca más volver a perderla.

Y es en ese momento cuando él al fin está seguro de que la música nunca más volverá a ser triste.

Me mostraste un lugar al cual pertenezco…

Fin.


Notas:

– Todos los personajes de Captain Tsubasa son creación y pertenecen a Yoichi Takahashi ©.

– Elieth Shanks, Erika Shanks y Francesco Ferrari son personajes creados por Elieth Schneider.

– Lily Del Valle y Julieta Del Valle son personajes creados por Lily de Wakabayashi.

– Sólo para esta historia Elieth Shanks es pianista.

– Este fic está inspirado en la canción "Music's too sad without you", interpretada por Kylie Minogue y Jack Savoretti, y lo escribí como segundo regalo de cumpleaños para mi queridísima Elieth Schneider. La canción nos gusta mucho a las dos y desde hace meses quería hacer algo con ella, y como tras pensarlo mucho me di cuenta de que le quedaba mejor a Elieth y a Karl que a cualquiera de mis parejas, decidí usarla para escribirle un fic cursi y melosón a mi Gatita para su cumpleaños. Espero que sea de tu agrado, preciosa mía, lo hice con mucho amor para ti. ¡Feliz cumpleaños, mi pequeña! I love you!