UNA VEZ MÁS– Cristina97

Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen y hago esto sin ningún fin de lucro.


XCII

AMOR MÍO, si muero y tú no mueres,

amor mío, si mueres y no muero,

no demos al dolor más territorio:

no hay extensión como la que vivimos.

Polvo en el trigo, arena en las arenas,

el tiempo, el agua errante, el viento vago

nos llevó como grano navegante.

Pudimos no encontrarnos en el tiempo.

Esta pradera en que nos encontramos,

oh pequeño infinito! devolvemos.

Pero este amor, amor, no ha terminado,

y así como no tuvo nacimiento

no tiene muerte, es como un largo río,

sólo cambia de tierras y de labios.

Pablo Neruda. Cien sonetos de amor.


I. EL SACRIFICIO DE KIKYO

Durante toda su infancia y juventud sólo había querido ser una mujer normal, pero nació con unos grandes poderes espirituales. Fueron estos poderes entrenados durante años los que hicieron que se le encargara una misión trascendental. El día que la perla de los cuatro espíritus fue colocada en sus manos su destino quedó sellado.

Esa tarea de protección era mucho más importante que sus deseos y sus aspiraciones, más importante que sus sentimientos e incluso que su propia vida. Fue por ese motivo que ella decidió dejar todo a un lado y centrarse en su cometido, con la esperanza de que quizás una vez terminado los dioses le permitirían ser sólo alguien más.

Trabajó arduamente tal y como había hecho desde que tenía memoria para cumplir con lo que una sacerdotisa debía ser. Era educada con la gente de la aldea, amable con los niños, y valiente cuando se requería su fuerza para luchar. Era generosa con los más desfavorecidos, benévola y misericordiosa con aquellos que se arrepentían y pedían su perdón, compasiva con aquellos que erraban. Y no le costaba pues poseía un espíritu fuerte, el mismo que le daba la fuerza suficiente para purificar la esfera.

Siguiendo con lo que había aprendido con su entrenamiento y su experiencia, nunca dejaba entrever cualquier momento de debilidad. Para Kikyo no había lugar para la duda y no le importaba que le dijeran que era fría o carente de emociones, era necesario para su trabajo.

Aquello cambió cuando le conoció a él. Las barreras y los límites que se había autoimpuesto comenzaron a venirse abajo sin que pudiera darse cuenta. La primera vez que le vio creyó que sólo se trataba de otro demonio que ansiaba el poder de la joya para cumplir sus deseos egoístas, pero Inuyasha era mucho más que un simple demonio.

Durante toda su vida había sido rechazado tanto por demonios como por humanos, vagando de un lado a otro sin pertenecer a ningún lugar. Había sido maltratado por aldeanos, no tenía una familia a la que aferrarse y aún así, pese a todo el odio y el rechazo recibido, no había maldad en él.

Kikyo sabía lo fácil que era que el odio impregnase el corazón y el espíritu de las personas sin importar su condición. Demonios y humanos por igual se rendían a la maldad contaminando su espíritu y volviendo su alma impura. Aquellos que se dejaban dominar por el poder de la perla quedaban reducidos a seres malignos y perversos.

Siendo Inuyasha un hanyō tenía el alma en cierto modo dividida, y ella intentó por todos los medios que su parte de demonio no le dominase, que el rencor no invadiese su corazón.

Fue muy difícil llegar a ganarse su confianza, pasaron semanas antes de que él dejase de esconderse para vigilarla y caminase a su lado. Ella intentó conversar con él, solían estar juntos periodos cortos de tiempo en los que Kikyo hablaba y él escuchaba. Al principio Inuyasha se limitaba a seguirla desde una distancia prudencial, observando sus movimientos y prestando atención a sus charlas desde la copa de algún árbol.

Con el tiempo se convirtió en un hábito para ambos estar juntos y la sacerdotisa sabía que él la protegía, ahuyentando a los yōkai para evitarle la lucha, haciendo que la carga de la perla fuese más ligera, compartiendo su misión. En el fondo los dos eran muy parecidos, no encajaban entre el resto y el peso de algo más grande que ellos les oprimía, para Kikyo su posición y para Inuyasha su sangre.

Mentiría si dijese que en un primer momento no pensó que lo único que Inuyasha quería era que ella bajase la guardia para robarle la joya. Probablemente aquello fuera cierto, pero con el paso del tiempo él pareció olvidarse de su objetivo, dejando paso a la simple costumbre de hacerse compañía mutuamente.

Kikyo amaba como sus ojos dorados veían más allá de su coraza, la manera de protegerla y sobretodo su lealtad. Sabía que podía confiar ciegamente en él, que no dejaría que nada malo le sucediera. Sin siquiera darse cuenta le entregó lo más preciado que poseía, su corazón. Y así se enamoró de Inuyasha, su primer y único amor.

Juntos no importaban las etiquetas, ella no era la sacerdotisa y él no era un hanyō. Eran solamente un hombre y una mujer que se querían, todo lo que ella siempre había ansiado.

Pensó que aquello duraría para siempre, que podían hacer que funcionase. Creyó que utilizando la perla de forma correcta podrían concluir su tarea y solucionarlo todo para ser felices. Inuyasha dejaría de ser rechazado por todos si eliminaba su parte de demonio, los aldeanos acabarían aceptándole y ella dejaría de ser sacerdotisa al purificarse la perla.

Nunca esperó que todo pudiera cambiar tan rápido, pero su destino ya había sido sellado con anterioridad. Todos los que entraban en contacto con aquella joya maldita acababan sufriendo las consecuencias y ella no fue la excepción.

Cuando él le atacó por la espalda sintió su alma partirse en mil pedazos y el dolor la invadió, no por la herida ni por la sangre derramada que gota a gota le iba quitando la vida, sino por la traición. Jamás se imaginó que la muerte le vendría de su mano y aquello que siempre había temido sucedió, su corazón se infestó de dolor, desconfianza y rencor.

Utilizó las últimas fuerzas que le quedaban para sellarlo en el árbol sagrado, pensó que si ella no vivía él tampoco podría hacerlo. Sus vidas estarían ligadas para la eternidad, le haría pagar por todo lo que él le había arrebatado, por haberle destrozado el corazón. Con aquel pensamiento disparó dejando al semidemonio inmovilizado en el árbol durante toda la eternidad, ni vivo ni muerto, cayendo en un sueño eterno del que nunca despertaría.

Si le hubiesen preguntado qué se sentía al morir habría dicho que impotencia. Le embargaba la rabia, la duda y el dolor. Quería llorar y rendirse, pero la responsabilidad que tenía como sacerdotisa era más importante que sus emociones aunque por un breve momento lo hubiese olvidado. Todo lo que había vivido a su lado sólo había sido un bonito sueño.

El deber se convirtió de nuevo en su prioridad y quiso llevarse la perla consigo al reino de los muertos para que nadie más tuviese que sufrir como ella lo había hecho. Con su sacrificio esperaba poder librar a la tierra de un mal tan profundo como ese y cumplir con su cometido, pero pese a no demostrarlo Kikyo era humana.

Quizás su deseo de vivir era demasiado grande, y cuando le vino la muerte no se encontró tan preparada para aceptarla como siempre le habían dicho que debía estarlo, o quizás fueron las circunstancias en que esta se dio, pero no pudo desapegarse de sus deseos, de sus emociones ni tampoco de su amor por él.

Rodeada de oscuridad y sola en aquella inmensidad donde el tiempo no pasaba… dudó. En su mente se coló la imagen de la única persona que había podido verla más allá de todo lo que se suponía que era. La única persona a la que había amado con todo su ser.

Y pese al dolor tan grande que invadía su corazón deseó poder verlo sólo una vez más.


(1/3). Espero que os haya gustado. Un review siempre alegra mi corazón.

Con cariño,

Cristina97.