Capítulo 1: Nacimiento en Calisto.
Una colosal nave espacial descendió en las plataformas de aterrizaje del satélite Calisto. No requerían de permisos especiales para hacerlo, pues se trataba de una nave real, o sea, una nave que pertenecía a la familia que gobernaba sobre toda la Alianza Galileana.
Un grupo de sirvientes salió a recibir a quienes bajaron de la máquina. Se trataba de la reina Hera junto a un grupo de guardias que le acompañaban cada vez que viajaba. Ellos se encargaban de resguardar su integridad a cada momento.
Esta visita estaba prevista para dentro de tres semanas más, pero tuvo que adelantarse de forma urgente.
Su hija estaba por nacer, Hera sería madre.
- ¿Cómo está Amaltea? – Preguntó la mujer apenas puso pie en la tierra. Se percibía en el tono de su voz la severa preocupación que sentía en esos momentos. – Díganme que se encuentra bien. –
- Está aguardando por usted, majestad. – Comunicó una mujer de la servidumbre. – La señora Amaltea aún no da a luz. –
Hera asintió y partió a paso veloz por un camino de piedra que la llevó hasta el edificio donde se encontraba su mujer. Era un hogar que mandó a construir especialmente para ella y la bebé. Si pensaban vivir aquí en Calisto, debían de hacerlo en un lugar cómodo y acogedor. Por tal razón, Hera conocía de memoria el lugar.
El sonido de sus pisadas anunció su llegada a la habitación. Una partera salió a recibir a la reina.
- ¡Estábamos esperando por usted, majestad! –
- ¿Cómo está? – Solicitó saber Hera.
- Está impaciente y cansada. – La anciana abrió la puerta, permitiendo que fuera Hera quien entrara primero. – Lo único que quería era que usted llegara pronto. –
Al ingresar, Hera corrió al lado de Amaltea. Su esposa se hallaba recostada en una cama, siendo atendida por tres damas, todas ellas parteras. Estaba desaliñada, ojerosa y sudada. Sabía que se veía fatal, pero Hera la observaba con tal adoración, que Amaltea se olvidaba de todo y se sentía un poco mejor.
- ¿Aún no? – Hera estaba igual de impaciente que Amaltea.
- Está resultando ser toda una rebelde nuestra pequeña. – Estaba agotada. Su hija aún no nacía y ya daba dolores de cabeza. – Creo que estaba… - Un repentino dolor la acogió por segundos. – Estaba esperando por ti. –
Los malestares perduraron, señal clara de que algo iba a ocurrir pronto. Era obvio para las parteras a estas alturas: La bebé iba a nacer.
- Vamos, Amaltea, tú puedes. – Murmuraba Hera en el oído de su esposa. – Eres increíblemente fuerte. – Sostuvo una de las manos de la otra mujer y la besó con gran afecto. – Yo estoy aquí para apoyarte. –
Amaltea derramaba lágrimas mientras seguía los consejos de las parteras y comenzaba a pujar.
- ¡Señora, puje aún más, ya veo su cabeza! –
- ¡Allí viene! ¡Le veo, le veo! –
Era doloroso, sumamente incómodo, terrible en pocas palabras. Pero Amaltea resistía y no doblegaba. Era el momento que tanto esperó y que finalmente estaba a punto de culminar.
El llanto que hizo eco en la habitación fue acompañado por el retumbar del trueno dominando los cielos. La lluvia comenzó a caer en Calisto.
- ¡Solo escuchen ese potente llanto! – La anciana que había recibido a la reina ahora sostenía a la recién nacida. El resto de las parteras limpiaron a la bebé, que luego fue envuelta entre paños y entregada a Hera. – Es una niña sana, majestad. Muchas felicidades. –
La reina recibió a la niña entre temerosos brazos. Al observarla, le pareció tan pequeña. No la deseaba lastimar por accidente. También la encontró bellísima. La misma belleza de Amaltea, su otra madre.
- No llores, Hera. – Se escuchó la voz de su esposa. – Ella está bien, ya está con nosotras. –
Hera le dedicó una sonrisa a la otra mujer.
- Es que me emociona ver su vitalidad. – Comentó la reina. – Llora a todo pulmón y se mueve como si quisiera saltar a luchar contra un batallón completo. – Era maravilloso.
Hera vino y acomodó a la bebé sobre el pecho de Amaltea, quien no pudo evitar sonreír también ante la preciosa vista de su hija.
- Se calmó, ¿ves? – Indicó la doncella. – Creo que solo quería acurrucarse un rato. –
Amaltea regaló suaves caricias a lo largo de la espalda de la recién nacida y comenzó a interpretar un delicado canto tradicional de Calisto. Su voz ayudó a que la niña pronto se quedara profundamente dormida.
- ¿Cuál será su nombre, majestad? – En la habitación quedaba únicamente la más anciana de las parteras. Ella debía avisar a todo el mundo del nacimiento de la pequeña.
Lo bueno es que Hera y Amaltea ya habían acordado el nombre hace mucho tiempo atrás.
- Se llamará Niké. – Un nombre digno para su hija. – Anuncia a todos que mi princesa a nacido. - Dijo Hera sonando orgullosa.
Niké nació un día de tormenta. En Calisto existe un dicho, y dice que cuando un niño nace en un día tormentoso, este será inevitablemente un niño revoltoso.
*Los personajes que se utilizarán en esta historia le pertenecen a Naoko Takeuchi.*
Y pues, aquí tienen el inicio de un alocado fanfic basado en el Milenio de Plata. Tendrá muy poco de la historia que todos conocemos, mucho de mi propia cosecha. La protagonista será Jupiter, que se llamará Niké acá. Recuerden eso si no quieren confundirse en el futuro.
Gracias por leer. ¡Suerte!
