Fullmetal Alchemist © Hiromu Arakawa
Bizcocho
Un bizcocho es una receta simple: harina, azúcar, huevos, manteca y leche —esa leche que Edward tanto odiaba—, mezclados y metidos al horno. Trisha, algunas veces, solía ponerles trozos de fruta, generalmente manzanas, en medio; los combinaba con chocolate o agregaba a la mezcla un poco de frutos secos. Todo sea por la alegría de sus hijos, quienes salían del cuarto de investigaciones de su padre atraídos por el olor.
Y, Dios, también funcionaba a la perfección como un método de persuasión para que Edward se bebiera su leche en la hora de la merienda.
A Edward le maravillaba la capacidad culinaria de su madre. Había leído que la alquimia nació en la cocina, y al ver a su madre integrando ingredientes sin correlación alguna aparente, que creaban algo totalmente distinto, podía ver frente a sus ojos la máxima expresión de aquello que llamaban: «la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma».
Cuando Trisha faltó, también faltaron los bizcochos. No en el sentido absoluto de la palabra: la abuela Pinako solía prepararlos al menos una vez a la semana, pero faltaban los de ella.
Los bizcochos de su mamá.
Alphonse había ahorrado suficiente dinero durante un mes sin decírselo a su hermano mayor, y en secreto compró todos los ingredientes para preparar uno con trozos de manzana. Siguió la receta a la perfección y cuando Edward llegó a casa, casi se desmayó de la impresión al sentir el aroma de algo tan conocido emerger de la cocina.
¿Acaso su mamá había regresado?, se preguntó.
Pero la sonrisa que empezó a aletear en sus labios rápidamente desapareció al ver a su hermanito, con un delantal de Trisha, sacando del horno un bizcocho.
—¡Quítate ese delantal ahora! —vociferó sin pensar. No se dio cuenta de que estaba empezando a quebrarse hasta que Alphonse lo miró sorprendido y rompió en llanto.
—¡Estúpido hermano mayor! —gritó este a su vez, saliendo de la cocina corriendo hacia su cuarto, molesto, confundido y triste por la reacción de Ed.
Y Ed, terco como él solo, tardó mucho tiempo en dar su brazo a torcer, pero cuando lo hizo, el dolor se sintió como un dolor en el hígado. Encontró a Al acurrucado en su cama, se acercó a él y lo abrazó. Le pidió disculpas y le permitió llorar todo lo que quisiera en su hombro.
Eran solo dos niños en duelo, que solo se tenían el uno al otro, y danzaban entre la negación y la ira desde el día en que su madre murió.
Cuando Ed probó el bizcocho de Al, se forzó a sonreír y poner una gran cara de satisfacción. Sabía horrible, pero más horrible sería lastimarlo de nuevo.
Con el tiempo, después de entrenar con Izumi —cuyos bizcochos eran deliciosos, pero siempre le faltaban algo—, decidieron que el momento de traer a su madre de vuelta a casa había llegado.
Y tan grande fue el pecado de haber olvidado que no hay precio en el mundo capaz de pagar el precio de una vida humana, que Al se volvió una armadura incapaz de llorar, al menos que una gota de lluvia cayera en su rostro metálico y emulara una lágrima. Incapaz de oler, incapaz de saborear comida nunca más.
Ed perdió su brazo y su pierna, pero jamás se quejó, porque su dolor no era nada comparado con el de su hermanito que lo perdió todo.
Al se refugió en la lista de comidas que quería probar después de recuperar su cuerpo, porque eso le daba sentido a su existencia en esa armadura vacía. Cada manjar nuevo que anotaba en su libreta era la armadura de su propia alma para no caer al abismo que lo estaba mirando.
En su pureza y entusiasmo, no notaba que la sonrisa que se le formaba a Ed en la cara cada vez que mencionaba la lista, era una máscara que ocultaba el dolor que le producía recordar que él, al menos, era capaz de sentir la comida que llevaba a la boca, aunque se le quitara el apetito poco después.
Ed callaba, porque sentía que no tenía el derecho de cargarle ese pesado yunque a su hermano.
Después de todo, fue idea suya desafiar a Dios e intentar traer de vuelta a lo que la tierra se llevó.
Así que después de que el homúnculo fuera derrotado, y Al volviera a su cuerpo —uno flacucho y debilitado, pero su cuerpo al fin—, fueron juntos a una pastelería de renombre en Central y Al pidió un bizcocho.
Mientras Ed devoraba su brownie de chocolate, Al masticaba su rodaja con ojo crítico.
—Es harina de buena calidad —decía—, pero siento el gusto a levadura. La manzana está medio cruda, supongo que así la comen aquí en Central; le falta más dulce. Está rico en general, pero jamás será como el que preparaba mamá —concluyó.
Entonces, después de muchos años, Ed entendió por qué ningún bizcocho ni comida le sabía igual. Sin embargo, sonrió para su hermano y le prometió que, desde ese momento, recordarían para siempre el ingrediente secreto de mamá con alegría.
Porque los tiempos donde se podía llorar de tristeza ya pasaron.
Notas: Dios mío, la comida de ese alguien especial jamás se va a poder suplir. En mi caso, la de mi mamá. En mi país tenemos una comida tradicional que se hace con choclo llamada chipa guasu. Recorrí todo tipo de restaurantes, tienditas, copetines, incluso cuando fui a Buenos Aires, en comunidades paraguayas, Y NINGUNA se parece a la de mi mami.
Inspirado en el capítulo final de Mo Dao Zu Shi, de MXTX. En este, Wei Wuxian y su amorcito Lan Zhan van a comer el plato favorito de Wei: estofado de raíz de loto con costilla y hubiera sido cómico si Wei solo comentara que el estofado no estaba bueno, pero cuando dijo que no era como la de su fallecida hermana Yanli, lloré un río.
20/03/20.
