Este fue el primer fanfiction de "Sing, ven y canta" en español publicado en el año 2017.
Johnny, después de que se hubo enterado de una importante noticia, decidió ir a la prisión para comunicársela a su padre lo antes posible. Había salido del teatro Moon hace un cuarto de hora. Se despidió de sus amigos antes de que cada uno iniciara el recorrido hacia sus hogares. El ensayo estuvo excelente; Búster se los hizo saber al momento de felicitarlos. Las habilidades del gorila crecían exponencialmente. Luego de casi dos años de práctica y perfecta ejecución en sus presentaciones, Johnny reparó en la increíble pasión que tenía por el piano. Hubo días en los que evocaba el significativo miedo que en un principio le manifestó al koala al terminar de leer la lista de canciones que había seleccionado para él. Sin embargo, ahora que las cosas fluían de maravilla —a excepción del inoportuno arresto de su padre—, no sólo para él, sino para cada uno de los integrantes del teatro Moon, estaba más que convencido de que su amor por la música y el teatro era verdadero.
El teatro Moon nunca, en toda su estadía, había tenido éxito. El show que ellos mismos construyeron al aire libre, en el cual el público quedó más que complacido por tan espectaculares números, contaría como su verdadero nacimiento hacia la fama que Búster nunca pudo lograr en su patética carrera. Un ejemplo claro de las ocasiones en las que la vida bendice a quienes menos se lo esperan y que se agradecen en todo momento. Ninguno anticipó llegar tan lejos, el agotamiento de la taquilla, las numerosas entrevistas con la prensa, la asistencia a prestigiosos auditorios en otras partes de la ciudad de Calatonia.
Nana Noodleman gozaba de estas maravillas. Hacía tanto tiempo que ella se había alejado de los escenarios viviendo de las regalías, siendo recordada como una de las más grandes cantantes de los últimos años. Habiendo firmado el contrato para hacerse responsable de las deudas que Búster tuvo a mal acumular, puso manos a la obra para la inmediata reedificación del teatro, todo para estar de nuevo en el mapa, un mapa de muchos nombres sin norte. El koala reparó en lo oportuno que sería tener a Nana Noodleman a su lado, para recibir sus sabios consejos basados enteramente en su experiencia sobre los escenarios.
En su camino hasta la prisión, un gigantesco cartel adosado a la pared de un edificio atrajo la atención de Johnny. Debía medir unos tres metros de alto. Alcanzó a ver algunos animales deteniéndose para mirarlo más de cerca. Era una familia de cerdos. Los pequeños brincaban de emoción diciendo a voces que querían ir. La pareja no hizo más que asentir diciéndoles que harían todo lo posible para que así fuera. Cuando se alejaron de allí, Johnny aprovechó para analizarlo a fondo: Rosita y Gunter unidos por sus espaldas entonando una nota alta, Ashley gritando con fuerza raspando las cuerdas de su guitarra, Meena manteniendo la calma con una sonrisa cálida y un micrófono en su pata, Mike esbozando alegremente mirando hacia un lado meneando el sombrero sobre uno de sus dedos, finalmente allí estaba él, no haciendo más que observar hacia la cámara con un gesto amigable y una ligera sonrisa. Los seis se veían espectaculares. El diseño del cartel era llamativo: «¡No se pierdan la próxima semana, en vivo, a los cantantes del teatro Moon por el canal once, trasmitido en vivo desde el auditorio de Joby Talbot!», decía eso en letras gigantes, de modo que todo el mundo no pudiese pasar por ahí sin notarlo.
En ese instante, Johnny recordó que era jueves y que faltaban cuatro días para el evento.
Johnny quería dejar una huella en el mundo. Sabía que sus amigos poseían talentos increíbles, habilidades en función del canto y el baile que ocultaban detrás de sus rutinarios estilos de vida. El gorila, con su espléndida voz, alegraría los corazones de miles de animales no solo en la ciudad, sino en todos lados; pero, a la vez, se preguntaba la clase de huella que podrían dejar, por ejemplo, Rosita o Gunter, o el tipo de público que apoyaría a Ashley y a Meena. El escenario, tal y como había dicho Búster en un principio, se había convertido en el campo de batalla, en la zona de guerra, un lugar en donde cualquier cosa podía suceder. Al término del show, los seis salían de las bambalinas para hacer una reverencia que era aplaudida por el público con vigor y vivida emoción. No podían estar más agradecidos por tan maravillosas experiencias. Finalmente estaban recorriendo las sendas de sus sueños, de camino al éxito.
Quiso responder estas preguntas, pero optó por dejarlo. Las cosas tomarían el rumbo que la vida quisiese, el cual no necesariamente tenía que ser malo. El trayecto quizás, en algunos puntos, se iba a volver difícil. Búster, en las pequeñas pláticas que les daba de vez en cuando, se los decía. Los seis permanecían atentos a sus palabras. Él se respaldaba en sus experiencias. Había mantenido una actitud positiva ante el fracaso, y eso era lo que Johnny más admiraba de él, cómo a pesar de tener la marea en contra halló una manera de seguir adelante. Mientras tenía esto en mente, llegó a la cárcel. Saludó a la recepcionista. Dirigió la mirada hacia las cabinas, reparando en una que no estaba ocupada por nadie. Después de la revisión, caminó hasta ella, retiró el banquito, y se sentó. Estuvo allí un buen rato. Tabaleaba una canción en la superficie de la mesa. Su vista fue atraída por un inmenso traje anaranjado fosforescente que salía del pasillo. Johnny sonrió ávido.
Era su padre Marcus Egerton, o mejor conocido como Big Daddy, antiguo líder de una banda criminal que se complacía en asaltar bancos y joyerías en Calatonia.
Johnny veía un gorila nuevo, totalmente restaurado, arrepentido, redimido de las maldades que había hecho.
El oficial lo encaminó hasta la cabina. En lo que retiraba el banquito, miraba a Johnny con bastante alegría. Cuando tomó asiento, retiró el teléfono de su lugar y lo adjuntó a su oreja al mismo tiempo que Johnny.
—Hola papá —dijo Johnny con emoción.
—Johnny, siempre me alegras el día cuando vienes a visitarme.
—Trato de hacerlo seguido —le decía con el codo recargado encima de la mesa—. No quiero que te sientas solo allí dentro.
—Stan y Barry están conmigo —respondió—; aun así, es diferente cuando tú vienes. Es como si rompieras la rutina. El día se vuelve más interesante.
Johnny echó una risita.
—Bueno, me alegro de que lo veas así, papá.
—¿De qué otra manera podría verlo? Es la verdad.
Fue allí que ambos se sonrieron el uno al otro.
—¿Qué hay de nuevo? —quiso saber Marcus.
Cuando le hacia esta pregunta, miles de recuerdos cruzaban por su cabeza, todos referentes a las presentaciones y los numerosos ensayos en el teatro Moon. Le era complicado elegir por donde empezar.
—Ha habido mucho trabajo —respondió exhausto—, hicimos una presentación en el auditorio Gray Colors el martes pasado.
—Estuviste magnífico, como siempre.
—¿Me viste en televisión?
—No me he perdido ninguna de tus presentaciones —respondió jactándose.
Y era cierto. Que Marcus les exigiera a los guardias que trajeran un televisor para poder mirar los números de Johnny probaba el apoyo que le estaba brindando.
Sin mencionar el gozo que sentía al verlo triunfar en lo que más le apasionaba.
—Y... ¿te digo algo? —se acercó al plexiglás—, Barry es admirador tuyo.
Johnny no hizo más que reír.
—Eso me halaga.
—Muchos de aquí te admiran, hijo, incluyéndome. Nos respetan gracias a ti.
—Je, je... —hizo una sonrisa torpe—. Seguiré esforzándome entonces.
—Además, ¿cómo no ser un fan tuyo si cantas increíble?
—Papá, no es para tanto...
Conversaciones como estas hacían que Johnny y su padre se sintieran más unidos que nunca, aunque estuviese atravesado entre los dos ese enorme cristal. Johnny lo visitaba a menudo, pero había ocasiones en las que no podía hacerlo debido a los numerosos ensayos pendientes, a las largas entrevistas con la prensa, o incluso a las mismas presentaciones que seguidamente hacían. Su padre lo entendió muy bien cuando se lo explicó.
Aun así, siempre buscaba la manera de darse un tiempo para hablar con él.
Y Búster lo apoyaba en ello.
—En fin... —expresó Marcus—, ¿hay algo más que me quieras decir?
—De hecho, sí, tengo que decirte algo importante.
Sonaba serio.
—Es sobre la próxima presentación que vamos a hacer en unos días.
—Vaya, ¿otra presentación?, ¿tan rápido?
—Tenemos muchas otras más —dijo Johnny con fatiga—, hemos estado ensayando mucho.
—Me imagino.
—Pero la cuestión es que... no va a ser aquí...
Big Daddy quería comprender.
—Fuimos invitados a una presentación en un prestigioso lugar fuera de la ciudad.
—¿Quieres decir que saldrás de la ciudad? —dijo con seriedad.
—Sólo será por una semana, prometo que estaré aquí el próximo lunes.
Big Daddy lo miró con desasosiego.
—Hablas como si ya te hubiera dado el permiso... —y lo dijo con autoridad.
De las respuestas posibles que Johnny pudo haber planteado hasta llegar a la cárcel, esa era la que menos esperaba.
Ni siquiera la imaginó.
—Eh... —dijo queriendo justificarse.
—Descuida, no estoy enojado —quiso aclarar antes de tiempo.
Johnny esperó a que terminara.
—Sólo te pido que cuando vayas a tomar decisiones de ese tipo me consultes antes y yo te diré si puedes ir o no, ¿está claro? Recuerda que es peligroso. Seguimos dentro del mapa y pueden atacarte cuando sea. Sé que han pasado tres años desde que me arrestaron y no ha sucedido nada, pero... nunca se sabe.
Parecía que al gorila británico se le olvidaba que aún no se mandaba él solo.
—Sí papá.
—Así que... una presentación fuera de la ciudad ¿eh?
—Estoy muy emocionado. Podríamos conseguir más presentaciones a lo largo de todo el país si logramos impresionar al anfitrión.
—Espero ya haber salido de la cárcel para esos días...
—Entonces ¿qué dices?, ¿me dejarás ir?
Sentía que debía apoyar a su hijo. Lo ha estado haciendo desde aquel día que escapó de prisión. Desde entonces ha reflexionado su comportamiento cuando lo obligaba a cometer robos y asaltos.
Buscaba la manera de remediarlo.
Siete días completos...
¿Qué podría pasar?
—Espero y me traigas un recuerdo.
Johnny sonrió con mucha alegría.
—¿Eso es un sí?
—Por supuesto.
Eran casi las nueve de la noche. Rosita ya se había encargado de enviar a sus pequeños a la cama. Al salir de la habitación, se aseguró de haber dejado el libro de cuentos en su lugar. Nunca se hartaban de escuchar las mismas historias todas las noches.
Terminó de recoger la mesa y se dispuso a lavar los platos. Su mirada se distraía al querer ver por la ventana, hacia la ciudad, notando lo callada que estaba en ese momento. Recordó también que el ensayo que tuvieron aquella tarde había salido muy bien, como siempre.
Se emocionaba por el progreso de sus compañeros. A pesar de eso, asistir al teatro en veces se tornaba bastante fastidioso debido a la gran cantidad de ensayos y presentaciones. Esta fue la vida que escogieron, y estaban dispuestos a sacrificar el tiempo y el esfuerzo que fuese necesario para hacer que valiera la pena.
Contentos por las grandes recompensas que la vida les otorgaba, sabían que aún había más por descubrir allá fuera, y esa ansiedad que sentían correr por sus venas los impulsaba a querer ir por ellas.
Pero la tan esperada llegada de Norman del trabajo la sacó de sus pensamientos.
—Mi amor —dijo Rosita secándose las manos—, ¿cómo te fue?
—Bien... —dijo colgando su abrigo con cansancio—, otra vez tuve que quedarme hasta tarde...
—¿Problemas con la financiera? —dijo mientras le entregaba el maletín.
—Sí —dijo sentándose en la mesa.
Rosita fue al refrigerador para servirle un plato de comida.
—¿Cómo te fue a ti?, ¿qué dicen allá en el teatro?
Colocándolo el plato frente a él, se sentó en la silla siguiente.
—Hoy tuvimos un ensayo. Estuvo grandioso —dijo con una sonrisa.
—Era de suponerse —dijo mirándola al rostro tomando su mano con delicadeza. —Eres una magnífica bailarina y una cantante estupenda.
—Norman... —expresó no sabiendo qué decir.
—Estoy orgulloso de ti —y se inclinó para darle un beso.
Pero, esa emoción de amor y compasión fue nublada por un nerviosismo que no había podido dejar de sentir desde que Búster le dio la noticia. Una noticia que debía de comunicar a su marido lo antes posible.
El problema era que no sabía cómo hacerlo. Se trataba de una oportunidad increíble, una oportunidad que no podía desaprovechar. Sin embargo, esa bella visión era interrumpida por la imagen de su esposo y de sus pequeños...
No podía quitarlos de en medio.
—¿Amor?
«¿Hm?» Tenía la boca llena.
—Tengo que decirte algo. Una noticia.
La vio a los ojos, interrumpiendo su cena.
—¿Una noticia? —se limpiaba la boca.
—Sí, es sobre una presentación que haremos.
—Dime.
Rosita sintió desánimo. No lo podía decir con la energía positiva que ella quería.
—Búster consiguió una presentación en un lugar famoso donde asistirán personas muy importantes...
Su esposo se llenó de entusiasmo.
—¡Oh! Esa sí es una gran noticia, querida.
—De hecho. Estamos muy emocionados por ir.
—¿Cuándo será?
—En cuatro días.
—No falta mucho entonces.
—Sí, pero... hay un problema... —dijo acomodándose en su silla.
—¿Cuál?
—Será fuera de la ciudad...
Su esposo la miró comprendiendo la situación.
—¿Saldrás de la ciudad?
—Aún no he tomado la decisión, por eso te lo estoy comentando primero —dijo con cariño—, quiero que la tomemos juntos. Si tú no estás de acuerdo, no iré. Solo quiero que sepas eso.
Los ojos de Norman fueron abiertos gracias al fabuloso número de Rosita. Eso permitió que él advirtiera la poca importancia y cariño que le daba a su amada.
Durante estos meses, a pesar de haberse hecho famosa en Calatonia, no ha cambiado en lo más mínimo. Ella seguía siendo la madre de 25 pequeños y su esposa.
Su juicio estaba intacto.
—Te agradezco que pidas mi apoyo para tomar esta decisión. Yo sé que esa presentación es muy importante no solo para ti, sino también para todos allá en el teatro —expresó con amabilidad.
—Estaría fuera solo por una semana. Para el lunes a primera hora ya estaría en casa.
—Entiendo —dijo, luego soltó un suspiro—. Los niños te van a extrañar.
—Eso lo sé, pero, no te preocupes, mi madre vendrá a cuidar la casa durante el día. Sabes que ellos aman a su abuela. No le es molestia venir a echar un ojo.
—Supongo que eso ayudara... —respondió—, tienes todo cubierto, ¿eh?
—Esa es la labor de una madre.
Un pequeño silencio.
—¿Y bien? —inquirió.
Su esposo pensó que ella había hecho mucho por su hogar y por sus hijos. Las cosas han cambiado y su perspectiva ha tomado un nuevo punto de referencia. Quizás estaría bien permitirle un pequeño descanso.
Siete días completos...
¿Qué podría pasar?
—Yo te amo, Rosita, y te apoyaré en lo que te propongas.
Rosita sonrió con mucha alegría.
—¿Eso es un sí?
—Por supuesto.
—De ninguna manera —contestó su abuelo exasperado—, ¿acaso crees que dejaré que mi nieta se vaya durante una semana fuera de la ciudad... sola?
—No estará sola, papá —replicó la madre de Meena—, estará con sus amigos del teatro. Ellos la cuidarán.
—Es una jovencita, ¿ella qué va a saber?
—Comprende: Esto es importante para ella, y para mí también. Al fin está logrando su sueño.
—Y créeme que estoy orgulloso de ella. Pero una cosa es ir a presentaciones aquí mismo en la ciudad, a unas cuantas calles, a ir a otra fuera de nuestro completo alcance.
—Es necesario adaptarnos a esa idea. Ella está creciendo, y si ella quiere ser cantante, nos guste o no, debemos apoyarla.
—Y lo estamos haciendo, sólo digo que hay que tomar las cosas con cautela. En mi vida permití que te alejaras más de dos calles de la casa. Creí que eso serviría para cuando tuvieras tus hijos, pero veo que no es así.
—Es cierto —respondió—, pero eso siguió así hasta que un día te enfrenté, yo no quiero que llegue ese momento con Meena. Yo no lo deseo.
El abuelo de Meena observó el rostro decidido de la madre de Meena. Él seguía siendo su padre, y lo iba a ser hasta que el destino quisiese.
Sin embargo, debía reconocer la posición en la que ella estaba.
Ya no era su niña pequeña. Ahora era una adulta con responsabilidades familiares.
—Hay cosas que no podemos evitar... —dijo sentándose en la silla—. Y creo que tienes razón: no puedo evitar que ella crezca...
La madre de Meena escuchaba.
—Pero ella debe entender que yo la amo, y que no quiero que nada malo le pase.
—Ningún padre desea que le pasen cosas malas a sus pequeños, yo no entendí ese pensamiento de ti... hasta que ella nació.
El abuelo de Meena observó su rostro.
—Ella está creciendo y quiere hacer cosas diferentes. ¿Recuerdas cuando la convenciste de hacer esa segunda audición?
—Eso fue hace años.
—Estoy segura de que, si no lo hubieras hecho, ella no sería una estrella en este momento. La encaminaste en su primer paso y ella siguió por su cuenta... ¿Acaso quieres detenerla?
—... No, no quiero hacerlo —respondió.
—Ofertas como ésta llegarán y llegarán. Hará más viajes por todo el país, expondrá su bella voz en cada audición en la que se presente.
El abuelo se imaginaba un escenario muy hermoso.
—Se volverá una celebridad.
Hizo una pausa.
—Y yo no impediré que eso pase.
Sabía que su hija había educado a Meena de forma ejemplar; era cortés, amable, con una actitud responsable que los muchachos de hoy en día no tienen. Eso ayudaba para que pudiera advertir que Meena podía cuidarse sola, al menos por unos cuantos días.
—Recuerdo cuando tuve que hacerme a la idea de que sobreprotegerte no estaba siendo la decisión más sabia —comentó—, y ahora estoy orgulloso de la gran madre en la que te has convertido. Sé que has instruido a Meena correctamente. Tomando en cuenta eso, creo que... podré estar en paz, y supongo que tú también.
—Confío en Meena, papá —dijo con seguridad—. Tú también deberías de confiar en tu nieta.
Sabias palabras.
—Se supone que debo de ser el primero en apoyarla con ese furor de antes, pero ahora estoy preocupado; me inquieta no saber qué es lo que puede llegar a pasar.
—A mí también me preocupa eso, pero reconocí que no puedo vivir teniendo en la cabeza ese pensamiento. Algún día ella hará su vida, y lo único que podré hacer será bendecirla y ayudarla en lo que pueda, como tú lo estás haciendo conmigo...
Las bellas palabras de la madre de Meena inundaban de alegría la faceta de su padre. Estaba feliz de haber cumplido con ella. Dormía tranquilo sabiendo que era una madre responsable.
—Igual creo que estoy exagerando un poco.
—¿Sólo un poco? —cuestionó jocosa.
—Sabes a lo que me refiero.
—Claro que sí.
—Me alegro de que confíes en Meena.
—Tengo qué, papá.
—Lo sé, y me has enseñado algo importante, algo que estoy dispuesto a volver a poner en práctica.
—Creo que la situación ha estado tranquila. A veces hace falta que ocurran cosas que nos muevan de nuestro lugar —fue a la estufa y sirvió un poco de comida en un plato.
—Es cierto —dijo tomando los cubiertos listo para comer.
Siete días completos...
¿Qué podría pasar?
—Será bueno saber qué saldrá de todo esto...
La madre de Meena sonrió.
—¿Eso es un sí?
—Por supuesto.
Ash había recibido una llamada de Lance la mañana de aquel día. Dijo que ansiaba poder hablar con ella para decirle algunas cosas que, según él, eran de suma importancia.
Habían pasado tres años desde la última vez que se vieron afuera del teatro, cuando fue a felicitarla por la canción que había compuesto. Ash tenía que admitir que había ocasiones en las que se preguntaba cómo estaría Lance después de descubrirlo engañándola con otra.
Su nombre era... ¿Becky?, no lo recordaba.
Por alguna extraña razón sintió que la ayudaría a estar más tranquila, aunque eso no cambié en nada la realidad de lo sucedido.
Una simple llamada que dominó por completo su atención, arrastrada por una curiosidad que no había sentido desde hace tanto tiempo.
Cerró la puerta de su camerino y corrió ansiosa por el pasillo.
Johnny se ofreció a darle un aventón hasta su departamento. Una vez se despidieron, entró al edificio con rapidez. Del guardarropa sacó una blusa roja carmesí de manga corta y una falda de corte medio de color oscuro y, luego de unas cuantas arregladas en sus espinas y en su rostro, estaba lista para ir al restaurante donde Lance ya la esperaba.
Decidió ir caminando ya que no quedaba muy lejos.
En el trayecto pensaba en un montón de cosas: ¿quién hablaría primero?, ¿qué temas abundarían durante la conversación?, ¿acaso el interés de Lance estaba relacionado con su éxito? Cuanto más imaginaba, más le urgía verlo. Tenía la esperanza de que las cosas saldrían bien, pero a veces la certidumbre puede traicionar de la forma más dolorosa posible.
Vio a muchos animales en la entrada del lugar. Era extraño, los jueves por la noche no solía estar así de lleno.
Quizás Ash exageraba, o quizás debido a la ansiedad prestaba más atención a su alrededor de la que debería.
Abriéndose paso se acercó a la puerta. Estaba a punto de empujarla cuando de pronto escuchó una voz.
«Hey...»
Desvió la vista hacia la dirección de donde provenía.
—Permíteme —dijo retirando la puerta—. Las damas siempre serán primero.
Impactada, lo miró fijamente, abrumada por su educación.
. . .
—Vaya cambio de estilo —dijo apreciando su vestimenta.
—Me gusta más así —respondió—. Me hace sentir bien.
—No lo dudo. Te ves diferente.
Se miraban el uno al otro.
—Luces increíble —dijo sinceridad.
Ash bajó la mirada con un rubor en las mejillas.
—... Gracias.
—Y veo que te está yendo bien, ¿eh?
—¿Uh?
—Estuviste fabulosa en Gray Colors; a decir verdad, has estado fabulosa en todas tus presentaciones.
—¿Me has visto?
—Claro. Y, ¿sabes?, tienes mucho potencial. Eres una gran cantante, también tus amigos; Rosita, Johnny, todos ellos.
—Son mis mejores amigos. Y se lo debemos a Búster. Él fue quien creyó en nosotros desde el principio.
Lance asentía al oírla hablar.
—Lo hicimos no por el dinero, sino por nosotros. Valió la pena.
—Me equivoqué respecto a ti, Ash. Me equivoqué.
Ash bajó la cabeza.
—... Tengo que ser honesta conmigo misma.
—¿Disculpa?
—Me refiero a que nunca esperé que dijeras que te equivocaste. No lo creía posible... —dijo viendo mirándolo a los ojos.
—Ahora las cosas han cambiado: eres una mujer exitosa con una carrera llena de oportunidades por delante, ¿y yo?, no he conseguido más que cantar en bares y restaurantes.
Ash no quería interrumpirlo.
—En una sola noche hiciste que la primera canción que tú misma escribiste fuera un éxito. ¿Yo? Sólo soy alguien que está siendo destruido por su egoísmo.
Ash atendía la sinceridad de Lance.
—Creo que hizo falta que esto ocurriera para poder ver la mala posición en la que estaba. Y así fue. No me tomó mucho darme cuenta de ello. Sólo que... ahora eres una celebridad, y pensaba que no tendrías tiempo de querer hablar conmigo... o siquiera verme.
—Nada de eso, Lance. Sigo siendo la misma de siempre. Y así quiero permanecer...
—Me alegro, Ash. Me alegro de que no... no tomes la actitud que yo tomé cuando... éramos novios.
Silencio.
—No te valoré como debí, y durante todo este tiempo he estado lamentando mucho el día que te perdí. Yo no te he olvidado. Mi relación con Becky acabó hace tiempo... —dijo con fastidio.
Ash alzó las cejas.
—Me merezco esto —y apartó el rostro hacia un lado.
Era el momento indicado para que ella también se desahogara. A pesar de lo que le hizo, no le deseaba ningún mal.
No le tenía rencor.
—Lance... Yo... Yo también lamento el día en el que te perdí.
El puercoespín la miró.
—¿Lo dices en serio?
—Como te dije: Tengo que ser honesta conmigo misma.
No sabían qué más decir.
La comida que estaba sobre la mesa ya se había enfriado.
—¿Estarías..., estarías dispuesta a... volver a intentarlo? —preguntó Lance con timidez.
Muy en su interior, la puercoespín anhelaba que le hiciera esa pregunta en algún momento.
Pero no sabía cómo iba a reaccionar ante ello.
Nunca lo sabría.
—Sería bueno volver a intentarlo —respondió casi sin aliento. Un par de lágrimas cayeron de sus ojos.
Luego de aclararlo, se dio cuenta de que tenía que comentarle la noticia.
Si iban a ser novios a partir de esa noche, tenía derecho a saber que estaría fuera de la ciudad.
Siete días completos...
¿Qué podría pasar?
—Quiero correr el riesgo.
Lance se emocionó en gran manera.
—¿Eso es un sí?
—Por supuesto.
