Nunca regalé flores
Sumario: A punto de iniciar la guerra, Draco padece las consecuencias de un viejo conjuro puesto sobre su familia. Harry, creyendo que es el hanahaki desease lo que causa que tosa flores, intenta acercarse y empieza a preocuparse por quien es su enemigo.
Género: Romance.
Claves: Drarry soft. AU. Algunas enfermedades florales…
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Nunca regalé flores
Fue una sensación extraña, una forma inusual de reaccionar. En retrospectiva, hasta podría decir que fue una mala jugada, uno de sus instantes sin suerte.
Draco se había levantado temprano para desayunar antes de que los bulliciosos de primero hubiesen encontrado su camino fuera de la cama (él siempre se levantaba temprano y siempre desayunaba antes de la hora general). Caminaba sin compañía desde las mazmorras, por uno de esos pasillos que sólo los Slytherin y algún curioso conocían. ¿Y quién podía ser más curioso que él?
Harry Potter.
El Elegido, el niño dorado de Gryffindor, el favorito de Dumbledore, el único al que el viejo le prestaba un mínimo de atención. El idiota de Potty.
Draco era demasiado consciente de él para su propio bien (siempre lo había sido). Cuando se encontraban cerca, era sólo localizarse, percatarse de la presencia del otro, para saltar en su dirección.
En esa ocasión, no podía ser diferente. Draco se detuvo, preparó su comentario burlón de turno (había ensayado uno sobre sus lentes y cómo no reconocería a un mago decente, ni aunque lo cruciara primero, que surgió de una conversación que mantuvo con Blaise el día anterior…) y separó los labios. Sin embargo, lo que brotó al hacerlo, fue un ataque de tos, algo que se le arrastraba por la garganta, con un toque suave y desconocido. La hoja que escupió, luego descendió, lento, en el espacio entre ellos. Draco se apresuró a taparse la boca.
Potter se había detenido para observarlo con la más clara confusión. La hoja yacía en el suelo. Las extremidades le hormigueaban, las puntas de los dedos le picaban, tenía la garganta adolorida y la boca seca.
Al volver a toser, hubo una presión fuera de lo común en su pecho, y lo siguiente que sabría sería que un trozo de tallo de varios centímetros se le atascaba en la boca. Sus pensamientos se resumían en uno solo.
No puede ser.
Ahogó un grito cuando otra tos le sobrevino y echó a correr lo más lejos que podía.
No. No era posible.
No podía ser él.
—0—
Era Harry Potter. La verdad tajante, irremediable e irreversible, no lo golpeó con toda su fuerza, hasta que estuvo frente a su padrino.
Avisa cuando te ocurra, Draco, casi podía oír la suave voz de su madre. Avisa cuando lo sientas.
Y cuando te ocurra…
—¿Puedo? —Draco balbuceó y gesticuló en dirección al fondo, al dormitorio privado del profesor, usualmente oculto de los estudiantes de las mazmorras. Su padrino asintió y lo dejó a solas para que lo viese por sí mismo, si se consideraba listo.
Fue hacia el cuarto, desplegó las puertas dobles del armario lleno de túnicas negras e invocó el único espejo disponible. Lo hizo levitar despacio, frente a él, a la vez que se aflojaba la corbata y desabrochaba los botones de la camisa, hasta la mitad del pecho. No necesitaba continuar, ya lo había visto, mas era lo bastante testarudo como para hacerlo hasta que estuvo expuesta por completo.
Seis pétalos coloridos, un capullo cerrado, trazos delicados por bordes, resaltaban contra la piel pálida.
Era cierto entonces. Se había enamorado de Harry Potter.
—0—
—Traître de Versalles, variante de las enfermedades mágico-fisiológicas relacionadas a las flores y las emociones —En sus recuerdos, Snape era más joven, no llevaba la familiar túnica negra y tenía el cabello sólo un poco más largo. Su rostro, sin tantas arrugas gestuales, aun así, se contraía del modo en que después le sería tan común. Draco no debía tener más de cinco años la primera vez que escuchó del Traître y estaba seguro de haber encontrado más interesante la snitch coleccionable que tenía en una mano, que la explicación de su padrino—. Condición mágica de propiedades extrañas que afecta a antiguas familias sangrepura francesas, poco antes de que sus herederos cumplan la mayoría de edad. Proveniente de la maldición de Versalles, conjuro arrojado sobre los magos cercanos al rey, que ocuparon la Corte del palacio de los jardines colgantes, cuando dio inicio la última revuelta mágica del reinado de Luis XV —En sus memorias, Snape atrapaba la snitch con que jugaba en el aire, mediante un encantamiento, y la alejaba de él. El puchero del Draco de cinco años fue respondido por una mirada iracunda de su parte. Sabía que lo primero era cierto, lo segundo tal vez no; bien pudo tratarse de una exageración de su mente infantil—. ¿Tu madre te ha dicho lo que hicieron tus antepasados para recibir dicha maldición? —Draco recordaría haber sacudido la cabeza—. No prestaron atención —El niño ahogó un grito cuando su padrino hizo desaparecer la snitch de colección; estaba convencido de que entonces sí lo miró mal—. Antoine y Colette Malfoy se pasaban todo su tiempo libre con la reina, rompiendo muchas reglas mágicas y muggles, y el más pequeño de los tres no obedeció a la orden de esconderse en la salida secreta y dejar atrás a sus hermanos. Desde ese momento, la maldición se transfiere por herencia de un Malfoy a otro, en forma de enfermedad, y se presenta alrededor de los dieciséis años, cuando el enamoramiento se hace más fuerte.
—¿Enamora- qué? —cuestionó, frunciendo el ceño.
Snape soltó un suspiro largo, como si se preguntase de qué manera soportaría aquella tortura que se le presentaba.
—La maldición que comenzó todo consistía en revelar lo que para esa época era el mayor secreto de cualquier mago o bruja en la Corte mágica de Luis XV…
—¿Que hacían magia? —Su padrino rodó los ojos frente a la obvia sugerencia.
—Que estaban enamorados —aclaró, en tono contenido—. Dentro de una Corte de secretos, mentiras y acuerdos matrimoniales que apenas los sustentaban, a mitad de un período de absolutismo y revueltas de la comunidad mágica, alguien podía perder la cabeza sólo porque se enterasen de que se había enamorado de la persona incorrecta. Era tal la atrocidad del crimen, para ese momento, que si era correspondido, los amantes eran pasados por la guillotina el mismo día, en diferentes puntos de la plaza principal y de espaldas, de manera que no fuesen lo último que el otro veía y sus almas no hallasen la paz, obligadas a buscarse por…toda la eternidad —Snape arrugó la nariz, en una clara señal de lo que opinaba al respecto, y le mostró el pergamino del que había sacado esa explicación—. Es una forma dramática de hacerlos pagar por sus crímenes.
—Pero yo no he hecho nada malo —protestó él, por lo bajo—. ¿Y cuál que es el crimen? Tampoco le hicieron nada a nadie.
Snape dejó escapar otro pesado suspiro.
—El crimen fue enamorarse de quienes no debían, en el peor momento posible. Al menos, ellos lo creían así. Y por eso, tu familia siempre será afectada.
La primera fase de la maldición consta de dos señales que te aseguro que vas a notar.
Primero, llega la tos, los pétalos.
Luego descubrirás que una flor nació en tu pecho.
Durante esta fase, al menos, tendrá el capullo cerrado, pero el momento, lugar, y sobre todo, por quién se forma, es en lo que deberás fijarte.
Ahí sabrás de quién te has enamorado.
—0—
Draco había tenido experiencias absurdas. Había tenido experiencias malas y otras tantas frustrantes. Había salido con Pansy el año anterior, sólo para demostrar que él también podía salir con una chica. Luego decidieron que no funcionaban (Merlín, amaba a Pansy Parkinson, pero no podía verla como algo más que una irritante hermana que jamás pidió). Pero aquello superaba un nivel de ridiculez.
¿Él?
¿Y Harry Potter?
¿Ese Harry Potter?
Draco sabía que tenía una leve preferencia por los hombres. Sabía que no se encontraba enamorado de los chicos con que estuvo esos últimos meses, tras superar su proceso de 'reconocimiento y aceptación'. Sabía incluso que, a grandes rasgos, Potty no podía ser la peor opción; sin embargo, seguía siendo Potty.
Nunca creyó estar enamorado de alguien, y a pesar de que no se hizo ilusiones acerca de evadir el conjuro, tenía la esperanza de que el suyo fuese el tranquilo Theo, al que no le importaría la magia antigua, ni sus consecuencias. O su amigo Blaise, que se habría reído, seguramente le habría estampado un beso en los labios, para luego soltarle un "compañero, no te lo tomes a mal, pero no eres mi tipo", porque Blaise era así; un idiota atractivo. Entonces todo habría estado bien. Draco podría concentrarse en sus TIMO's, la extraña actitud que tomaba su padre y sus menciones de aquello que no podía contarle vía lechuza, y disfrutar lo que, sin que lo supiese, se convertiría en los últimos días medianamente normales de su adolescencia.
Por supuesto que no podía ser tan fácil para él, ¿no es cierto? No, claro que no. Y eso se lo demostraba.
Mientras Draco Malfoy, de nuevo con el uniforme como le correspondía, se preguntaba qué había hecho, cómo, cuándo, por qué pasó, y evitaba las cuestiones de su padrino al respecto, en la Torre de Gryffindor, Harry Potter miraba la chimenea con una expresión ida, antes de volver la cabeza hacia su mejor amiga, que tenía su completa atención en un pergamino, hasta que lo escuchó soltar un:
—Mione, ¿por qué alguien botaría pétalos y un tallo por la boca?
—0—
Si necesitaba saber la respuesta a una pregunta, la que fuese, existía un solo método infalible, que reconocía desde su comienzo en Hogwarts: Hermione. Si ella no tenía la respuesta, la buscaría. Y si no podía encontrarla, probablemente no existiese.
Pero cuando la acompañó hasta la biblioteca, ella le hizo un gesto para pedirle que esperase, y se puso a recorrer un pasillo, murmurando para sí, supo que resolvería sus dudas y no se trataba del segundo caso.
Lo logró. De pronto, Harry sentía que no estaba bien haber averiguado sobre el tema.
—Hanahaki desease —Hermione dejó caer el libro en el espacio que dejaba la mesa entre ambos—. Es lo más similar a lo que me has dicho: una enfermedad mágica poco conocida que afecta directamente los pulmones y vías respiratorias.
—¿Son…? —Harry frunció el ceño, a medida que le daba un vistazo a lo que su compañera le pasó— ¿flores? ¿Tiene flores en el pecho?
—Una rosa crece dentro de sus pulmones —replicó ella, meneando la cabeza. Su expresión lucía tan contrariada que dejó el libro de lado para oírla, sin pensarlo—. No puedo asegurar- me refiero a que toser flores no es normal, ni siquiera en el mundo mágico. Pero de tratarse de- Harry, si esto es lo que tiene Malfoy…
Ella calló. A pesar de que las palabras no hubiesen sido pronunciadas, un peso helado se instaló en su estómago, como si pudiese percibir de otro modo lo que creía que le deparaba.
—0—
Luego comenzó el verdadero desastre.
Primero vino el suceso de los pasillos. Malfoy caminaba con Parkinson, Goyle y Crabbe, Harry iba con Hermione y Ron; nada fuera de lo común en las miradas hoscas que se dedicaron, ni el comentario sardónico que luego no sabría de qué boca provino. Después llegó el incontrolable acceso de tos, la expulsión de otros pétalos, y Malfoy huía, cubriéndose la boca y dejando más de un par de expresiones sorprendidas en el camino.
Le siguió el de la clase de Pociones, en la semana posterior. Harry había experimentado una calma imposible durante esos días (sin Malfoy siendo Malfoy, sin Mortífagos atacando muggles, sin visiones de Voldemort) y no habría podido explicarse qué andaba mal acerca de la manera en que Malfoy sólo pasó de él. Antes de que su parte racional le dijese que tendría que estar feliz de al fin librarse del Slytherin, se interponía, casualmente, en su trayecto hacia los armarios de ingredientes, cerrándole el paso.
Malfoy se crispaba, apretaba los puños al intentar pasar junto a él, y que Harry, haciendo uso de los reflejos de Buscador, se adelantase para volver a meterse en su camino. Se preparó para el estallido, la confrontación. En cambio, lo que obtuvo fue una mirada frustrada y un Malfoy atacado por un nuevo acceso de tos.
Luego vino el enfrentamiento en el comedor; palabras fuera de lugar, una risa burlona, y Malfoy se ahogaba con un capullo entero que escupía sobre la mesa después de que Zabini hubiese palmeado su espalda, insistiendo en que les dijese qué hacer para ayudarlo.
El Slytherin observaba alrededor, escandalizado, y sus ojos eran los últimos que se encontraban entre la multitud. Con otro ataque de tos, enrojecía hasta las orejas y salía del comedor.
Harry permaneció inmóvil unos segundos, en el mismo punto donde estuvo cuando se marchó, sin notar la mirada preocupada de Hermione. Le dio vueltas a un pensamiento en particular durante largo rato. Nunca había visto a Malfoy sonrojarse.
—0—
—Es el chico Potter —Snape hizo una breve pausa, expectante. Draco apretó los labios hasta que sólo quedó una línea recta.
No respondió. Tampoco tenía que hacerlo. Su padrino se apretó el puente de la nariz y soltó uno de los suspiros más largos y cansados que le había escuchado alguna vez. Él no podía decir que no estuviese de acuerdo con su reacción.
—0—
El instinto natural de serpiente escurridiza lo llevó a evitarlo, en la medida de lo posible.
Draco se levantó aún más temprano de lo usual y empezó a llegar antes de tiempo a cada una de las comidas, cuando no terminaba metido en la cocina, donde los elfos le servían un banquete a su gusto. Mantuvo la boca cerrada durante las clases, la mirada apartada en los pasillos. No bajó la cabeza ni una vez en su presencia, pero un día, pasó junto a Harry Potter sin siquiera detenerse, y se abstuvo de mirar hacia atrás. Jamás sabría el tipo de expresión que su acción le dejó al Elegido.
—0—
Cerca del último partido de Quidditch de la temporada, Slytherin-Gryffindor, Draco sufrió de una repentina asfixia por un capullo atorado en la tráquea, su agarre vaciló. Cayó de la escoba.
Potter ignoró la snitch con sus destellos de oro y se lanzó en picada para atraparlo. Pero él tampoco sabría eso.
Abandonó el equipo esa misma tarde.
Mientras dormía en la enfermería, un mago de quince años bajo una capa de invisibilidad, estaba parado en medio del pasillo, incapaz de decidirse a cruzar la puerta. No lo hizo.
—0—
Después vino el punto de quiebre: cuando a su padre lo metieron a Azkaban.
Su padrino fue quien le avisó. También fue quien lo vio tragar en seco y estrujarse las manos temblorosas, y el que agarró su brazo cuando trastabilló hacia atrás.
Se mareaba.
Se mareaba. Se mareaba. Se mareaba.
¿El aire siempre fue tan difícil de tomar?
Se mareaba. Se mareaba. Se mareaba.
Puntos negros danzaban frente a sus ojos.
Umbridge había sido una mierda, pero al menos, una mierda honesta con ellos. Fue de ella de quien se enteró, en la reunión que convocó al día siguiente. Todavía tenía la ropa sucia y una mirada frenética, tras lo ocurrido en el bosque.
Harry Potter.
Harry Potter y un conjunto de estudiantes se escaparon del colegio.
Dumbledore volvía. Ella estaba fuera. El Ministerio tomaba decisiones importantes, mientras Lucius Malfoy era procesado.
Nadie tenía que decirle más. Draco, como todo buen Slytherin, sabía unir los puntos.
—0—
Vio a Potter la misma tarde en que Umbridge desocupaba el colegio. Estaba rodeado de lo que, supuso, era el dichoso grupo de idiotas con complejo de héroes que lo acompañaron.
Los que enviaron a su padre a prisión.
Draco apretó la mandíbula, hasta que un dolor ardiente lo atacó y contuvo la tos que le dejó un par de pétalos sobre la lengua.
Jamás lo había detestado tanto.
Incluso si Lucius no fue lo que él se imaginaba de niño, incluso si resultó lo peor que pudo ser, incluso si tomó las peores elecciones. Era su padre.
El odio y el absurdo enamoramiento asfixiaban a Draco Malfoy cuando llegó el final de su quinto año en Hogwarts.
—0—
Un elfo fue por él al andén. Su madre estaba pálida cuando lo recibió en la Mansión.
Pronto supo por qué.
—0—
La noche anterior al regreso a Hogwarts, fue la única que tuvo de libertad. Narcissa lo había visto contener una arcada a causa de los pétalos, en el Callejón Knockturn, y entendió; no lo molestaría por unas horas si era consciente de lo que le ocurría.
Los Mortífagos estaban más ocupados en besar el suelo que el Señor Tenebroso pisaba. Ni siquiera su tía notaría la ausencia de esa noche en el comedor.
Draco aplicó un encantamiento a la puerta, para que le avisase cuando alguien se aproximaba. Abrió el armario, invocó fuera su espejo de cuerpo entero y lo hizo levitar frente a él.
Se quedó ahí, quieto, en silencio, por el tiempo que le llevó infundirse el valor necesario para desabrochar el primer botón de la camisa y continuar con el resto. Las manos le temblaban.
Sabía lo que seguía. Lo había sabido desde que un súbito tirón en el pecho lo detuvo a mitad de una de las lecciones de oclumancia de su tía Bella.
Pero tenía que verlo.
Tal vez sólo para torturarse a sí mismo, mortificarse con los irremediables hechos, cuando aún se podía. Cuando todavía se le permitía, por un rato, tener problemas ajenos a la inminente guerra.
Era justo lo que pensaba. En cuanto la camisa estuvo abierta, se dio cuenta de que los pétalos coloridos empezaban a abrirse, de una forma tan poco perceptible que jamás lo habría notado desde el ángulo en que veía al bajar la cabeza.
—0—
La segunda fase, Draco, es la más peligrosa. Los pétalos y tallos que habrás escupido hasta entonces, son restos de la verdadera flor, que está creciendo dentro de tu cuerpo, en torno a los pulmones y rodeando tu corazón, envolviendo sin ejercer presión.
Esta no es una planta común, por lo que tampoco se puede cortar mediante ningún procedimiento. La flor en tu pecho muestra el progreso del conjuro, que al completar su ciclo, desaparecerá, junto a todo rastro de su presencia en ti.
A pesar de que no haya sido pensado para asesinar a quienes lo portan, su función de delatarlos intensificará los síntomas hasta que ya no puedas evadirlos, atrayendo la atención sobre lo que te pasa y acercando a la persona causante del inicio del conjuro. Y en la tercera fase, inevitablemente, la persona de la que te has enamorado, lo sabrá también.
Sólo podía resumirlo como problemas.
Problemas para llevar a cabo su misión.
—0—
Harry acababa de entrar al tren cuando lo percibió. Se detuvo a mitad de la explicación que le daba a Hermione de por qué estaba absolutamente seguro de que Malfoy era un Mortífago; sus amigos lo observaron con extrañeza cuando empezó a olisquear el aire.
Un aroma dulce, almizclado, llenaba el corredor y lo mareaba un poco.
—¿Es que no sienten eso? —jadeó, aturdido. Ellos se miraron, igual de confundidos.
—¿Hablas del olor de los dulces del carrito? —Ron apuntó en la dirección del mismo con el pulgar. Él sacudió la cabeza.
Poco a poco, el aroma se desvanecía, a su pesar.
—No, es- es- —Volvió a olfatear, en vano. Ya no lo sentía.
Arrugó el entrecejo al dar un vistazo alrededor, vacilante. No se percató de que Hermione, al intentar apresurarlos a entrar a un compartimiento cualquiera, pretendía que no se fijase en Malfoy, atravesando el mismo pasillo, seguido de Parkinson y Zabini; ella debía pensar que evitaba una confrontación temprana entre ambos grupos.
Fue casi una casualidad que lo notase, poco después. Malfoy hablaba en susurros con los otros Slytherin, su expresión era una perfecta máscara de desagrado y agotamiento mal disimulado. Harry no dejó de pensar en esa imagen que daba al perderse en otro de los compartimientos, durante el rato que escuchó a sus amigos divagar acerca del profesor que mandaba a llamar a algunos estudiantes y organizaba una extraña reunión en alguna parte del tren; al parecer, Ginny fue invitada.
En cierto punto, tomó su capa, la metió enrollada bajo su ropa, y se excusó con que iba al baño. Ron no le dio importancia, como de costumbre. Si Hermione sospechó de sus intenciones, al menos simuló que le creía.
Se escabulló a donde nadie pudiese verlo desaparecer bajo la capa, la acomodó al nivel de sus pies para no quedar expuesto, y empezó a buscar entre los compartimientos. Lo encontró. Y cuando lo hizo, una ligera incomodidad, lo hizo removerse bajo la capa y apretar los labios.
Malfoy conversaba en voz tan baja que apenas habría sido capaz de identificar una palabra de cada diez, prestándole su completa atención; tenía la cabeza apoyada en el regazo de Parkinson, que lucía como si se creyese la chica más afortunada del mundo. Harry tuvo unas irremediables ganas de gritarle, burlarse de su estúpida cara de enamorada, o lanzar alguna maldición.
En medio de esa emoción desagradable que se le instaló en el pecho, no fue lo bastante cuidadoso como para no tropezar con uno de los baúles en su intento de ocultarse de los Slytherin, en cuanto pudo abrirse un espacio dentro del compartimiento. Malfoy observó en su dirección; los otros vieron alrededor, cautelosos, pero volvieron a fijarse en su líder de inmediato, cuando este tosió tres veces, cubriéndose la boca. Al tener el nuevo pétalo en su mano, lo arrojó al suelo con un débil quejido.
—¿Cómo vas con…eso? —inquirió Parkinson, echándole el cabello hacia atrás, con movimientos cuidadosos, que se le habrían antojado más maternales que con segundas intenciones, de haberlos mirado bien. Harry se abstuvo, por pura suerte, de resoplar.
Aquello le hacía pensar que ella sí debía saber. Malfoy, por su parte, profirió un ruido quejumbroso, sin apartarse de las caricias, notó.
¿Estarían saliendo?
No, se respondió a sí mismo. Imposible. El libro que Hermione le había pasado hablaba de un amor intenso, duradero, puro. Ni siquiera Malfoy estaría con alguien más, cuando albergaba sentimientos como esos, ¿cierto?
Por alguna razón, no creía que Malfoy, enamorado como se encontraba, fuese a estar con otra persona. Tuvo el pensamiento vago, distante, de que no cualquiera suscitaba un amor de ese tipo. Mucho menos en alguien como Malfoy, precisamente.
—Moriré —dramatizó, con un rostro tan serio y lúgubre, que el peso helado volvió a asentarse en el fondo de su estómago. Merlín, no juegues con eso, imbécil, quiso decirle. Cómo se notaba que ni una condición mágica extraña podría ablandar a ese idiota.
—Hablando en serio —aclaró Zabini, inclinándose hacia adelante—. ¿Ya nos dirás quién es?
Silencio. Sólo hubo silencio.
A Harry le tomó unos instantes caer en cuenta de lo que estaban hablando. Esa persona. La persona de la que Malfoy se había enamorado.
—Tú —Malfoy ladeó la cabeza y gesticuló hacia su compañero. Pero su mirada se desvió hacia donde estaba por un aterrador segundo, en que Harry tomó la capa e intentó asegurarse de que no hubiese perdido el efecto de pronto, pensando en cualquier cosa, excepto la sacudida brutal de su estómago en respuesta.
Zabini ahogó un jadeo y simuló desplomarse contra su asiento.
—Es este momento —habló con la voz estrangulada, falsa—, es ahora cuando me declaras tu amor eterno. Draco Lucius Malfoy, acepto. ¡Nos casaremos por la mañana!
Malfoy se quitó uno de los anillos que siempre llevaba puestos y se lo lanzó, al tiempo que Zabini hacía lo mismo con uno de los suyos. Conteniendo la risa, Parkinson entonaba el clásico "chan-chan-chan-chan", de un tono más rápido a la melodía muggle de las bodas.
Harry permaneció aturdido. Estaba seguro de que debía tener una expresión tal, que de no haberse encontrado cubierto por la capa, los tres Slytherin lo habrían visto y se habrían echado a reír.
¿Qué era, exactamente, lo que acababa de presenciar?
—Pero hablando en serio —insistió Pansy, con una solemnidad que sólo era arruinada por la manera en que jugueteaba con uno de los mechones del cabello rubio del otro Slytherin—. Debes pensar que él, quienquiera que sea, no te va a corresponder, si aún no has intentado…
—Él podría cruciarme antes de darme una mísera oportunidad —declaró Malfoy, tajante—. Además, no es como si importase. Lo saben, ¿no? —Miró a uno, luego al otro. Incluso la expresión de Zabini, que le sonreía unos momentos atrás, fue ensombrecida por el cambio en su voz cuando lo dijo—. No nos queda mucho tiempo en este estúpido colegio, con esos idiotas.
—Puede que no —replicó su compañera, con suavidad, estirándose para quedar donde él pudiese verla por el rabillo del ojo—. ¿Pero quién te puede asegurar que tú no vas a seguir enamorado cuando ya no estemos aquí?
—0—
A Draco Malfoy le gustaba un chico. No. Draco Malfoy estaba enamorado de un chico.
En el fondo, Harry debía ser consciente de que ni siquiera era tan extraño, de que su atención debía estar en lo que Malfoy aparentaba saber acerca de lo que ocurriría ese año, no dividida entre las actividades dudosas de su rival y la vida amorosa de este mismo. Pero le era imposible dejar de darle vueltas al asunto.
¿Quién era? ¿Quién podía ser?
Ser consciente de que era un chico reducía las posibilidades a la mitad de la población estudiantil. Que lo odiase no hacía gran cosa por darle una pista del misterioso sujeto; sin embargo, si sus compañeros no conocían la identidad de este, podía deducir que no pertenecía a Slytherin. Parkinson y Zabini actuaban como si, además de hablar poco o nada sobre el tema, tampoco hiciese avance alguno con respecto al chico.
Y si el propio Malfoy afirmaba que llegaría al extremo de arrojarle una de las tres Maldiciones Imperdonables, sólo podía significar que lo detestaba en verdad o que él lo arruinó de algún modo irreparable.
¿Quién?
Entonces se dio cuenta. ¡Era obvio! ¿Cómo pudo ser tan ciego?
El odio irremediable, las pullas, la actitud al final de quinto año. Que los pétalos sólo apareciesen cerca de ellos.
Merlín, estaba tan claro.
—Mione —Giró hacia su amiga, que terminaba la recién enviada tarea de Pociones, en el segundo sillón frente a la chimenea. Ella emitió un sonido vago para darle a entender que lo escuchaba—, ya sé quién es.
Una breve pausa. Hermione detenía su mano sobre la pluma, para observarlo.
—¿Quién es qué?
—El chico del que Malfoy se enamoró, el responsable del hanahaki —Ella arqueó las cejas, expectante, así que tomó la dura decisión de no darle más largas y lo soltó:—. A Malfoy le gusta Ron.
—A Malfoy le gusta…—repitió ella, con lo que pensó que era incredulidad. Harry asintió varias veces para demostrarle lo convencido que estaba acerca de su teoría.
Hermione enrolló los pergaminos que tenía dispersos al frente, los amarró con una cinta roja que llevaba su nombre en el listón, y los hizo levitar de vuelta a su maletín.
—Harry —llamó en tono suave, procediendo a sostenerle las manos—, a Malfoy no le gusta Ron.
Él boqueó. Debió imaginar que no sería fácil aceptarlo.
—Sé que suena muy loco, pero todo encaja si te fijas en que…
Ella suspiró.
—Harry —Él se calló cuando su amiga dijo su nombre, de nuevo—, yo creo que a Malfoy le gustas tú.
Silencio. Cuando respondió, su voz sonó más vacilante y ahogada de lo que le hubiese gustado reconocer.
—Eso es ridículo, Mione.
Su compañera levantó las cejas, otra vez.
—¿Más que Ron y Malfoy?
Harry abrió la boca, luego la cerró cuando se percató de que no podía hacer más que concederle la razón. De nuevo.
—Pero es…ridículo.
—Estoy segura de que Malfoy habrá pensado lo mismo cuando se dio cuenta —mencionó, casi con diversión. Después pareció titubear un poco—. Pero…al menos no eres tú el que está enfermo.
Si él era la persona de la que se había enamorado…
¿No significaba que, también por él, indirectamente, era que Draco podía morir?
No, se recordó. No podía morir. Iba a morir. Según los libros, el hanahaki sanaba cuando el amor era correspondido.
Él, definitivamente, no le correspondía a Draco Malfoy.
Merlín, Malfoy se iba a morir. Malfoy iba a morir y sería culpa suya.
Mientras Harry Potter tenía una revelación en la Torre de Gryffindor, Draco Malfoy entraba a un baño en desuso, con ingredientes de sobra para varias horas de poción multijugos en más de una persona y un plan en mente.
—0—
A Harry le llevó alrededor de un mes animarse a actuar. De acuerdo al Mapa del Merodeador (y no es como si él hubiese estado cada noche intentando descubrir su paradero…o tal vez sí), Malfoy había pasado una cantidad extraordinaria de tiempo en las últimas semanas dentro de uno de los baños, y él no podía decidirse entre la opción de que llevase a cabo el próximo plan sospechoso o estuviese siendo fervientemente acosado por el hanahaki, de forma inusual, pasando cada vez menos horas fuera de su Sala Común o el dichoso baño, abandonando actividades que le eran normales, perdiéndose en los pasillos. Hasta las ocasiones en que se tenía que lidiar con el abusivo Malfoy quedaron atrás.
No fue sino hasta ese día, en particular, cuando se percató de que aquello estaba yendo demasiado lejos.
Malfoy no asistió a clases de Pociones.
No sólo eso hubiese sido motivo de perturbación, Malfoy bien pudo enfermarse (aunque ninguna enfermedad lo había apartado de la posibilidad de fastidiar a unos cuantos Gryffindor durante Pociones, los pasados cinco años), pero el que Snape entrecerrase los ojos en dirección a su asiento vacío, y sus compañeros Slytherin negasen en respuesta a la pregunta no formulada, con expresiones igual de aturdidas, hablaba por su cuenta de lo grave de la situación.
Harry recogió sus pertenencias deprisa al terminar, se despidió de sus amigos y salió de las mazmorras con un objetivo bien definido en mente, sin detenerse para notar la mirada angustiada de su mejor amiga, la confundida de Ron, ni la inquisitiva del profesor Snape.
Alcanzó el pasillo desierto, sacó el mapa para comprobar que lo encontraría donde ya se imaginaba que lo haría, y siguió su camino.
Empujó la puerta del baño con cuidado, lento, y se deslizó al interior del lugar, tan pronto como llegó, manteniendo los pies fuera de los charcos en el suelo.
No había elegido entre esconderse bajo la capa o acercarse más, cuando lo escuchó.
—Es como quedarse dormido, Draco —Le llevó un momento reconocer que era la voz de Myrtle la que hablaba. ¿Por qué?—. Sólo estás, y de pronto, ya no. No habrá más dolor, a menos que vuelvas como fantasma, como yo. Pero entonces el dolor nunca será físico. Sino peor.
—Eres sorprendentemente motivadora, Mitty.
—No te voy a mentir. Espero que cuando mueras, descanses en paz, pero en otro caso, ¡puedes venir! Compartiremos mi retrete.
—Qué…dulce.
—Sólo lo mejor para ti —Ella chilló de repente, seguido de varias risas—. ¡Sonreíste!
—No fue una sonrisa, te confundes.
—¿Qué fue entonces?
—Un estornudo —Y procedió a fingir uno, arrancándole una carcajada a la niña fantasma.
Harry se asomó desde detrás de un cubículo, para tener una imagen de la escena. Draco estaba sentado en el borde de un lavabo, una pierna recogida bajo el cuerpo, la otra colgaba y se balanceaba en el aire. Le daba vueltas al contenido de un caldero con una varilla. Myrtle flotaba en torno a él, un poco inclinada hacia adelante, para observarlo mejor.
—¿Cómo sigues de eso? —Myrtle levitó para tomar asiento a su lado. El lavabo donde estaba el caldero quedaba entre ambos.
—Oh, ya sabes, toso flores cada vez que lo veo, lo esquivo en los pasillos, espero en secreto que se vaya a una nueva misión con sus amigos fuera del colegio y pueda pasar mi último año aquí en paz. Pero al idiota le ha dado por portarse bien e incluso parecer casi normal, con el Quidditch y su novia y.. —Malfoy se calló cuando su voz alcanzó un nivel diferente de amargura.
Hubo silencio por un rato, apenas interrumpido por el sonido de la varilla en el caldero, cuando tocaba uno de los lados, y el burbujeo, momentos antes de que vertiese parte del líquido dentro de un vial, que luego se añadiría a una fila flotante de estos, junto a ellos.
—En el fondo, sabes que lo extrañarías si se va así —puntualizó Myrtle, con una amabilidad que nunca tuvo para nadie más. Ni siquiera él.
—¿Quién podría extrañarlo? —replicó, pero no era más que un vano intento por conservar su postura. Al oírla, se había detenido durante un instante, vacilando, vial en una mano, varilla en la otra.
Harry regresaría a su Sala Común sin haberlo enfrentado, como tenía pensado, e incapaz de dejar de darle vueltas a la idea de Malfoy preguntando sobre la muerte a un fantasma.
—0—
Aquello pronto se convirtió en una costumbre.
No se dio cuenta a tiempo para frenarlo, no se percató de cuánto se demoraba en versad allí. Harry se sentaba detrás de una columna, dentro de un cubículo, o junto a los lavabos, protegido por la capa de invisibilidad.
—¿Cuándo fue que lo conociste? —Le preguntaba Myrtle un día, y él soltaba un largo "hm", antes de responder:
—1991. Teníamos once y era agosto. Comienzo de agosto apenas. Compramos las primeras túnicas del uniforme en la misma tienda.
Harry ni siquiera recordaba ese evento, hasta que lo oyó hablarle del tema. Cierto, se diría después, Malfoy fue el primer niño mago que conocí.
—Era el primer niño mago con que hablaba, que no era hijo de uno de los amigos de mi padre —Se sorprendió al escucharlo continuar. No se le había ocurrido, hasta entonces, que una situación así fuese posible—, pensé que podría ganarme un amigo por mérito propio, así que le hablé de todo lo que se me pasó por la cabeza, todo lo que habría interesado a niños como Pansy o Blaise, que eran los únicos que conocía.
—¿Y cómo salió?
Malfoy soltó una risa amarga.
—Ya ves cómo. Él anda con esa chica Gryffindor, yo estoy metido en un baño en desuso, hablando con un fantasma.
—Suena a que fue lo bastante tonto como para no aceptar tu amistad. ¡Pero yo síquiero ser tu amiga!
—Lo sé, Mitty.
Otro día, Harry ya se encontraba ahí cuando entró, porque Malfoy había estado, por alguna razón incomprensible, regresándole a unas niñas de segundo o de tercero sus bufandas, que fueron llevadas lejos por la brisa en el patio. Llegó en medio de un revuelo de túnicas, recogió los instrumentos de Pociones y limpió el lugar con complicadas florituras de varita, para no dejar rastro alguno de su presencia en el área.
—¿Draco? —Lo llamó Myrtle, con un tono tan dubitativo como Harry se sentía.
—Lo tengo —Fue lo único que respondió, pero pareció ser suficiente para ambos. No volvió a aparecerse por allí en unos tres días.
Cuando lo hizo, tenía prominentes ojeras casi púrpuras y se inclinaba sobre uno de los lavabos, sosteniéndose la cabeza con ambas manos.
—No funciona…—decía, por lo bajo—. No funciona, no funciona…
Myrtle levitaba frente a él e intentaba, sin éxito, calmarlo.
Ese mismo día, alrededor del toque de queda, Harry frenó en seco en un pasillo del séptimo piso, donde percibió ese aroma dulzón que también estuvo presente en el tren. Pero allí no había nadie más que él.
—0—
Malfoy comenzó a deteriorarse con el pasar de los días. No sólo eran los ojos hundidos, apagados, ni los pómulos sobresalientes; ya no se mostraba en el comedor, y cuando lo hacía, observaba su plato, como si se preguntase si podía desaparecerlo con magia, sin haber probado un bocado. No se le veía en compañía de sus amigos Slytherin, comenzó a faltar a clases con cierta frecuencia. Uno de sus días en el baño, para su sorpresa, fue Myrtle quien lo enfrentó al respecto.
—Tal vez no deberías ignorarlos…
Y como si Malfoy fuese perfectamente consciente de a qué se refería, le contestó:
—No cuenta como ignorarlos si ni siquiera me ven.
A lo que la fantasma respondió con un débil quejido y cruzándose de brazos.
—A mí me hubiese gustado tener amigos como ellos cuando estaba con vida.
—Lo tendré en mente, Mitty.
—0—
La siguiente vez que percibió el aroma dulzón, estaba dando por finalizada una práctica en que Gryffindor entrenaba a los nuevos miembros, cuando llegó con una ráfaga de aire y lo hizo observar alrededor.
Malfoy bajaba de las gradas, en una de las esquinas del campo, alternando la mirada entre los escalones que debía bajar y el cielo que las escobas recién surcaron. Harry pensó en lo ridículo que era que hubiese abandonado el equipo de Quidditch, si extrañaba volar tanto como para poner esa expresión lastimera que pronto escondió.
—0—
Por las vacaciones de invierno, decidió quedarse. No tenía ganas de lamentar su suerte, a solas, en medio de Grimmauld Place, ni ver los intentos de Molly por animarlo.
Les deseó felices navidades a Ron y Hermione, y permaneció con Hedwig como única compañía, por voluntad propia.
En el segundo desayuno en Hogwarts, se dio cuenta de que en un extremo de la casi desierta mesa de los Slytherin, se hallaba Draco Malfoy, observando su plato con la desgana que le era usual a esas alturas. Harry se sentó en la mesa contraria, la de Gryffindor, y lo vio mientras engullía su propia comida, hasta llegar a la certera conclusión de que Malfoy evitaba mirar en su dirección. Adrede.
Al día siguiente, guiado por un impulso que no habría sabido justificar ante nadie, se sentó en un lugar diferente del usual, y a mitad del desayuno (en que, de nuevo, Malfoy no probaba nada), el Slytherin giró el rostro y lo vio. Harry se sintió complacido, a un nivel absurdo, hasta que el acceso de tos le sobrevino y huyó del comedor.
—0—
Estaban en la biblioteca la primera vez que hablaron por vacaciones. Draco llevaba rato ahí, y Harry, que lo sabía por el mapa y no tenía nada mejor que hacer, fue a verlo.
Malfoy se escabullía a alguna parte que no le era mostrada por el mapa, y aquella era la razón de que hubiese intentado, sin éxito, seguirlo durante los días anteriores.
Se deslizó entre estantes de libros, fingió tomar uno de Herbología y darle un vistazo. Observó, a través de la rendija dejada por los encuadernados, al pasillo contiguo, donde Malfoy formaba pilas de libros, que hacía levitar detrás de él, con simples movimientos de varita.
Se aclaró la garganta y soltó lo primero que se le pasó por la cabeza:
—Por casualidad, ¿no llevas un libro de Pociones ahí?
Malfoy se detuvo, vacilante, como si no estuviese seguro de si se dirigía a él. Cuando hizo ademán de buscarlo, Harry devolvió el libro a su sitio, ocultándose tras la estantería completa.
—No —musitó, después de un largo momento en que no hicieron más que estar inmóviles, en corredores distintos—, no tengo ninguno de Pociones. Estás en la sección equivocada…
Él fue interrumpido por una ligera tos, que lo hizo expulsar otro conjunto de pétalos. Harry se preguntó si no habría reconocido su voz, y decidió utilizarlo a su favor.
—¿Y uno de…—titubeó— Transformaciones, tal vez?
Malfoy resopló y empezó a alejarse, afectado por otro ataque de tos de flores.
Él entró en pánico.
—¡O uno de Encantamientos! ¡Encantamientos también me sirve!
—¿Por qué no sólo…?
Calló. Malfoy se había dado la vuelta al salir del corredor, justo a tiempo para encontrarse con Harry siguiéndolo. Era la primera vez en meses que se encontraban cara a cara. Intentó sonreír.
—Yo…
Cuando pareció que iba a soltarle algún comentario venenoso, boqueó y se llevó una mano al pecho, formando puños con la tela de su camisa. Al fallar su concentración, el encantamiento sobre los libros también lo hizo.
Sin pensarlo, Harry le agarró los brazos para evitar que cayese junto a los libros. Malfoy tosió algunos pétalos, ahogó un quejido lastimero y se sacudió para que lo soltase.
Rojo hasta las orejas y haciendo acopio de la dignidad con que aún contaba, se apartó, intentó levitar de nuevo sus libros y marcharse, pasando de él. Y tras unos pasos, el encantamiento levitatorio volvió a fallar y Malfoy se desplomó también.
—0—
La enfermería estaba inundada del dichoso aroma dulzón, mientras Pomfrey mascullaba acerca de una maldición, conjuro, flores y franceses, sin dejarlo hacer más que permanecer en una de las incómodas sillas pensadas para las visitas.
Malfoy descansaba sobre una camilla, rendido al efecto de una poción; lucía aún más pálido y frágil, entre los amplios cobertores blancos. La medimaga le había desabotonado la camisa, cuando su revisión arrojó un dato extraño, de manera que la flor de su pecho quedaba al descubierto.
Los pétalos estaban a punto de terminar de abrirse. Harry estaba seguro de que el hanahaki no incluía eso. Pero incluso él podía reconocer que el olor dulce provenía de Malfoy.
—0—
La segunda fase del conjuro de Versalles llega a su fin cuando el afectado ha capturado de forma inequívoca la atención de la persona en cuestión.
Es por esto que suele conocérsele como 'etapa fragante'.
La tercera fase da inicio de inmediato, abriendo aún más los pétalos.
Para este momento, Draco, sólo contarás con unos tres o cuatro meses, antes de que el capullo esté del todo abierto y la magia expulse la flor de Versalles de tu cuerpo. Entonces tu secreto quedará revelado frente a esta persona, el conjuro dará su misión por cumplida, y todo rastro de lo ocurrido será borrado.
—0—
Draco sabía que estaba en problemas nada más abrir los ojos. Tenía varias razones para estar seguro de ello. Para empezar, recordaba la biblioteca y su investigación sobre el armario evanescente. También estaba seguro de que los ojos verdes, tan verdes, de quien se inclinaba sobre él para verlo, sólo podían pertenecer a Harry Potter. No existía una persona que tuviese ojos similares a esos.
Sumándole una lengua pastosa, la sensación de ligera fiebre, la cabeza embotada, claros efectos secundarios de pociones para dormir en un paciente demasiado cansado, terribles para alguien con tantos secretos que guardar y una compostura que mantenía un considerable esfuerzo mantener intacta.
—¿Sigues vivo? —inquirió Potter, casi tumbado sobre él, de un modo que sólo podía calificar de asfixiante.
Draco se retorció con un quejido, en vano. Cuando oyó a Potter protestar, descubrió que este se apoyaba en el colchón para no ser derribado por sus movimientos.
—Quítate- quí- —Draco era consciente de que sonaba como un niño pequeño, quejumbroso y desesperado, pero no podía lograr que a su parte racional le importase lo suficiente como para detenerse.
Al idiota de Potter no le bastaba con aplastarlo casi hasta la muerte, sino que también tenía que quedarse boquiabierto y observarlo con esos ojos verdes, muy, muy verdes y asombrados, tan cerca que podía percibir su calor y sólo con alzar las manos podría…
(Bien, ese tipo de pensamientos fuera de control demostraban que el efecto de las pociones era intenso y un verdadero problema para él)
—No te había escuchado soltar un quejido completo en meses.
Draco parpadeó. Luego, despacio, frunció el ceño.
—¿Qué…? Potter, sólo- ¡sólo quítate de encima!
Cuando él se movió hacia atrás y se sentó, de pronto, el aire le era más fácil de respirar. Pretendió ignorar la añoranza que siguió a la distancia creciente entre ambos.
(Cosa que, de nuevo, decidió atribuir al efecto de las pociones, porque era más sencillo de ese modo)
Draco se sentó con otro débil quejido, y enseguida, tuvo ayuda de un par de manos cubiertas de callos por jugar al Quidditch. Entrecerró los ojos en dirección a Potter y se volvió a sacudir para zafarse de su agarre.
—¿Qué haces todavía aquí?
Bien, había perdido el control de su voz también. Eso sonó como el chillido de niña que había soltado Weasley en su primer partido como Guardián contra los Slytherin. Poco digno, si se lo preguntaban.
Potter se enderezó y carraspeó, mientras echaba un vistazo alrededor, en lugar de darle una respuesta inmediata.
—Pomfrey dijo que no sabe qué tienes —comentó. De forma vaga, Draco se preguntó en qué momento llegaron al punto de que aquello se viese casi como una visita regular a la enfermería para comprobar el estado se un viejo amigo. Lo que no eran, fueron o serían jamás—, que no has dormido ni comido bien. Tu sistema se descompensó, ella estaba hist-
—Sigo preguntándome qué haces aquí.
Potter le dedicó una mirada larga, concienzuda, que lo hizo sentir más indefenso que sólo por estar tendido en una camilla.
Y él, como todo Gryffindor, fue directo al punto.
—Sé que tienes Hanahaki, Malfoy.
Su voz fue suave al decirlo, de un modo en que nunca había sido para él, porque ellos no se hablaban así. A Draco le llevó un momento comprender lo que acababa de escuchar. Frunció el ceño.
—Yo no tengo Hanahaki desease, Potter.
—Pero las flores…
—No tengo…
—…te vi…
—…hanahaki desease…
—¡Te vi tosiendo flores! —estalló, señalándolo—. Por Merlín, Malfoy, no tienes que negarlo. Me sorprendió que pudieses tener esos sentimientos- bueno, que pudieses tener sentimientos, en general, ya es bastante, pero no tiene nada de…
—Potter.
—…en realidad, pienso que habla muy bien de ti el que puedas amar tanto a alguien como para llegar al punto en que…
—Potter.
—…aunque claro que no está tan bien si te morirás por…
—¡Potter! —El niño-que-vivió-para-ser-un-idiota dio un brinco al escucharlo. Los ojos abiertos de sobremanera, muy, muy verdes, quedaron fijos en él.
Draco tomó una respiración profunda, para recordarse que uno no debía maldecir a la persona de quien se había enamorado, incluso si Potter y amor nunca encajarían en la misma frase para él. Conscientemente, al menos.
—Yo no me estoy muriendo, Potter —aclaró, despacio, con una pausa considerable en medio de cada una de las palabras. Suspiró—. Mira, me gustaría decir que aprecio que tu complejo de héroe te haya traído aquí, pero…
—¿Entonces qué tienes? —interrumpió Potter, haciendo alarde de su falta bestial de educación.
—Eso claramente no es asunto tu-
—¿Así que no estás enamorado de alguien?
Draco resopló.
—¿Cómo puede ser eso relevante?
La enfermería quedó sumida en el silencio. Los dos se observaban a través de las semi penumbras del lugar. Harry boqueaba, Draco arqueada las cejas.
—En serio, Potter, si estás aquí porque crees que me estoy muriendo, puedes irte. Viviré un día más para recordarte que el nido de pájaros que tienes en la cabeza estorba en mi vista y eres una bolsa de sangre, desperdiciando el aire que otro podría utilizar mejor.
Más silencio. Luego era el turno de Potter de resoplar.
—Encantador. ¿Eso se lo dices a tus amigos todos los días? Y yo que me preguntaba qué habías hecho para que incluso la pegajosa de Parki-
—Sólo vete.
Draco sabía lo mal que había sonado, pero tampoco podía lograr que le interesase. Estaba tan cansado y sólo quería que Potter se fuese a la mierda o que lo besase, no que lo mirase con su cara de idiota desde el otro lado de la camilla.
—¿De verdad no te estás muriendo? —cuestionó, con un hilo de voz. Él se abstuvo de rodar los ojos, por pura suerte.
—No, Potty, no me estoy muriendo. Me habría dado cuenta, estoy seguro.
Aún más silencio.
—¿Pero sí estás enfermo? —Harry arrugó el entrecejo.
—No estaría aquí sino, ¿verdad?
Él abrió la boca, la cerró, la réplica muriendo ahogada antes de existir. De vuelta al silencio, Potter se dedicó a juguetear con sus dedos. Draco lo observó un momento, lamentó su mala suerte y sus cuestionables gustos, y volvió a tenderse sobre la camilla, abriéndose un espacio entre las mantas.
No tenía tiempo para ser un idiota y echarse a dormir, cuando su misión todavía no estaba cerca de terminar. La última carta de su madre, la que le permitieron enviarle, aún quemaba dentro de su bolsillo, una presencia constante, fuerte, que le recordaba no sólo lo que tenía que hacer, sino también por qué.
—¿Por qué una persona escupe y tose flores? —La pregunta de Potter ya había dejado atrás su tono exaltado, la confusión. Sonaba simplemente como si, al igual que él, se encontrase bajo el efecto de las pociones adormecedoras y no pudiese contener la verdad entera dentro de su cabeza.
Draco, que sí estaba afectado, se restregó la cara y decidió que nada podía hacer más rara una noche en que Potter y él estuviesen sentados uno junto al otro, sin insultarse ni irse a los golpes.
—Porque dos de sus antepasados decidieron hacer de consoladoresde la reina de Francia y el otro fue un idiota que no hizo lo único que le pidieron.
Potter parpadeó, luego se echó a reír. Podría jurar que nunca se había reído frente a él, sin que hubiese una respuesta maliciosa o una jugarreta de por medio.
Se sentía bien hacerlo reír.
(Ahí supo qué tan grave era mezclar un enamoramiento nunca hablado con pociones para dormir y un gran cansancio acumulado de días, semanas, meses completos)
—¿Qué clase de explicación es esa? —inquirió, meneando la cabeza. Él se encogió de hombros.
—Es la versión resumida para adultos de la que me dieron a mí.
—Espera…—Potter abrió los ojos de sobremanera al percatarse de cierto detalle. Después arrugó la nariz—. Dime que no empiezas a toser por acostarte con alguien.
—Dime tú que no me acabas de preguntar si me acosté con alguien.
Harry boqueó y gesticuló con las manos, en un intento fallido de explicación.
—No te pregunté eso, ¿bien? No lo hice. Qué asco.
Draco estaba hablándole incluso antes de darse cuenta de que lo hacía, guiado por ese viejo impulso de fastidiarlo que creía olvidado.
—Oh, bueno, ya que estás interesado…la verdad es que Blaise y yo nos apropiamos del armario de escobas del segundo piso todos los martes, jueves y viernes por la noche, y los domingos por las mañanas…
La expresión de Potter no reflejaba más que desagrado. La risa le brotó desde la garganta, sin que tuviese tiempo de pensar en por qué le resultaba tan divertido. Se cubrió la boca con el dorso de la mano e intentó disimular, en vano, frente al aturdido Gryffindor.
—Estás bromeando, ¿cierto? —Draco arqueó las cejas.
—¿Y qué si no? —Potter frunció más la nariz, así que él rodó los ojos y se reacomodó entre las mantas—. ¿San Potter es de los que discriminan a alguien así?
—Homofóbico. Los muggles lo llaman ser homofóbico —puntualizó, al notar que arrugaba el entrecejo. Negó—. Y no lo soy, sólo- Malfoy, ¿en serio eres gay?
—¿No es obvio? —Se abarcó por completo con un gesto y no tardó en darse cuenta de que Potter lo observaba de arriba a abajo también. Si no hubiese tenido la seguridad de las mantas encima, podría haberse removido por la incomodidad—. ¿Tienes algún problema con eso o sólo estás interesado?
Potter se apresuró a sacudir la cabeza, sus orejas comenzaban a teñirse de rojo. Odió el pensamiento traicionero de que era adorable. Harry Potter y adorable debían seguir siendo términos aislados dentro de su cabeza.
—Es- no es que me importe, digo, eres una mierda y eres gay, pero no eres una mierda por ser gay-
—Y este es el momento de gloria del héroe, en que le parece que es correcto insultar a alguien enfermo y tirado en una cama…
El Gryffindor al menos tuvo la decencia de lucir avergonzado. El silencio volvió a invadir la enfermería y se mantuvo así por tanto tiempo que Draco cerró los ojos y se dejó llevar a la deriva en ese abismo algodonado que era el sueño.
Cuando Potter habló de nuevo, sólo una parte de su mente estaba atenta a las palabras intercambiadas.
—¿Sería muy raro que me hiciese falta pelear contigo, los comentarios horribles…y todo lo demás?
—Sí —replicó él, sin titubear. Si a Potter le hacía falta un poco a él y algo dentro de su pecho se retorció frente a esa revelación, bueno, Draco sí tenía motivos para justificarse y conocimiento de estos.
—Lo imaginé.
Regresaron al silencio. Tras otro rato, cuando estaba más dormido que despierto, Potter insistió.
—Pero para estar así, tendrías que estar enamorado de alguien, ¿cierto?
Él se limitó a soltar un vago sonido afirmativo.
—¿De quién?
Draco nunca podría decir que estaba seguro de haberle dado una respuesta (o de no haberlo hecho). La siguiente vez que abriese los ojos, sería de día y no quedaría señal alguna del chico que se pasó la noche allí, escondido bajo una capa de invisibilidad que tampoco conocía, velando el descanso de un adolescente enfermo con quien jamás se llevó bien, y pese a lo que fue incapaz de abandonarlo.
—0—
Draco abrió los ojos, de nuevo, cuando un sonido extraño en la enfermería lo alertó. Era la segunda noche. Sabía que Pomfrey había conversado con el director acerca de la marca entintada que ardía en su antebrazo y esperaba una maldición en su momento de guardia más baja, a los Aurores que se lo iban a llevar, la expulsión o la muerte. No exactamente en ese orden.
Sin embargo, ni la dichosa Orden del Fénix iba por él, ni los Mortífagos se aparecían sólo para matarlo. Nada.
Nada pasaba. Y la espera antes de ser colgado de la soga tendía a ser tanto o más agotadora que el castigo mismo, eso Draco lo sabía bien, ¿no llevaba meses esperando una sentencia de muerte que no terminaba de llegar jamás?
Nadie fue a matarlo esa noche, a pesar de que se mantuvo tenso sobre la camilla, aferrado a la varita por debajo de las sábanas, en caso de que necesitase defenderse del no tan inminente ataque, al parecer.
Alguien (tal vez un elfo que se sentía mal por él) le dejó una porción de tarta de melaza y un vaso de jugo de calabaza, en la mesa de noche junto a la cama. Se bebió el jugo e ignoró la tarta. Odiaba la tarta de melaza.
—0—
Lo dejaron salir en la mañana del tercer día y Draco sabía que, antes de dedicar el máximo a cumplir su misión, debía deshacerse de un obstáculo molesto. Snape.
Su padrino, que a pesar suyo, se daba cuenta de más de lo que le gustaría, había intentado visitarlo más de una vez durante la estadía en la enfermería, lo que daba como resultado que tuviese que hacerse el dormido o se escondiese en el cubículo del baño, al fondo. En una oportunidad hasta llegó al punto de lamentarse de su malestar imaginario, replicando una perfecta actuación de su yo de tercer año frente a la medimaga, para que Pomfrey se interesase en él y Snape no tuviese ocasión de alcanzarlo.
Sabía lo que le diría, de lograrlo. Su misión era dura y complicada, destinada a fallar desde el primer momento. Además, la última fase del conjuro de Versalles todavía estaba en marcha y era más que probable que, sólo para cumplir su cometido, la magia ancestral lo llevase a acercarse más de lo que debía a la persona causante en cuestión.
Y si de algo estaba seguro, tras seis años de estudio juntos, era que la curiosidad de Harry Potter superaba de forma considerable a su sentido común. No podía lidiar con dos curiosos siguiéndole la pista al mismo tiempo.
—0—
A pesar de que el plan de permanecer dentro de la Sala que Viene y Va bastaba para mantenerlo fuera de la mayor parte de las técnicas de localización mágicas aceptadas en el castillo, dejarle un paso vital en el proceso de su realización a Crabbe y Goyle fue un error. Al menos, sometido al constante acoso de Harry Potter, sí.
Potter lo observaba sin disimulo en el comedor, lo seguía por los pasillos, lo buscaba en los armarios de escobas, y de algún modo que todavía no podía explicarse, lograba encontrarlo incluso cuando se escabullía por las aulas vacías y los pasadizos que había descubierto en meses anteriores. Potter siempre estaba ahí cuando creía que lo había conseguido.
Y fue eso lo que los llevó a aquella situación.
Draco intentaba, en verdad intentaba, concentrarse en la página de su libro de Tesoros mágicos olvidados: todo lo que debes saber para mantener tu peculiar objeto mágico, pero era difícil lograrlo con esa mirada fija a un lado de su rostro. Harry Potter no sólo lo había encontrado y no sólo lo había seguido.
Mientras Draco estaba sentado sobre una manta que extendió en el suelo, con las rodillas flexionadas contra el pecho, el libro más allá, entre las manos, Potter estaba recargado sobre uno de los escritorios que debían superar los diez años de olvido ahí dentro. El armario evanescente, tapado con una sencilla cobija blanca, se hallaba detrás de ambos.
Era la experiencia más incómoda que había tenido en su vida. Y vaya que tenía por montones de cuando Pansy decidió estar enamorada de él.
—¿Me vas a decir qué haces aquí? —preguntó el niño-que-vivió. Él negó.
Y se repitió al día siguiente.
—¿Ya me dirás? —Draco volvió a sacudir la cabeza.
Sucedió el día después también, el que vino luego de ese, el que le siguió a ese, el otro día…
—0—
—¿No es bueno? —Myrtle arrugó el entrecejo cuando notó la mirada que le dirigía— ¿no lo es? Después de todo este tiempo, él se acerca a ti y…
—No es bueno —replicó él, restregándose la cara con las manos. No creía que hubiese tenido los ojos más hundidos, más apagados, alguna vez—. No lo es.
—0—
No lo era.
No podía serlo.
Quedaban dos días para el regreso de los demás estudiantes. Potter estaba enfrascado en ese libro viejo que tanto le gustaba leer en los últimos meses (el único que lo había visto leer con interés en esos seis años, además), y Draco, mirándolo desde la mesa de los Slytherin, tuvo esa punzada inevitable de puro anhelo que nacía en su pecho y entibiaba los pétalos de la flor ya abierta.
Le faltaba poco tiempo.
—0—
Luego de la añoranza casi dolorosa, llegó la verdadera punzada, quitándole la respiración. La flor en su pecho hormigueaba. El dolor se transformó en un tirón llevándolo hacia atrás, hacia Potter.
Cuando intentó ignorarla y avanzar a base de pura fuerza de voluntad, se ahogó con un conjunto de cinco pétalos. No pudo hacer más que tomarlo como una advertencia de Versalles para él.
Regresó cerca de Potter, a regañadientes.
—0—
—¿Ya me dirás? —insistía Potter.
Los estudiantes que no tenían el destino del mundo mágico en sus manos debían estar disfrutando del sábado por la tarde, luego de una agitada primera semana de clases. Potter se había apropiado de un mueble desvencijado al que le faltaba relleno y un retapizado en el espaldar, lo limpió, lo 'esponjó', y tomó por costumbre tenderse ahí, con esa falta absoluta de gracia tan Potter, a leer ese libro extraño que no soltaba jamás.
Draco tenía sus sospechas de lo que era, pero en lugar de encararlo, se apoyaba contra el armario y seguía con su investigación del mismo. Potter tampoco lo enfrentaba al respecto, aunque estaba seguro de que se percató de sus ejemplares sacados de la Sección Prohibida.
A veces, podían pasar tanto tiempo allí, en silencio, que Draco simplemente se olvidaba de él. Se estiraba, bostezaba, se lamentaba de saltarse la comida, de lo inútiles que eran los libros.
Cuando recordaba que no estaba solo, giraba el rostro de pronto, y descubría a Potter todavía ahí, viéndolo, sumergido en un inusual silencio para los Gryffindor.
Y a cierta parte de él le agradaba que fuese así.
(Pero por supuesto que no tenía planes de reconocerlo)
—0—
Una tarde, Draco estaba metido de cabeza en el armario cuando la puerta se abrió. No se dio la vuelta para ver a Potter llegar, hasta que distinguió el aroma a pan recién horneado.
Se sentó en el suelo, vacilante. Potter agitó la canasta de comida frente a él.
—¿Intentas envenenarme? —Lo soltó, sin pensar. El niño-que-vivió rodó los ojos.
—No.
Tras otro instante de silencio, Potter arqueaba las cejas, retándolo, y él le arrebató la canasta.
—¿Qué hay aquí?
—Todo lo que los elfos pudieron meter antes de que los detuviese —Potter se estiró para coger una hogaza de pan. Draco le dirigió tal mirada, abrazándose a la canasta para tenerla fuera de su alcance, que se echó a reír.
Se puso rojo, pero fingió no notarlo. Potter tuvo la decencia de simular que él tampoco lo hacía.
—0—
Una noche, abrió los ojos para descubrir que dentro de la sala ya estaba oscuro y él yacía tendido en el odioso sofá a media restaurar de Potter, en que no recordaba haberse acostado. Se sentó, despacio, y la cobija que tenía encima (misma que estaba seguro de no haber tomado por su cuenta, porque él jamás escogería esa cosa de retazos de tela rojos y dorados) se deslizó hacia abajo.
Estaba solo al fin.
Solo, con una canasta de comida bajo encantamientos para mantenerla caliente.
Se tragó el nudo en la garganta, apretó los párpados e ignoró la manera en que ese algo en su pecho se retorcía. Él tenía una misión que cumplir.
—0—
Utilizó toda la noche y parte de la siguiente mañana, sin más pausas de las necesarias, y lo probó con una de las manzanas verdes de la canasta que Potter le dejó.
Cerró los ojos, contó hasta diez y suplicó mentalmente a Merlín. Al abrir el armario, todavía estaba ahí.
—0—
Harry lo encontró sentado en su mueble casi del todo restaurado, cobijado, encogido, con los ojos y nariz todavía hinchados y rojos, odiando a Voldemort, al armario. A sí mismo.
Se le acercó despacio y se paró frente a él.
—¿Ya me dirás?
Y Malfoy tomó una profunda y temblorosa inhalación, para comenzar a hablar.
—0—
Tendría que haber ido con Dumbledore. Tendría que haber advertido a la Orden con sólo oír que terminaba de hablar. No lo hizo. No de inmediato.
Malfoy se había echado a llorar cuando se lo contó, con esa mirada dura y certera de me intentas consolar y te lanzo un crucio de media hora que lo mantuvo a un paso de distancia. En algún punto, después de calmarse, se quedó dormido.
La flor completaba su ciclo entonces.
Sin que lo supiesen, el dibujo se borraba de su pecho. La magia abandonaba su cuerpo, para darle forma a la flor de nueve pétalos coloridos que se materializó frente a Harry.
Podía reconocer el mismo aroma en ella que ahora llenaba la sala, el que percibía en Malfoy, el que le decía por dónde se fue. Sólo tuvo que rozarla y todorastro del conjuro de Versalles desapareció.
—0—
Cuando Draco abrió los ojos, continuaba en la Sala de los Menesteres. Le dolía la cabeza. Se enderezó, empujó hacia un lado la horrible manta que tenía encima, y dio un vistazo alrededor.
Recordó, ahogando un quejido, el resultado de su última prueba con el armario y se puso a trabajar.
Potter entró media hora más tarde, él reaccionó lanzándole una maldición nada más oírlo acercarse.
No recordaba lo ocurrido.
Todo rastro estaba borrado.
—0—
Dumbledore le había dicho que sabía lo que planeaba cuando se lo contó.
Mientras se tomaba un momento para recuperar la respiración, en medio del caos de Mortífagos que entraron a Hogwarts, Harry se preguntaba si también anticipó lo que Draco haría. Él, claramente, no.
Julio, 1998.
Harry fue detenido por la reja. Esa vez, sin embargo, lo que lo frenaba no era el miedo ni el agarre de los Carroñeros.
Le pidió permiso para ingresar a la reja mágica y recorrió solo el camino hasta la entrada, donde un elfo lo recibió con mala cara. Draco Malfoy no lucía una muy diferente al llegar a la puerta.
Tenía ojeras, estaba más pálido de lo normal, y sin la gomina, el cabello le caía en mechones sueltos por el rostro y los lados de la cabeza. Le pareció que se veía mejor que durante el sexto año, al menos.
Harry lo había pensado bastante.
Antes de que hubiese abierto la boca para preguntar por la obvia locura que estaba llevando a cabo, Harry le mostró el ramo de flores con que entró a la propiedad y que ocultaba detrás de la espalda hasta entonces.
Draco parpadeó. Él sonrió, a medias.
—Nunca he hecho esto —aclaró, carraspeando—. Pero pensé que estaría- sólo- ¡sólo quiero hablar! ¡Malfoy, espera! —Harry interpuso el pie entre el marco y la puerta cuando hizo ademán de cerrarla—. Quiero hablar.
—No tengo nada de qu-
—Flores. Hablemos flores. De una, en especial. Una flor de…de Versalles.
Cuando la comprensión tiñó su rostro, Draco apartó la mirada y lo dejó pasar. Volvió a ofrecerle las flores. Él suspiró y las recibió.
—¿Necesitaré una taza de té para hacer esto?
—No te iría mal, créeme.
Sabía que no sonaba alentador. Pero al menos pensaba hablar con sinceridad sobre él.
Sobre ambos.
Esto es súuuuuuper viejo, tiene unos diez meses de haber sido escrito. Lo hice uniendo fragmentos que escribía en los ratos libres de un trabajo que odié muchísimo y andaba con mi ánimo por el subsuelo; de ahí que resulte tan, no sé, deprimente, supongo.
Quería escribir sobre el hanahaki desde la primera vez que leí de el, pero me da tanta tristeza saber que se mueren si no son correspondidos…y no iba a contar con Harry Rollito de Canela Lento Potter para darse cuenta a tiempo, así que decidí jugar con eso y cambiarlo, por el bien de Dracobebé ¿?
Seguramente tuvieron una conversación muy extraña, Harry lo invitó a salir y Draco aceptó, fingiendo no emocionarse, sólo para ponerse todo feliz por sus flores cuando se fue el otro /corazón, corazón.
Como siempre, muchas gracias por leer ;)
