¡Hola a todos!

Os comparto este breve one-shot que he escrito tras leer el capítulo 200 del manga. Porque Obanai y Mitsuri estaban destinados a encontrarse también en otra vida y esta historia narra cómo ocurrió. Se trata de un Mordern AU que es pero que os guste tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.

La bonita portada corre a cargo de mi amiga musmussie (Twitter/Instagram). Ella fue la primera en leer esta historia, que le inspiró este dibujo.

¡Disfrutad de la lectura!

Los personajes de Kimetsu no Yaiba no me pertenecen

.

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FLOR DE CEREZO

¡Hola a todos!

Os comparto este breve one-shot que he escrito tras leer el capítulo 200 del manga. Porque Obanai y Mitsuri estaban destinados a encontrarse también en otra vida y esta historia narra cómo ocurrió. Se trata de un Mordern AU que es pero que os guste tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.

La bonita portada corre a cargo de mi amiga musmussie (Twitter/Instagram). Ella fue la primera en leer esta historia, que le inspiró este dibujo.

¡Disfrutad de la lectura!

Los personajes de Kimetsu no Yaiba no me pertenecen

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FLOR DE CEREZO

Obanai sabe que ha olvidado algo importante desde que tiene uso de razón, pero no sabe el qué. Ese anhelo se precipita hacia él como un tsunami, estira su brazo, intenta atrapar algo con sus dedos que nunca está ahí. Los lamentos y gemidos que se escapan entre sus labios no son una respuesta puramente estricta sobre cómo se siente, sino una expresión del dolor que reside en su corazón.

Obanai creció con un vacío en el corazón y el alma rota. Pasa la mitad de su infancia y parte de su adolescencia rodeándose de juguetes rotos con la esperanza de que al encontrar la manera de arreglarlos pueda encontrar también la forma de arreglar lo que está roto dentro de él. Su agitado temperamento le hace sentir constantemente ira que se torna a veces en violencia. Sus emociones burbujean en él tan intensamente que la mayoría de las veces no se da cuenta del puñetazo que da contra una mesa o la pared hasta que nota las miradas de los de alrededor sobre él.

Sueña con cosas imposibles, vidas enteras que pasan ante sus ojos y de las que él es el protagonista. Vive en ellas cada noche, poniéndose en el papel de un personaje anónimo que siempre tiene al lado a alguien que sostiene su mano. Puede apoyarse en su regazo, sentir su calidez, pero al final una dulce voz termina sacándole de esos sueños para llevarlo al mundo real, a un lugar al que siente que él no pertenece. Obanai nunca ha visto el rostro de esa persona, pero siente que en el momento que eso suceda esos recuerdos se perderán como cenizas en el viento. Hay algo dentro de él, ese algo que hace que se sienta furioso tantas veces, algo mucho más grande que su propio cuerpo y que se muere por salir. Ese algo es una señal, una alarma, porque él sabe que en el fondo es una llamada de su propio subconsciente, que le está diciendo que hay alguien ahí fuera que le está esperando.

Y Obanai tiene claro que él, algún día, va a encontrar a esa persona.

Mitsuri siente que hay algo roto dentro de ella, pero no sabe cómo arreglarlo.

Todos sus compañeros en la universidad saben que está buscando algo. Mitsuri se pasa los días pasando las hojas de los libros, recabando pistas, recopilando información, pero nadie sabe, ni siquiera ella, qué es lo que está buscando en sus páginas. Tienden a burlarse de ella por su extraño comportamiento y, aunque sean bromas inocentes, a Mitsuri, en el fondo, le hacen año. Como respuesta sonríe y finge que todo está bien pronunciando algún comentario jocoso.

Mitsuri intenta llenar el vacío que siente con visitas al bar y ahogándose en alcohol hasta que termina revolcándose en la cama de un motel barato con uno o dos chicos guapos. Se sumerge en relaciones sin sentido que siempre terminan con fuertes discusiones, a pesar de que ella les ha advertido previamente de que será una novia horrible. Vaga sin rumbo por la vida, sintiéndose insuficiente cada vez que alguna de sus citas insiste en ver una noche una película romántica, cuando le compran flores y chocolate o cuando le revelan lo que de verdad sienten por ella.

Después del quinto "Te quiero" que ella se ve incapaz de responder, Mitsuri comienza a advertir que, quizás, debería replantearse muchas cosas antes de volver a adentrarse en una relación que no irá a ninguna parte.

—No es que seas incapaz de amar, Mitsuri —él le replica, su voz seria a pesar del dolor que tiene que soportar al hablar. Mitsuri se sorprende de sus palabras, en su rostro se dibuja solo confusión. Él le aprieta la mano y las comisuras de sus labios se curvan ligeramente hacia arriba en una sonrisa que solo refleja dolor—. Puedes amar, Mitsuri. Ya amas a alguien, pero ese alguien no soy yo.

Ese día regresa a su piso prácticamente arrastrando los pies. Se siente sin fuerzas y, aun así, no sabe cómo es capaz de subir las escaleras, meter la llave en la cerradura y adentrarse en su apartamento. Se deja caer en la cama y desearía que el mullido colchón y las paredes de su habitación la absorbieran, hasta que no quedara ni rastro de ella.

—¿Te han vuelto a dejar? —le pregunta su mejor amiga.

Con la mirada fija en el techo, Mitsuri escucha los pasos de su amiga mientras se acerca a la cama y se sienta en el borde. Mitsuri da un suspiro de resignación y se sienta.

—Sí.

—Deberías haberle tratado mejor —frunce el ceño y la mira—. Era un buen chico, no se lo merecía.

Mitsuri emite un leve gruñido para dejarse de nuevo caer en la cama. Se gira y le da la espalda.

—¿Tú de quién eres amiga, suya o mía? —pregunta indignada antes de estrujarse la cara y mover las manos frente a ella, para terminar quitándole importancia—. No era por él de todos modos. Dejamos de vernos hace semanas. Había otra persona.

Escucha a su amiga emitir un suspiro de resignación y Mitsuri lamenta inmediatamente lo que acaba de decir.

—¡Ya te vale! —la chica le golpea en la pierna unas cuantas veces como reprimenda—. No me extraña que todos te dejen, si los utilizas como si fueran de usar y tirar.

—Mmmm — Mitsuri le da la razón sin oponer resistencia. De repente, pregunta—. Oye, ¿recuerdas que una vez te conté unos sueños que tenía mucho de pequeña?

—¿Eh? —su amiga parece confundida por unos instantes, pero pronto vuelve en sí, ya acostumbrada a la forma en que Mitsuri cambia bruscamente de tema—. Ah, sí. Me contaste las historias que pasaban en ellos. Te gustaba imaginar a lo grande, ¿eh? —emite una leve carcajada, que no hace sentir mejor a Mitsuri.

—Mmmm —sopesa Mitsuri con calma—. ¿Y te conté alguna vez sobre esta persona que aparecía siempre en ellos? —no sentía la necesidad de decirle que seguía teniendo esos sueños de manera recurrente. Cuando era pequeña y se despertaba, gritaba tanto que sus cuerdas vocales le quemaban y solo lograba calmarse cuando su madre le abrazaba con fuerza y le susurraba al oído que todo estaba bien, que esas pesadillas se habían acabado. Ahora había terminado por acostumbrarse a la sensación de morir en sueños y por eso ya no gritaba.

Su amiga reflexiona por unos instantes, haciendo memoria, antes de responder.

—No, no me has contado nunca nada.

—Pues nunca veo su cara, pero esa persona está siempre a mi lado en esos sueños —Mitsuri levanta la vista para mirar por la pequeña ventana de su habitación, al fragmento de cielo estrellado que puede verse a través de la hendidura de las cortinas. Su voz suena melancólica—. Oye, gracias por preocuparte siempre y por cuidar de mí.

La expresión en el rostro de su mejor amiga se ablanda cuando nota el cambio de actitud en Mitsuri. Acaricia cariñosamente la pierna que ha golpeado antes, su tacto es suave y tranquilizador, pero no tiene muy claras cuáles son las palabras que debería utilizar para reconfortar a Mitsuri. Tras un rato, la chica habla de nuevo.

—Creo… Creo que hay alguien fuera para mí, que está esperando que lo encuentre.

La pieza que me falta, piensa.

Su amiga lanza un suspiro de resignación. Mitsuri se incorpora para mirarla y es entonces cuando su amiga se levanta para ponerle un mechón de pelo rebelde tras la oreja. Ese gesto hace que Mitsuri se sienta como una niña otra vez, igual de perdida, pero también de reconfortada.

—Entonces más te vale que trabajes duro para convertirte en una mejor persona para ese alguien que está esperando por ti —pronuncia su amiga en tono burlón—. Seguramente se merece algo mejor que tu asqueroso yo.

Mitsuri emite una sonora carcajada, sintiendo cómo la tensión y la melancolía se escapan de su cuerpo. Su amiga le mira, una sonrisa burlona plasmada en su rostro, pero con ojos suaves. Mitsuri sabe que lo ha hecho a propósito para hacerle sentir mejor y, por eso, se siente agradecida.

—Más me vale.

—Oye, el fin de semana que viene hay una fiesta en el campus. Deberíamos ir.

Mitsuri se estira como un gato, casi empujando a su amiga de la cama. Ignora sus protestas y juguetea con las sábanas.

—¿Hay algo de cena? Me muero de hambre.

—Eres de lo que no hay —su amiga rueda los ojos—. Solo piensas en comida.

Entre regañinas y bromas, se sienta a la mesa con su mejor amiga mientras come y le habla de su día. Escucha atentamente, incluso cuando intenta fingir desinterés, y recibe unos cuantos manotazos más en la espalda por actuar como si la ignorara. Pero ambas se ríen de verdad y, por primera vez en el día, Mitsuri se siente plena.

La atmósfera y la conversación casual le recuerdan a otros tiempos, a todas esas vidas que ha pasado dentro de sus sueños, en los que comparte los días con alguien más. Y Mitsuri siente que las palabras de su mejor amiga guardan algo de verdad, porque si hay alguien que ha estado vida tras vida buscándola para entregarle su corazón, entonces esa persona merece que le devuelvan lo mismo.

Y, con el tiempo, Mitsuri quiere estar a la altura. Será digna de esa persona.

Obanai sabe que se está acercando algo, pero no sabe a qué.

Siente que hay algo dentro de él que se está despertando lentamente y más con cada día que pasa, esperando su momento hasta que finalmente pueda florecer completamente. Se siente observado siempre que está fuera, y a veces incluso en casa. Sabe que debería molestarle, pero no lo hace. Ha vivido con esta presencia desde que tiene uso de razón y el ambiente de principios de primavera hace que Obanai se sienta protegido.

No es muy dado a pasar tiempo fuera, pero un amigo le ha convencido para salir a comer a otro sitio que no sea la oficina, cuando algo cambia. Es un cambio mínimo y no sabría describir con palabras qué es eso que siente que ha cambiado, pero sabe en lo profundo de su alma que algo lo ha hecho.

Algo dentro del pecho de Obanai resuena, como si finalmente hubiera encontrado su hogar.

Solo tiene un minuto para deleitarse de ese cambio, para tratar de identificarlo, antes de que su teléfono móvil empiece a sonar con una llamada urgente de la oficina. Porque, por supuesto, la única vez que sale a comer con un compañero tiene que suceder algo que no puede esperar, por lo que debe de regresar antes de que haya terminado siquiera la mitad de su comida. Con una sincera disculpa, deja a su amigo terminando su plato. Antes de que Obanai se pierda entre el gentío, le insiste en que vayan a esa fiesta universitaria, pero la mente de Obanai ya piensa en otras cosas y hace un gesto con la mano como respuesta que deja a la libre interpretación.

Obanai se adentra en las bulliciosas calles de la ciudad, sopesando si debería ir corriendo a la oficina o coger un taxi. Le basta con echar un vistazo a la superpoblada calle principal para que Obanai tome su decisión. Respirando profundamente, se prepara para correr hasta la oficina tan rápido como pueda. El enjambre de gente se va echando a un lado mientras él lo atraviesa.

Avanza sin detenerse durante los primeros cuatro bloques de edificios, todos los cruces milagrosamente en verde y permitiéndole continuar con su carrera ininterrumpidamente, pero, finalmente, se frena en seco cuando en el paso de peatones que hay entre el quinto y sexto bloque la luz se torna roja. Obanai maldice en voz baja, encorvándose y apoyando sus manos en las rodillas mientras intenta recuperar el aliento. Tras unos segundos de espera, siente que la gente que hay a su lado se mueve de nuevo hacia delante y se endereza, respirando profundamente antes de prepararse para correr los últimos metros que le quedan.

Y es entonces cuando algo en su pecho aflora.

La sensación se extiende desde el centro de su pecho hacia abajo, se mueve también hacia sus brazos y piernas lentamente, como oro fundido fluyendo por sus venas, calentándolo de adentro hacia afuera. Sus pies se quedan clavados en el mismo lugar en el que se ha detenido inicialmente, su respiración aún agitada por el esfuerzo. Ese algo está ahí, esa cosa que siente que ha cambiado. Mira a su alrededor, frenético, desesperado por encontrarlo.

En el medio del cruce, alguien se detiene. Sus ojos se encuentran.

El mundo de Obanai se reduce a unos ojos verdes que miran fijamente a los suyos y el bonito rostro en el que habitan. Siente el aliento que se le escapa mientras mira y mira y mira. Escenas de sueños lejanos, de recuerdos olvidados pasan por delante de los ojos de Obanai tan deprisa que se ve incapaz de ubicarlos en su memoria. Pero, aun así, siente como si algo estuviera volviendo a su lugar, al sitio en el que siempre debería de haber estado. Está convencido de que ese mismo rostro es el que todavía no ha podido ver en todos esos sueños, esas manos que le acariciaban las mejillas para aliviar todas sus preocupaciones, la persona que le amaba a él en esos sueños. Y es entonces cuando se da cuenta de que esos sentimientos eran correspondidos, él también la amaba.

La chica que se encuentra parada en medio del cruce lo mira directamente, su pelo rosa y verde es suavemente iluminado por los rayos dorados del sol. Su rostro, vuelto hacia Obanai, está medio iluminado, medio envuelto en sombras. Sin embargo, sus ojos son claramente visibles para Obanai, que siente el peso de ellos como algo físico sobre su piel.

Una suave brisa sopla y Obanai siente sus sentidos abrumados por un olor dulce, familiar, que le ha acompañado silenciosamente durante toda su vida. Es un olor limpio y fresco, como una mañana de primavera. Bajo ese aroma, descubre una nueva y sutil fragancia con sorpresa: peonías y glicinas. Ese oro fundido dentro de sus venas arde cada vez más caliente y Obanai da un paso al frente.

Alguien choca contra él y el mundo real regresa a su consciencia repentinamente. Obanai cierra los ojos y se lleva las manos a la cabeza, siente un zumbido en sus oídos. Cuando el zumbido cesa, Obanai siente que él ya se ha hundido antes de abrir los ojos de nuevo. La presencia de ella se ha desvanecido entre la multitud.

Obanai ama a esa chica. Desde que su alma existe, su corazón ha pertenecido a esa chica de grandes ojos verdes y pómulos suaves y ruborizados. Obanai ha vivido otra vida y en ella ha sido amado con fervor hasta el último de sus días.

Se encontrarán de nuevo, Obanai está seguro de ello. Solo tiene que esperar.

Obanai sale al frío de la noche, escapando del incesante sonido atronador de la música que sale por los altavoces del local. Todavía no sabe cómo se ha podido dejar engañar por un compañero de la oficina para ir a una fiesta universitaria. No es que esos días le queden muy lejanos en el tiempo; de hecho, todavía está en su periodo de prácticas, pero nunca se integró en la vida del campus y no cree que el momento vaya a ser ahora.

Rebusca en los bolsillos de su chaqueta algún cigarrillo que enciende rápidamente cuando lo encuentra. Crea una barrera de humo entre su rostro y el resto del mundo, el vaho del frío de la noche primaveral mezclándose con el humo. Perdido en sus pensamientos, el cigarrillo se quema en sus dedos. Silba antes de dejar caer la colilla al suelo y aplastarla con la punta de su bota.

Está de pie bajo un cerezo y mira al cielo nocturno contemplativamente. Su mano se extiende mientras ve algunos pétalos caer lentamente, casi bailando en el aire. Uno de esos pétalos se posa en la palma de su mano y lo admira por unos momentos antes de cerrar su mano entorno a él.

Los cerezos ya han florecido y ni siquiera me había dado cuenta, piensa.

Siente un escalofrío. Algo bajo su piel empieza a quemar.

Obanai siente cómo su corazón golpea con fuerza en su pecho y se obliga respirar profundamente, el aire fresco de esa noche primaveral llenando sus pulmones agresivamente. Siente a su espalda que alguien le está mirando, siente el peso de un par de ojos que le son familiares. Sabe perfectamente a quién pertenece esa mirada.

La ansiedad y la expectativa fluyen a través de Obanai. Siente su cuerpo tenso, los dedos de su mano cerrada casi congelados por la rigidez de sus músculos. Abre sus dedos con dificultad, concentrándose en calmar sus nervios y aflojar sus músculos. El pétalo que sostenía entre sus dedos termina de caer al suelo. Tiene ganas de reír. No pensé que podría llegar a estar tan nervioso. Cuando por fin ha conseguido controlar su cuerpo lo suficiente como para girar ligeramente sobre sus talones, vislumbra a la persona que ha estado buscando toda su vida, la que lo ha encontrado entre todo el gentío.

Mitsuri está de pie en el borde de las escaleras, bajo el porche. Lleva un top con transparencias y unos vaqueros de talle alto. Su larga y espesa cabellera, recogida en dos trenzas, se agita cuando un golpe de aire sopla entre ambos. Mitsuri le observa a través de las lágrimas que empiezan a acumularse en sus ojos.

Cuando sus miradas se encuentran, Obanai siente que se le corta el aliento por unos instantes, solo para tenerlo de vuelta en un torrente de adrenalina. Estás aquí, estás aquí, estás aquí. Él es el primero en moverse, mientras que los pies de ella permanecen clavados en el suelo. Obanai se sorprende a sí mismo prácticamente corriendo para romper la escasa distancia que los separa.

Obanai le agarra por los hombros, sin aliento y sonriendo tan ampliamente que le duelen las mejillas. Los pétalos que caen del cerezo cercano se mezclan con las nubes de vaho, que ascienden perdiéndose en el cielo nocturno. Accidentalmente, la yema de sus dedos roza la suave piel de ella, fría por la baja temperatura de fuera. Ese leve contacto activa algo entre ambos e imágenes de un tiempo pasado empiezan a sucederse ante ellos. El olor de las peonías y las glicinas. Sonrisas tímidas y lugares en bosques recónditos. Noche y montañas. Ropa negra. Un haori. El destello del metal. Espadas. Desesperación. La luz del sol. Un grito. Lágrimas cayendo por sus mejillas. Y sangre, mucha sangre.

En ese preciso instante en el que se tocan, algo se mueve dentro de ambos, cambiando lentamente de lugar. La pieza del rompecabezas que les faltaba a los dos encaja perfectamente con el resto de su alma y, por fin, Obanai y Mitsuri se sienten completos.

—Kanroji —pronuncia él en un susurro. Ella asiente. Nunca antes ha hablado con ella, pero ya sabe su nombre. Ahora recuerda y sabe que ella también. Las lágrimas, que también se habían acumulado en los ojos de Obanai, empiezan a caer por sus mejillas—, te he encontrado.

Una risa tímida escapa de los rosados labios de Mitsuri. Le toma las manos para apoyarlas en su mejilla, son cálidas y pequeñas, y necesita sentirlas para asegurarse de que esta vez no está en un sueño, que lo que está viviendo es real. Se siente feliz de poder tocarlas de nuevo, porque ella siempre había estado convencida de que aquello no eran simples sueños. Él es la persona que aparecía siempre a su lado en ellos, quien la reconfortaba y quien siempre depositaba toda su confianza en ella. Por eso, a pesar de no haberse visto antes, al menos no en ese mundo, siente que entre ambos existe una complicidad plena y apoya su frente contra la de él, rozando la punta de su nariz contra la suya.

—Aquel día, tú y yo hicimos una promesa.

Obanai asiente despacio. Se quita la chaqueta y la coloca alrededor de los hombros de Mitsuri para guardarla del frío. Mueve sus brazos y la abraza, la atrapa entre ellos, igual que el día en el que ambos murieron juntos, dejando atrás su vida pasada.

—Y pienso cumplirla —le susurra—. Te haré feliz todos los días de nuestra vida.