Entrar a una casa nunca es demasiado complicado. Tenía un buen equipo y años de experiencia que lo preparaban para cualquier eventualidad. Por eso, cuando se preparó para forzar la puerta de aquella exuberante mansión y esta no opuso ninguna resistencia, se lo comió la intriga.
No había forma de que eso fuera tan fácil, era simplemente imposible y un error de novato creer que semejante mansión carecería de un avanzado sistema de seguridad. Por precaución, Dabi volvió a esconderse en la pared aledaña a la puerta, sacó un espejo y husmeó lo que al parecer era un cuarto de lavandería. Estaba totalmente vacío, no había cables detectores, no había cámaras ni perros guardianes ni un viejo mayordomo sicótico apuntándolo con una escopeta desde detrás de alguna lavadora.
La desconfianza creció en el interior de Dabi, casi a la par con la curiosidad. Las luces estaban apagadas, el reloj marcaba casi las dos de la mañana y el vecindario estaba sumido en un agradable y conveniente silencio. El muchacho de cabello negro y perforaciones en el rostro evaluó las opciones, cada una más fatalista que la anterior. Bien era una trampa suculenta para atraer ladrones y darles un miserable y doloroso final en alguna cámara de tortura o bien era la casa de otro ladrón demasiado confiado, demasiado peligroso como para preocuparse de unas simples ratas merodeando por su hogar.
Algo como adrenalina comenzó a bombear sangre a sus venas por la expectativa. En toda su vida, Dabi no había perdido jamás un encuentro. Tenía más sangre ajena en las manos que la que ahora calentaba su organismo y lo convencía finalmente de avanzar.
Por dentro, la mansión era tan prometedora como lo habían sido sus extensos jardines, los estanques llenos de peces y el pórtico de ónix y ébano adornado con lirios azules. Dabi caminaba casi pegado al suelo y con la espalda hacia la pared, pistola en mano y mochila abierta; una parte de él inconscientemente se había preparado para enfrentar la trampa letal que daría fin a su vida de alguna forma horrorosa, porque no podía concebir que entrar a una guarida de riquezas como las que estaba viendo fuera tan estúpidamente fácil.
Casi, casi quería encontrarse con el dragón que había acumulado aquel tesoro.
Logró escurrirse sin problemas en cada habitación y estudio de la primera planta, ignorando olímpicamente la cocina y la sala de estar; debía ir directo al grano y ser veloz. En cada una había aprovechado de tomar un pequeño souvenir: puñados de joyas, relojes, fajos de billetes, teléfonos... tanto, que al llegar a las escaleras del segundo piso ya no tenía más espacio en la mochila. Una vocecita en su interior le dijo que quizá hoy por fin era su día de suerte. El destino le sonreía y no podía perder la oportunidad.
Cual rata, volvió corriendo hacia la puerta por donde habría ingresado, tenía que esconder el primer botín lo mejor posible para poder huír si acaso el segundo piso escondía la verdadera amenaza. Afuera seguía todo tranquilo y ajeno a sus acciones. Se quedó mirando la mochila que regurgitaba dinero y joyas y por otro breve instante se preguntó si sería mejor dejarlo hasta ahí. Estirar la suerte nunca era buena idea… pero la maldita mansión exudaba fortuna por las paredes. No moriría por quedarse a curiosear un poco más, ¿verdad? Verdad.
Así que el ladrón experto regresó.
Iba tan concentrado en armar un plan sobre la marcha que estuvo a punto de sufrir un infarto y dispararse a sí mismo reflejado en un espejo. —Hijo de puta —le siseó a su propia imagen antes de seguir, ahora con más prisa que antes.
Las escaleras estaban forradas con telas que seguramente tendrían un nombre impronunciable y costarían una fortuna. Tuvo que golpearse el dorso de una mano para evitar que la codicia lo hiciera cortar un pedazo y poder concentrarse en llegar al final de los exquisitos peldaños.
Arriba el panorama no era muy diferente. De un solo vistazo pudo identificar cinco baños medio visibles por las puertas entreabiertas. Había otro gran estar con su propia barra y varias puertas más cerradas. Fue entonces que Dabi notó la peculiaridad de esa mansión y un escalofrío le recorrió la espalda: no había ningún detalle personal. No había fotos familiares ni de personas, adornos ni zapatos en la entrada. Nada que diera indicios de la clase de individuos que vivirían con todas las comodidades. Claro que había pinturas, alfombras, sillones, lámparas, muebles y parafernalias acomodadas por todas partes, cada una de las cuales de seguro costaban una maldita fortuna, pero si quitaba todo eso… estaba de pie en una lúgubre y fría montaña de dinero.
Fue incómodo pensar en eso. Dabi se pasó una mano por la nuca y frunció el ceño cuando consideró que todo lo que estaba viendo quizá… tal vez era demasiado. Antes de que pudiera ahondar más en esa línea de pensamientos, un crujido activó todas sus alarmas y lo hizo apuntar a la nada. Halló refugio detrás de otro carísimo mueble de mármol y esperó a controlar su respiración para movilizarse. ¿Se trataba acaso del dragón? ¿había estado en lo correcto y el responsable de acopiar tanta fortuna se escondía en ese piso?
— Uno, dos, tres… uno, dos, tres… Okay.— Contó para enfocarse y aprovechó para darse una buena reprimenda mental por haber bajado la guardia así como así. Hubiera sido aquel chirrido un disparo, su cuerpo estaría tirado en el piso, manchando las carísimas alfombras con su estúpida sangre.
Usó el espejo para husmear en cada puerta, la impaciencia comenzando a agolparse en su estómago al encontrarlas todas vacías. Cuando solo quedó una opción, el experto ladrón se aseguró tres veces de que la pistola estuviera sin el seguro y con todas las balas, agudizó la vista lo mejor que pudo y no lo pensó más: corrió. Dejó escapar la ansiedad contenida y abrió la última puerta con una patada firme.
— ¡Arriba las putas manos, dame todo el maldito dinero que tengas o te volaré los sesos!
Gritó con voz decidida y amenazante, incluso antes de que su pistola terminara de apuntar a la silueta detenida frente a él. Le tomó un segundo definir el cuerpo del sujeto en cuestión, otro segundo más tardó en notar que su inesperada altura se debía a que estaba parado sobre un taburete. Sin embargo, lo que más le llamó la atención al final de todo fue la nula reacción de su parte.
No hubo gritos, ni saltos ni ruegos; no hubo lágrimas ni ese terror palpable que le gustaba tanto saborear. Por un segundo se le pasó por la cabeza que aquel fuera un maniquí dispuesto para distraerlo y que su verdadera víctima lo estaría apuntando desde otro lado de la habitación, listo para voltear los papeles, pero desistió cuando un par de ojos rojos y brillantes le sostuvieron la mirada, demasiado reales para pertenecer a una muñeca. Esa persona lo estaba mirando, pero no había ningún atisbo de temor; con suerte, esa era la vista más cansada que había apreciado alguna vez.
— Ahh...—suspiró el misterioso sujeto de ojos carmesí, rodó los ojos y se llevó las manos al cuello. Solo entonces Dabi prestó atención a otros detalles extraños, como la gruesa soga a la que se había sostenido el extraño.
Y entonces las piezas comenzaron a encajar con demasiada velocidad.
Los ojos carmesí se quedaron pegados al techo, luego se cerraron, justo antes de patear el taburete.
Cuando el desconocido quedó colgando por el cuello y comenzó a ahorcarse, Dabi sintió que se le iba el alma a los pies.
Y, sin pensarlo dos veces, disparó.
