I.

Regreso.

Mirándolo podía observar que vacío no siempre era sinónimo de "nada". Para ella el concepto que más se asemejaba a la idea de vacío era "pérdida", la falta de un elemento sin el cual todo perdía sentido, un elemento que había existido antes y que había desaparecido –dejando rastros o no-. El plato debía de estar lleno, había sido creado para albergar, para soportar, ese era su propósito; sino ése ¿cuál? Un contenedor vacío no era más que una sombra con hueco, eso para ella sí que era la nada. Pensaba eso mientras miraba el plato con migajas que estaba en la mesa enfrente de ella, detrás del hombre viejo que estaba compartiendo sus experiencias con el resto del grupo.

Más tarde hablaría con Ino y compartiría con ella su decisión de marcharse, de rehacer su vida en otro lugar. Hubiera querido poder rehacerse en otro tiempo, uno que no estuviera tan lleno de remordimientos, castigos silenciosos y pérdida; una pérdida tan honda como el hambre, la necesidad de un cuerpo desnutrido y marchito de todas maneras, tan sediento y necesitado. Solo. Una soledad que era buen ejemplo de que el vacío no era la nada, en ocasiones era todo lo contrario. Permaneció en silencio como de costumbre, aguardando, preguntándose si no era tonto de su parte desperdiciar esa oportunidad de hablar con alguien, de interactuar con otra persona, de no sentir que el compartir no tenía ningún propósito. ¿Quién le hubiera dicho que un solo evento podía cambiar para siempre el concepto de compartir?

El terapeuta había usado esa palabra a menudo con ella "¿Quieres compartir?" le había dicho muchas veces, pero nunca había usado el preámbulo mágico "¿Por qué no…?" Tal vez si alguien le hubiera hecho esa pregunta, podría comenzar a descascarillar esa pared tan gruesa que ella se moría por romper sin saber cómo. Él tampoco se la había hecho. Ni una sola vez desde su regreso a casa le había preguntado él ninguna cosa que pudiera animarla a hablar. Se había limitado a permanecer en silencio. Y mientras, ella se estaba asfixiando por dentro; muriéndose de hambre, preguntándose por qué carajos nadie le preguntaba, por qué había elegido él justo ese momento para hacer gala de una prudencia que nunca antes le había conocido, de una crueldad innecesaria.

Para ese hombre no había límites en la intimidad, no había prudencia que fuera más grande que la necesidad. En la escala de valores el hambre lo arrasaba todo: Las ganas de encontrar una respuesta, las ganas de descubrir cómo un cuerpo ajeno se deshace de pasión entre tu manos, las ganas de escuchar tu nombre mencionado mil veces, las ganas de triunfar ante todo. ¿Qué pensaría él si le dijera que hay una clase de hambre que no puede ser cubierta sin mancharse las manos? ¿Sin jugar sucio y arriesgarlo todo? ¿Cabría esa realidad en su mundo? ¿En la idea que había formado de ella? ¿Y qué pasaba con ella? ¿Con sus decisiones? ¿Acaso existía una opción diferente en algún punto perdido del tiempo? ¿Alguna que no hubiera contemplado?

Agachó su cuerpo hacia su lado derecho sin mirar y tomó sus cosas antes de levantarse de la silla y dirigirse a la salida del salón. Faltaba una semana para terminar las horas de terapia grupal obligatorias que Tsunade le había ordenado tomar al volver de su misión en Suna dos meses atrás. Una semana más de soportar el silencio intentando no quebrarse. De soportar ser castigada mientras permanecía colgada de un hilo de esperanza. Tan acostumbrada estaba a la soledad -al silencio que se había impuesto como regla no escrita de convivencia- que incluso cuando él no estaba presente, la estancia permanecía igual, sin sonido que rompiera con esa pausa, esa ausencia de vida que parecía rayar en la indiferencia.

Al llegar a casa y encontrarla de nuevo vacía pensó que quizás no tenía fuerzas de buscar a Ino, cuando se acercó a la cocina y observó el paquete pulcro colocado sobre la barra supo que no podía esperar una semana para salir de aquel lugar donde no quedaba cosa alguna para ella; al día siguiente al encontrar a Naruto acostado boca abajo con el uniforme sucio sobre la cama aún tendida y una botella de sake vacía en el piso decidió que no le quedaba más remedio que hacer su maleta ese mismo día. Habían llegado al punto de no retorno.