El viento hace danzar el vapor,
que se escapa por la ventana.
¡Oh, así es el amor!
[...]
Sabe que es algo complejo y difícil de delimitar lo que le pasa con Akutagawa. No lo ama, pero tampoco lo odia.
[...]
Atsushi espera que el agua llegue a su punto de ebullición y, mientras tanto, observa la tetera de porcelana. Recuerda haber oido que el fanático de ese tipo de cosas era Kenji, y creyó que era una broma muy buena, pero se convenció de que nadie estaba tratando de hacerlo reír al ver la expresión de Kunikida.
El silbido de la tetera le desconcentró. Miró hacia la ventana frente a él y observó cómo el vapor se escapaba a través de ésta y desaparecía en el cielo azul.
¿Qué era su relación con Akutagawa? A menudo pensaba en ello como un sinsentido, algo que, para empezar, no debería haber comenzado.
—¿Atsushi-kun?
La voz de Dazai, ensordecedora y cantarina, lo sacó de sus reflexiones. Se encontraba detrás de él.
—¿Puede dejar de hacer eso? —sugirió, un tanto sobresaltado.
Osamu hizo caso omiso a su petición y le sonrió, sin mostrar los dientes, con suspicacia.
—¿Otra vez pensando en él? —preguntó, haciendo énfasis.
Atsushi lo ignoró, no quería tener de nuevo aquella conversación.
—Entonces es un sí.
Se detuvo, observó el agua hirviente adquiriendo el color del té y calculó cuántos de los bocadillos se comería Ranpo.
—Oh, ya no reaccionas —suspiró el mayor—. Qué lástima, porque he hablado con él.
Atsushi se detuvo.
—Quiere verte.
[...]
¿De qué podrían hablar? Para empezar, no es como si Akutagawa fuese capaz de emplear la cualidad del razonamiento, cuando se trata de hablar con él.
—No sabe ser decente, después de todo —farfulló, molestándose al recordar cada encuentro que terminaba mal a causa de su carácter.
La realidad era que aceptó verlo porque necesitaba aclarar aquello que le tenía constantemente pensado en él, y es que ya no sabía por dónde analizar su relación sin llegar a la conclusión de que lo de ellos dos, simplemente, no funcionaba ni lo haría jamás.
—¿Tiene sentido... estar con alguien que te lastima constantemente? —suspiró—. Ni siquiera sé qué siente por mí, ni lo que siento por él.
Se sacudió el cabello con vehemencia, sintió arder sus ojos. Se repetía la misma escena otra vez, notando que, al fin y al cabo, para Akutagawa él no significaba nada, mientras que él se molestaba en tomarse en serio lo que tenían.
Recordó todo lo que les había sucedido y cómo, cada vez, lo que sentía por Akutagawa se hacía menos definido, al punto en que ahora parecía perseguirlo por costumbre y nada más.
El reloj grande del parque indicaba la hora, eran las seis en punto. Akutagawa fijó su vista en la sombra que se extendía por el suelo, con el color naranja del atardecer salpicando su color por toda su extensión, antes de que el sol se pierda en el horizonte.
—Viniste —observó.
Atsushi apenas volteó a verle, con una mueca de indecisión.
—¿Qué querías?
Akutagawa dudó, un instante.
—¿Sientes algo por mí?
Les temblaron las manos, se les entrecortó la respiración y sintieron una opresión en el pecho.
—No de la misma forma que antes.
Akutagawa asintió, colocó sus manos temblorosas en sus bolsillos y dio media vuelta. Atsushi se sintió aliviado.
Aun así, no pudo evitar llorar.
