El universo de Los Simpson y sus personajes no me pertenece a mi sino a Matt Groening. El uso de los mismos es el de entretener, sin fines de lucro.
Nos pasamos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.
—Wilde.
Moe.
Podía verse a sí mismo reflejado en el cristal, mientras lo sostenía con una de sus manos, y con la otra se dedicaba a sacarle brillo con un trapo de cocina, al que tan pomposamente sus clientes habituales llamaban servilleta. Moe no lo pensó demasiado; en el silencio que reinaba en la taberna nadie lo molestaría si exteriorizaba sus pensamientos más profundos.
"Ácido".
Por alguna razón, esa fue la primera palabra que se le vino a la mente mientras trataba de hablar consigo mismo. Lenny había dicho que era una buena idea para poder encontrarse con su yo interior.
Aún si era algo que Lenny dijera, cualquier tontería parecería una buena idea cuando tenía un montón de litros de cerveza encima.
—De todos modos, de que demonios me sirve encontrarme con mi yo interior —se aseguró de enmarcar las estúpidas palabras de Lenny mientras terminaba con aquel recipiente y tomaba el siguiente—. Como sea, si no quisiera estar solo encendería la televisión y la dejaría parlotear …—Moe se detuvo al darse cuenta de que, efectivamente, estaba hablando consigo mismo.
Estúpido Lenny, estúpidos todos.
Seguía refunfuñando mientras frotaba el vaso de vidrio, aún era temprano por lo que se tomó el tiempo suficiente para imponer el orden en aquel lugar de mala muerte. Una vez hubo terminado con la cristalería, junto a su valiente servilleta se dedicó a quitar el polvo de las mesas, aunque el pensamiento de que nadie las usaba rondó en su cabeza unos cuantos segundos, sin embargo, no los suficientes como para desviarlo de su labor.
El chirrido de la puerta abriéndose lo distrajo mientras se ahogaba en tos por el polvo.
—Disculpe —la suave voz del intruso le recordó a Moe el color azul, por alguna razón—, ¿está abierto?
Un señorito de redondos anteojos, o al menos su cabeza, se asomó detrás de la puerta, esperando la contestación del dueño quien después de acomodar un florero roto, le respondió afirmativamente.
Moe sentía que lo conocía de algún lado, aunque no lograba recordar de dónde, su cerebro lo relacionó con Homero, así que dio por hecho que estaba afiliado a la planta. Un oficinista más de todos los que tenía la propiedad del viejo Burns, eso cuadraba para él y dejó de darle importancia.
—¿Qué te sirvo? —no estaba acostumbrado a preguntar, puesto que todos querían cerveza y no es como si él ofreciera algo más, si era sincero. Fue una respuesta automática debido a la extrañeza que significaba un nuevo cliente. Moe no podía recordar cuándo fue la última vez que alguien que no fuera su manada había cruzado por esa puerta.
—Ehm …—el extraño parecía dudar— Cerveza, supongo. Al menos fue lo que Simpson me dijo que tenía que pedir. Si soy franco, no suelo hacer esto a menudo.
Bueno, al menos Moe no tenía que preocuparse en inventar alguna excusa para finalmente ofrecerle cerveza. Al final sí resultó ser conocido de su viejo amigo.
—¿De dónde conoces a Homero? —de acuerdo, podía culpar después al aburrimiento de aquella tarde-noche de la curiosidad que no dejaba en paz su cabeza.
—Bueno, yo soy asistente del señor Burns, dueño de la planta donde Simpson trabaja, así que suelo cruzarme con él de vez en cuando.
—Hmm… Eso lo explica —como quien no quiere la cosa, Moe escuchaba al recién llegado mientras rellenaba de cerveza uno de los vasos de vidrio— ¿Cómo es en el trabajo? Ese gordo holgazán, digo.
No es que estuviera realmente interesado, pero pensó que al menos debía intentar una conversación para que este sujeto volviera después de irse. Clientes eran clientes.
—¿Simpson? —Moe pudo reconocer la mueca de decepción en el rostro de su cliente al momento de pensar en su respuesta— Podría esforzarse más, supongo.
La carcajada que le siguió era sincera, puesto que a Moe realmente le hacía gracia la singular reacción de todos los que tenían la desgracia de tener algo que ver con el sujeto.
—No es el más listo —Moe frotaba la servilleta con la barra, una acción involuntaria que se le había quedado con el paso de los años— pero algo bueno tuvo que decirte para que aceptaras venir a esta pocilga.
—Bueno, no he tenido tiempo de pensarlo detenidamente… y necesitaba un trago. Soy Smithers, por cierto. Olvidé presentarme.
Moe también conocía la mueca de tristeza que ocupó el rostro del extraño Smithers, la había visto demasiadas veces en el espejo de su baño, después de haberse dado de bruces con la realidad otra vez. Se le había hecho costumbre verla en sí mismo, no en alguien más.
Algo parecido a la empatía intentó salir de dentro suyo, mas Moe se aseguró de dejarla bien escondida antes de enfrascarse en cualquier trabajo. No sabía como lidiar con alguien triste, al menos no con un adulto triste. Pocas cosas intentaba proteger después de los años, sólo las sonrisas de los niños a los que les leía cuentos y alguna que otra cosilla. Pero esto no era algo con lo que quisiera entrometerse. Así que simplemente esperó a que el extraño se fuese y que pudiese seguir con su vida.
—¿No te parece que la vida es un poco injusta a veces? —totalmente ajeno a las tribulaciones del tabernero, Smithers parecía querer seguir la conversación— Hay gente que no valora lo que tiene, mientras hay gente que se mata para obtenerlo y no lo consigue, por más que se esfuerce.
Oh, si supiera. Moe sujetó con fuerza el paño mientras sus pensamientos volaban hasta una cabellera azul de singular forma. Agitó su cabeza alejando los malos pensamientos, ligeramente frustrado al creer, falsamente, que había superado aquello.
—¿Y qué si no lo es? —Ya no se encontraba de humor, de hecho, no lo estaba, pero ahora había empeorado visiblemente— Lloriqueando en una taberna oscura y arruinada no vas a hacer que las cosas se solucionen mágicamente —. Por un segundo, como en el cristal de sus vasos Moe se vio reflejado en Smithers.
—Ningún hombre es lo suficientemente rico como para comprar su pasado.
—No es como si pudieras cambiarlo de todos modos —Moe se hizo del desentendido del asunto y la conversación murió ahí.
Cuando finalmente parecía que todo había terminado, mientras Moe les pasaba el paño a los huevos en salmuera de las repisas, tímidamente Smithers volvió a hablarle.
—¿Cómo es Simpson cuando no está trabajando?
—Es exactamente igual a como te lo imaginas, no hay mucha diferencia —Moe no se lo pensó mucho— ¿Todos sufren de explotación laborar en aquel lugar?
—Algunos más que otros … Espera —. Smithers había saltado en su taburete al darse cuenta de que su vaso, casi vacío, había sido bruscamente despojado de sus manos, siendo rellenado por el tabernero quien con un gesto lo silenció.
—Cállate y bebe.
Tampoco es que Smithers tuviera ganas de pelear, por lo que aceptó silenciosamente lo que consideró como un "invita la casa, maldición cierra la boca". Mientras consentía la bebida, le pareció ver a una rata cruzar las repisas a la velocidad de la luz, pero lo ignoró al ver como el cantinero ni se inmutó.
—Puedes hacerlo —fue lo único que Smithers escuchó antes que Moe se desplazara hasta la repisa, hablándole distraídamente—. Mira, a veces las cosas se complican mucho, y parece que todo se está yendo al demonio, pero tienes que creer que mejorará. Si incluso alguien feo como yo pudo conseguir novia un par de veces alguien como tú seguro tendría a la mitad de Springfield en su bolsillo.
Claro que Moe se había identificado con Smithers, por ende, había dado por hecho que aquello era un mal de amores. La víctima, visiblemente sorprendida no supo qué responder y el cantinero malinterpretó la situación, tomando su escopeta escondida debajo de la barra y apuntándolo con cara de pocos amigos.
—Mira, sí se que te dije que eras bonito. Bueno, no lo dije literalmente, pero estoy seguro que pensaste que… Como sea— Moe bajó la escopeta a regañadientes mientras trataba de explicarse—, no es lo que parece, ¿oíste?
Ante toda respuesta, Smithers no pudo contener la risa, que después de unos improperios proclamados por el tabernero, termino contagiándosele.
—Así que, si sabes reír, me preocupaba que fueras uno de esos sujetos —. No hacía falta terminar la frase para que su interlocutor entendiera.
—Si me permites, sería un buen tema de conversación para la próxima vez —Moe sintió cierta complacencia al confirmar una segunda visita. No es por nada en particular, pero clientes eran clientes o al menos eso fue lo que se dijo—. Por ahora… —Smithers miró su reloj, como si le preocupara la hora— gracias por todo. A todo esto, no me has dicho tu nombre, y llamarte cantinero suena un tanto inapropiado.
—Sabes, por tus lentes, pensé que eras un cerebrito —Moe hacía referencia al letrero de su taberna, la que ponía en evidencia la identidad de su propietario— Maurice Lester Szyslak es un nombre aburrido y largo.
—Entonces, puedo comenzar llamándote Moe.
Smithers sonrió complaciente, y los siguientes minutos que le siguieron a su ausencia, Moe se encontró pensando en por qué su nombre ahora sonaba mejor.
Sin notas de autor.
