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Entre tazas de café
y vapores aromáticos
los recuerdos afloran
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Aquella tarde de invierno, Suzume no hizo nada distinto a otros días. Como cada vez que tenía un día de descanso del trabajo, llamaba a su madre para contarle sobre su día y saber cómo le iba a su padre con esa nueva oportunidad de empleo que les posibilitaba un viaje a Europa.
—Oh, ya sabes —le dijo, el usual tono de reproche que, realmente, es de alivio—, sigue sin querer aceptar. Dice que no se irá hasta que tú te cases.
Suzume ríe al teléfono y le dice a su madre que mejor se va haciendo a la idea de que no podrá conocer el mundo jamás. Mientras tanto, se prepara para salir.
—Acuérdate que hace frío —dice, con un tono severo—. Dice tu padre que es una lástima aquello con Mamura.
Ella se queda en silencio, apunto de cortar la llamada.
—Pero que sabe que si tú lo decidiste es porque es lo mejor, y que te quiere.
—Dile que no fui yo, fuimos nosotros —hace, otra vez, hincapié en aquello que su padre, al parecer, todavía no comprende—. Yo también, los quiero.
Con el celular en mano, comienza a pensar en lo que su padre repite en cada conversación que tienen por teléfono. A esas alturas debería ser algo olvidado y, sin embargo, no deja de hacerle recordar que lo suyo con Mamura no había llegado a buen puerto. ¿De quién fue la culpa? Acordaron que no existían culpas, que era unda decisión de los dos, con el objetivo de no dejar sus sueños, de no limitarse el uno al otro.
Salió de su casa y se le cayeron las llaves, maldijo mientras estiraba sus manos al suelo, húmedo por la nieve. Suspiró y un vaho apareció y desapareció en un instante.
—No entiendo a papá.
Mientras iba hacia la cafetería de siempre, siguió pensando en ello. ¿El amor era, realmente, dejar ir a alguien por sus sueños? O quizás... lo que sentía por Mamura era una ramificación del amor, un efecto espontáneo, destinado a morir en poco tiempo. Pero no podía ser, porque lo quería realmente, incluso en ese momento. Así como a Shishio.
Sus manos se congelaron en el picaporte de la puerta de la cafetería. ¿Hace cuánto no le llamaba profesor? Él había sido su primer amor, el más fuerte que había sentido y, aun así, también tuvo su final. ¿El amor era, entonces, algo esporádico? Nadie puede decirle a ella que no los amó realmente, pero ¿por qué estaba sola?
Suzume no hizo nada distinto a otros días, pidió un café negro y un postre de fresa.
Y recordó, Shishio olía a café y caramelos. Le temblaron las manos por un momento y le picaban los ojos, trató de pensar en algo distinto, en algo más que su primer amor. No pudo hacerlo, le surgieron dudas, ¿y si lo hubiese elegido a él? ¿Serían felices ahora? ¿Estaría él allí, cuando Mamura no? Y es que algo que ella, secretamente, se había guardado era que en ese entonces e incluso ahora, era capaz de dejar sus sueños por amor.
—¿Chun-chun?
Shishio olía a café y caramelos. Shishio tenía unos ojos brillantes y hermosos, una sonrisa encantadora y una voz inconfundible, pero más que eso, era el único que le decía así.
—¿Profesor?
Los ojos se le inundaron de lágrimas y el corazón le latió tan fuerte como la primera vez que fue capaz de ponerle nombre a lo que sentía por él. Después de años, incluso, le hacía sentir como la primera vez.
