El segundo cumpleaños, el cual Adrien celebró cuando era niño, lo celebró con Marinette y nadie más.
La pequeña y tímida Marinette había decidido que le daría una sorpresa a su amigo. Con Adrien, fueron al arcade, en donde gastaron todos sus ahorros en dulces y yendo al cine. Los chicos rieron, sujetando sus vientres, sonriendo, señalando todo lo que veían. Y al final de la noche, Marinette pensó que tenían la obligación de tomarse una foto para preservar por siempre el recuerdo de este día. Por ello, corrieron a la primera cabina de fotos que encontraron.
Al salir, Adrien sostuvo un brillante sticker en su palma, dividido en cuatro partes. En las fotos, los dos chicos reían, haciendo gestos a la cámara, y en la última, los ojos de la pequeña Marinette miraban a su amigo.
A Adrien le pareció que no había nada más dulce y conmovedor. Lo que él aun no sabía era que en ese entonces la menor no solo creía que ellos estaban unidos por el hilo rojo del destino en sus meñiques. Lo que había entre ellos era una especie de conexión aún más fuerte. Algo que los iba a unir por siempre.
Unos cuantos años pasaron y la historia se repitió. Dos adolescentes reían mientras caminaban por las concurridas calles del centro: los regalos fueron comprados y hechos a mano, la filmación había terminado, y los dulces habían sido comidos. Y frente a ellos, llegó a su campo visual, la familiar cabina de fotos.
Cuatro fotos: sonrisas, felicidad, dedicación de dos fieles amigos y una mirada dirigida a Adrien de parte de una más grande y hermosa Marinette.
'Por qué me pone tan nervioso?' Adrien pensó, pero la menor ya estaba llevándolo a la tienda con un bonito letrero, así que Adrien se juró pensar en ello más tarde.
Niza.
Los años no eran importantes. Porque esto era Niza.
Su lugar secreto. Un recoveco en donde no había restricciones, solo ligeros matices de cautela y vigilancia. Y besos. Muchos besos. Y abrazos que no podían ser contados.
Manos entrelazadas, cuerpos entrelazados, sin el deseo de apartarse del otro.
'Estoy contigo. Eres mía. Para siempre.'
Adrien cumplió 30. Ya estaba casado, tenía una hija, una carrera, pero ya no tenía la sonrisa de la persona más importante en su vida.
La familia y amigos le preguntaron cómo celebraría ese año?
"Iré al estudio." Respondió sin más para no mostrar su dolor. "Debo tratar de no estropear esta oportunidad. Soy libre y debo probar de lo que soy capaz."
Nadie trató de discutir, pero solo unos cuantos sabían la verdad.
Hoy, Adrien cumplía 35 años.
Qué iba a hacer? Trabajar en el estudio? Grabar una nuevo comercial?
En la mañana, fue felicitado por su hija y su fuerte abrazo. Luego, su hijo lo felicitó entre balbuceos – ya que estaba quedándose con los dos adultos hoy.
Hubo un delicioso desayuno y café para dos. Una ducha juntos. Y besos, los cuales nunca eran suficientes. Y Marinette. Su dulce, preciada Marinette, quien era más que una amiga.
Su única razón para todo.
Pero incluso hoy Marinette tenía que trabajar, de modo que la celebración tenía que esperar – para dentro de uno o dos días. Porque sin Marinette, Adrien no celebraba sus cumpleaños.
Adrien llevó a su hijo a la guardería, a Emma al colegio, y deliberadamente se quedó a hablar con los profesores para saber cómo iba su hija. Ella era su orgullo y él haría lo que fuera por ella. Incluso regalarle una estrella, si así lo quería.
Cuando regresó, el departamento lo recibió el silencio y un aroma a canela. Marinette tal vez había horneado algo hoy, pero no estaba seguro.
La sala de estar era como si estuviera pintada en un tono de albaricoque maduro. Los reflejos del sol a la mitad de la sala brillaban en las paredes y el techo, sumergiéndolo en un estado de quietud, haciéndole sentir somnoliento.
Y Adrirn, con dicha, se dejó caer en el mullido sofá, quedándose dormido cuando de súbito un ruido y ligeras pisadas fueron escuchados.
"Happy birthday, amor," susurró en su oreja y el escalofrío que envió por la espalda del mayor, fue como un gatillo.
Marinette estaba usando un delantal, con trazos blancos de harina en las mejillas y frente. Tan hogareña, tan cálida. Tan perfecta.
"Princesaaaa!"
Adrien quiso preguntar por qué no estaba en el trabajo, pero sus labios fueron besados con dulzura.
"Hoy es tu día," Marinette susurró en el beso, de inmediato abrazándolo.
"Te amo," Adrirn dijo en un susurro también, acariciando los cabellos de su pareja. "Te amo demasiado."
"Siempre lo supe." La sonrisa de Marinette lo atrajo a retirarla de sus labios, lamiéndolos como si fueran el caramelo más dulce, succionándolos incluso.
"Eres mi ángel, lo sabes?"
Marinette no respondió, solo sonrió con audacia y un brillo en los ojos.
Para qué hablar? Si los abrazos, besos y miradas entre ellos, hablaban más – ardiente y prolongadamente.
El amor se ubicó en dos corazones en el momento en el que se conocieron. Hace ya tantos años. Cuando la estrella cayó y un chico pidió el deseo de encontrar a su amor. Su único amor.
Su Marinette.
Fin
