¡Hola, hola!

Traigo una nueva historia con mucho cariño. Gracias por todo y espero regresar pronto.

Cuídense mucho estos días, no salgan de casa si no es necesario. Besitos y abrazos a la distancia para ustedes.

Hasta pronto.


Despertó con la garganta seca después de una noche de tragos en casa de su compañero. El reloj todavía marcaba las siete de la mañana, quedaba tiempo de sobra para reponerse e ir al trabajo como de costumbre, sin embargo, las exigencias a su cuerpo ya no actuaban como antes. Le dolían los músculos, tenía tos y le picaba la boca, síntomas que hace veinte años no estarían presentes sólo por una noche de juerga.

Apagó por fin el despertador, la estaba volviendo loca con tantos pitidos cerca del oído. Miró a un costado de la cama donde las sábanas guardaban una silueta algo difusa; con el pasar de los días se desdibujaba cada vez más, borraba de forma irremediable el recuerdo atorado en su mente. Los muebles podían olvidar su silueta, pero ella no lo haría nunca.

Le costó un mundo levantarse de la cama y llegó al comedor arrastrando los pies como era su costumbre. Todavía llevaba el cabello suelto, enredado en una maraña extraña de color negro; le recordaba las películas antiguas sobre la novia de Frankenstein, aunque incluso el cabello de Elsa Lanchester en su papel de novia monstruosa se veía mejor.

Dio un largo bostezo parada en la puerta de la cocina. La luz del día comenzaba a filtrarse entre las persianas y el comedor quedaba con unas finas líneas rojas atravesando la superficie de sus muebles.

Deja de arrastrar los pies, sabes que lo odio.

Sonrió porque lo sabía, pero verla enojada era muy divertido. La abrazó por la cintura y dejó la barbilla descansar en su cuello, viendo por encima su agilidad para cortar los vegetales. El sol apenas estaba despertado, no entendía cómo era capaz de ganarle al crepúsculo todos los días.

Besó su mentón. Le tembló la mano con el cuchillo y suspiró antes de alejarla a la fuerza de su espalda donde la ponía cada vez más nerviosa. Con Marceline las cosas eran un juego, le gustaba molestarla hasta su límite, pero también sabía la formula exacta para tranquilizarla con un sólo gesto.

En cambio, para ella ver a su prometida con un moño sobre la cabeza y lista para irse a trabajar le desbordaba una sensación maravillosa en el estómago, y un agradecimiento a la nada salía de sus pensamientos, dedicado a quién quisiera escucharlo, cualquier ser superior, real o ficticio, encargado de hacerlas coincidir.

Nunca se lo decía a Bonnibel, pero verla por las mañanas era su combustible. Cuando despertaba a mitad de la noche con una pesadilla todavía aferrada a su pecho, ver su rostro era suficiente para calmarse. Si estaba en su vida, nada podía salir mal.

Siéntate, vamos a comer —le dijo.

El cartón de leche estaba vacío, lo notó después de servir el cereal. Lo arrojó a la basura junto con el plato; no soportaba cuando las cosas salían mal, a pesar de tratarse de algo tan trivial como el desayuno.

Abrió la ventana por completo para ver la calle llena de coches, las personas caminando a alguna dirección desconocida con los abrigos puestos ante el frío matutino. El aire helado le pegó en el rostro y removió su cabello con una suavidad poco esperada, después de todo, el viento abajo parecía mover con fuerza los árboles e incluso algunos paraguas se habían dado vuelta en las manos de sus dueños.

Se metió a la ducha un rato más tarde. Ya iba retrasada sin saber exactamente en qué había perdido los minutos pues ni siquiera había encontrado algo para desayunar. El agua estaba más caliente de lo usual, pero no le importó demasiado; se acostumbró a soportar altas temperaturas cuando comenzó a vivir con Bonnie.

Se dejó caer en la cama para ponerse los zapatos. En uno de los muebles, una fotografía le devolvía la mirada desde otro tiempo, una era anterior donde sus días eran un poco más felices. Había dejado de voltear el rostro o de inclinar la foto cuando su mente encontró la paz y dejó de sentirse vacía ante la ausencia; la ausencia de su entonces prometida y también de la de sí misma.

Una llamada de su jefe le indicó que el tiempo para ponerse nostálgica no podía seguir creciendo. Tomó sus llaves, su chaqueta y sus pocas pertenencias básicas, aunque dejó en la sala una toalla húmeda, justo encima del sillón.

Apenas tocó el picaporte una voz la detuvo. Su voz favorita usó un tono fuerte, autoritario, y supo que algo estaba olvidando y por ello ahora se oía molesta. De pie, con los brazos cruzados, le sostenía la mirada y levantó una ceja; un gesto perfectamente entendible sin palabras y de todas formas habló.

Creo que se te olvida algo antes de irte.

Por supuesto, lo lamento, llevaba prisa.

En dos zancadas estaba a milímetros de su boca y sin darle oportunidad de reaccionar le dio un beso. No era sólo una despedida momentánea sino un gesto con sabor a eternidad, como si fuera ésta la última vez, como si no vivieran juntas o no pudieran verse de nuevo al final del día.

Sonrió con los brazos en su cintura. No quería alejarse, a pesar de ir contrarreloj porque un minuto más con sus corazones unidos bien valía el regaño de su superior. Para su sorpresa, fue Bonnie quien la alejó con un enojo que seguía empeñada en fingir a pesar de saber que no podría engañarla.

No me refería a eso —dijo con el rostro rojo, aunque las manos continuaban apoyadas en su pecho—. La toalla. Te he dicho que no la dejes ahí.

¿Sólo eso? Pero...

Nada, mueve eso.

La obedeció. Arrastró los pies hasta el sillón por lo cual se llevó un segundo regaño; actitudes y palabras de rutina con sabor a primera vez. Después de meses conviviendo, podía decir que cada gesto se renovaba sin importar cuantas veces fuera repetido, quizá por eso sus regaños cariñosos la hacían reír desde el principio y hasta ahora.

Un rato después en el trabajo su jefe la esperaba con vara en mano, y no, no era una metáfora, solía llevar consigo una regla de metro como si fuera un maestro de la vieja escuela y, aunque nunca les pusiera un dedo encima —porque además era ilegal, por supuesto—, lograba causar intimidación agitando con frenesí el metro por los aires.

En esta ocasión se contuvo. Fue extraño, pero no recibió palabras más allá de lo necesario, ni de él ni del resto del equipo, a excepción de Fionna. Era una chica simpática y con carisma, solía revolotear todos los días a su alrededor buscando cualquier tipo de excusa para hablarle.

—¿Quieres un café? Iré por uno a la maquina y...

—Muchas gracias, Fionna, pero estoy bien.

—Ya veo, ¿qué tal unas galletas?

—No es necesario, en estos momentos no tengo hambre.

Seguía de pie a su lado con una carpeta entre las manos y sin saber muy bien qué otra cosa ofrecer. Podía notar desde su posición su descontento pues cada día le aceptaba una cosa, ya fuera las galletas, un bocadillo, o más usualmente, un café. Esta vez no podía ni quería hacerlo, aunque ella continuara siendo tan buena chica como siempre.

Keila apareció a salvar el día con una conversación poco importante, pero suficiente para distraer a Fionna y alejarla de su lugar.

—Vamos, hay cosas que hacer —le dijo—. No puedes estar holgazaneando.

—No lo hago, yo sólo...

—Sí, por supuesto, díselo al jefe.

Y como Keila era la segunda al mando, no pudo objetar nada.

Una vez en una fiesta un amigo suyo le presentó a esa chica, seguro de que juntas encajarían a la perfección y se volverían una idílica pareja. En su afán de convertirse en cupido, la llevó hasta su mejor amiga, aunque mentiría si no dijera que lo intentaron, sin embargo, el destino estaba escrito y llegó un momento donde tanta cercanía las llevó a olvidarse del sexo o los besos, la idea incluso resultaba vergonzosa. Por su propio bien, se volvieron amigas.

Gracias a ella soportaba un trabajo como aquel. Suspiró apoyada en su puño derecho, con la mirada fija en el gran ventanal que dejaba ver casi toda la ciudad donde otros edificios se proyectaban en toda su altura ante sus ojos como unos gigantes de concreto, llenos de otros trabajadores como ella, yendo de un lado a otro. Quizá alguno tendría también la mirada fija en el resto del mundo allá afuera, preguntándose por qué seguía con algo que lo hacía infeliz.

Un ave posada en el alféizar retomó su vuelo. Una gran burla a su encierro, a la necesidad de libertad que dejó atrás hace algún tiempo, cuando Bonnie se marchó y los recibos comenzaron a acumularse uno tras otro; cortaron la luz, su vocación ya no daba para más dinero y poco a poco sucumbió a la realidad. Ya no vivía, sólo se encargaba de sobrevivir.

—Marcy.

Keila tenía una manera curiosa de hablarle cuando la veía ajena. Su voz dulzona la despertaba de sus ensoñaciones con cautela como si en realidad no quisiera interrumpirla y solía usar el mote ganado años atrás durante su breve relación.

—Tendré todo listo en un rato —dijo a modo de justificación.

Devolvió la vista a su computadora donde los números parecían reírse en su cara. Antes había tenido un especial gusto por las matemáticas, pero desde que las convirtió en su profesión las aborrecía cada día un poco más.

—No se trata de eso —se sentó a su lado, sobre el escritorio. Lo tenía permitido sólo por ser ella y por su puesto en la empresa, su jefe habría arrojado del tercer piso a cualquiera que osara lo mismo—. Esta tarde iré a beber junto a Guy y Bongo, ¿los recuerdas?

—Eso creo.

No quiso decirle que no podía olvidarlos, después de todo, fueron parte de una pequeña banda formada hace tiempo, la cual nunca llegó a ningún lado, a excepción de algunos bares y restaurantes de mala muerte donde recibían dos pesos por función.

—Me los encontré esta mañana cuando venía a la oficina, parece que también han crecido, juntaron sus ahorros y abrieron un local de instrumentos musicales. No les va mal.

—Es maravilloso.

No pudo evitar destilar amargura con su respuesta. Estaba feliz por ellos, pero también un poco celosa; consiguieron vivir de su felicidad y no depender de las deudas como le pasaba a ella. Aunque quién sabe, llevaba algún tiempo sin saber nada de los chicos y la información de Keila era insuficiente para crearse una idea de sus vidas.

—¿Quieres ir con nosotros?

—No lo sé...

—Vamos, por los viejos tiempos.

Tomó su mano y sonrió. En ese momento, con su mirada perforando su alma, sería incapaz de negarse y quizá lo sabía, por eso su sonrisa victoriosa se asomó antes de siquiera abrir la boca con una respuesta.

—Sólo un rato.

—Nos iremos al salir del trabajo.

—Está bien.

El día se escurrió con lentitud. Miraba mucho el reloj, no por la expectativa de la reunión sino por el ansia de salir de ahí. Durante la comida llevaba su pluma en la mano sin darse cuenta y la usó para tocar a ritmo constante sobre la superficie metálica de la mesa una melodía atrapada en su memoria.

Fionna, como de costumbre, se quedó a su lado con una conversación que escuchaba en fragmentos entre cada bocado. Había pedido un sándwich y una limonada, la pequeña rubia en cambio llevaba la charola llena con un platillo completo, incluida una gelatina rosa que temblaba con sus golpeteos al metal.

—No como tú —iba diciendo con la cara avergonzada—. Eres diferente a cualquier persona que haya conocido, Marceline.

—¿Ah sí?

No estaba prestando atención realmente, aunque con los trozos de palabras que lograba captar, imaginaba hacia donde quería Fionna dirigir la conversación. Sería grosero pedirle soledad, se preguntaba en silencio, con la mirada fija en el agua verde de su vaso.

Por suerte, no hubo necesidad, Keila llegó de nuevo a salvar el día. Se sentó con ellas y, aunque ahí no podía correrla, se aseguró de dirigir la atención de la chica sobre sí misma. Le dio el espacio suficiente para sumirse en sus pensamientos sin ninguna interrupción y al final de la comida todavía quedaba en el plato la mitad de su sándwich.

Escuchó por casualidad la explicación de su amiga. Era raro escuchar en boca de otra persona lo mismo que llevaba todo el día en su mente. Soltó un suspiro, no quería enterar a todos sobre su vida, pero si eso ayudaba a alejar a Fionna por el resto del día, entonces estaba de acuerdo en contarle.

Funcionó. No la volvió a ver hasta la hora de salida e incluso así, se limitó a despedirse desde lejos. Keila le pasó un brazo por los hombros y sonrió como sólo ella podía hacerlo, con una mezcla de diversión y melancolía en la mirada, tratando de reemplazar sus recuerdos por unos con un mejor final.

—¿Estás lista?

—No creo que tenga más opción.

Ella rio.

—No, en realidad no la tienes.

Un par de minutos después se encontraban en un bar cercano donde los chicos ya estaban esperando. Seguían tal como los recordaba, Guy si acaso había adelgazado un poco más, pero llevaba el mismo corte de siempre engomado hacia atrás, Bongo, como le decían de cariño al rechoncho muchacho que tiempo atrás se convirtió en su baterista, traía puesta una camisa con un logotipo que no supo identificar.

Los saludó. Casi sin darse cuenta le acarició el cabello a Guy, despeinándolo, y a Bongo le aplastó las mejillas rosadas y regordetas. Por un instante, se sintió una joven de veintitrés años reunida con su banda para ensayar nuevas canciones.

Pidieron una cerveza cada uno. Marceline prestó atención por momentos sin poder evitarlo, a pesar de querer meterse de lleno en las anécdotas de los chicos, le fue imposible no desviar sus pensamientos hacia el pasado.

Observó una gota de sudor en la botella resbalar hasta tocar la mesa, otra acababa de nacer en el cuello y pronto comenzaría a caer también. Incluso si la limpiaba, el frío en su bebida reaparecía otras y era igual a verla llorar.

Su celular sonó en la mesa y como siempre, los chicos comenzaron a lanzar besos, hacer señas obscenas o ruidos extraños con tal de ser escuchados por la persona al otro lado de la línea.

Hola, amorcito de mi vida, te extraño tanto —dijo Bongo con mofa, lo suficientemente alto para hacer reír a Bonnibel.

Marceline le mostró el dedo medio y se alejó de la mesa con el celular al oído, escuchando la voz con la que soñaba despierta todo el día.

¿Qué pasa, amor?

¡Uy, amor! —gritó de nuevo.

Ella se río, pero esta vez no le dijo nada ni hizo seña alguna.

Sólo quería saber si vas a pasar por mí en la tarde.

Claro, ¿a la misma hora de siempre?

Sí. Hay que ir a comprar algunas cosas antes de llegar a casa.

Sonrió.

Amo cuando hablas así, de nuestra casa.

Marceline no podía verlo, pero juraría que, al otro lado, Bonnie tenía ahora una pequeña sonrisa difícil de disimular y un ligero tono rojo en las mejillas.

Es nuestra casa, y pronto lo será oficialmente.

Es verdad, el anillo de compromiso que le obsequió era prueba de ello.

Lo espero con ansias.

Tocó el anillo en su collar por acto reflejo. Keila seguía contando su vida a los chicos: los días en el trabajo, lo complicado de vivir con un compañero de cuarto al cual no conseguía soportar por completo debido a su manía de dejar sus prendas en el piso de todo el apartamento.

Recordó haberla invitado a quedarse en su casa, pero se negó. Keila no quería depender de ella, ni siquiera por ser su mejor amiga, ni quería ocupar un lugar en una casa llena con sus memorias. "No voy a sobrescribir el ambiente en tu casa" había dicho ese día. Ella prefería eso que quedarse sola, pero no volvió a sugerirlo.

—¿Y tú, Marceline? —preguntó Bongo sacándola de sus pensamientos—. ¿Dejaste la música?

—Me temo que sí.

La respuesta le dejó sabor a hierro en la boca. Odiaba admitirlo, en especial ante ellos con quienes compartió su sueño tantas noches seguidas. Sin embargo, cuando Bonnibel se fue, se llevó toda su inspiración en el bolsillo.

—Así al menos no te mueres de hambre —bromeó Guy para aligerar el ambiente pues todos los presentes entendían por qué lo había dejado.

Los chicos comenzaron a reír más cuando el alcohol se acumuló en su sangre y esa fue su señal para salir de ahí. Se despidió de todos; Keila trató de convencerla de quedarse un poco más, pero poco le sirvió el esfuerzo y pronto la dejó marchar.

Estacionó fuera de la escuela donde Bonnie daba clases. Encendió el estéreo y recargó la cabeza en el asiento; estaba cansada, pero no por eso dejaría de ir a recoger a su prometida al trabajo. Afuera, el aire frío congelaba las calles, por eso llevaba los vidrios cerrados con el aire acondicionado dándole en el rostro.

Unos minutos después, Bonnie había entrado al coche. Se veía igual de agotada, con algunos cabellos pegados al rostro a pesar de estar temblando, no dejaba de frotarse las manos con los guantes, esperando que el aire acondicionado entrara por su piel y le devolviera su temperatura normal.

Marceline la observó desabrocharse los primeros botones de la blusa como si no hubiera estado temblando hace unos minutos y tragó saliva ante el evidente cosquilleo que recorrió su espina dorsal. Verla así, era otra razón por la cual amaba ir a recogerla, porque por un momento, en su coche, pasaba de ser la tirana maestra y se convertía en una mujer capaz de robarle el aliento. Y ese espectáculo sólo ella podía disfrutarlo.

Odio este clima.

¿De verdad? Yo creo que cualquier clima te sienta de maravilla.

La miró, primero incrédula, luego con una sonrisa juguetona.

¿Eso crees? Tal vez debería abrir un poco más esta estorbosa blusa, me pone el cuerpo muy caliente.

Probablemente...

Cuando Bonnie usaba su poder de atracción en su contra la dejaba sin armas para dar respuestas coherentes. A veces abría la boca para intentar responder, pero su cerebro no ayudaba en la tarea.

Y eso divertía el doble a su prometida. Se acercó a su oído y lo mordió con suavidad mientras apoyaba la mano en su pierna. Ante un ataque así, Marceline se mordió el labio con fuerza para no soltar algún suspiro o palabra que pudiera delatarla, aunque el efecto de sus juegos fuera evidente.

Tal vez deberíamos ir a casa pronto ¿no te parece?

Le dio un beso con sabor a futuro, después volvió a recargarse en su asiento y se abrocho el cinturón de seguridad.

Marceline vio con cautela como le oprimía el cuerpo una simple banda de tela, resaltando sus atributos mientras ella volteaba hacia la calle donde la escuela se encontraba casi vacía. Su pecho bajaba y subía con rapidez, y decidió devolver la vista al frente.

Cerró las manos con más fuerza alrededor del volante. Los nudillos se le pusieron blancos, pero tenía el rostro rojo por el aire acondicionado. Quería abrir la ventana para dejar circular un poco de viento, pero eso le helaría el cuerpo.

Llevaba el cabello suelto sobre los hombros con la esperanza de cubrirse mejor del aire frío que dejaba vaporosos los vidrios de su automóvil. Eran las siete de la noche, sin embargo, en estos días el aire no respetaba horario, soplaba con la intención de congelar hasta la más mínima alma humana que se atreviera a desafiarlo.

Cuando bajó del coche, el aire frío la golpeó con fuerza y le quitó la respiración por unos segundos, se frotó las manos tratando de recuperar la sensación en los dedos, aunque de todas formas, mientras más tiempo permaneciera en la calle, el clima aprovecharía para colarse entre sus ropas.

La maleza estaba crecida y se arrodilló para quitarla. Estuvo un buen rato con las manos enterradas en la tierra, tratando de quitar todo rastro de las pequeñas ramas que daban una visión de abandono al lugar. Ahora no sólo estaba sudando, también tenía el rostro rojo por el esfuerzo y algunas manchas de tierra en la ropa, en las manos y en la frente.

Tenía macetas de diferentes colores; iba a cuidarlas todos los días, les echaba agua y se encargaba de recortar los tallos secos. Cuando pasaba tiempo sin ir, como era el caso en esta ocasión, encontraba rastros de hojas pisoteadas y pequeñas ramas espinosas creciendo junto a las flores.

Una vez tuvo el sitio limpio se dejó caer en la tierra a un costado de la piedra blanca. Por unos segundos que parecieron eternidad, se dedicó a observar el cielo, y de pronto una lágrima rodó por su mejilla, aunque la limpió al instante dejando un rastro de tierra en su lugar.

—Hoy fui a beber algo con los chicos —dijo a la frialdad de la roca—. Hablaron de los viejos tiempos y de cómo ha cambiado su vida en estos años. Yo no quise contar mucho de mí, me limité a escuchar lo grandiosa que es su vida ahora... Me gustaría decir que la mía es igual, pero no me gusta mi trabajo.

El cielo brillaba sobre su cabeza con las estrellas encendidas y probablemente era la única persona ahí a tan altas horas de la noche. Su reloj marcaba las ocho, detrás de las rejas todavía podía escuchar el sonido del mundo moviéndose y en el portón de entrada, a una no tan larga distancia, podía leer en letras grandes el nombre del panteón.

Recargó su cuerpo en la lápida y de pronto recordó las palabras de Keila a esa pequeña rubia del trabajo: "Hoy no te acerques a ella, tiene una pena en el alma, pero mañana volverá a ser la misma persona amable de siempre". El año anterior había permanecido en casa ese día, también regó las flores justo como hoy. Todo el tiempo se sentaba a conversar con un trozo de piedra incapaz de contestarle.

—Te extraño —eran las palabras que sólo se permitía decir en esos momentos, como si decírselo a otra persona fuera contraproducente, aunque en realidad ya lo sabían—. Me pediste que conociera a otras cuando no estuvieras aquí, pero lo he intentado y no puedo. Sólo te recuerdo a ti. Hoy te he tenido en mente todo el día, recordando los momentos que más extraño de nuestra vida juntas.

Se detuvo por culpa de un nudo en la garganta. Miró las letras grabadas donde se leía "Aquí yace Bonnibel Pierre, amada novia e hija que, aunque se ha ido, la memoria de su vida queda con nosotros para siempre".

—En la oficina hay una chica nueva, es bonita y muy amable conmigo, creo que podría estar interesada en mí. —sonrió con tristeza ante el recuerdo de cuando ella misma trató de llamar la atención de su prometida—. En realidad, es un poco obvio, pero no puedo todavía interesarme en nadie... Sigo llevando tu anillo en mi collar, a pesar de que es inútil esperar que ahora podamos cumplir nuestra promesa. —otra pausa donde enterró los dedos en el suelo mientras tocaba la alianza con la otra mano—. Ni siquiera llegamos a casarnos y estábamos tan cerca de la fecha...

Se abrazó a sus rodillas y lloró por lo que perdió, lloró por no haber tenido el tiempo suficiente a su lado, porque debían estar juntas al menos media vida y no era justo dejarla sola cuando todavía faltaba tanto por hacer. Lloró porque la extrañaba en las mañanas al despertar y verla pasear por la cocina, la extrañaba porque sin ella ya no era capaz de escribir canciones ni de tocar instrumentos.

Se llevó las manos al rostro a pesar de la tierra. Dos años eran ya de su muerte y la seguía queriendo con la misma intensidad; aunque poco a poco iba aprendiendo a sonreír con su recuerdo, su punto débil seguía siendo el aniversario. Hoy, precisamente, no podía ser fuerte.

—¿No puedes llevarme contigo, amor? Me cuesta trabajo estar sin ti.

Esa noche no volvió a casa. Se durmió a un lado de la piedra con la cabeza apoyada en un costado. No se dio cuenta y de no ser por una mano en su hombro, habría continuado de la misma forma por el resto de la mañana, pero abrió los ojos, hinchados de tanto llorar.

Keila estaba hincada frente a ella, con aquella sonrisa de nuevo, esa mezcla entre compasión y alivio.

—Te busqué por todos lados. No contestabas el celular.

Metió las manos a su chaqueta; su celular no encendió.

—Supongo que me quedé sin carga.

—¿Vamos a casa? Estas hecha un desastre.

Observó la lápida por última vez y asintió. Keila la ayudó a levantarse y le limpió el rostro con toallitas húmedas que llevaba en su bolso. Pasó los dedos por su cabello despeinado.

—Así está mejor.

—Gracias...

—Marcy...

Ella negó.

—No ahora. Por favor.

Y quizá nunca, pensó.