07-feb-2020

03-marzo-2020

HISTORIA DE UN ENCUENTRO

RESCATE

Corría el año de 1870, habían transcurrido tres años desde el fin del Bakumatsu aunque los conflictos internos y guerrillas continuaban en cada región de Japón, algunas eran meros conatos de enfrentamiento otros por el contrario resultaban verdaderos dolores de cabeza para el reciente e inexperto gobierno.

Hajime Saito había dedicado esos años a vagar por todo el país, uniéndose de tanto en tanto a los grupos de resistencia que buscaban erradicar a los imperialistas. Aunque andaba de aquí para allá tuvo cuidado en no pisar Kyoto; desde la desaparición del Shinsengumi no eran bien recibidos en ese territorio así que siempre lo evitó, pero ahora con las primeras luces del amanecer entraba en la bulliciosa y antigua ciudad; miró la aún dormida ex capital avanzando con pasos lentos hasta el panteón.

A sus ojos la ciudad no había cambiado en todos esos años, las casas seguían siendo antiguas rechazando las nuevas construcciones occidentales, los viejos oficios seguían en pie al igual que sus costumbres y rudas maneras, pareciera como si todos sus habitantes estuvieran de acuerdo en dejar su ciudad suspendida en el tiempo envejeciendo a la par de las personas que se negaban al cambio.

Se detuvo en el templo de Shimogano Kiyomizu-dera donde espero que un monje acudiera a su encuentro, le explicó brevemente su situación y el hombre sin cuestionar más lo invitó a pasar. Lo condujeron hasta el comedor donde una docena de jóvenes aprendices preparaban el desayuno en espera de que sus hermanos terminaran sus oraciones y empezaran a llegar para tomar su primer alimento.

El joven monje que su maestro designó como guía lo invitó a sentarse a su lado y desayunar, le explicó que su maestro se haría cargo de llevar a cabo los ritos funerarios que se celebrarían al atardecer por lo pronto él era bienvenido a descansar en el templo.

Saito agradeció las cortesías, después del desayuno lo condujeron a un sencillos cuarto menos modesto que las celdas que los monjes usaban para que descansara. Cuando la puerta se cerró tras él, se sentó sobre la estela de paja y fue hasta ese momento que se permitió pensar en lo sucedido hace unas semanas. Se encontraban muy al sur del país cuando la tuberculosis finalmente había vencido a su compañero y amigo desde hace una década, Okita Soji había muerto a la edad de 24 años entre espasmos de dolor y dificultades para respirar, Saito a pesar de las recomendaciones médicas de mantenerse lejos estuvo con él hasta que exhaló su último aliento; sostuvo su mano en un gesto de solidaridad y poco antes de dejarse conducir al descanso eterno le pidió a su amigo llevará sus resto a su pueblo natal, el ex-shinsengumi asintió con la cabeza, su promesa brotó de sus labios pero Okita no fue capaz de escucharla.

Saito entonces se encargó de cerrar los ojos sin vida del hombre y con ayuda de un sacerdote incineraron el cuerpo de su amigo en un rito sintoísta; tan pronto el hombre de fe le entregó las cenizas inició el pesado regreso a Kyoto.

Alguien llamó a su puerta terminando con sus pensamientos, era el mismo joven monje de la mañana que ahora lo conducía hasta las aguas termales donde le pidió que se bañara y purificara su cuerpo, mientras Saito hacia lo que le pidieron el monje montó sobre una piedra lisa un tela de seda colocando un poco de fruta, vegetales y agua; aquello era la comida, necesitaba ser así para poder realizar los ritos funerarios.

El espadachín agradeció por los alimentos y los consumió sin ningún reproche.

Dos horas después cuando el juego de luces en el cielo comenzaba a cambiar por tonos más oscuros su guía lo llevó hasta la caravana de monjes que avanzaban en fila detrás de su maestro hacía uno de los patios más alejados del templo, entonando los habituales cánticos fúnebres al ritmo de unos cuantos instrumentos.

Su guía lo instó para que tomara lugar en la primera fila justo detrás de dos monjes que llevaban las cenizas de Okita Soji.

Aunque no era un hombre de fe sintió como el ambiente lo comenzaba a envolver, las voces a coro de los monjes y las oraciones del maestro junto a los movimientos que realizaba con las manos y el aroma del incienso se internó en su pecho. Se debe a que todo esto lo hago por Okita, ese tonto creyente de Buda; se dijo para justificar ese sentimiento de desasosiego.

La noche ya había caído cuando la ceremonia terminó, agradeció a los monjes por su ayuda desinteresada y se despidió de ellos no sin antes recibir por mera cortesía la bendición del viejo monje.

Conforme se alejaba del templo y se adentraba al centro de Kyoto se dio cuenta del contraste de la ciudad, antes solitaria ahora se encontraba abarrotada de gente, algunos terminaban sus jornadas y se dirigían a sus hogares otros se encaminaron hacia el distrito rojo en busca de alcohol y mujeres.

Saito dobló a la derecha sumándose a la procesión de hombres que se dirigen hacia allá. No es que estuviera interesado en buscar compañía, pero las posadas en esa parte eran muchisimo mas economicas y ofrecían los mismos servicios que otros.

Halló un cuarto en una de las posadas más alejadas del ajetreo, dejó sobre el futón un desgastado morral donde guardaba realmente muy pocas cosas y salió en busca de algo para comer y un poco de bebida.

Ordenó un soba que acompañó con dos o seis botellas de sake. Extrañamente el alcohol le supo amargo esa noche y los fideos estaban insípidos, apuró su última copa culpando a su amigo por no dejarlo disfrutar su cena.

Salió del lugar con la mente un poco nublada por el alcohol, rechazó con el gesto a las mujeres que se le repegaban tratando de vender sus servicios. Vagó por las bulliciosas calles sin un rumbo en específico, el alcohol y ruido comenzaban a martillar su cabeza, se llevó una mano al rostro, al bajarla vio un cuadro muy común por esas calles.

Una mujer siendo arrastrada en contra de su voluntad hacía uno de los callejones, la mujer forcejeó con todas sus fuerzas pero el hombre la superaba en estatura y fuerza jalandola como si jalara una muñeca de trapo.

El cabello de la joven se soltó del elaborado tocado cayendo sobre su rostro cuando se aferró con todas sus fuerzas a un barril para impedir que la llevará más adentro. Entonces el hombre tiró de ella con mayor fuerza y la abofeteó para hacer que obedeciera.

Fue en ese breve lapso de tiempo que la mirada necesitada de ayuda se clavó en los ojos velados por el alcohol del espadachín.

Hajime no se movió de su lugar y vio como la pareja se perdía al doblar la esquina, entonces sin saber que loco impulso otorgado seguramente por el sake lo hizo ponerse en marcha, llegó hasta ellos de unas cuantas zancadas.

El hombre cegado por la lujuria trataba de despojar a la joven de su ropa, ya había logrado aflojar el obi y exponer uno de los senos de la mujer; ella trataba inútilmente de cubrirse luchando con todas sus fuerzas para evitar ser violada.

Entonces antes de que el hombre pudiera tocarla de nuevo salió disparado contra unos barriles, la mujer abrió asustada los ojos sin comprender qué había pasado, pero frente a ella dándole la espalda se encontraba un hombre mucho más alto que se atacante, vio cómo el sujeto se ponía de pie insultando a aquel que lo había interrumpido el otro hombre no dijo nada o se movió de su lugar.

Y cuando su ultrajador sacó un cuchillo de entre sus ropas, casi se desmaya al comprender que aún no estaba a salvo, que seguramente aquel hombre moriría en ese lugar por tratar de ayudarla y ella después de ser abusada terminaría muerta.

Pero todos sus pronósticos fueron errados, en cuanto el hombre se abalanzó sobre su protector desenfundo una larga espada japonesa que ni ella y desde luego él miraron en primera instancia y con la misma velocidad que la sacó de su funda con esa misma prontitud la volvió a envainar. Le bastó un tajo certero a la garganta para aniquilar a su atacante que ni siquiera consiguió llegar a la mitad de su camino.

Hajime se dio la vuelta y ella casi se va de espaldas al encontrarse con aquella espeluznante mirada.

-"Será mejor que te vayas antes de que alguien te encuentre"- Le dijo sin ningún tipo de emoción en su voz.

-"No tengo a dónde ir"-Respondió sobreponiéndose al temor.

Jaló más la tela de su kimono tratando de tapar su desnudez expuesta al ver cómo la miraba aquel hombre.

-"Vamos"- Fue todo lo que dijo al tiempo que le tendía su mano.

Ella dudó un instante pero convino que aquel hombre no podía ser tan malo, después de todo si quisiera podría tomarla en ese lugar y ella ya sentía que sus fuerzas la iban a abandonar en cualquier momento.

Así que aceptó su mano, sin esfuerzo la puso de pie y la guió sin soltarla hasta donde estaba su posada.

-Sherrice Adjani-

Cada año cuando tengo tiempo algunas ideas llegan a mi, unas mueres sin ser desarrolladas otras toman forman, algunas quedan a mitad del camino y otras como esta llegan a buen término.

He sido fan de Rurouni Kenshin desde hace años y por algún motivo la pareja de Saito y Tokio siempre ha sido de mis favoritas por encima del Kenshin-Kaoru. Tuvieron que pasar más de diez años para que tuviera una idea decente para esta pareja. Así que aquí está mi aporte.

Si llegaron hasta aquí les agradezco su tiempo y sus comentarios.