Disclaimer: Hetalia Axis Powers le pertenece a Hidekaz Himaruya.
Pairs: Inglaterra/Nyo!Francia, Nyo!Francia/Nyo!Canadá.


Dad, your girlfriend is a porn-star!


Había sido muy difícil ver la separación de sus padres. Madeline había tenido que ver a su progenitor, Arthur, tragarse los sollozos para luego dejarlos escapar por la madrugada, cuando pensaba que ni ella ni Alfred podían escucharlo, pero era evidente que sufría constantemente por el divorcio que enfrentaba. Llegó a creer que su padre volvería a refugiarse en el alcohol y el cigarrillo como él les había contado que había hecho durante su adolescencia, pero el inglés fue fuerte, y se sostuvo a sí mismo por respeto y amor a sus dos hijos. Había sido un proceso largo y complicado, pero Madeline vio la luz al final del túnel en una ocasión especial.

Era jueves por la mañana, así que Arthur estaba preparándose para ir al trabajo. Alfred se reía de su tardanza como de costumbre, y los dos hombres de la casa estaban esperando a que Madeline terminara de cocinar (ni su padre ni su hermano poseían muy buenas habilidades culinarias que digamos, y ella no quería morir por intoxicación, así que aprendió a cocinar rápidamente). La corbata de Arthur estaba mal colocada, así que su hija se ofreció a ayudarlo mientras los panqueques se enfriaran (pudo oír las quejas de Alfred cuanto intentó tomar uno y este evidentemente le quemó). Acercándose a su padre, no pudo evitar deslizar los ojos hacia una parte de su cuello, que no le hubiera llamado poderosamente la atención de no ser porque estaba marcada con un lápiz labial de intensa tonalidad roja. Las mejillas de Madeline se colorearon, provocando que Arthur se diera cuenta de su sonrojo, y también se ruborizara él, en cuanto supo a dónde estaba observando su hija. Alfred no se dio por enterado, pero su hermana sí. Ella estaba enterada de que su padre estaba, al menos, conociendo a alguien.

Aquella era una excelente noticia. Sabiendo que su progenitor era un hombre cerrado con sus sentimientos y solo los desvelaba por iniciativa propia (cualquier intento por dialogar acerca de ellos tendría el efecto contrario, eliminando las ganas del británico por comunicarle a sus hijos sobre su nueva amiga), Madeline no comentó nada, comprendió que requeriría tiempo. Sabía que Alfred, aunque con buenas intenciones, solo lo molestaría, por lo que se lo guardó para sí misma. Su padre estaba agradecido por eso y ella lo sabía también, se daba cuenta por sus ojos verdes, pese a ser esquivos, la observaban con tímida gratitud.

Porque de todas formas... Madeline tenía sus propios asuntos sobre qué ocuparse. Alrededor de los quince años, comenzó a experimentar atracción física por las niñas de su edad. La primera chica que recibió su afecto fue una de sus compañeras de clase, una germana de cabello albino y sonrisa fresca, aunque no correspondió sus sentimientos, pero sí la ayudó a descubrir el mundo de lo que denominaba la comunidad lgbt. No quiso comunicarle el descubrimiento a su progenitor, era un caballero británico que había sido criado a la antigua y tal vez no estaría muy contento de enterarse que a su princesa le atraían otras muchachas. Sabía que Alfred iba a apoyarla, era la clase de hermano que iniciaría una pelea en contra de quien sea para proteger a su hermanita menor, y la canadiense le agradecía aquello en forma de hamburguesas caseras y dulces sonrisas.

Se convirtió en el secreto oscuro de Madeline Kirkland. Y más oscuro aún se tornó cuando, a la edad de diecisiete años, comenzó a consumir material pornográfico de índole lésbico. ¿Qué diría Arthur Kirkland de ver a la luz de sus ojos, hecha una pervertida que dedicaba sus escasos ratos a solas en la casa, a ver vídeos de mujeres follándose entre sí? No podía provocarle tal decepción a su padre. Fue cuidadosa al mirar aquellos vídeos porno en completa soledad, apresurándose de limpiar su desastre tan rápido como culminara su momento de éxtasis, nerviosa de que pudiesen atraparla en un momento así. Desafortunadamente, como Madeline tenía la suerte de un pavo en Navidad, su secreto fue descubierto de una forma mucho peor.

Estaban cenando en el comedor familiar cuando Arthur se detuvo. Por supuesto, Alfred estaba más enfrascado en devorar los nuggets de pollo que su hermana le había cocinado especialmente para él, así que no le dio mucha importancia al repentino silencio de su padre, pero Madeline sí. Notó un deje nervioso en el patriarca, por lo que paró de comer y con voz bajita le preguntó:

—¿Está todo en orden, papá?

El inglés no respondió a la inquisición, y eso sí que había sido suficiente para despertar la curiosidad del estadounidense. Los dos americanos compartieron una mirada entre sí, había un par de sensaciones que caracterizaron esa mirada: confusión, un poco de temor, duda, hasta que finalmente el patriarca volvió a hablar.

—He conocido a alguien —Alfred dio un respingo sorprendido, y su expresión se tornó levemente herida cuando notó que su hermana menor no parecía sorprendida por las palabras del británico—. Es una mujer, una mujer francesa, su nombre es Marianne. Tengo la intención de traerla aquí, a casa, para que la conozcan —aquellos ojos esmeraldas, que siempre habían sido delatores de los sentimientos del inglés, transmitían el nerviosismo por cómo se tomarían sus hijos la noticia.

El estadounidense fue el primero en tomar la palabra tras unos segundos.

—¡Viejo, ya te habías tardado en encontrar una mujer! Siempre que tú seas feliz, a Maddie y a mí no nos importa de quién se trate —Alfred palmeó la espalda de su padre riéndose a las carcajadas como siempre lo hacía, aquel gesto tan habitual relajó los nervios de Arthur, permitiendo su usual combinación de ceño fruncido y sonrisa, la canadiense asentía para darle apoyo a las palabras de su hermano—. Incluso si se trata de otro hombre —agregó en tono cómplice, sonrojando a Madeline, aunque por fortuna, el inglés estaba demasiado ocupado respirando con alivio para notar que había una indirecta en lo dicho por su hijo. Había temido la reacción de ambos, había pensado que quizás no estaban listos para traer otra mujer a la casa. La madre de los hermanos, su antigua esposa, no había dejado buena imagen allí.

—No quiero que piensen que ella es el reemplazo de su madre —aclaró Arthur, serio, tan serio que sus cejas parecían fusionarse en una sola—. No están obligados a llamarla mamá. Solo llámenla Marianne —los dos americanos asintieron, y antes de que la plática se tornara incómoda (o aburrida, en la visión de Alfred), este decidió aprovechar el momento y burlarse un poco de su progenitor con la siguiente canción que se inventó en unos segundos:

—¡A papá le gustan las francesas! ¡A papá le gustan las ranas!


Era el día, o más bien, la noche de la cual habían aguardado pacientemente su llegada. Incluso Alfred se había preparado para la ocasión, abandonando las sudaderas con estampas de superhéroes, para colocarse ropas más formales. Madeline, por otro lado, ostentaba un vestido sencillo, cuyo patrón de flores violetas y rojas le hacía ver preciosa. Arthur besó la frente de su niña, le dio un rápido abrazo a su niño, los nervios estaban presentes en el británico y los dos hijos podían notarlo a simple vista. Durante el resto de la semana había estado casi histérico.

Y cuando el estadounidense ya estaba ingeniándoselas para sacar más de quicio a su padre, el timbre del hogar se dejó escuchar, ocasionando que Arthur se acomodara la corbata y, tras una última mirada de advertencia a Alfred (al cual Madeline ya estaba regañando e intentando acomodar algunas arrugas del traje), se dispuso a ir a abrir la puerta. Un sonido de tacones se oyó por toda la entrada, hasta que los pasos de ambos adultos se dirigieron a donde los adolescentes esperaban.

El británico había dado una descripción, un poco vaga, de la francesa, pero no hubiesen habido explicaciones detalladas suficientes que prepararan a ambos hermanos sobre lo que realmente suponía la belleza francesa. Era alta, quizás porque usaba esos tacones de femme fatale, con pose grácil y sonrisa encantadora; los ojos azules atraían nada más mirarlos y ni qué decir de esa figura con forma de reloj de arena. ¿Tendría la misma cantidad de años que el inglés? Porque de ser así, estaba deliciosamente cuidada, si Arthur alcanzaba ya los cuarenta.

En cuanto abrió la boca para hablar, los americanos no pudieron más que seguir quedando impresionados por la hermosura de la mujer.

—Es un placer finalmente conocer a los lindos hijitos de los que tanto habla Arthur —poseía una voz hermosa, como si se hubiese dedicado su vida entera al canto. Alfred estaba con las mejillas sonrosadas, Madeline se encontraba en una peor posición que él, no podía ni sostener la mirada de la europea—. Me llamo Marianne Bonnefoy, aunque estoy segura de que ya lo sabían —y como si no hubiera sido lo ridículamente atractiva, se rió, con una risa que desearon que nunca terminara.

—¡El placer es nuestro! —respondió Alfred atropelladamente y con los nerviosismos a flor de piel, haciendo reír por lo bajo a su padre, quien nunca lo había visto intentando comportarse frente a una mujer—. Soy Alfred, y ella es Madeline —dijo presentando a su hermana, la cual no había emitido vocablo alguno en todo el tiempo en el que Marianne había puesto un pie en la casa. Esta puso sus ojos en la canadiense, escrutándola.

Al instante un pensamiento invadió la mente de la adolescente. El rostro de Bonnefoy se le hacía curiosamente familiar. Pero no era una posibilidad el haberla visto con anterioridad, porque Arthur les había informado a sus hijos que Marianne se había mudado a la ciudad recientemente, lejos de su Marsella natal. Quizás se trataba de una confusión. Madeline se quitó la cavilación de la cabeza para presentarse correctamente ante la novia de su progenitor.

—Sí, yo soy Madeline, el gusto es todo mío, miss Marianne —la francesa le obsequió su sonrisa más bondadosa que pudo crear y a unos pocos metros, Arthur también portaba una sonrisa orgullosa del comportamiento adecuado de sus hijos. El británico le tendió el antebrazo de manera caballerosa a su novia, la cual aceptó con aún más galantería, y se dispusieron en dirección hacia el comedor, siendo seguidos por el dúo de hermanos. Se habían esmerado en la decoración del sitio, colocando el más agraciado mantel, las mejores copas (pues a la mujer le agradaba beber vino) e incluso la canadiense había cocinado un platillo de origen francés para gustar más a la dama europea. Para la entrada, un quiche lorraine le dio la bienvenida en la mesa. A riesgo de que el británico hiciera un desastre en la cocina debido a sus pocas habilidades culinarias, había permitido que su hija se encargara de la comida. Claro que Alfred no había perdido oportunidad para burlarse de su padre en el momento, recibiendo un coscorrón de este—. Espero que sea de su agrado el platillo, miss Marianne —habló la canadiense, en cuanto todos tomaron asiento en la mesa.

—¿Miss Marianne? Sabía que Arthur era un caballero —se giró hacia el inglés, quien tenía las mejillas sonrojadas por el comentario de la europea y más aún cuando esta se inclinó para darle un ruidoso beso en el cachete que culminó con la marca de su labial rojo impresa en forma de tal—, pero es una grata sorpresa que sus hijos también lo sean. No obstante, no es necesario llamarme Miss. Puedes decirme sólo Marianne —concluyó, dedicando ahora su atención al plato que tenía en frente—. ¡Un platillo francés! Realmente lo han pensado todo, ¿verdad? —cuestionó con una sonrisa ladeada.

—¡Por supuesto! Papá dijo que debíamos esforzarnos para ti —no pudo evitar contestar Alfred, riéndose de la expresión humillada que colocó su progenitor al verse descubiertas sus intenciones de impresionar a la francesa con semejantes preparativos. Ella le pellizcó amorosamente la mejilla izquierda, antes de tomar el tenedor y llevarse un bocado de quiche lorraine a la boca. Estaba tibio y crujiente, justo como su paladar recordaba el sabor del platillo de verduras.

—¡Ah!

Madeline sintió todos los vellos de su cuerpo estremecerse en un escalofrío cuando oyó el sonido de satisfacción exhalarse de los labios de la europea. Ese ruido había tocado la zona de su memoria, le había lucido increíblemente conocido. Examinó a fondo las facciones de la francesa, hasta que sus pómulos se ruborizaron y tuvo que ocupar su boca con el platillo francés para reprimir un grito.

Esa mujer era una actriz porno, y no cualquiera. Era una estrella porno. Había visto muchísimos vídeos que la tenían como protagonista, había actuado junto a hombres y mujeres por igual, sus escenas eran grabadas en estudios de renombre en la industria. Madeline pensó que el maquillaje y el vestido le daban otros aires, siendo difícil el identificarla, además, su nombre real no le sonaba familiar. Usaba un nombre artístico, como muchísimas otras actrices que no querían ver sus vidas corrientes envueltas en el mundo de la actuación porno. Profundizando en aquel pensamiento, estos surcaron hacia el británico. ¿Su padre sabría del empleo secreto de su pareja? ¿Marianne le habría contado de ello? ¿Tendría entonces buenas intenciones con su progenitor? Tantas preguntas, pero, ¿conseguiría respuestas? De decírselo a Arthur, él querría saber de dónde la reconocía, teniéndole que contar del secreto que involucraba su orientación sexual. Pero sí que sabía algo: su vida iba a dar una vuelta de ciento ochenta grados.