Anécdota cruel: No confíen en mi como escritora, porque ni siquiera yo lo hago. Sin embargo, agradezco a borbotones a todo aquel que decida leerme.


I. Azar y destino.


El paso firme de los años, lo ordinario que para él traían consigo y, sobre todo, los hábitos, dotaron de cierta uniformidad a los números en el calendario, siempre sobre la mesa de trabajo. Seto se acostumbró a verlos con el mismo interés con que veía las cifras en los estados financieros: con el único propósito de confirmar que todo se regía bajo su control. Pues las fechas de verdadera importancia para él no necesitaba marcarlas con un círculo rojo o incluso la cercanía del calendario para precisarlas. Eran solo dos. La primera, el cumpleaños de Mokuba; la segunda, el día en que Gozaburo Kaiba había fallecido, al recordarla como su victoria definitiva contra el juego más peligroso de azar: el destino. Es por esta causa, por creerse vencedor en los azares del destino, porque nadie le asignó ninguno sino, más bien, fue él quien decidió cual era el suyo aquel día, su concepto del azar terminó por desfigurarse.

Con la muerte de Gozaburo vio demostrado que dichas concepciones, las de "azar" y el "destino", no eran más que fútiles excusas en boca de aquellos que le buscaban significado a sus acciones para evitar enfrentarse a su propia existencia ya vacía. De manera que en el ahora joven empresario nunca existió disposición a creer en lo fortuito, en lo adventicio, en lo que sucedía sin una hilera de acontecimientos por detrás.

Solo había una comprobable relación de causa y efecto con la seguidilla de buenas o malas decisiones. Obcecado a esa filosofía había regentado su vida y, hasta el presente diecisiete de abril, nunca tuvo razón alguna para siquiera cuestionarse.

El diecisiete de abril dejó de ser un número frío en su calendario, aquel diecisiete de abril quería un culpable y, como predicaban aquellos a quienes con sarna definía cual buscadores de significado a una existencia ya vacía, los únicos que figuraban en la lista eran el "azar" o el "destino". Y aunque no tuviera potestad para echarles nada en cara porque jamás creyó en ellos desde un principio, porque ya les había vencido una vez y era inconcebible la derrota en su faz, Seto quiso reclamarles, tener en quien depositar una culpa que el retorno de un dolor insoportable le impedía reconocer como solo suya.

Por primera vez, vivió en la piel de ellos, de los que buscaban significado a una existencia que fue vacía desde cuando el doctor salió del cuarto de hospital con la sentencia final.

—Lo siento mucho, señor Kaiba, pero el joven Mokuba ha fallecido.