JAMES BOND ES UNA CREACIÓN DE IAN FLEMING
HETALIA PERTENECE A HIDEKAZ HIMARUYA
Tenían cuatro guardas en la puerta, anchos como armarios, cada uno con un Kalashnikov en las manos. Pero él tenía algo a su favor: el factor sorpresa...y una bomba de humo. La hizo rodar a sus pies y el pasillo se llenó de una densa niebla que se metía en los pulmones e impedía respirar.
Al oír las fuertes toses y luego el ruido de aquellos enormes tipos al golpear el suelo, un hombre con una cicatriz en la mejilla abrió la puerta y se encontró con que no podía ver nada.
— ¡Matadlo!—chilló al interior de la suite— ¡Nos han encontrado! ¡Mat...!
Sus chillidos fueron interrumpidos por un disparo silenciado que le atravesó la frente y un hombre vestido con un impecable esmoquin negro y una máscara anti gas se abrió paso con la pistola asesina aún en la mano. Para cuando los dos compañeros del hombre de la cicatriz quisieron disparar, el intruso los había eliminado.
Se hizo el silencio. Aquello no estaba bien, se dijo él. ¿Habrían sido rápidos para cumplir las órdenes? Sin perder tiempo, inspeccionó la enorme habitación, la clase de habitación que reservar por una noche habría costado el sueldo de un mes de no poca gente. Sobre la cama de dosel, tan grande que cabían por lo menos cuatro personas, había armas suficientes para proveer a un pequeño ejército. Más bien para cubrir las bajas que aquella operación estaba causando. Durante la inspección también encontró toda clase de disfraces, tarjetas identificativas, llaves maestras. Al objetivo se lo habían llevado llamando a la puerta de su despacho, haciéndose pasar por miembros del gabinete de prensa.
Pero ¿y él? ¿Dónde estaba él?
Se oyó un disparo en el cuarto de baño. Salió corriendo para allá, con el dedo en el gatillo, listo para despachar a cualquier persona que saliera a su encuentro.
Cuando llegó allí se encontró con que todo había terminado ya.
— ¿El señor Bond?
Una bala había hecho añicos el espejo que había sobre el lavabo. Su dueño había intentado disparar mientras era estrangulado con hilo dental, por la persona a la que el agente precisamente había ido a buscar.
Es decir, si se le podía considerar una persona.
Bond bajó el arma y miró a los ojos a su objetivo.
— Señor Inglaterra...Eso que acaba de hacer ha sido muy temerario.
Después de asegurarse de que su captor ya no se movía, Inglaterra dejó de hacer fuerza y lo dejó caer. Recogió del suelo la cajita de hilo dental que había usado y alzó las cejas maravillado. «Buena marca», se dijo, metiéndosela en el bolsillo del traje, antes de caminar al encuentro del agente.
— Podría haber resuelto esto yo solo, pero veo que el Gobierno se ha tomado esto a la tremenda. De todas formas, gracias: me ha dado una distracción perfecta. ¿He de asumir que el problema...?
— Todo está bajo control.
— ¿Muchas bajas?
— A usted no le ha importado estrangular a ese tipo.
Bond contempló el cadáver. Inglaterra tenía mucha fuerza...lo cual era normal, teniendo en cuenta que llevaba milenios luchando en toda clase de batallas y seguía teniendo el aspecto de un joven de veinte años.
— No es que me importe un bledo su vida, es que luego es mucho papeleo y mucha basura que sacar—replicó Inglaterra.
— El Servicio de Inteligencia siempre está ahí para cubrirle las espaldas, ya lo sabe.
— Sí, me alegra saber que invierto mi dinero en algo útil.
— ¿Le importa qué fume?—preguntó Bond, sacando su pitillera.
— Qué va. Es más, si tuviera a bien darme uno a mí, se lo agredecería. No hay niños mirando. Demonios, después de cuatro días en manos de estos bestias, siendo zarandeado y tratado como una moneda de cambio...Hace mucho tiempo que no mato a nadie con mis propias manos.
De modo que Bond sacó dos cigarrillos, entregó uno a Inglaterra, se llevó uno a los labios y los encendió.
— ¿Han sido los islamistas?—preguntó Inglaterra.
— No. Un grupo estadounidense antisistema—respondió Bond mientras salía con él de la habitación.
— Estadounidenses, tenían que ser...Mi hermanito el ingrato y yo vamos a tener que hablar muy seriamente. Tanto rollo con el FBI, lo guais que son, pero cuando de verdad hacen falta no hacen su trabajo. Se ve que están demasiado ocupados leyendo los correos electrónicos de la gente...
— No culpe a América. Él ha estado preocupado por usted. Como todo el mundo.
— No como todo el mundo, de eso estoy seguro...
Inglaterra dio una calada a su cigarrillo y expulsó el humo mirando con una sonrisita al hombre de la cicatriz tendido en el suelo al pasar por su lado.
— Es un auténtico placer conocerlo personalmente, señor Bond. Me han hablado tanto de usted que estaba deseando verlo en persona. No en estas circunstancias, claro. Pero aun así estoy encantado.
— El placer es mío, señor.
No todos los días un agente tenía que rescatar a su propia nación.
FIN
