Digimon no me pertenece.
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LA DEL APARTAMENTO CON OLOR EXTRAÑO
La mira de reojo al escucharla suspirar. Ella se masajea las sienes y por unos instantes parece derrotada. Sonríe cuando sus puños se cierran tan solo para volverse a abrir y seguir tecleando. Cierra uno de los cuadernos como si el siguiente paso natural fuera hacer una hoguera con él. Tan solo quedan dos. Sin que ella se dé cuenta, Ken pide otra bebida y también algo más de comida.
Aparta la vista de su tablet al escuchar otro suspiro pero esta vez de satisfacción. Cuando la mira todos los cuadernos están cerrados, incluso también ha bajado la tapa del laptop. No hay comida ni bebida y Miyako mira al cielo con una gran sonrisa.
Por fin sabe que si habla, la escuchará.
—Resultaría más fácil informatizarlo desde un inicio.
Lo enfoca lentamente, sin rastro de sonrisa. Ken entiende que ya es algo que Miyako dejó de discutir con sus padres hace mucho tiempo. Utilizan cuadernos para las cuentas de su negocio. Cuadernos que tras la estancia de Miyako en el extranjero llevaban sin ser pasados al siglo XXI demasiado tiempo.
Por fin acabó y no quiere saber más del tema. Se asoma a la tablet de Ken apoyando la mano en su hombro. Ken reconoce el aroma que trae como el del acondicionador de su cabello. No es que reconozca absolutamente todos los aromas ni mucho menos. A veces no sabe si es perfume, crema o champú pero de alguna manera siempre reconoce el del acondicionador. El del acondicionador que queda impregnado en su cinta. La cinta que cae cosquilleando su brazo desnudo. Es agosto y como casi siempre es caluroso y empalagoso.
—¿Qué es eso?, ¿apartamentos?
Ella lo mira de cerca, de muy cerca. Ken traga, concentrándose en la foto.
—Es una posibilidad.
—¿Vas a vivir solo? —lo pregunta regresando a su asiento. Ken tuerce la cabeza pero sin mirarla.
—Contigo.
Dirige una mirada soslayada. Ella no ha reaccionado. Pestañea y hace muecas como rebuscando en su memoria cuando fue que acordaron eso. Él cierra los ojos y suspira.
—Perdona, me precipité —por fin Miyako lo mira. Tal vez no lo han hablado nunca, tal vez se lo está proponiendo ahora—. Decías que te resultaría difícil regresar a casa con tus padres tras estar viviendo tanto tiempo por tu cuenta, así que pensé...
—¡Está bien!
Lo dice sin pensarlo realmente. Sin valorarlo realmente. Sin ser consciente realmente de la relación que Ken y ella mantienen. De alguna forma ella le pidió que la esperara cuando estaba en el extranjero y sin duda él la esperó. Ahora estan aquí, en el mismo lugar y por tanto en el mismo punto. Deben estarlo.
—¿De verdad te parece bien?
Junta las manos emocionada, sonríe con nerviosismo. Finalmente se cubre el rostro y no puede contener un gritito de emoción. Ken ríe por su adorable reacción. Se aproxima de nuevo y esta vez Ken le hace hueco. Su cabello le cosquillea en la mejilla y trae su aroma.
—¿Es este?
Ken asiente.
—Está cerca de tu universidad así será más cómodo…
—¡Olvida eso! —Ken calla abruptamente, Miyako ya se ha apoderado del aparato—. Apenas me queda un año. Busquemos algo más práctico a largo plazo.
Tímidamente, Ken desliza la pantalla, apareciendo otra foto marcada.
—En ese caso, este está cerca de la oficina de Koushiro-san y…
—¿Por qué das por hecho que trabajaré para Koushiro-senpai? —su rostro está cerca otra vez. Las cejas fruncidas, sin sonrisa—. He hecho muchas cosas por mí misma todo este tiempo. Puede que no sirvieran de nada pero…
—¡Claro que sirvieron! —Ken la corta. Aparta la mirada—. Eres brillante. Una referencia y apoyo para miles de personas y creo que debes seguir siéndolo.
No es suficiente. Ella se aparta con una expresión compungida. La culpabilidad invade a Ken y lo peor es que no sabe que más decir para devolverle la vitalidad y por tanto la sonrisa. No tiene las armas para hacerlo.
—Mejor busca algo cerca de tu universidad, ¿de acuerdo?
Miyako no sabe sonreír por complacencia y por eso no sonríe. Levanta la tapa de su laptop mientras Ken siente como se aleja. Más lejos que cuando vivía a miles de kilómetros de distancia.
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«Demasiado pequeño, no cabe ni mi equipo informático.»
«¿Para qué tan grande?, ¿para pasarnos el día limpiando?»
«Demasiado alto, ¿y si se estropea el ascensor?»
«Es muy bajo, estoy acostumbrada a las alturas.»
«¿Esto es el baño?, ¿cómo se supone que me tengo que meter ahí?»
«Esta cocina es desastrosa, busquemos otro.»
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Se asoma a la terraza y sonríe.
—Me pregunto cuanto tardaría Wormmon en subirla.
Miyako está en la puerta con los brazos cruzados. No se asoma a la pequeña terraza. Mira a su alrededor sin convencimiento. Enfoca a Ken, que está tan inclinado que parece que vaya a caer. Se acerca.
—¿No le dejabas usar la puerta?
Ríe alzando la cabeza. Anochece. Es el sexto apartamento que ven. Un amigo de su padre que trabaja en el sector les dejó varias llaves para que los fueran viendo con tranquilidad. Miyako ha querido verlos todos el mismo día para rechazarlos con la misma rapidez.
—Le gusta mejorarse a sí mismo. Los niños del parque le solían animar y eso hacía que se esforzara más. Mi madre se lo recompensaba con dulces.
Manteniendo los brazos cruzados y de esa forma la distancia emocional, Miyako se asoma. Al igual que en el bloque de Ken hay un parque infantil cerca. Se escuchan las voces de los niños apurando los últimos rayos de sol. Hay digimon con ellos. Sonríe, preguntándose si algún día podrían animar también a Hawkmon.
Cuando se vuelve a Ken ya está agarrada a la barandilla, asomándose casi tanto como él hacía unos instantes. Se encuentra con su sonrisa, pero en un repentino movimiento que desarma a Ken regresa al interior.
—Este apartamento huele extraño. Dejémoslo por hoy.
No siente a Ken seguirla de inmediato. Permanece un poco más en la terraza, casi hasta que oscurece, entonces entra. Su semblante es sombrío y aunque no lo muestra abiertamente Miyako es capaz de captarlo.
—Sí, es mejor que lo dejemos del todo.
Sus palabras alertan a Miyako. No entiende hasta donde llega el significado de estas.
—¿Qué quieres decir?
El chico trata de regalarle una tranquilizadora sonrisa. A Miyako no le basta. Es triste.
—Dado que solo has buscado excusas para rechazar cada apartamento, entiendo que realmente no quieres hacer esto conmigo.
Queda sin palabras unos segundos. Ken siempre habla con una tranquilidad que envidia. Lo hace cuando es honesto, cuando no quiere decir las cosas con rodeos. Lo hizo cuando le comunicó que tenía intención de vivir con ella. Lo hace ahora para poner en claro sus sentimientos. Le enfurece. No son sus sentimientos y en el caso de que lo sean, él no tiene derecho a apropiarse de ellos tan fácilmente.
—¡Creo que tus cursos de sicología se te han subido a la cabeza Ken!
Él la mira con ternura, torciendo la cabeza. Eso irrita más a Miyako. Él esperaba su enfado, así que hará un esfuerzo para contenerse y no dárselo. Volviendo a cruzar los brazos, se apoya contra la pared. Mantiene la distancia, ahora también la física.
—Dime entonces una razón real por la que este apartamento no es adecuado.
Miyako no es capaz de mantener la templanza. Es temperamental, a veces incluso irracional. Al menos eso puede parecer a su alrededor, pero ella nunca se ve de esa forma. Lo que hace y lo que dice es por convencimiento, aunque sea para convencerse a sí misma.
—Te lo he dicho, el olor es raro.
—Nada que no desaparezca con una buena limpieza.
—No me gusta el color de la pared.
—Se puede pintar.
—Hay ruidos extraños, quizá esté encantada.
No responde más. Mantiene su mirada en ella con esa sonrisa que a Miyako le produce un profundo malestar. Reconoce entonces que, en efecto, son excusas y algunas hasta absurdas. Aprieta los puños y grita de impotencia. Porque ella es honesta. Debe serlo consigo misma también.
—¡Está bien!, ¿qué quieres que te diga?, ¿que estoy nerviosa?, ¿que me siento insegura?, ¿que siempre pensé que Hawkmon estaría conmigo cuando pasasen este tipo de cosas? —Ken pierde la sonrisa. Quiere acercarse pero no sabe cómo. Ella golpea la espalda contra la pared y se desliza por ella. Se ha rendido contra sí misma—, que tengo miedo.
Afectado por sus inesperadas declaraciones, Ken se reprende a sí mismo por no ser capaz de consolarla. Por no sentirse útil. Por sentirse perdido. La imita dejándose caer contra la pared.
—Yo también tengo miedo. Yo tampoco sé vivir sin Wormmon. Yo tampoco he estado en esta situación antes.
—¿Por qué? —escucha el susurro de Miyako. Con las piernas flexionadas hacia su pecho y la boca escondida entre sus rodillas apenas se le oye. Pero aún está ahí. Ken la siente y sobre todo siente el esfuerzo que ella hace para permanecer ahí. Para conectar con él.
—Supongo que no es fácil abrirse a las personas cuando hay partes de ti que no quieres explicar.
—¿Aún te duele?
—No sé si es dolor exactamente.
—Tienes derecho a olvidar y ser feliz. Lo sabes, ¿no?
Escucha esa media risa que no termina de identificar. Le duele no saber darle significado a cada gesto, palabra o sonido que pueda producir Ken. Aprieta la mandíbula y los brazos alrededor de sus piernas. Esconde todo su rostro.
—Lo sé y no pienses que no lo soy. No sería justo decir eso, pero tampoco creo que fuera justo que pudiera olvidar. No quiero hacerlo de hecho —hace una pausa. Se mantiene inerte. Escucha la respiración de Miyako un poco agitada—. Por eso creo que solo conecto realmente con las personas que lo vivieron conmigo, las personas que me conocieron entonces. No quiero explicar nada, no quiero obligar a nadie a entender nada, pero tampoco quiero vivir tras una máscara ocultando esa parte de mí.
—¿Eres tú mismo cuando estás conmigo o te escondes tras una fingida amabilidad?
En un primer momento siente como si deba defenderse de esas palabras de alguna forma; ¿enojándose o abrazándola?… no sabe hacerlo. No sabe reaccionar. Él es así realmente. No quiere forzar algo que no es. Espera y reflexiona, y entiende que ella ya conoce la respuesta. Él sabe que la conoce y empieza a entender que ella necesita escucharlo para que también tenga certeza de cuánto él la conoce.
—Sí, lo soy. Soy libre cuando estoy contigo. Soy feliz cuando estoy contigo. Tú siempre me has hecho sentir que puedo hacerlo, que a pesar de todo lo que viste de mí puedo vivir con normalidad.
—Es porque te amo.
La mira impresionado. Nunca lo escuchó antes. Ella se mantiene oculta pero sus palabras han podido llegar a sus oídos, a su corazón. Estira el brazo pero lo retira antes de tocarla. Todavía no se siente capaz. Todavía no la ha alcanzado.
—¿Por eso nunca tuviste novio?
Como si estuviera esperando la pregunta, Miyako no se mueve, pero tampoco se esconde.
—De niña era muy superficial y por eso me gustabas. Ni me dí cuenta de que eras digimon kaiser. Entonces fui tonta y me prometí no volver a ser tan tonta y valorar los sentimientos reales —ha levantado el rostro, pero no mira Ken. Lo hace al frente, como si sus recuerdos se hubieran materializado y pudiera verlos—. En la secundaria cada vez que conocía a un chico lindo de alguna manera lo comparaba contigo. Entonces no era capaz de entender por qué contigo. Es decir, a veces también los comparaba con Daisuke, Takeru, incluso con Koushiro-senpai y las cualidades y defectos eran más o menos parejas, pero contigo siempre salían perdiendo.
—¿Por qué?, yo no tengo nada especial, al contrario.
Furiosa por la interrupción, Miyako lo mira.
—¡Deja de menospreciarte de esa forma!, cuando lo haces desprecias también a las personas que te queremos, ¿no lo ves?
Ken se agazapa cohibido. Baja la cabeza y susurra unas disculpas. Miyako regresa la vista al frente y por tanto a las memorias de su corazón. Esboza una feliz sonrisa.
—Tu risa me hacía feliz y tu sonrisa me atontaba ¡y definitivamente no era porque fueras lindo que en verdad lo eres! —casi se levanta por la fuerza de sus emociones. Regresa a la calma y estira las piernas, dejando caer los brazos a los lados—. Entendí que estaba enamorada de ti, pero también que no estaba preparada para estar enamorada de ti. Tú empezabas a encajar en el mundo, a sonreír y reír y yo no quería causarte problemas —queda pensativa, pero no da tiempo a que Ken pueda decir nada—. Supongo que tampoco quería causarme problemas a mí misma. No era lo suficiente madura entonces, además tampoco era algo que me obsesionara. En realidad tenía otras prioridades y me enfoqué en ellas hasta que pudiera declarar un amor que no fuera una carga para ninguno de los dos. Algo que de verdad pudiera funcionar, pero cuando creí que ya era esa mujer capaz de enfrentarse a la vida real lo perdí. Por mucho que me esforcé, en lo más profundo de mí siento que perdí todo lo que había ganado en estos años.
La alegría que desprendía inicialmente su alegato desaparece en el silencio. De verdad se esforzó, de verdad lo intentó. Su estancia en el extranjero se amplió a varios meses más, a varios países más. Trabajando con digidestinados, consolándolos en varias ocasiones, fortaleciendo todo lo posible su vínculo hasta aquel día en el que en su mano tan solo halló una piedra.
—Fracasé, así que perdona si también pienso que fracasaré contigo.
Ken siente la respuesta en su corazón de manera inmediata. Nunca ha sentido algo tan claramente. Sabe lo que tiene que hacer, lo que quiere hacer. Toma su mano con fuerza y determinación. No dice nada en el momento pero Miyako, cuando lo mira, siente que tampoco lo necesita. Él está ahí. Están juntos y por fin tiene la certeza de que no solo físicamente. Lo abraza y gime en su cuello susurrando su nombre.
—Nunca puedes perder algo si de verdad forma parte de ti. Eres la chica de la que estoy enamorado, así que hagámoslo juntos a partir de ahora —separa el rostro de su cuerpo. Las lágrimas caen de sus gafas y le causa ternura, Miyako sonríe mientras se las quita—. Déjame.
Él las toma de sus manos, limpiándolas cuidadosamente. Cuando se las va a volver a colocar ella niega.
—A esta distancia te veo perfectamente. Te veo mejor que nunca.
Mientras ella le cosquillea tras las orejas tiernamente, él deposita las gafas a un lado. Nunca estuvieron tan cerca. Sonríe con dulzura, ella con impaciencia. Se besan.
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Lo engancha del brazo para hacerlo descender rápidamente de vuelta a su lado. Lo suelta en cuanto Ken le ofrece el humeante bol de fideos udon. Come y gime de placer.
—No los había probado desde que regresé.
—Lo sé, por eso los pedí.
Es noche cerrada, hace rato que los niños dejaron de oírse en el parque. No han encendido ninguna luz pero la iluminación de la calle la encuentran más que suficiente. Comen en silencio. Los dedos del pie de Miyako juguetean con el pie de Ken. Sus uñas están pintadas de color escarlata y aunque alguna ya empezó a descascarillarse no es consciente de ello. Cuando Ken retrae la pierna ella lo mira. Está serio y le preocupa.
—Creo que deberíamos alquilar este apartamento. Después de lo que hemos hecho, creo que es lo correcto.
Se sobresalta al escuchar el extraño ruido que proviene de Miyako. Se ha atragantado con la comida en un ataque de risa. Enrojece, mientras le tiende bebida. Ella tarda varios minutos en calmarse. Lo intenta pero no puede, más al ver el rostro cada vez más sonrojado de Ken. Se muerde el labio con travesura.
—O podemos seguir probando más apartamentos.
El chico baja la cabeza, incapaz de soportar su vergüenza y Miyako se compadece de él, enganchándose de nuevo a su brazo y reposando la cabeza en su hombro.
—Tienes razón, debemos quedarnos este apartamento. Nos traerá dulces recuerdos.
Ken tuerce la cabeza hacia ella, acariciando con sus labios su pelo. Su aroma que ya no es del acondicionador, es de Miyako.
—Sí, al fin abrimos nuestros corazones.
Miyako se aparta para mirarlo.
—Me refería a lo que ha pasado con nuestros cuerpos.
De nuevo el rubor cubre por completo el rostro de Ken y ella se muere por achucharlo y lo que más felicidad le causa es que ya no tiene que contenerse. Abarca su cabeza contra ella.
—Eres tan lindo.
Él no responde. Se deja hacer hasta que siente disminuir la presión, entonces alza el rostro a la altura del suyo. Ella va a besarlo y él tiene intención de corresponderlo, pero algo capta su mirada.
—Miyako, hay algo ahí.
Ella hace un gesto de incredulidad.
—Sí, un fantasma.
Le preocupa que Ken lo sigue con la mirada y se separa de ella.
—Se mueve.
Nota un escalofrío recorrer su cuerpo.
—¿Un pervertido?, ¿nos ha grabado?, ¿saldré en internet?, ¡mi vida se ha arruinado!
Y mientras grita visualizando su funesto futuro, el calor del cuerpo de Ken ha desaparecido de su lado. Al volver en sí lo encuentra agachado hacia una sombra a la que le tiende comida. La sombra parece reacia a acercarse demasiado. Unos ojos amarillentos resaltan en la oscuridad junto con la blanca sonrisa de Ken.
—Parece que ya hay un inquilino.
Ella se inclina sin llegar a levantarse. Descubre que la forma es un gatito negro que ya empieza a alimentarse. Sonríe de inmediato, haciendo un esfuerzo por no ser ruidosa y no espantarlo.
—Creo que en este edificio están prohibidas las mascotas.
—Entonces no se lo diremos a nadie —susurra Ken, buscando su complicidad.
Miyako se acerca un poco más. Tras acabar con el trocito que le había dejado, ha levantado el hocico hacia los dedos de Ken. Se le nota desconfiado, pero aun así toma la comida directamente de su mano.
—De verdad parece hambriento —dice con un deje de preocupación.
Ken se levanta súbitamente. Su sonrisa ha desaparecido. Una oleada de responsabilidad por la vida de ese animalito ha invadido su cuerpo.
—Iré a comprar leche y comida —se da unos golpecitos con el dedo en la barbilla, pensativo—, necesitará un cajón de arena también y un rascador y una cama y…
—Ken —el chico calla, por lo visto Miyako lleva rato tratando de captar su atención. Mira hacia donde señala. No hay nada—, se fue.
—Supongo que me precipité —resopla Ken abatido.
Se asoma a la terraza, no hay ni rastro del minino. Le sobresalta sentir una mano sobre su espalda. Es cálida y trae consigo confort.
—Seguro que si creamos un buen hogar regresará.
A Ken le agradan sus palabras y los brazos que le envuelven achuchándolo con fuerza. Siempre pensó cómo se sentirían los abrazos de Miyako. De fuera podían parecer bruscos, pero en realidad cargaban una gran ternura. Un profundo amor. Ahora sabe cuanto los había deseado. Ahora siente que por fin alcanzó el lugar a su lado.
Se voltea sin escapar de sus brazos y se encuentra con su rostro portando esa gran sonrisa.
—Hagamos un buen hogar también para nosotros. Si logramos hacer un hogar del que nos sintamos orgullosos ellos sin duda regresarán —dice mientras acaricia su cabello desordenado. No sabe donde quedó la cinta. A ella tampoco le preocupa.
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N/A: Ya no escribo pero una vez al año quédate en casa.
