Se titula: entre la Neblina.
Lo está escribiendo: Soly Ruh.
Descargo de responsabilidad: el universo pertenece a Suzanne Collins. no recibo ninguna compensación económica.
Advierto que: los que ya me conocen, lo saben. violencia excesivamente gráfica en sucesivos capítulos, temas sensibles, protagonistas fuera del cliché/estándar, etc. Si le gusta, quédese. Sino, besitos :3
Nota: Holita. Aquí vengo con otros juegos, otros personajes, otra historia. estoy muy ansiosa, llevo mucho sin publicar nada. espero que esta idea me complazca y pueda complacer a alguien también uwu.
Nos leemos.
Entre la Neblina.
01: Esto sí que es un hombre.
–¡No me lo diste…!
–Por lo que más quieras, Map. Cállate. ¿Es que quieres despertar a toda la casa?
–Pero…
Alguien chistó. La otra voz enmudeció al instante, reanudándose un silencio forzado, de esos silencios en donde la respiración se contenía y los movimientos eran justos y medidos, ocasionando muchas veces que el ruido sea aún mayor. Hubo más movimientos de ratoncillos en la casa, algo superior en prestigio a muchas del resto de habitantes del distrito 11, al menos aquella era de adobe.
Henry abrió un ojo cuando alguien, probablemente su madre, cerró la puerta de la letrina. Esa puerta gemía como una capitolina a la que el viento hubiera quitado la sombrilla, pensó él, mientras abría el otro ojo. Qué se le iba a hacer, ya estaba despierto. Miró en derredor, compartía la habitación con su hermano Harry, dos años menor que él. este seguía dormido, como un tronco. Pero los troncos no roncaban, claro. Ni se movían tanto por la noche. Se quedó un rato mirando el bulto que era Harry, por hacer algo. Solo se le veía el rizado cabello negro sobresaliendo desde las mantas entre las que se envolvía hasta las cejas.
Era el día de cosecha, y solo el diablo habría hecho que Henry despertara tan temprano en días tales… y su madre, claro. Salvo algunos domingos, eran sus únicas jornadas libres, y aprovechaba de dormir todo cuanto las circunstancias se lo permitieran, porque el trabajo era duro pese a su situación. pero ya estaba despierto, y su estómago vacío le reclamaba atención. Se desperezó con un gran bostezo, sin preocuparse por ser silencioso, y se rascó la cabeza, adornada por unos largos cabellos negros, algo sucios, que caían desparramados sobre las ropas arrugadas que fungían de almohada. A Henry le gustaba dormir desnudo. En bolas, como decía él. incluso cuando hacía un frío que pelaba, la ropa le era asfixiante.
Se vistió con movimientos mecánicos. Su ropa, una camiseta sencilla y pantalones azules, se ajustaban quizá demasiado a un cuerpo de épicas proporciones que parecía, según vaticinio de papá Herc, su padre biológico y mejor amigo, jamás dejaría de crecer. Una chinche había picado su bíceps derecho, se rascó distraídamente. Aquello no le era ajeno.
«Que te haya aprovechado, maldita p…», insultó en su cabeza. Eso tampoco le era ajeno. Las picaduras eran molestas con el calor. Bueno, lo eran siempre, pero con el calor más que nunca. Y aquel día de cosecha tenía toda la pinta de ser caluroso, como si necesitase más para querer pasarlo lo más rápido posible.
Rascándose las greñas despeinadas, Henry salió del cuarto que compartía con su hermano. Se encontró a Maple, la menor, barriendo la sala con aire nervioso. Esta era una muchacha de once años, tan distinta a nuestro héroe que jamás alguien podría haber supuesto que eran hermanos. ella pegó un grito al verle de repente, llevándose una mano al pecho.
–Desayuno –pronunció, medio dormido todavía.
Era su forma de darle los buenos días. Maple y él no hablaban mucho, pero las palabras para darle órdenes no faltaban. Ella soltó la escoba rápidamente.
–El té… está en la cocina. Mamá consiguió unos huevos ayer. Están pasados por agua ya –dijo, rápidamente.
Henry sabía que no todos podían conseguir huevos en el distrito, pues la mercancía era económicamente distribuida en una circulación de trenes que iban y venían a lo largo de Panem. Los ciudadanos del distrito 11 no tenían más que lo necesario, y muchas veces menos.
«A fruta y más fruta, carajo. Ni que fuésemos conejos», pensó, asintiendo a su hermana. Pero ellos podían conseguir huevos, ellos sí. La familia de Henry tenía dinero. Y con tener dinero, por supuesto, se refería a que tenían una casa de adobe con cuatro habitaciones, una buena letrina y que a veces podían conseguir no solo huevos, sino también pescado y a veces miel. Cosas como la mermelada la podían hacer en casa, de hecho Harry era experto en hacer mermelada tan deliciosa que a veces la vendían. Con fruta natural, claro. De esa fruta que plantaban y después segaban, sin parar, dependiendo de la temporada, tanta y tanta fruta que aparecía hasta en sus pesadillas.
Se sirvió un huevo y varias rebanadas del pan de medialuna de su distrito. Sabía a semillas y era bastante contundente, aunque algo correoso, pero se pasaba con té o agua, si té no hubiera. Tarareaba mientras comía, pensando en la cosecha. Era su último año elegible y el antepenúltimo de Harry. En su rostro podía verse una expresión simiesca, con las gruesas cejas arrugadas y la mandíbula barbuda proyectada hacia delante, en una expresión bruta y amenazadora. En verdad así era como manifestaba su profundísima preocupación y la agitación que experimentaba en su ánimo, y que pocas personas podrían interpretar como algo que no fuera un ataque silencioso de cólera.
«Supongamos que Harry sale cosechado. El bueno de Harry, que fue tan tarado como para dejar que un tractor le pasara por encima. ¿qué hacer? Nada, pues, va a ser material de baño de sangre seguro. Así de cojo como es no va a poder correr. Bueno. Y si salgo yo, bueno. Tengo más posibilidades, pero ir sería una patada bien dada en los huevos. si tenemos que morir, es mejor hacerlo en el distrito. Aquí al menos los capitolinos no se andan riendo en la cara de uno»
Esos sombríos pensamientos le cruzaban por la cabeza mientras se tomaba el té, casi frío, y comía su desayuno solitario.
Poco después, se personaron Harry y Papá Mark, su padre no biológico, en la habitación, juntos para desayunar, seguidos por su madre que iba derechita a servirles la comida. Papá Mark le palmeó el hombro y Harry le sonrió. Henry devolvió ambos gestos, sin dejar de comer. Conversaron de trivialidades, el gesto hosco del joven se disipó por completo, sonriendo abiertamente y hasta riéndose con sus parientes, ante los cuales se sentía cómodo.
–¿Hoy irás a ver a Patt? –Preguntó papá Mark, de repente, mientras los hombres de la casa comían (las mujeres desayunaron más temprano, al levantarse).
El joven intentó tragar, pero el pan se le fue por donde no debió, lo cual le generó un ataque de tos. Patt. Lo cierto es que se había olvidado por completo de la existencia del niño. ¿cuánto hacía que no lo visitaba? Un mes… o dos… cosa rara, no lo recordaba.
–Sí… hoy iré –Aprovechando que tenía libre, además, ¿qué reproche le haría hoy Deyanira? Era imposible, durante la cosecha todos estaban más sensibles–. Le daré tus recuerdos.
–Podrías llevarles algunos huevos –su madre opinó desde el comedor.
–Y algo de harina. La conseguimos hace poco, pero seguramente Deyanira podrá preparar algo decente al niño –añadió papá Mark.
Henry asintió, algo colorado. Se avergonzaba de haber olvidado a su hijo, siempre se prometía que sería más constante, pero llegaba del trabajo tan rendido que apenas le quedaba tiempo para sus diversiones, y eso si tenía alguna otra que no fuese echarse a dormir. Se rascó la barba.
–Lo haré –prometió. Esperaba no distraerse esta vez, seguramente lo conseguiría, y despidiéndose definitivamente de su idea de pasar la jornada en casa, descansando sus doloridos músculos de tanto cargar fruta.
Harry le sonrió, intentando darle ánimo. Henry sabía que esa sonrisa también tenía algo de envidia, él era bastante exitoso entre ambos sexos mientras que su hermano, sea por su lesión, sea por su carácter más bien tímido, se hallaba siempre a su sombra, por mucho que el mayor intentase integrarlo al círculo que frecuentaba, y donde Henry era admirado y respetado por varias razones. No obstante agradeció el gesto de Harry con sinceridad, rogando que Deyanira no le tirase agua de letrina por la cabeza cuando llegase a fungir de esporádico padre.
Ya hasta se la podía imaginar… el diablo entendiera a las mujeres… y a algunos hombres. El diablo entendiera a los humanos.
Se levantó al terminar, lavando el jarrón que había usado para el té. Le volvió a dar comezón la picadura de la chinche y se la rascó con una maldición murmurada en voz baja.
–Esa boca –le regañó su madre–. Ya te dije. Sin groserías en mi casa.
–Entendido –Henry le sonrió e hizo un saludo. Ella se rió–. Me afeito y me voy. No me esperen para ir a la plaza.
Probablemente almorzara por ahí, era poco probable que aceptara comer en casa de Deyanira. Oh, ella le invitaría, por descontado, pero Henry no podría ir y zamparse la comida de los Moreau, sabiendo como sabía que incluso les costaba alimentarse a ellos mismos. No, antes se comía uno de sus dedos, que aceptar un plato de los parientes de su hijo.
Maple le miraba con sus ojillos oscuros entusiasmados, cuando se cruzó con ella.
–¿P…puedo ir? –le preguntó, tímida–. Quiero ver a Patt…
Había sido la más contenta al enterarse de que tenía un sobrinito, pero no lo veía nunca, más que nada por descuido paterno y también porque era muy pequeña para ir a cualquier lado sola. En el distrito los agentes de la paz eran mano dura, pero nadie se hacía responsable si una niñita andaba sola tentando su suerte.
–Bueno –él le sonrió. Sus dientes eran muy blancos, muy rectos. En su cara, mucho más clara que la del resto de su familia, no era tan contrastante como en la de ellos.
Subió a afeitarse, mientras oía a su madre diciéndole a Map que se pusiera el vestido bonito si pensaba salir. Henry se encerró en la letrina para quitarse la pelambrera negra que le cubría la mitad de la cara, y pensando si debía ponerse un traje bonito también. Que le quedaran bien había pocos…
