Inspirada en la novela "El amante de Lady Chatterly" que me leí hace poco, traigo para ustedes este nuevo fic. Sé que tengo otro pendiente, pero la verdad es que no podía aguantarme las ganas de escribir y publicar esta historia. Hay inspiración de varios lugares, como del libro que les mencioné, y también de "Los puentes de Madison", una película hermosa que, si no la han visto, tienen que verla ya. Por cierto, también me vi "un lugar para soñar" es una serie que está en Netflix, la verdad me pareció sencilla pero bien armada, y fue justamente esa serie la que me inspiró a escribir y traerles este fic. Planeo que sea algo sencillo, de pocos capítulos. Estaba pensando en escribir toda la historia y después publicarla poco a poco, pero los tiempos han sido difíciles para todos alrededor del mundo y creo que un escape a este mundo del Stony viene bien en estos tiempos.

Así que espero disfruten este primer capítulo. Prepárense un café, acomódense y olvídense de todo por un momento.


Capítulo 1. La peor noche.


Cuando Tony puso las intermitentes rojas en su camioneta del año, redujo la velocidad y giró con cuidado a la izquierda adentrándose en terreno irregular, tuvo un presentimiento. No pudo adivinar si era bueno o malo, solo sabía que estaba ahí. Y que no le dejaría por mucho tiempo.

Conocía de sobra este camino, de hecho había manejado casi inconscientemente todo el trayecto. De pies a cabeza se sabía las vueltas, los señalamientos en la carretera, las desviaciones, y el paisaje, por supuesto. Recordar cosas es, casi siempre, algo que el cerebro hace de forma mecánica. Los recuerdos, por más que nos empeñemos en dejarlos atrás, viven en nosotros y se manifiestan cuando menos lo esperamos. Quizá sea una melodía, una palabra, un algo que nos hace rememorar. Tony lo sabía. Un día escuchó una frase que decía algo como "recordar no depende de nosotros", ¡cuánta razón! Justo ahora, inevitablemente, venían a su memoria aquellos momentos de su infancia, cuando, emocionado y agitado a partes iguales, veía con ojos ansiosos el paisaje y se aprendía de memoria cada objeto que sus ojos podían ver mientras venían por estos mismos lugares.

Howard y María amaban pasar el verano y el invierno en la cabaña de los abuelos. Era un lugar tranquilo, demasiado conectado con la naturaleza, y se respiraba paz y armonía. ¿Qué más se podía pedir? Sin embargo, cuando los abuelos murieron, la cabaña pasó a ser de María, quien era hija única de ellos. Y ahora era suya, hijo único de Howard y María. Ambos habían muerto hacía cinco años en un accidente automovilístico en esta carretera.

Tony condujo con precaución sobre el terreno polvoriento, pues las llantas chocaban constantemente con piedras y no quería sufrir algún percance antes de llegar a su destino. Subió un poco el volumen de la música que traía —AC/DC era su acompañante esa tarde—, y miró por el retrovisor. La carretera principal había quedado atrás hacía algunos diez minutos, así que no tardaría mucho en llegar a la pequeña ciudad.

La verdad es que él había pospuesto el viaje todo lo posible durante esos cinco años, pero Pepper—siempre Pepper—le orilló—amenazó, mejor dicho—a venir lo más pronto posible este año. Le había dicho que sus padres así lo habrían querido, y, con sus convincentes palabras, lo animó a hacer sus maletas y salir en la noche después del trabajo sin pensárselo dos veces. Quizá debió replantearse todo, pensarlo un poco más y después tomar una decisión. Pero aquí estaba y no podía echarse para atrás. Había conducido más de diecinueve horas casi sin pararse, excepto por comida y para ir al baño. Y bueno, había llegado.

Lakeview era una pequeña ciudad ubicada en Arkansas. Aunque no era su destino final, era uno de los poblados que más cerca se encontraba de las montañas de Ozark. Era un lugar tranquilo, con una población de no más 800 habitantes, con un estilo de vida relajado pero no por eso aburrido. Había montones de cosas por hacer en la ciudad y en sus alrededores, y Tony estaba balanceando la opción de pasar algunas noches en Lakeview y después ir a su destino final, pero se sentía demasiado cansado y abrumado como para buscar un hotel en la ciudad e instalarse. Prefería manejar un poco más hasta la casa de los abuelos—su casa, no se acostumbraba aún a la idea— y poder descansar sin interrupciones por horas.

Tony miró su reloj y comprobó que eran casi las cuatro de la tarde, así que se orilló, estacionó su camioneta, y se bajó a buscar un lugar para almorzar algo. Había pensado en buscar el restaurante donde solía comer con su familia cuando era pequeño. Recordaba a Shield como un lugar acogedor, la comida estaba deliciosa, y tenía un viejo conocido que quería ver de nuevo, pero no hoy. Solo… no hoy. Se metió al primer restaurante que encontró y, sin pensárselo mucho, pidió un sándwich y una soda.

Si se daba prisa, estaría en la casa de las montañas antes de que cayera la noche y podría, sin problemas, instalarse cómodamente y dormir. Como el camino para llegar a la cabaña era terracería en su máximo esplendor, se volvía un poco complicado andar por ahí con la oscuridad rodeando todo, así que lo mejor era prevenir. Odiaba no ver bien cuando manejaba, le producía estrés y ansiedad, así que mejor no.

Se dio prisa con su sándwich—medio austero, por cierto—y después fue al supermercado a hacer algunas compras para sobrevivir un par de días. No planeaba salir de la casa hasta que lo necesitase, así que se surtió de todo tipo de alimentos y cosas que, creyó, usaría. Se alegró internamente de no encontrarse con ningún conocido, detestaría ponerse a charlar con alguien en esos momentos. Y si se cruzaba con alguien, estaba casi seguro que no lo reconocerían del todo. Había cambiado mucho, pero para bien, ahora era un hombre diferente a cuando era más joven. Treinta años de diferencia no pasaban en balde. Y las canas en su cabeza lo comprobaban.

Después de echar todas las provisiones en la cajuela, se puso en marcha por las calles más conocidas de Lakeview. Iba sin prisa, pero sin detenerse en ningún sitio más. Condujo a través de sus recuerdos, de los mejores, los más felices… y también los que más dolían en su corazón. Sus abuelos habían sido uno de los pilares más importantes en su vida, le habían educado la mayor parte de su niñez cuando Howard y María no podían cuidarlo, y le habían inculcado el amor fraternal. Lástima que después se alejó de ellos. Quizá por eso había aplazado el regreso, no tanto por la ausencia, sino por lo que no hizo cuando pudo. El remordimiento. Y porque no había puesto en práctica nada de lo que los abuelos le enseñaron en sus mejores años.

Cuando alcanzó la cuesta sobre la carretera de tierra y piedras, el sol comenzó a disminuir y, dependiendo de la altura a la que conducía, a veces el sol se escondía, como si jugase a propósito con él. No quería que anocheciera antes de llegar a la cabaña, le daba temor la sola idea de rodearse de oscuridad en el camino, debía admitirlo. Y por más que trataba de distraerse con su música, sentía la opresión que el atardecer ejercía sobre su cuerpo y su mente, bloqueándolo. Incluso se le paró la camioneta un par de veces en una subida y tuvo que maniobrar para encenderla de nuevo y continuar con el camino. Esa fue, quizá, una de las horas más largas de su vida.

Al entrar sobre la desviación que daba hacia la privada—por fin, gracias a Dios—un hombre uniformado como policía lo recibió con un gesto de la gorra a modo de saludo y le preguntó su nombre.

—Tony Stark. —respondió secamente bajando un poco el vidrio de su lado.

—Necesito su identificación, por favor. —le dijo el hombre con una mueca rara sobre el rostro. Era atractivo, y dos mechones de cabello negro le caían rebeldemente por la frente—. Ya sabe, protocolo. —y estiró la mano enguantada. Tony estuvo a punto de rodar los ojos, pero aun así accedió porque no tenía ganas de discutir ese día—algo muy raro en él, cabe decir—y sacó de su billetera su credencial oficial. El hombre miró la foto y le dirigió una breve mirada, después se acercó a la caseta y le dejó pasar, devolviéndole su identificación.

El portón de hierro se abrió y se cerró automáticamente a su paso.

Tony llegó en cinco minutos más a su vivienda. Estacionó frente a la cabaña, y se quedó mirando fijamente el paisaje que tenía ante sus ojos: árboles por doquier. El bosque con su olor peculiar, su serenidad, y su mezcla de colores, lucía imponente y francamente hermoso. No se dio cuenta que había sostenido con fuerza el volante todo el camino hasta que lo soltó y se miró las manos. Tenía las palmas rojas y sudorosas. Entonces se bajó de la camioneta y las piernas le temblaron levemente.

Admiró con cierto temor la grandeza de lo que ahora se le presentaba: un nuevo comienzo. No estaría mucho tiempo aquí—esperaba—pero sí el suficiente para despejar su mente y volver a la ciudad con el corazón tranquilo. No era fácil estar aquí después de tantos años, de tanta vida de por medio, y de tantos recuerdos que algunas veces lo perseguían. El remordimiento, claro está, se instalaba en su pecho y no le dejaba vivir tranquilo. ¿Por qué nunca regresó?, ¿por qué no hizo las cosas cuando pudo?... ¿por qué?

Bueno, se dijo a sí mismo, el momento de desempolvar el pasado había llegado. Así que bajó sus maletas de la camioneta, cerró todo con cuidado, y anduvo por el pequeño sendero hasta subir los peldaños que daban a la puerta principal. Los escalones crujieron a su paso, como si estuvieran cansados. Tony sacó las llaves de su bolsillo izquierdo y trató de abrir con mucho esfuerzo la puerta de entrada. Dios, parecía hasta oxidada. Abrió la puerta de un empujón y entró con todas sus cosas.

Adentro, el ambiente era polvoso y denso. Olía a tristeza. Tony tosió y los ojos se le llenaron de lágrimas debido al polvo que flotaba por todas partes. Cristo, parecía una tormenta de arena ahí adentro. Abrió las ventanas que daban hacia afuera en la sala, pero también le costaron mucho trabajo. El tiempo, al parecer, había hecho muy bien su trabajo. Las cosas se entumen si no las mueves, le había dicho María en alguna ocasión. Qué razón tenía aquella mujer.

Le costaría algunos días poder poner la casa en orden, y limpiar. Pero vamos, que tenía todo el tiempo del mundo. Pepper le había dejado llevar sus cosas para escribir por si salía del bloqueo que estaba sufriendo, aunque le dijo que no se esforzara demasiado. Tienes que descansar, Tony, la vida te va a pasar factura, le había dicho ella al despedirlo. Quizás estaba en lo cierto, en el fondo su alma se sentía cansada de su vida, se despertaba sin ganas de avanzar, ya no tenía la viveza que le había caracterizado toda su juventud. Ahora era un viejo amargado y casi divorciado.

Decidió llevar primero sus cosas a la recámara principal, así que subió por los peldaños de madera con sus maletas cuidadosamente. Se dio cuenta, con un poco de felicidad, que la recámara que él había ocupado durante toda su infancia permanecía intacta. Ya la revisaría después.

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Si hubiera adivinado cuánto tiempo le llevaría limpiar el cuarto y un poco de la cocina, se habría quedado en algún hotel del pueblo. La noche ya estaba más que presente y él apenas había terminado de limpiar unos cuantos muebles. Así que decidió dejarlo donde estaba y mejor se dispuso a cenar y escuchar algo de música. Por suerte Howard y María habían actualizado el lugar llevando una televisión enorme, un estéreo, cafetera—bendito Dios—y algunos otros electrodomésticos. Y había internet, que era lo más importante.

Mientras se cocinaba algo rápido y el café goteaba poco a poco en su taza, preparándose, se puso a pensar que la vida le había bendecido en muchas ocasiones, y él se había encargado de arruinar cada una, por supuesto. Como hace algunos ayeres, que le había dado a la mujer que quiso desde siempre y, sin embargo, ahora estaban a punto de divorciarse y con un hijo de por medio. ¿Cómo estaría su pequeño Peter?

Se sirvió la comida en su plato y fue a quitar la música del estéreo. Le haría una videollamada rápida a su hijo mientras cenaba. Hacía algunos días que no tenía muchas noticias sobre él. Estaba justamente buscando su contacto en el celular, cuando todo se apagó de repente. Tony se quedó a mitad de la sala, entre el silencio y la oscuridad, esperando que la luz volviera, pero no regresó. Maldijo por lo bajo y aquello le arruinó la noche sin querer. Se asomó por la ventana pero solo encontró más de la misma e inmensa oscuridad. A ciencia cierta, no podía adivinar si la luz se había ido en toda la privada o solamente en su casa, puesto que la distancia entre cada cabaña era muy grande y no se visualizaban los demás hogares desde su morada. Tal vez la luz había vencido y se la cortaron al no pagarla, aunque recordaba haberle dicho a Pepper, desde que murieron sus padres, que se hiciera cargo de tener al día el mantenimiento de esa cabaña. Quizá lo pasó de largo. Aunque si lo pensaba mejor, pudiera ser que solamente fuera algún cable desconectado.

Decidió salir a revisar. Se puso una chaqueta ligera—el verano estaba llegando a su fin, pero las noches aún eran calurosas—y sus tenis. Tomó su caja de herramientas del mueble de la cocina y salió. Con la lámpara del celular se alumbraba cada paso que daba, fijándose bien por donde pisaba para no tener algún accidente. No quería morir hoy, gracias. Además, al estar todo cubierto de hojas y tierra, era un poco difícil andar por el sendero que lo llevaría a la parte de atrás.

Sin embargo llegó, entero. Miró por un momento hacia el cielo y se sorprendió de la vista tan despejada del firmamento que podía observarse. Ni en sus mejores sueños podría ver este paisaje tan hermoso en la ciudad. Las estrellas lucían flamantes, hermosas, y una nebulosa morada con azul se derramaba por una esquina del firmamento observable. La luna, a lo lejos, desaparecía entre nubes y luego volvía a brillar. Era simplemente fantástico. Aspiró el aroma que el ambiente le regalaba: olor a pino y hierbas. Naturaleza. Paz. Cerró por un momento los ojos y olvidó todo.

Después sobrevino la soledad.

Puso con cuidado su caja de herramientas a sus pies y abrió con el desarmador la caja de los cables, que estaba pegada en una de las paredes externas de la cabaña. Alumbró con el celular y, a primera vista, todo pareció en orden, pero necesitaba echarle un buen vistazo y no podría hacerlo si agarraba con una mano el celular. Se agachó para buscar una pequeña linterna que le ayudara. Cuando la encontró, guardó su teléfono en el bolsillo y se puso la linterna entre los dientes para alumbrar mejor. Ahora sí, se puso a escarbar con cuidado entre el lío de cables que había por ahí. En eso estaba cuando, de repente y sin escuchar algún sonido que lo alertara, sintió en la nuca un firme contacto.

Era un arma.

Alguien le estaba apuntando en la puta cabeza y su primer pensamiento fue que moriría en ese preciso instante. Las piernas le fallaron y su vista se nubló un poco. Podía sentir su corazón bombeando como loco y su frente sudar. Un ataque de pánico estaba viniendo desde lo más profundo de su ser y él quería tratar de controlarlo. La punta de la pistola se recargó más sobre él, y la persona que estaba a sus espaldas, sin moverse ni un ápice, le murmuró:

—Te atrapé. —Tony casi pudo sentir su sonrisa sardónica taladrándole la nuca. Aquella voz grotescamente masculina le mandó un escalofrío por la espalda, y continuó:— Tira lo que traes en las manos y date la vuelta lentamente. De lo contrario, dispararé. —

Tony obedeció sin decir ni una sola palabra. Aventó el desarmador al piso sin ver dónde cayó, alzó las manos a la altura de su cabeza y se giró lentamente, con los ojos bien abiertos a pesar de la oscuridad. El arma quedó esta vez en su frente y pudo vislumbrar que no era cualquier arma, ¡era un puto rifle! Si decidían dispararle, le volarían la cabeza, estaba seguro. La oscuridad era casi total, por supuesto, pero en un atisbo de luz cuando la luna se asomó entre las nubes, pudo divisar la figura de un hombre grande—le llevaba aproximadamente quince centímetros, para su desgracia—y fornido. Diablos, no tendría ni siquiera una maldita oportunidad de luchar contra él, así que decidió negociar en su lugar:

—Puedo darte las llaves de mi camioneta, si quieres. Tengo también una caja fuerte en la planta alta, te daré la contraseña. ¿Quieres mi celular? Llévatelo también. — habló rápidamente, presa del pánico. Si tenía alguna oportunidad de convencer a su asaltante para dejarlo vivir, era esta y debía aprovecharla—. No voy a denunciar el robo, lo juro.

—…¿Qué? —el arma sobre su frente se movió ligeramente, como si el hombre estuviera confuso. Su agarre titubeó un poco pero finalmente volvió a recargar el arma fría en su frente. Tony no podía verle, pero podía sentirlo.

—Haré como si nada pasara. — le dijo, casi suplicando. Su cerebro trabajaba a mil por hora, pensando en qué podría hacer para salvar su condenada vida. ¿Cómo escabullirse? Era claro que el otro hombre dominaba el bosque, de lo contrario no le habría atrapado aquí, en medio de la oscuridad. Tony ni siquiera le había oído venir. Ningún crujido, ninguna respiración, nada. Así que si trataba de escapar, estaba seguro que el otro le pegaría un plomazo antes de alejarse si quiera un metro de donde estaba—. Es más, ni siquiera te he visto la cara. —insistió nuevamente al ver que el otro no se movía. Parecía pensar sobre algo. Después de algunos segundos de silencio—que para Tony fueron eternos—el hombre finalmente le dijo:

—Bastante convincente, pero no lo suficiente. — se rio entre sus palabras. Tony casi quiso darle un buen golpe, pero no era lo adecuado en su posición actual. Escuchó atentamente los movimientos del otro cuerpo y, cuando menos lo esperó, el hombre estaba detrás suyo, muy pegado a él—. Anda, camina. —le murmuró cerca de la oreja.

—No veo nada. —respondió secamente, tratando de tranquilizarse. Tenía que pensar en algo o moriría esta noche. A causa del hombre o a causa de su ataque de pánico, lo que viniera primero.

—Ahora dices eso, ¿pero qué tal hace rato? Venga, muévete. —le exigió, pegándole en las costillas con la culata del rifle. No fue un golpe duro, pero sí uno de advertencia. Tony se quejó y comenzó a caminar a ciegas, tanteando el camino. Sin embargo, cada tres o cuatro pasos resbalaba o tropezaba. El otro hombre gruñó, fastidiado de su torpeza. Lo tomó por el brazo con su mano libre—la otra sostenía el rifle contra sus costillas—y lo pegó a su cuerpo. Mientras avanzaban, comenzó a distinguir que se alejaban de su casa por la lateral del bosque. Tony preguntó, un poco presa de la curiosidad, en un pequeño pero audible murmullo: — ¿Vas a matarme? —

—Tal vez lo haga. —dijo el hombre más grande con su imponente voz. Al castaño le recorrió un temblor por el brazo—. Y quizá después aviente tu cuerpo al acantilado. —Tony soltó un gritito cuando el otro, con sigilo, le pasó la mano por la cintura rodeándole y puso el rifle sobre su estómago, afianzándolo contra él—. Pareces un cachorro asustado. —se burló, para disgusto de Stark. ¡Por supuesto que estaba asustado, maldito bastardo!

Contrólate, se dijo. No podía comenzar a soltar la sarta de cosas que tenía que decirle a ese cínico, porque su vida correría peligro… más peligro. Rezó en silencio para que alguien, por piedad, apareciera en aquella callada noche.

Pero nadie apareció.

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La puerta se abrió de un solo movimiento y Tony entró de un empujón, tropezándose vergonzosamente con sus propios pies. Casi se cae. Fulminó con la mirada al otro hombre—la silueta que podía medio ver— mientras este entraba detrás suyo, todavía apuntándole con el rifle. ¿Cómo era posible que ese chiflado entrara en esa casa sin forzar la puerta, como si fuera suya?... un momento. Tony analizó la situación en silencio: aún se encontraban dentro de la zona residencial, eso era obvio. La única manera de salir de ahí era por la entrada del sendero, y en ningún momento la habían cruzado. O saltando las bardas de cuatro metros de altura que rodeaba toda la privada, pero ese tampoco era el caso. Si el hombre fuese un asaltante—o un secuestrador—lo primero que habría hecho sería matarlo, robarle sus pertenencias y luego ir a su cabaña por cosas de valor… o llevárselo lejos. Mas no a una casa de ahí… a menos que…

—¿Quién eres? — le preguntó, entrecerrando los ojos. El hombre no contestó. Siguió apuntándole con su arma. Cerró la puerta con pestillo y luego, sin dejar de apuntarle, agarró una vela que sacó de un cajón próximo. La luz se hizo presente a través del fuego de la cerilla, y la vela se encendió. Tony intentó de nuevo— ¿Vives aquí? — sondeó, mirando a su alrededor las paredes vacías. Parecía una casa solitaria, por lo que podía ver.

—¿Qué te importa? —le espetó fríamente el extraño. El castaño frunció el ceño ante el tono de voz—. ¿Cuántos más vienen contigo?, ¿dónde están? —le cuestionó, dejando la vela sobre un mueble y prendiendo dos más. El rifle seguía en su mano derecha, como una advertencia implícita hacia él.

— "¿Qué te importa?" —le arremedó. Cuando el hombre se giró para verle con el ceño fruncido, Tony estaba sonriéndole con autosuficiencia. Sin embargo el gesto no le duró mucho, pues el extraño caminó hasta donde estaba él y le apuntó con el rifle debajo de la barbilla.

—Si me vuelves a contestar así, te mato aquí. — le gruñó por lo bajo, con su aliento chocándole contra la frente. Tony sintió su duro pecho pegado a su brazo izquierdo. Bastardo, seguramente tenía un abdomen de infarto. Decidió no tentar más a su suerte e ir por el buen camino. Ya había adivinado lo que pasaba.

— Escucha, no sé si buscas a alguien en específico, pero creo que me estas confundiendo con algún asaltante. —le dijo, tratando de hacerlo entrar en razón—. Soy Tony Stark, el dueño de la cabaña donde me encontraste. —

—¿Otra vez con eso? No voy a creerte. —le dijo el hombre casi con fastidio—. En todo caso, ¿qué hacías ahí afuera a mitad de la noche revisando la caja de la luz?

—Quería asegurarme de que el corte eléctrico en mi casa era solamente un mal funcionamiento de los cables, y no que me habían cortado la luz por no pagarla o algo como eso. —le explicó con calma. El hombre pareció pensárselo dos veces y después se alejó brevemente de su espacio personal—. No me hago cargo de la casa desde hace mucho tiempo, es mi asistente quien lleva las cuentas. Así que no podía saber qué había causado el apagón. Y no es como si pudiera ver las casas de los vecinos a simple vista, ¿sabes? —

—En todos los años que llevo cuidando este lugar, nunca te había visto por aquí. Dices que eres Tony Stark, déjame ver tu identificación entonces. —estiró la mano. El castaño buscó en los bolsillos de su pantalón y de su chaqueta ligera, pero no llevaba nada. Vaya suerte. El extraño pareció sonreír — ¿Qué sucede?

—No la traigo, diablos. —suspiró—. Me he dejado la billetera en casa. Pero si me das oportunidad, iré por ella y-

—¿En serio crees que te dejaré ir después de haberte visto cortando la luz para meterte a esa casa? —le preguntó con un deje de burla, cortándole las palabras. Tony se pasó la mano por la cara, ¡este hombre era el ser más necio que había conocido en toda su jodida vida!

—Dios mío, ya te dije quién soy. ¿Por qué no me buscas en Google para que me creas? —le dijo, totalmente molesto por muchas cosas. Aparte de todo tenía hambre. Muchísima hambre. Y él era muy irritable cuando estaba hambriento.

—Es una buena idea. —dijo al aire como si nada—. Qué lástima que no haya luz eléctrica y no tenga datos en mi teléfono. — tomó una silla cercana y se sentó, aun con el rifle entre las piernas. Con un ademán distinguible entre la poca luz de las velas, le indicó a Tony que tomara asiento. Este se hundió en el sillón exasperado y sin nada más que decir.

Y como si de un milagro se tratase—gracias Dios o quien sea—todo se iluminó. La luz volvió como vuelven las tardes de lluvia: inesperadamente. Tony tuvo que entrecerrar los ojos por el repentino cambio, pero casi de inmediato se adaptó. Lo primero que buscó fue al otro hombre. Cristo bendito. Era muy… guapo. Sí, tenía que admitirlo. Parecía un maldito modelo. Lo que le faltaba.

Alto, fornido, de grandes músculos que se apretaban en una camisa de cuadros, piernas largas y, a simple vista, muy trabajadas. Su cuello era grueso, para soportar ese increíble rostro cincelado. Lucía una barba tupida—algo larga para su gusto—pero le quedaba condenadamente bien. Sus ojos eran increíblemente azules y parecían brillar a la distancia en conjunto con sus cabellos rubios algo largos, los cuales estaban atados en una coleta baja; su perfilada nariz le daba un aire fresco pero al mismo tiempo serio y varonil. Tony se le quedó viendo quizá más tiempo de lo normal, pero no podía evitarlo. Él amaba la belleza, era un escritor y, por lo tanto, los detalles lo llamaban a gritos. Contó tres arrugas marcadas levemente en la frente. Tendría quizá algunos treinta años.

El hombre solo lo miró brevemente y, después de comprobar que Tony no se movería, se atrevió a sacar su teléfono. Después de veinte segundos volvió a mirarle fijamente. Sus orejas estaban rojas a pesar de que tenía el rostro serio. Tony sonrió con autosuficiencia.

—¿Y bien? —le preguntó irónicamente, tomando esta vez las riendas de la situación. El hombre carraspeó, un poco incómodo y acalorado. Se removió en su silla.

—Creo… creo que sí eres Tony Stark. —murmuró, sin embargo su ceño seguía fruncido, como que no acababa de creérsela—. Aun así, me gustaría ver tu identificación, no confío mucho en internet. —señaló. Generalmente él no era muy devoto de internet, y menos en este tipo de situaciones donde cualquier persona podría suplantar la identidad, y hasta hacerse cambios estéticos para parecerse a otros.

—¿Por qué no vamos a mi cabaña ahora que hay luz y que no corro peligro de escabullirme por ahí? Me pareció ver alumbrado en la tarde que llegué. Así que creo estaremos bien, ¿cierto? —le sonrió, tratando de ser cordial. Quería partirle esa hermosa cara a golpes, pero necesitaba ser sensato. El otro hombre tenía un rifle, y él no sabía ni siquiera disparar uno, o al menos pelear por su vida.

El hombre iba a decirle algo—seguramente que no—cuando la puerta principal se abrió con un golpe seco que alertó a ambos. El extraño alzó el rifle apuntando hacia la entrada, como un mero instinto. Otro hombre entró a trompicones pero se detuvo en seco.

—¡Cristo, Steve, vas a matarme!, ¡baja eso, joder! —le ordenó con miedo y el rostro pálido al ver la amenaza del rifle contra él. Cuando el extraño—Steve, como pudo escuchar Tony—bajó el arma, el otro hombre se relajó y se quitó una gorra oscura que traía puesta. Algunos mechones largos de cabello cayeron a los lados de su frente. Entonces pareció dirigir su mirada hacia él, notando su presencia. Le sonrió algo apenado—. Oh, señor Stark, buenas noches.

—¿Lo conoces? —preguntó Steve levantándose de su asiento casi de un salto. El otro le miró taciturno.

—Sí, en la tarde llegó a la privada. —contestó simplemente— ¿Por qué? —se interesó al ver que el rubio comenzaba a ponerse rojo del rostro. Iba a decir algo pero el castaño le interrumpió.

—Porque me ha confundido con un ladrón allá afuera y casi me mata a balazos con esa cosa. Me trajo aquí para llevarme a la policía, seguramente. O para hacerme agujeros en todo el cuerpo como a una lata —dijo Tony con el ceño fruncido y mirando a Steve fijamente. El hombre de la gorra comenzó a reírse.

—Lo siento mucho, señor Stark. Steve se toma muy en serio su trabajo, pero a veces exagera. Es un poco paranoico. —le dijo con una sonrisa socarrona, acercándose hasta el rubio y apretando el hombro con camaradería. El rubio parecía paralizado.

—Ya me di cuenta. —suspiró, poniéndose de pie. Se sentía fastidiado, con sueño, y ese tipo rubio acababa de arruinar su cena y el resto de su velada—. ¿Y bien?, ¿ya me puedo ir o tienen que tomarme análisis de sangre para verificar que sí sea yo? —rodó los ojos y se cruzó de brazos.

—No es necesario. —dijo el recién llegado—. Puede irse, señor. Por cierto, soy Bucky. Cualquier cosa que necesite estoy en la caseta de la entrada. —

—Gracias. Nos vemos entonces. —respondió secamente. Sin darles tiempo a nada más, tomó la perilla de la puerta principal y salió sin mirar atrás. La noche era fresca, así que metió ambas manos en los bolsillos de su chaqueta y comenzó a andar a paso ligero.

Casi llegando a la puerta de su cabaña, sintió una presencia cerca. Se giró con un poco de miedo al pensar que esta vez sí fuera algún asaltante tratando de emboscarlo, pero solamente era aquel sujeto rubio que venía con pasos rápidos hacia él. Cuando estuvo a tres pasos se detuvo. Las manos estaban guardadas en las bolsas delanteras de sus pantalones, y miraba a Tony fijamente. Lucía bastante apenado.

—Si tienes algo que decirme, hazlo ahora. —le dijo el castaño groseramente después de cinco segundos. Estaba todavía muy enojado por la bochornosa situación que aquel tipo le había hecho pasar, y el disgusto no se le pasaría tan fácil.

—Solo quería disculparme por lo de hace rato, señor Stark. —le dijo, balanceándose un poco sobre sus pies, como los niños pequeños cuando se arrepienten por alguna travesura—. Verá… la situación ha sido un poco difícil en estos días, y hemos escuchado de emboscadas en barrios no tan lejanos, así que estamos mucho más alerta que de costumbre. Su seguridad es responsabilidad nuestra y cualquier cosa sospechosa que veamos nos-

—¿Eso es todo lo que ibas a decirme? —le interrumpió alzando una mano al aire. El hombre rubio frunció el ceño, un poco molesto por la manera en que le había cortado las palabras, sin embargo no dijo nada más. Tony suspiró llevándose una mano a la sien y sobándose el área. Le iba a dar una tremenda jaqueca, estaba seguro—. No me importa lo que estén haciendo, ¿entiendes? Sus métodos no me interesan y sus problemas tampoco. Solo déjenme en paz y no vuelvas a confundirme con un ladrón o algo parecido. —le respondió muy gruñón—. Y, ahora, si me lo permites, tengo que ir a mi casa a calentar la cena que se enfrió por tu culpa. —lo miró de arriba abajo y echó a andar hacia su cabaña sin esperar respuesta y sin girarse ni una sola vez a ver si aquel sujeto seguía ahí.

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Lo despertó la intensa luz que entraba por la sala y le daba directo en la cara. Tony gruñó, se giró, y se puso la almohada dura encima del rostro para seguir durmiendo, pero ya no pudo conseguirlo. En primera, porque tenía hambre, y en segunda porque su cuerpo dolía. El sillón era tan incómodo o más de como lo recordaba. Maldita sea.

Se sentó de golpe y se llevó una mano al cuello, apretando la zona dolorida. Miró el reloj que marcaba más de medio día. Ayer se había estado con aquel extraño hasta casi las tres de la madrugada, luego había vuelto a su casa, cenado la porquería que se había preparado—no era buen cocinero—, y trató de dormir en alguno de los cuartos, pero los colchones estaban sucios, viejos, y los resortes se salían. Así que optó por dormir en el sofá, donde pasó frío, incomodidad, y luego el sol. Vaya noche.

Se restregó la cara y fue andando con paso lento hasta la cocina, donde prendió la cafetera sin pensárselo dos veces. Necesitaba una buena dosis de café para comenzar sus días, de lo contrario no se activaba. Miró su teléfono en busca de algún mensaje de su hijo, pero lo único que encontró fue uno de Pepper preguntándole si había llegado bien. Con todo lo que había sucedido en la noche ni tiempo tuvo de decirle que ya estaba ahí, así que le respondió un escueto "sí" y luego dejó el celular sobre el desayunador. No es como si Peter fuese a llamarle, de todos modos.

Abrió el cajón donde había guardado la pequeña despensa que trajo consigo de Lakeview, pero no se le antojaba comer algo enlatado a esa hora. Sin embargo no había otra opción, ¿cierto? De repente recordó que, cuando era pequeño, le gustaba salir todas las mañanas a recoger el periódico que un cartero pasaba a dejar a las ocho de la mañana en punto. Si las viejas costumbres seguían después de treinta años, quizá tuviese suerte. Tomó su bata roja de la silla, se la puso y salió de la cabaña. Frente a sus pies, sobre la madera del rellano, yacía un periódico amarrado suavemente con un cordón. Lo recogió sin más, y estuvo a punto de meterse de nuevo a la casa pero un olor peculiar le hizo olisquear el aire como un cachorro. Se fijó a su alrededor buscando el origen de ese exquisito aroma y encontró una canasta en el escalón más bajo de la entrada a la cabaña. Tomó la canasta en una mano y alzó el mantel que la cubría: había comida. Su estómago rugió con necesidad. Una pequeña nota se alzaba entre algunas cosas. La tomó y leyó:

"Aún me siento mal por el inconveniente. Espero que esto compense la cena fría de anoche.

S.R."

Tony sintió una sensación rara en el pecho, pero lo atribuyó a la molestia de anoche y no al gesto que un extraño había tenido para con él a pesar de que se portó grosero cuando ese rubio se disculpó. Miró alrededor pero no pudo divisar nada, ni una pizca de ese hombre por alguna parte. Quizá era mejor así, porque si lo veía estaba seguro que su orgullo actuaría antes que su razón y le devolvería la canasta. Pero esta vez, como nadie le veía, podía permitirse aceptar el gesto.

Tomó la canasta con ambas manos y subió descalzo los peldaños que lo separaban de la puerta de la casa. Cerró con un portazo y una ligera sonrisa sobre los labios.

Bien, se dijo, este era un paso importante. Pepper le había dicho que solía ser engreído y cruel con las personas—tal vez tenía una pizca de razón—y que debía comenzar a cambiar esas malas actitudes. Y aceptar la canasta de un extraño contaba como un primer paso, ¿no? Así que la dejó sobre el desayunador de la cocina y fue sacando lo que sus manos tocaban por debajo del mantel que mantenía el misterio. Primero sacó una tarta de manzana—parecía recién horneada y olía delicioso—de tamaño medio; después, un recipiente grande de vidrio con leche, una cajita con galletas, mermeladas, pan recién horneado, mantequilla, queso, y otros menjurjes más. Su estómago se comprimió con dolor. Diablos, tenía mucha hambre.

Su orgullo aun pugnaba por salir, pero fue más grande su necesidad de comer algo rico. Se sentó de golpe en una de las sillas altas y abrió la tarta de manzana. Ni siquiera fue a buscar un plato y cubiertos, agarró directamente y se comió casi toda la tarta con las manos. La leche también la bebió directo del envase, y comió las galletas horneadas. Cristo, todo había estado delicioso, sublime, exquisito… y muchas cosas más. Se sentía como un ser primitivo comiendo todo a velocidad luz, como si temiese que algo le arrebatara los preciados alimentos, pero poco le importaba. No había por qué guardar apariencias si no había nadie a su alrededor.

Después, ya un poco más tranquilo y con la razón dominando de nuevo sus sentidos, se dispuso a recoger toda la cocina y acomodar en el refrigerador las cosas que le habían sobrado de la canasta. Estaba por demás satisfecho y sentía unas ganas inmensas de acostarse y dormir un par de horas, pero prefirió volver a la tarea que había dejado pendiente: se puso a limpiar cual desesperado todos los muebles de la casa, aunque tenía que reconocer que algunos eran ya bastante viejos, otros tenían la madera un poco desgastada, y otros más estaban flojos, como la mesa y los sillones. Eso lo arreglaría después, primero necesitaba limpiar y ordenar lo que pudiera, para hacer el espacio más habitable y cómodo para su estancia.

A media tarde se puso un delantal, un paliacate en el cabello y unos guantes de plástico, y comenzó la ardua tarea de limpiar los baños. Quizás era la tarea más pesada y olorosa del día, pues los caños estaban tapados desde hacía no sé cuánto y tenían hormigas y otros animales acumulados ahí dentro; así que tuvo que limpiar, desinfectar, y drenar todos los conductos.

Para cuando terminó su labor, la noche volvía a caer sobre el cielo. Se preguntó, internamente, cómo el día podía irse en un abrir y cerrar de ojos, si sentía que hace apenas algunas horas había comenzado a limpiar. No se había dado cuenta de lo cansado y hambriento que estaba hasta que se preparó una taza de café. No había comido en todo el día, así que sacó la comida que sobraba del refrigerador y devoró los restos de lo que aquel sujeto había dejado en la puerta de su casa por la mañana.

Quería hacerle una llamada a Peter al darse cuenta de que no tenía ningún mensaje suyo, pero estaba tan agotado físicamente que solo fue capaz de darse un baño rápido con agua caliente y se fue a dormir al sillón.

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El día lo sorprendió con rapidez. Afuera, los pájaros de medio día cantaban sobre la copa de los pinos y árboles a su alrededor, despertándolo con una sensación de paz. Espabiló, estiró su cuerpo y se puso su bata roja como era su costumbre. Salió al rellano de la cabaña a ver si habían tirado el periódico, y de nuevo se encontró con una canasta frente a los escalones. Hizo una mueca que no se asemejaba en nada a una sonrisa, pero de todas formas la tomó y entró, con la canasta en una mano y el periódico en la otra.

Dejó todo en la cocina y, mientras el café se preparaba en la cafetera—dio gracias una vez más por tenerla—se puso a hurgar dentro de la canasta. Esta vez había un pastel de zanahoria, otra botella grande de leche, algunos embutidos, más queso, una canastilla con fresas, duraznos, y uvas; encontró también baguettes, nueces, y un paquete de galletas. Todo olía delicioso.

Desayunó entre el silencio y sus pensamientos. El día se alzaba caluroso, con un cielo despejado que se le antojaba excelente para dar una vuelta por la privada, pero aún tenía cosas que hacer y sabía que si las posponía ya nunca las haría. Así que mejor se dio prisa y comenzó a meter en bolsas todo aquello que ya no servía, y en cajas aquellas cosas que eran útiles, para acomodarlas después cuando reparara los muebles. Y ahí se le fue otro día sin pensarlo siquiera. Terminó un poco antes de media noche de dividir todas las cosas en bolsas y cajas, y para cuando terminó solo se bebió una taza de café y agarró un pedazo de panque de zanahoria.

Al día siguiente se levantó temprano, incluso antes de que los primeros rayos del sol invadieran el firmamento. Odiaba madrugar, pero sentía que en esta ocasión era más que necesario. Si no lo paraba, aquel tipo seguiría dejando, día tras otro, cosas en la puerta de su casa, y él estaba harto de eso. Si quería disculparse, que lo hiciera en su cara y listo. No necesitaba esto. No era un animal al que podía contentar con comida. Así que se puso su bata roja, intentó peinarse un poco el desorden de los cabellos, y esperó al lado de la puerta, en su sala.

Al poco rato de estar ahí sentado, sus ojos comenzaron a cerrarse por el cansancio, y entonces lo escuchó. Fue un sonido rápido, como si un pequeño conejo hubiese brincado entre las hojas secas, pero Tony sabía que era él. Esta vez no se le iba a escapar, ¡no señor!, así que salió al rellano abriendo de un portazo. Se cruzó de brazos y miró, con una ceja alzada, al extraño frente a su casa. ¡Bingo!

El hombre rubio que le había confundido con un ladrón hacía tres noches, estaba encuclillado dejándole lo que parecía ser otra canasta con más cosas dentro. Sin embargo ya no pudo moverse al saberse descubierto. Miró a Tony fugazmente y el castaño adivinó su gesto de sorpresa y sus orejas rojas.

—Si vas a estar dejando cosas frente a mi casa, al menos asegúrate de tocar antes de irte. —le dijo fríamente. El hombre se rascó la nuca con la punta de los dedos, con un gesto por demás apenado.

—Lo siento, señor Stark. No quería molestarlo. —respondió sin más, poniéndose de pie de un solo tajo.

—¿Por qué dejas eso todos los días frente a mi casa? No soy un animal, ¿sabes? —le preguntó, avanzando un par de pasos hacia él. La madera crujió bajo sus movimientos imponentes. Sus brazos seguían cruzados frente a su pecho, y sus cejas estaban un tanto fruncidas.

—Aún me siento terriblemente apenado por lo de la otra noche. No me lo he podido perdonar, y estoy seguro que usted tampoco. —murmuró, soltando todo el aire que no sabía estaba conteniendo. Alzó la mirada y encontró esos grandes ojos color avellana taladrándolo. Se sintió un poco incómodo de repente cuando el silencio se extendió por tensos veinte segundos. Tony suspiró, como si no supiera bien qué hacer ¿Por qué la vida le ponía estas situaciones? Le dio la espalda al rubio y volvió sobre sus pasos. Abrió la puerta y le invitó a entrar con un gesto de la mano.

—Ven, pasa. —y sin esperarle, entró a su propia casa, quitándose las sandalias. El rubio tomó la canasta que estaba dejándole en su puerta cuando le descubrió, y entró, aun indeciso, tras el dueño—. Anda, no muerdo. —le dijo entre juguetón y serio, y aquel chico de ojos azules le sonrió esta vez con un poco más de confianza. Miró alrededor como si acabase de entrar al museo más hermoso que sus ojos hayan visto alguna vez, y Tony quiso sonreír al verle. Lo contempló en medio de su sala con un gesto inocente, y sintió que aquel hombre armonizaba el aspecto rústico del lugar—. Deja la canasta en la cocina, por favor. —

—Claro, señor. —respondió el más alto sin dudar y entró en la cocina, desenvolviéndose poco a poco en ese entorno extraño pero no hostil. Dejó la canasta en el desayunador y se giró, encontrándose a Tony de frente, quien también entró a la cocina.

—¿Cómo te llamas? —cuestionó, rodeándole y abriendo un cajón de la vitrina donde sacó un par de tazas.

—Steve Rogers, señor. —respondió el extraño que ahora, además de rostro y cuerpo, parecía tener nombre y voz. Steve Rogers, le gustaba el nombre, sí. Sonaba… bien. Quizá lo usaría para alguna de sus historias en un futuro.

—Bueno, soy Tony Stark. Pero creo que ahora sí ya lo sabes con certeza. —le apuntó con el dedo sirviendo café en ambas tazas. El rubio le sonrió, divertido pero con las mejillas sonrosadas.

—Ahora lo sé bien, señor. —dijo cálidamente. Luego miró mejor a su alrededor y comentó:—. La casa luce demasiado bien como para haber estado tanto tiempo deshabitada.

—No te creas, ya limpié la mayoría, pero algunos muebles son viejos y otros están flojos. Tendré que buscar en el pueblo algún carpintero que los repare. —mencionó el castaño restándole importancia al asunto, indicándole con la mano que tomase asiento en un banco. Steve se sentó, haciendo que el banco rechinara un poco por su peso.

—Yo puedo hacerlo, señor Stark. Sé trabajar con madera, soy bastante bueno. —le sonrió, rascándose la nuca con la mano izquierda. Tony notó el gesto, y comenzó a asociarlo con el hombre. Una ventaja —o desventaja— de ser escritor, es que ningún detalle te pasa por alto—. Además, si lleva sus muebles al pueblo le saldrá bastante caro, a mi parecer, y tardado.

— ¿Por qué lo dices? —cuestionó, sorbiendo de su taza de café. Le había quedado delicioso, cabía resaltar. En ese momento se acordó que todavía tenía un poco de panqué cortesía de ese hombre, así que lo sacó del refrigerador y sirvió una rebanada para Steve y otra para él.

—Bueno, Lakeview está a casi una hora de aquí, y si necesita llevar muchos muebles tendrá que rentar un camión de mudanza, los cuales solo están disponibles los fines de semana. En el pueblo solo hay un carpintero, y siempre está ocupado, así que es posible que se tarde más de una semana en arreglar todo lo que le lleve. Después de eso, tendrá que esperar a que sea sábado o domingo para que la mudanza le traiga todo.

—Vaya mierda. —suspiró Stark, despeinándose los cabello con fastidio—. Eso me dejaría casi tres semanas sin muebles.

—Exactamente. —respondió el rubio, dándole un mordisco a su panqué. Se sentía extraño que, de un momento a otro, estuviese en casa de este hombre desayunando con él y platicando como si nada—. Así que le reitero mi ofrecimiento, señor Stark. —

—Gracias, pero lo pensaré. No quiero abusar de ti, además haz de tener mucho trabajo aquí, y… bueno-

—No, no, no diga eso. —le interrumpió con una sonrisa determinada—. En este lugar a veces hay mucho por hacer, pero no en estas épocas. El verdadero trabajo comenzará en otoño, cuando haya que talar algunos árboles para llevar leña a los huéspedes. En esta época aún se puede uno relajar y tomar otra clase de ocupaciones. —sonrió nuevamente. Tony se movió en su asiento, pensándolo. Iba a decir una cosa más, pero sintió que se desestabilizó y algo raro pasó: un crujido tronó por la cocina, y el hombre rubio le agarró por los antebrazos rápidamente, aun del otro lado del desayunador, impidiendo que cayera. Tony quedó semi sentado en el aire, ayudándose de esas fuertes manos que le sostuvieron para que no cayera. Estaba sorprendido por la rapidez del rubio—. ¿Está bien, señor Stark?

—G-gracias— le dijo, aún un poco inconsciente de la situación. Cuando el rubio le soltó, pudo distinguir que al banco se le había roto una vieja pata y que, de no haber sido por Steve, se habría caído con el banco, dándose en todo el culo. El rubio le miraba con cara de preocupación—. ¿Sabes qué? Tomaré tu oferta. Arreglemos esos muebles. —

Steve sonrió.


¿Qué tal? Espero que este comienzo les haya gustado tanto como a mí me gustó escribirlo. Trataré de traer el siguiente capítulo lo más pronto posible para que no se aburran mucho. Me encantaría que me dejaran comentarios para saber sus opiniones acerca de esta historia. Los comienzos siempre traen incertidumbre. Cuéntenme, sobre todo, cómo han estado.

Sean precavidos, no entren en pánico, y cuiden mucho a su familia y seres queridos. ¡Los amo!